En cualquier almacén de materiales de construcción de España se vende madera de pino Oregón. Sale del abeto de Douglas (Pseudotsuga menziesii), y ese nombre comercial engaña por partida doble: ni es un pino ni es un abeto. No pertenece al género Abies ni al género Pinus, sino a un género propio, Pseudotsuga, dentro de las pináceas. Se le conoce mucho por sus tablones y bastante poco como árbol vivo.

Es, además, uno de los árboles más altos del planeta. Solo la secuoya roja (Sequoia sempervirens) y el eucalipto australiano Eucalyptus regnans lo superan de forma consistente en altura máxima. Hay ejemplares vivos que rozan los 100 metros en Oregón, y existen registros históricos del siglo XIX, discutidos pero no del todo descartables, de árboles todavía mayores talados antes de que nadie pensara en medirlos con rigor.

Ejemplar adulto de abeto de Douglas (Pseudotsuga menziesii)

Origen y distribución

Es originario del oeste de Norteamérica, desde la Columbia Británica hasta California y, hacia el interior, por las Montañas Rocosas hasta México. Domina los bosques húmedos de coníferas del noroeste del Pacífico, donde la combinación de inviernos suaves, veranos frescos y precipitaciones abundantes le permite alcanzar tamaños difíciles de imaginar en Europa.

Llegó al continente europeo en 1827 de la mano del botánico escocés David Douglas, que le dio el nombre común. El epíteto científico, en cambio, honra a Archibald Menzies, que fue quien lo describió primero. En España se introdujo en repoblaciones a lo largo del siglo XX y hoy hay masas apreciables en Galicia, la cornisa cantábrica, el norte de Navarra, el Pirineo y algunos enclaves frescos del Sistema Ibérico y del Sistema Central, siempre en cotas con humedad suficiente.

Cómo reconocerlo

Confundirlo con un abeto verdadero o con una picea es habitual, pero tiene tres rasgos que lo delatan sin margen de error.

Las piñas son inconfundibles. Cuelgan hacia abajo, miden entre 5 y 10 cm y, entre escama y escama, asoma una bráctea trífida que sobresale claramente y que recuerda a las patas traseras y la cola de un ratón metiéndose en la piña. Ninguna otra conífera europea tiene eso. Además, las piñas caen enteras al suelo, mientras que las de los abetos verdaderos se mantienen erguidas en la rama y se deshacen escama a escama sin llegar a caer completas.

Las yemas son otro carácter diagnóstico, útil en invierno: son fusiformes, puntiagudas, brillantes y de color castaño rojizo, sin resina. Las de los abetos son romas y resinosas.

Las acículas son blandas y flexibles, de 2 a 3,5 cm, dispuestas en espiral alrededor de la ramilla pero peinadas hacia los lados, con dos bandas blanquecinas de estomas en el envés. Al estrujarlas desprenden un olor resinoso y afrutado, algo cítrico, muy característico. Y, a diferencia de las de la picea, no dejan un pequeño pedestal leñoso al desprenderse.

El tronco es recto y monopódico, con dominancia apical muy marcada, lo que le da esa silueta cónica y estrecha de árbol joven que va abriéndose y perdiendo las ramas bajas con la edad. La corteza, lisa y con ampollas de resina en la juventud, se transforma en una capa gruesa, corchosa y profundamente agrietada en los ejemplares viejos, un adaptación al fuego que le permite sobrevivir a incendios de baja intensidad.

Las dos variedades: verde y azul

Dentro de la especie se reconocen dos variedades principales, y elegir la equivocada es un error frecuente y caro.

La variedad costera (Pseudotsuga menziesii var. menziesii) es la del litoral del Pacífico. Tiene acículas verde oscuro, crecimiento muy rápido y es la que da los grandes portes y la madera de calidad. Es la que se emplea en las repoblaciones productivas del norte de España. A cambio, es más exigente en humedad y algo menos resistente al frío intenso.

La variedad de las Rocosas (Pseudotsuga menziesii var. glauca) es de interior. Crece bastante más despacio, se queda mucho más baja, tiene el follaje azulado y es notablemente más resistente al frío y a la sequía. Se ve más en jardinería que en repoblación, y en climas atlánticos húmedos sufre mucho más las enfermedades foliares que la costera.

La regla práctica: si tu objetivo es una masa de crecimiento rápido en un clima húmedo, la costera; si buscas un ejemplar ornamental en una zona continental fría y seca, la glauca. Existen además cultivares de jardín enanos y de porte llorón, como Fletcheri o Pendula, que resuelven el problema del tamaño en parcelas pequeñas.

Qué necesita para vivir bien

Clima. Aquí está el filtro que descarta a la mayoría de los jardines españoles. El Douglas necesita veranos frescos y húmedos y precipitaciones repartidas, idealmente por encima de los 800-1.000 mm anuales y con lluvias de verano o al menos niebla y rocío frecuentes. Una sequía estival prolongada de dos o tres meses, como la de casi todo el interior y el sur peninsular, lo deja parado, con la acícula amarilleando y muy expuesto a plagas de perforadores. No es un árbol para el Mediterráneo.

Frío. Es muy rústico: soporta sin problema los -20 °C, y la variedad glauca bastante más. Las heladas invernales no son su limitante; sí lo son las heladas tardías de abril y mayo cuando ya ha desborrado, que pueden quemar toda la brotación del año en ejemplares jóvenes.

