El nombre Betula alba no designa hoy a ninguna especie concreta. Linneo lo publicó en 1753 mezclando bajo una sola descripción dos árboles que después se separaron, y la botánica moderna lo trata como nombre ambiguo: lo que se vende en los viveros españoles como «abedul blanco» o Betula alba es en realidad Betula pendula Roth o Betula pubescens Ehrh., y en la etiqueta rara vez se aclara cuál de los dos. La distinción no es un capricho de taxónomo, porque uno de ellos tolera el encharcamiento y el otro no, y eso cambia dónde conviene plantarlo.

Los dos abedules que se venden como blanco

Ambos son árboles caducifolios de la familia de las betuláceas, de porte esbelto, copa ligera y corteza blanca. Se diferencian con la mano y con la lupa:

  • Betula pendula (abedul péndulo o común): ramillas colgantes y finas, glabras, cubiertas de pequeñas verrugas resinosas que se notan al pasar el dedo. Hoja triangular-rómbica, con el ápice muy acuminado y el borde doblemente aserrado. Con los años la base del tronco se agrieta en placas negras romboidales muy características. Prefiere suelos frescos pero drenados y aguanta mejor la sequía estival.
  • Betula pubescens (abedul pubescente): ramas ascendentes, no colgantes, ramillas pelosas y sin verrugas. Hoja más ovalada, de ápice corto y borde con una sola serie de dientes. La corteza se mantiene blanca y lisa hasta bastante abajo. Es el abedul de las turberas y las vaguadas encharcadas, y el que aguanta el frío más extremo.

En la península Ibérica, el abedul autóctono más extendido pertenece al complejo de Betula pubescens, con la subespecie celtiberica en la cordillera Cantábrica, el Sistema Ibérico, el Sistema Central y las montañas del noroeste. Existen además poblaciones relictas en Sierra Nevada y las sierras béticas, las más meridionales de Europa, supervivientes de climas más fríos que hoy sobreviven en umbrías y bordes de arroyo.

Ejemplar de abedul blanco con su corteza clara

Cómo es el árbol

Alcanza entre 15 y 25 m de altura, excepcionalmente 30, con un tronco recto que rara vez pasa de 40-60 cm de diámetro. Crece deprisa, de 40 a 60 cm al año en condiciones favorables, y a cambio vive poco para ser un árbol: entre 60 y 100 años, con ejemplares que llegan a 150 en climas fríos. Es una especie pionera, de las primeras en colonizar claros, incendios, escombreras y taludes, y necesita mucha luz; bajo la sombra de un robledal maduro no se regenera.

La corteza es su rasgo distintivo. Debe el blanco a la betulina, un triterpeno que puede suponer una parte importante del peso seco de la capa externa y que, además de dar color, la impermeabiliza y refleja la radiación, protegiendo al tronco de los cambios bruscos de temperatura en invierno. Se desprende en láminas horizontales finísimas, casi como papel, y sobre ella destacan las lenticelas, esas rayas horizontales oscuras por las que el tronco intercambia gases.

El sistema radicular es superficial y extendido, sin raíz pivotante profunda. De ahí dos consecuencias prácticas: sufre mucho en cuanto el suelo se seca en superficie, y compite con fuerza con el césped o los arbustos que tenga debajo.

Hojas, flores y semillas

Las hojas son simples, alternas, de 3 a 7 cm, con pecíolo largo que las hace temblar al menor soplo de aire. Brotan tarde, en abril en zonas de montaña, de un verde muy claro, y en otoño viran a un amarillo dorado limpio antes de caer en octubre o noviembre. Ese amarillo, junto al tronco blanco, es la razón principal por la que se planta en jardinería.

Es una especie monoica: cada árbol lleva flores masculinas y femeninas por separado, agrupadas en amentos. Los masculinos se forman ya en otoño y pasan el invierno visibles, colgando en el extremo de las ramillas; en febrero o marzo se alargan hasta 5 o 6 cm y sueltan el polen. Los femeninos son más cortos, erectos al principio, y tras la fecundación se transforman en una infrutescencia cilíndrica que en otoño se desarticula liberando miles de sámaras diminutas, semillas planas con dos alas membranosas que el viento lleva lejos. La polinización es anemófila, sin intervención de insectos.

