En el sureste peninsular hay veranos que encadenan cuatro meses sin una lluvia útil, con máximas por encima de 35 ºC y noches que no bajan de 24. Un arbusto que en Galicia vive sin que nadie lo mire, ahí se muere en su segundo agosto. Elegir especies resistentes a la sequía no es una moda de jardinería sostenible: en buena parte de España es la única manera de tener un jardín que siga vivo cuando llegan las restricciones de agua.
Antes de los nombres, una advertencia que ahorra disgustos: resistente a la sequía no significa que se plante y se olvide. Ninguna de estas plantas sobrevive a su primer verano sin riego. La resistencia la tienen las raíces profundas, y esas raíces tardan dos o tres años en formarse. Lo que ahorras es el agua del cuarto año en adelante, y ahí el ahorro sí es enorme.
Pistacia lentiscus, el lentisco
Si tuviera que quedarme con un solo arbusto de esta lista sería el lentisco. Es una planta autóctona del monte mediterráneo, perenne, de hoja compuesta y coriácea, que forma masas densas de 1 a 3 metros y que puede llegar a 5 o 6 si se le deja. Aguanta suelos calizos, pobres, pedregosos, la salinidad del ambiente costero y el viento de mar sin inmutarse. Soporta heladas de unos -7 ºC. Al romper una hoja huele a resina: de ahí sale la almáciga, la resina que se cosecha desde hace siglos en la isla griega de Quíos.
Como seto informal es superior a casi cualquier alternativa exótica: no pide riego una vez asentado, tolera la poda, rebrota de cepa incluso después de un incendio y sus frutos rojos que viran a negro alimentan a los pájaros en otoño. Es dioico, con pies macho y hembra, así que solo fructifican unos ejemplares.
Su único pero es el ritmo. Crece despacio los dos primeros años, mientras baja raíz, y eso desanima a quien esperaba una pantalla en una temporada. Es exactamente al revés de lo que parece: esa lentitud inicial es la inversión que después le permite pasar los veranos sin regarlo.
Polygala myrtifolia, flor casi todo el año
La Polygala myrtifolia es sudafricana y aporta lo que a los jardines secos suele faltarles: color continuo. Sus flores malva o púrpura, con forma de mariposa y un penacho blanquecino en la quilla, aparecen desde febrero y se prolongan casi sin pausa hasta bien entrado el otoño. Es un arbusto de 1 a 2 metros, de crecimiento rápido, que en el primer año ya cumple.
Conviene ser honesto sobre sus límites, porque se vende como si fuera indestructible. Es la menos resistente a la sequía extrema de las cinco: aguanta el verano mediterráneo litoral con riegos ocasionales, pero en el interior seco y con calores de 40 ºC pide agua de verdad, un riego profundo cada diez o quince días. Tampoco tolera bien el frío: por debajo de -3 o -4 ºC sufre daños serios. Y es de vida corta, entre seis y diez años; llegado el momento, lo sensato es reponerla, no intentar rejuvenecerla.
El error habitual es no podarla. Sin poda se desgarba, se queda leñosa por abajo y florece solo en las puntas. Un despunte a un tercio después del pico de floración, en pleno verano o a principios de otoño, la mantiene compacta y prolonga bastante su vida útil.
Spartium junceum, la gayomba
La gayomba o retama de olor es una lección de botánica plantada en el jardín. Sus hojas son diminutas y caen enseguida; lo que ves casi todo el año son tallos verdes, cilíndricos y juncosos que hacen la fotosíntesis en lugar de las hojas. Esa es su estrategia contra la sequía: sin superficie foliar, la pérdida de agua por transpiración se reduce al mínimo. Por eso vive en taludes y cunetas soleadas donde no queda otra cosa en pie.
Entre mayo y julio se cubre de flores amarillas de leguminosa con un perfume intenso que se nota a varios metros. Es una fabácea y fija nitrógeno atmosférico gracias a sus nódulos radiculares, así que mejora suelos pobres en lugar de agotarlos. Alcanza 2 o 3 metros, resiste heladas de -10 ºC y no quiere abono ni suelo rico: en tierra fértil crece flojo y se tumba.
Dos cautelas. La primera: no la podes sobre madera vieja. Al contrario que el lentisco, la gayomba no rebrota bien de tallos leñosos sin verde, y un rebaje severo la deja convertida en un armazón de palos secos. Se recorta ligeramente después de florecer y nada más. La segunda: las semillas contienen alcaloides tóxicos por ingestión, un dato que importa si hay niños pequeños o animales que mordisquean. Siembra sola con facilidad, así que retirar las vainas antes de que revienten es buena costumbre.
Tamarix, el taray para suelos salinos
Los tarays (Tamarix gallica, Tamarix africana, Tamarix canariensis) resuelven un problema muy concreto que otras plantas no pueden: la sal. Sus hojas escuamiformes tienen glándulas que excretan el exceso de sales, y por eso viven en marismas, saladares, ramblas y primera línea de playa, donde el suelo salino y la brisa cargada de aerosol marino queman cualquier otro arbusto. Si tu jardín está a pie de mar o riegas con agua de pozo de conductividad alta, el taray es la respuesta.