Suelo. Quiere suelos profundos, frescos, sueltos y bien drenados, de reacción ácida a neutra. Tolera mal la caliza activa, donde muestra clorosis, y detesta los suelos compactados o encharcadizos: es especialmente sensible a la asfixia radicular y a las podredumbres de raíz. Un suelo con menos de un metro de profundidad útil limitará su desarrollo y su anclaje.

Luz. De joven tolera bastante sombra, más que un pino o un alerce, lo que le permite instalarse bajo dosel. De adulto necesita luz plena para desarrollar copa.

Espacio. Este es el punto que más disgustos da en jardinería particular. Un Douglas plantado a tres metros de una casa es una decisión que se paga a los veinte años. Necesita, como mínimo, un radio libre de 8 a 10 metros y la certeza de que a nadie le va a molestar un árbol de 30 o 40 metros. En una parcela urbana normal no cabe.

Riego, abonado y poda

En plantación, los dos o tres primeros años son críticos. Hay que asegurar riegos profundos en verano, sobre todo si se plantó a raíz desnuda, y acolchar bien el pie con corteza o astilla para conservar la humedad y frenar la competencia herbácea, que en esta especie es un factor determinante de supervivencia. Una vez arraigado, en su clima adecuado no debería necesitar riego.

El abonado es innecesario en suelo forestal razonable. En ejemplares ornamentales sobre suelo pobre, un aporte de compost en superficie a finales de invierno es suficiente. Los abonos nitrogenados fuertes solo consiguen un crecimiento blando y susceptible.

La poda debe ser mínima. El Douglas forma su eje solo y cualquier despunte de la guía terminal arruina la forma del árbol de manera irreversible: aparecen dos o tres guías competidoras y se pierde el porte. Lo único razonable es la poda de ramas bajas muertas o secas, y en las plantaciones productivas la poda de calidad, que se hace en dos o tres subidas para conseguir madera limpia de nudos en los primeros 5 o 6 metros del fuste. Siempre en reposo, en invierno.

Problemas más habituales

La defoliación suiza, causada por el hongo Nothophaeocryptopus gaeumannii (antes Phaeocryptopus), es el problema más extendido en Europa atlántica. Coloniza los estomas del envés, la acícula amarillea y el árbol pierde el follaje de más de un año, quedando con aspecto ralo. Se agrava en primaveras muy lluviosas y en marcos de plantación demasiado densos. La prevención pasa por usar procedencias adecuadas y no plantar apretado.

Los hongos de acícula del género Rhabdocline provocan manchas amarillas que viran a pardo rojizo, y afectan sobre todo a la variedad glauca cultivada en clima húmedo. Otro motivo para no plantar la azul en Galicia o Cantabria.

En raíz, Armillaria y Heterobasidion annosum aparecen sobre todo en suelos compactados, en repoblaciones sobre antiguos tocones y tras daños mecánicos. La Phytophthora es un riesgo real en suelos mal drenados.

Entre los insectos, el pulgón lanígero Gilletteella cooleyi deforma la acícula joven y deja una pelusa blanca algodonosa; es antiestético pero rara vez grave. En árboles debilitados por sequía entran escolítidos, y ahí el problema ya no es el insecto sino la estación equivocada.

Para qué se usa

Su madera es el motivo principal de su expansión mundial. Es de color pardo rosado, con un contraste muy marcado entre madera temprana y tardía que le da ese veteado tan reconocible, resistente, de excelentes propiedades mecánicas y bastante estable. Se usa en estructura, vigas laminadas, carpintería exterior, revestimientos, encofrados y contrachapado. En el mercado español circula casi siempre bajo el nombre de pino Oregón.

En silvicultura es una de las especies exóticas más productivas de Europa: en estación adecuada supera con holgura al pino silvestre en crecimiento y en calidad de fuste, con turnos de 40 a 60 años.

Como ornamental tiene sitio en parques grandes, fincas y arboretos, donde su porte y su follaje aromático lucen. En Norteamérica es además uno de los árboles de Navidad más vendidos, precisamente por lo blando de su acícula y porque aguanta bien sin desprenderla.

Multiplicación

Se multiplica por semilla, que es lo práctico. Las piñas se recogen maduras a finales de verano, se secan al sol para que abran y se extrae la semilla alada. Necesita una estratificación fría de tres a cuatro semanas a unos 4 °C en arena o vermiculita húmeda; sin ella la germinación es irregular y baja. Se siembra en primavera en sustrato ácido y suelto, y las plántulas conviene mantenerlas a media sombra el primer verano, porque el sol directo las achicharra.

El esqueje es difícil y desigual, y se reserva a los cultivares ornamentales, que suelen propagarse por injerto sobre patrón de semilla.

En resumen

El abeto de Douglas es un árbol magnífico y una excelente especie forestal, pero con condiciones muy claras: clima fresco y húmedo, suelo profundo y ácido, y mucho espacio. Cumplidas esas tres, apenas necesita cuidados y crece rápido; sin ellas, no hay riego ni abonado que lo salven.

Antes de plantar uno merece la pena hacerse dos preguntas honestas: ¿llueve en mi zona durante el verano, o al menos hay humedad ambiente? y ¿tengo sitio para un árbol de treinta metros y para las raíces que lo sostienen? Si la respuesta a alguna de las dos es no, hay coníferas mucho mejor adaptadas al clima peninsular seco, como el pino piñonero, el cedro del Atlas o el ciprés de Arizona.


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