Un árbol de hoja perenne también tira hojas al suelo. La diferencia con uno caduco no está en que no las pierda, sino en el ritmo: las renueva de forma escalonada, unas pocas cada semana, en lugar de desprenderlas todas en tres semanas de otoño. Quien planta una perenne para no barrer se lleva un chasco; lo que gana en realidad es una copa vestida los doce meses del año, sombra en agosto y pantalla visual en enero.

Con esa aclaración por delante, aquí van cinco árboles perennes o casi perennes que se cultivan bien en España, con sus límites reales de frío, sus manías de suelo y los problemas que nadie cuenta en el vivero.

Acacia baileyana, la mimosa que florece en enero

La Acacia baileyana es un árbol pequeño, de 5 a 8 metros, con follaje gris azulado muy fino y una floración amarilla espectacular entre enero y marzo, cuando casi nada más está en flor. Crece rápido: en cuatro o cinco años ya da sombra. Aguanta heladas moderadas, del orden de -6 a -7 ºC, y una vez asentada tolera bien el verano seco.

Tiene dos inconvenientes serios. El primero es la vida corta: rara vez pasa de los 25 o 30 años, y muchos ejemplares se desmoronan antes por pudrición de cuello si el riego es excesivo. El segundo es el suelo. Como buena parte de las acacias australianas, sufre clorosis férrica en terrenos muy calizos, y en media España el suelo lo es. Si las hojas nuevas salen amarillas con los nervios verdes, no es falta de riego: es un pH que no le va.

Y una advertencia que conviene tomarse en serio. Varias acacias están incluidas en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras —entre ellas Acacia dealbata y Acacia melanoxylon—, lo que significa que su plantación, comercio y posesión están prohibidos. Antes de comprar una acacia, confirma la especie exacta con el nombre científico en la etiqueta, no con el genérico "mimosa" que se usa para media docena de plantas distintas.

Ramas de Acacia baileyana en plena floración amarilla

Brachychiton populneus, el árbol botella de calle

El braquiquito (Brachychiton populneus) se ha convertido en un fijo del arbolado urbano del levante y el sur peninsular, y con razón: copa cónica y ordenada, tronco que engorda en la base con los años, raíces poco agresivas para los pavimentos y una resistencia a la sequía que, pasados los tres o cuatro primeros años, es notable. Alcanza los 10-12 metros en jardín y tolera hasta unos -5 o -6 ºC.

Conviene llamarlo semiperenne y no perenne a secas. En inviernos fríos, o tras un verano especialmente seco, puede desprender buena parte del follaje de golpe y quedarse casi desnudo unas semanas. No está enfermo; está gestionando el estrés hídrico o térmico. Rebrota sin problema en primavera.

El detalle práctico que sorprende a quien lo planta cerca de una zona de estar: los frutos son folículos leñosos con forma de barquilla llenos de pelos irritantes alrededor de las semillas. Al abrirse sueltan ese material y produce picor en piel y ojos. Si tienes niños o barres a menudo debajo, recoge los frutos cerrados antes de que se abran, mejor con guantes.

Ejemplar joven de Brachychiton populneus con su copa densa

Ceratonia siliqua, el algarrobo

Si hay un perenne hecho a medida del clima mediterráneo es el algarrobo. Hoja coriácea de un verde oscuro brillante, copa ancha y sombra densa, longevidad de siglos y una tolerancia a la sequía que le permite vivir en secano con menos de 350 mm anuales. Prefiere suelos calizos y bien drenados, justo lo contrario que la acacia.

Tiene dos condiciones no negociables. Una es el frío: por debajo de -4 ºC empieza a sufrir daños en brotes y hojas, así que descarta el interior de la meseta y las zonas de heladas fuertes. La otra es la paciencia: crece despacio, y un algarrobo que dé sombra útil tarda ocho o diez años.

Un punto que se pasa por alto: el algarrobo es mayoritariamente dioico, con pies macho y pies hembra separados. Solo los pies hembra producen algarrobas, y necesitan un macho a distancia razonable para ser polinizados. Si compras un ejemplar joven de semilla no sabrás su sexo hasta que florezca, con seis u ocho años por delante. Para asegurar cosecha, hay que ir a planta injertada de variedad conocida. Y si lo que quieres es sombra sin fruto en el suelo, un macho es la elección lógica, aunque su floración de otoño tiene un olor bastante desagradable.

Grevillea robusta, el roble sedoso australiano

La Grevillea robusta es el árbol de crecimiento rápido de esta lista: metro y medio al año en buenas condiciones, hojas muy divididas de aspecto de helecho y unas inflorescencias anaranjadas en forma de cepillo entre abril y junio que atraen a las abejas de forma llamativa. Puede superar los 15 metros, así que no es planta para un patio pequeño.