Su plasticidad es lo más interesante: aguanta la sequía con raíces que buscan el nivel freático, pero también tolera el encharcamiento temporal, algo rarísimo en una planta de secano. Es de crecimiento rápido y su floración en espigas plumosas rosadas, según la especie en primavera o a finales de verano, tiene un aire ligero y vaporoso.
A cambio, la madera es quebradiza y las ramas se desgajan con viento fuerte, así que conviene podarlo para mantener una estructura compacta y no dejar ramas largas y desnudas. Se multiplica con enorme facilidad por estaquilla —una rama clavada en suelo húmedo enraíza— y también por semilla, lo que en algunas cuencas fluviales lo convierte en un colonizador agresivo. Plántalo donde puedas controlarlo, y evita las especies asiáticas del grupo de Tamarix ramosissima, con historial invasor documentado fuera de su área.
Laurus nobilis, el laurel
El laurel se cultiva por la cocina, pero como arbusto ornamental de bajo consumo de agua está infravalorado. Es perenne, de hoja gruesa y aromática, se deja formar en seto recortado, en bola, en pirámide o dejarse crecer libre hasta convertirse en un arbolillo de 6 u 8 metros. Es la especie más rústica al frío de esta lista: soporta sin daños -8 o -10 ºC, lo que le permite vivir en zonas del interior donde el lentisco o la polígala no llegarían.
Una vez asentado tolera bien la sequía, aunque agradece que en pleno verano interior no le dé el sol de la tarde: en exposición extrema las hojas se tuestan por los bordes. Rebrota de cepa con vigor y emite chupones desde la base, que se pueden separar para multiplicarlo o eliminar si prefieres un porte de tronco limpio.
Vigila dos plagas que aparecen casi siempre. La psila del laurel (Trioza alacris) enrolla y engrosa los bordes de las hojas nuevas formando una especie de vaina blanquecina; se controla podando y quemando los brotes afectados en primavera, antes de que la población crezca. Y la cochinilla, que suelta melaza y detrás llega la negrilla, ese hollín negro que cubre la hoja. Un tratamiento con jabón potásico y aceite de parafina en invierno, más un aclareo de la mata para que corra el aire, resuelve casi todo. Si vas a usar las hojas en la cocina, olvídate de insecticidas sistémicos.
Cómo se plantan y se riegan para que aguanten de verdad
Planta en otoño, entre octubre y diciembre. Es la decisión que más influye en el resultado, por encima de la especie que elijas. El suelo todavía está templado, las lluvias colaboran y la planta dispone de seis meses para explorar en profundidad antes del primer calor. Plantar en primavera avanzada multiplica el riego necesario y las bajas.
Abre un hoyo ancho, de dos o tres veces el diámetro del cepellón, y rompe las paredes si el terreno es compacto para que la raíz no gire dentro de un "macetón" de tierra dura. No entierres el cuello: debe quedar al mismo nivel que el suelo del jardín. Y no abones al plantar, sobre todo con lentisco y gayomba; un suelo demasiado rico produce crecimiento blando y raíces perezosas, justo lo contrario de lo que buscamos.
El riego del establecimiento es donde se juega todo. La regla es mucho volumen y poca frecuencia. Un riego de 30 o 40 litros cada diez o quince días en verano obliga a las raíces a bajar buscando la humedad; un riego diario y corto las mantiene en los cinco centímetros superiores y crea una planta que morirá en cuanto falles una semana. Riega así el primer verano, espacia el segundo y a partir del tercero limítate a intervenir en olas de calor excepcionales.
Cubre siempre el suelo con acolchado de 5 a 8 centímetros: grava, corteza de pino o gravilla volcánica. Reduce la evaporación, mantiene la temperatura del suelo estable y ahorra el desbroce. Deja unos centímetros libres alrededor del tronco, sin que el mantillo lo toque, porque en contacto permanente con la corteza húmeda favorece pudriciones.
En resumen
Para un jardín seco en clima mediterráneo, el lentisco es la base más fiable, el que menos agua pide y el que mejor funciona como seto o masa de fondo; el laurel es su equivalente para zonas de interior con heladas más severas y además da uso en cocina; la gayomba resuelve taludes y suelos pobres con una floración perfumada en junio, con la cautela de no podarla a fondo y de sus semillas tóxicas; el taray es la solución específica para suelo salino, costa o riego con agua de mala calidad; y la polígala aporta color continuo a cambio de más riego, menos frío tolerado y una vida corta.
Combínalos por función y no por foto: dos o tres lentiscos de estructura, un laurel recortado como fondo verde, la gayomba en la zona más soleada e ingrata y la polígala cerca de donde te sientas, que es donde su floración se aprovecha. Plantados en otoño, regados hondo y espaciado los dos primeros veranos y acolchados desde el principio, en tres años tendrás un jardín que sobrevive a un agosto sin agua.