Este punto merece una advertencia: el polen de abedul es uno de los alérgenos respiratorios más potentes del centro y norte de Europa, y su alérgeno principal, Bet v 1, presenta reactividad cruzada con proteínas de la manzana, el melocotón, la avellana y la zanahoria (el llamado síndrome abedul-fruta). En España su incidencia es menor que en el norte del continente, pero va en aumento en ciudades donde se ha plantado masivamente en calles y parques, con picos de polinización entre finales de febrero y abril. Plantar un abedul junto a una ventana no es buena idea si alguien de la casa es alérgico.

Dónde puede vivir en España

Aquí está la creencia que más ejemplares mata. Se repite que el abedul es rústico y resistente, y lo es al frío: aguanta sin inmutarse -30 °C o menos. Lo que no soporta es el verano mediterráneo. Necesita humedad edáfica constante, atmósfera fresca y temperaturas moderadas; por encima de 35 °C sostenidos, con suelo seco y aire reseco, se defolia, se seca por las puntas de las ramas y termina muriendo en dos o tres veranos.

El segundo factor limitante es el pH. El abedul es acidófilo: vive cómodo entre pH 4,5 y 6,5, y en suelo calizo, o regado con agua dura, desarrolla clorosis férrica, con hojas amarillas y nervios verdes, porque el hierro queda bloqueado y la planta no puede absorberlo. Buena parte del territorio español, con suelos básicos y aguas de riego muy calcáreas, es directamente hostil para esta especie.

Traducido a mapa: el abedul prospera en Galicia, la cornisa cantábrica, el Pirineo, las montañas del Sistema Central e Ibérico y, en general, en cualquier jardín de clima atlántico o de media montaña sobre sustrato silíceo. En Madrid, Zaragoza, Valencia o Sevilla, plantado en pleno sol y sobre suelo calizo, no es un árbol difícil: es un árbol condenado. Si se insiste, la única vía razonable es una exposición de semisombra, suelo enmendado con materia orgánica y turba, acolchado permanente y riego con agua de lluvia.

Plantación y cultivo

La época de plantación es el reposo vegetativo, de noviembre a febrero, que es además cuando se encuentra a raíz desnuda y a mejor precio. Los ejemplares en contenedor se pueden plantar también en otoño temprano; lo que hay que evitar en cualquier caso es plantar en primavera avanzada o en verano.

Algunas pautas concretas:

  • Hoyo de al menos 60 x 60 x 60 cm, con la tierra bien descompactada alrededor. Mezclar el sustrato de relleno con compost o mantillo y, en suelos pesados, con arena silícea para mejorar el drenaje.
  • Cuello de la raíz al nivel del suelo, nunca enterrado. Es el fallo más frecuente en árboles jóvenes de cualquier especie.
  • Distancias: al menos 5-6 m de la fachada y 3 m de aceras o soleras. La raíz es superficial y, aunque no es tan agresiva como la de un chopo o un sauce, levanta pavimentos si tiene ocasión.
  • Tutor el primer par de años en zonas ventosas, atado con cinta ancha y flexible, retirándolo después para que el tronco se refuerce.
  • Acolchado de corteza de pino o restos de poda triturados, de 5-8 cm de espesor: mantiene la humedad superficial que estas raíces necesitan y, en el caso de la corteza de pino, ayuda a acidificar poco a poco.

Se multiplica por semilla, que germina en superficie y necesita luz para hacerlo, así que no debe cubrirse con sustrato; una estratificación fría de unas cuatro a seis semanas mejora y uniformiza la nascencia. La semilla pierde poder germinativo con rapidez, de modo que conviene sembrarla en la primavera siguiente a la recolección. Las variedades ornamentales de porte llorón o de hoja recortada se propagan por injerto sobre pie de la especie tipo.