Pertenece a las proteáceas, y eso condiciona todo su cultivo. Estas plantas evolucionaron en suelos australianos pobrísimos en fósforo y desarrollaron raíces tan eficientes captándolo que un abono rico en fósforo puede intoxicarlas. Nada de fertilizantes NPK universales ni de "abono para floración": si abonas, usa una fórmula específica para proteáceas o simplemente materia orgánica bien madura. También rechaza los suelos muy calizos, donde amarillea sin remedio, y quiere pH ácido o neutro.

Otros dos avisos. La madera es frágil por su crecimiento rápido, y las ramas grandes se desgajan con viento fuerte; conviene formarla desde joven con una guía central clara. Y la savia y las hojas contienen compuestos que provocan dermatitis de contacto en personas sensibles, así que poda con guantes y manga larga. Resiste heladas ligeras, en torno a -3 ºC de joven y algo más de adulta.

Follaje finamente dividido de Grevillea robusta

Spathodea campanulata, el tulipanero africano y sus condiciones

La Spathodea campanulata tiene las flores más espectaculares de esta lista: campanas de un rojo anaranjado intenso agrupadas en el extremo de las ramas, sobre un árbol de hasta 20 metros de follaje denso. Es el árbol de la ficha con más probabilidades de acabar muerto en un jardín peninsular.

El motivo es sencillo: es un árbol tropical, sin ninguna tolerancia real al frío. Por debajo de 2 o 3 ºC ya sufre daño foliar, y una helada, aunque sea corta, se lo lleva por delante o lo deja irrecuperable. En España su cultivo al aire libre tiene sentido en Canarias y, con suerte y mucho abrigo, en algún enclave costero muy templado del sur. Fuera de ahí no es cuestión de cuidados: es cuestión de clima.

Añade otro factor. La Spathodea figura entre las especies exóticas invasoras más problemáticas del mundo en las regiones tropicales e insulares: se reproduce por semilla con enorme facilidad y desplaza a la flora local. En un entorno insular hay que pensárselo dos veces y, en cualquier caso, retirar los frutos antes de que se abran.

Cómo elegir y cómo plantarlos

La decisión empieza por el dato más aburrido y más determinante: la temperatura mínima histórica de tu zona, no la media de enero. Un árbol muere por la noche de -7 ºC que cae una vez cada ocho años, no por el invierno promedio. Con ese número en la mano, la lista se ordena sola: algarrobo y braquiquito para el litoral mediterráneo y el valle del Guadalquivir; acacia y grevillea donde no baje mucho de -5 ºC y el suelo no sea muy calizo; Spathodea, solo en Canarias.

El segundo dato es el pH del suelo. Una tira de análisis cuesta poco y evita plantar una grevillea en terreno calizo, que es garantía de clorosis crónica. El tercero es el espacio: mide la distancia a fachadas, medianeras y líneas eléctricas y compárala con el diámetro de copa adulto, no con el tamaño del ejemplar del vivero.

La época de plantación en clima mediterráneo es el otoño, de octubre a diciembre. El suelo conserva calor, las lluvias ayudan y la planta dispone de todo el invierno y la primavera para emitir raíces antes del primer verano, que es la prueba de fuego. Plantar en abril o mayo obliga a regar mucho más y multiplica los fallos.

Al plantar, abre un hoyo ancho —dos o tres veces el cepellón— pero no más profundo que él, y deja el cuello de la raíz a ras de suelo. Enterrarlo unos centímetros "para que quede sujeto" es una de las causas más frecuentes de muerte lenta por pudrición. Forma un alcorque, riega abundantemente al plantar para asentar la tierra y acolcha con corteza o grava. Durante los dos o tres primeros años riega en profundidad y de forma espaciada: mejor 60 litros cada quince días en verano que 10 litros diarios, porque el riego frecuente y superficial mantiene las raíces arriba y crea un árbol dependiente para siempre.

En resumen

Perenne no significa que no caiga hoja, significa que la copa nunca se queda vacía. Entre los cinco árboles vistos, el algarrobo es la opción más sólida y duradera para el clima mediterráneo si tienes tiempo y no hiela fuerte; el braquiquito, la más práctica para un jardín o una calle de tamaño medio; la acacia, la que antes florece, con la advertencia de comprobar la especie por si está catalogada como invasora; la grevillea, la más rápida y la más exigente en suelo, incompatible con abonos fosfatados; y la Spathodea, un árbol magnífico que fuera de Canarias no tiene ninguna opción.

Elige por temperatura mínima y por pH antes que por la foto del catálogo, planta en otoño con el cuello a ras de suelo y riega poco y hondo los primeros años. Ese trío de decisiones pesa más que cualquier cuidado posterior.


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