Cuidados a lo largo del año

Riego. Es el cuidado decisivo. Durante los tres o cuatro primeros años, riego regular y abundante en cuanto los 10 cm superiores del suelo se sequen; en verano, en el interior peninsular, eso puede significar dos o tres riegos por semana. Un ejemplar adulto en clima atlántico se apaña con la lluvia; en clima seco no se independiza nunca del riego. Mejor un riego largo y espaciado que muchos superficiales.

Abonado. Poco exigente. Un aporte de compost o estiércol maduro extendido bajo la copa a finales de invierno basta. Si aparece clorosis, se corrige con quelato de hierro EDDHA, que es el único quelato que se mantiene estable a pH alto, aplicado en riego a finales de invierno y repetido si hace falta; pero conviene entender que eso trata el síntoma, no la causa.

Poda. Cuanto menos, mejor. El abedul forma su copa solo y no necesita formación. Si hay que retirar una rama seca o mal dirigida, el momento es de julio a septiembre, o en pleno invierno profundo, jamás al final del invierno ni al comienzo de la primavera: en esas semanas la presión radicular es tan alta que el árbol «llora» por los cortes, perdiendo savia durante días y debilitándose. Es el mismo motivo por el que en algunos países se sangra deliberadamente el tronco en marzo para recoger la savia.

Problemas habituales. El pulgón del abedul es frecuente en primavera y, más que dañar al árbol, ensucia con melaza y negrilla todo lo que quede debajo: mala elección, por tanto, para dar sombra a una zona de aparcamiento o a una mesa. Aparecen también minadores de hoja, la roya Melampsoridium betulinum (manchas anaranjadas en el envés en veranos húmedos) y oídio. En árboles ya debilitados prolifera el hongo yesquero Fomitopsis betulina, cuyas setas en forma de repisa sobre el tronco indican que la madera está siendo degradada por dentro: cuando aparecen, el problema viene de lejos. Conviene aclarar que el temido barrenador del abedul, Agrilus anxius, es una plaga norteamericana ausente de Europa; los decaimientos que se ven aquí casi siempre se explican por estrés hídrico y térmico, no por él.

Usos y curiosidades

La madera es clara, homogénea, de grano fino y densidad media. No es duradera a la intemperie, pero en interior se trabaja muy bien: se emplea en contrachapados de alta calidad, mobiliario, torneado, mangos de herramientas y pasta de papel. De la madera de abedul se obtiene también xilitol, el edulcorante usado en chicles y productos dentales.

La corteza, impermeable y rica en resinas, arde incluso mojada y ha sido durante siglos la yesca de los pueblos del norte; también se usó para hacer recipientes, calzado y, en el caso del abedul americano Betula papyrifera, las canoas. En Rusia y los países bálticos se recoge la savia en marzo, antes de la brotación, practicando una pequeña perforación en el tronco: se bebe fresca o se fermenta. La hoja seca tiene un uso tradicional como infusión diurética.

Como pionera, esta especie cumple una función ecológica importante: coloniza terreno desnudo, fija el suelo, aporta hojarasca que se descompone rápido y crea las condiciones de sombra bajo las que después se instalan robles y hayas, que acabarán desplazándola. Su copa ligera deja pasar suficiente luz para que crezca un sotobosque rico, y sus semillas alimentan a jilgueros, lúganos y otros fringílidos durante el invierno.

Detalle de la corteza blanca del abedul con sus lenticelas

En resumen

Bajo el nombre Betula alba se venden en realidad Betula pendula y Betula pubescens, dos abedules de corteza blanca, crecimiento rápido, vida corta y otoño dorado. Aguantan un frío que pocos árboles ornamentales toleran, pero exigen a cambio suelo ácido, fresco y con humedad constante, y no perdonan el verano seco ni el agua de riego calcárea. Plantarlo entre noviembre y febrero, en hoyo amplio, con acolchado permanente y riego generoso los primeros años, y no podarlo al final del invierno para que no pierda savia, resume casi todo lo que necesita. Y antes de comprarlo, la pregunta honesta es si el jardín está en la mitad húmeda y silícea del país: si la respuesta es no, hay especies que darán el mismo efecto ornamental sin pelearse cada agosto con el clima.


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