Un árbol plantado en un suelo decente puede vivir cincuenta años sin que nadie le eche un gramo de abono y estar perfectamente. Esa es la primera idea que conviene tener clara antes de comprar un saco de nada: el abonado de los árboles no es un cuidado rutinario obligatorio, sino una corrección que se aplica cuando hay una carencia real o cuando se le pide al árbol una producción que el suelo no puede sostener por sí solo. Un frutal cargado de fruta, un cítrico en maceta grande o un árbol joven creciendo en la tierra pobre y compactada que deja una obra sí necesitan aporte. Un roble adulto en un jardín con hojarasca al pie, casi nunca.
Qué necesita realmente un árbol
De los elementos que absorbe por la raíz, tres se consumen en cantidades grandes: nitrógeno (N), fósforo (P) y potasio (K). El nitrógeno gobierna el crecimiento del brote y el verdor de la hoja; es el que más se pierde por lavado y el que más se nota cuando falta. El fósforo interviene en el enraizamiento y la floración, se mueve muy poco en el suelo y en los jardines españoles suele estar más bien de sobra por décadas de abonado acumulado. El potasio regula la apertura de estomas, la resistencia a la sequía y al frío, y el calibre y el azúcar de la fruta.
Después vienen los secundarios (calcio, magnesio, azufre) y los micronutrientes: hierro, manganeso, cinc, boro, cobre y molibdeno. Se necesitan en cantidades ínfimas, pero en suelo calizo su disponibilidad se hunde, y de ahí viene buena parte de los problemas nutricionales que se ven en la Península. No es que falte hierro en la tierra: hay hierro de sobra, pero a pH 8 está bloqueado en formas que la raíz no puede tomar.
Leer las hojas antes de abonar
El árbol dice dónde le falta algo y en qué hoja lo dice importa. Los elementos móviles dentro de la planta (nitrógeno, potasio, magnesio, fósforo) se retiran de las hojas viejas para alimentar el crecimiento nuevo, así que sus carencias aparecen primero abajo. Los inmóviles (hierro, manganeso, cinc, calcio, boro) no se pueden reciclar y sus síntomas salen en las hojas nuevas.
Con ese criterio se distingue bastante bien:
Amarilleo general y uniforme, brotes cortos, hoja pequeña, empezando por las ramas bajas y viejas: falta nitrógeno.
Clorosis internervial en las hojas terminales, nervios verdes sobre fondo amarillo pálido o casi blanco, brotes que se secan por la punta: clorosis férrica. Es el cuadro típico de melocotonero, nectarino, peral, cítricos, liquidámbar, hortensia o arce en suelos calizos con caliza activa alta.
Amarilleo entre nervios en las hojas viejas, con una banda verde que se conserva junto al nervio central, y defoliación temprana: carencia de magnesio, frecuente en suelos arenosos y ácidos del noroeste y en riegos abundantes.
Bordes de la hoja quemados, secos y curvados hacia abajo, en hojas viejas: potasio, aunque el mismo síntoma lo produce el exceso de sales o de cloruros en el agua de riego. Antes de echar potasio conviene descartar que sea salinidad.
Y un aviso que ahorra dinero: un árbol que se marchita, pierde hoja o se seca por ramas rara vez tiene un problema de abono. Compactación del suelo, encharcamiento, asfixia radicular, un cuello enterrado al plantar, hongos de raíz o un anillado de raíces en el cepellón explican muchísimos más casos. El abono no cura un árbol enfermo; a un árbol enfermo, el abono suele rematarlo, porque le exige crecer cuando no tiene raíz con la que sostener ese crecimiento.
Dónde están las raíces que absorben
Esto es lo que más se hace mal. Las raíces que toman agua y nutrientes no son las gruesas del tronco, sino las raicillas finas, concentradas en los primeros 20 a 40 cm de suelo y repartidas en un radio que alcanza el borde de la copa y con frecuencia lo supera en dos o tres veces. Echar el abono en un montón pegado al tronco no sirve de nada: ahí solo hay madera y raíz de anclaje. Además, el granulado en contacto con la corteza del cuello puede quemarla.
La regla práctica es repartir el abono por toda la superficie que ocupa la proyección de la copa y un poco más allá, dejando libre un círculo de medio metro alrededor del tronco. En suelo desnudo o acolchado basta con esparcirlo, rastrillarlo ligeramente y regar a continuación: sin agua, el nitrógeno se volatiliza y el granulado se queda ahí sin hacer nada.
Si el árbol está en medio de un césped compactado, el abono superficial se lo queda la hierba. En ese caso funciona mejor la aplicación localizada: agujeros de 25-30 cm de profundidad hechos con una barra o una barrena, separados unos 60-80 cm en retícula bajo la copa, repartiendo la dosis entre todos ellos y rellenando con arena o compost. De paso se airea el suelo, que en un césped pisado suele hacer tanta falta como el abono.
Cuándo abonar
El momento que manda es el arranque de la vegetación al final del invierno: de mediados de febrero a marzo en el interior peninsular, algo antes en el litoral mediterráneo y en Andalucía, hasta abril en zonas de montaña y en el norte. La idea es que el nutriente esté disponible cuando el árbol empieza a mover savia y a formar hoja nueva, no después.
En frutales y en cítricos, que tienen una demanda larga, conviene fraccionar: una aplicación al arranque, otra tras el cuajado en mayo y una tercera a principios de verano para el llenado del fruto. Fraccionar no es una manía: en suelos arenosos y con riego frecuente, una dosis única de nitrógeno se lava a los pocos riegos.
Y el límite: nada de nitrógeno a partir de finales de julio o agosto. Un aporte tardío provoca brotes de otoño que no llegan a lignificar, retrasa el endurecimiento de la madera y deja al árbol expuesto a la primera helada seria. Es un error muy común en cítricos y en setos de porte arbóreo, y explica bastantes daños de frío que después se atribuyen al invierno y no a quien abonó en septiembre.
El otoño sí es buen momento para otra cosa: materia orgánica. Compost maduro o estiércol bien hecho extendido en capa de 3-5 cm bajo la copa se irá mineralizando durante el invierno, mejora la estructura, la retención de agua y la capacidad de intercambio catiónico, y alimenta a la vida del suelo. El estiércol fresco, en cambio, no: quema por exceso de amoniaco y sales, y es fuente de semillas de malas hierbas.
Qué abono elegir y en qué cantidad
Para árboles ornamentales de jardín, un complejo equilibrado tipo 15-8-15 o 12-8-16 con magnesio y micronutrientes resuelve casi cualquier situación. Como referencia de dosis, la horquilla habitual en arboricultura es de 10 a 20 gramos de nitrógeno por metro cuadrado de suelo bajo la copa y año: con un abono al 15 % de N, eso son unos 70-130 g de producto por metro cuadrado. Un árbol con 4 metros de radio de copa cubre unos 50 m², así que hablamos de 3,5 a 6 kg de producto repartidos en el año. Quien no quiera hacer cuentas, que se quede en el extremo bajo: pasarse tiene consecuencias peores que quedarse corto.
Los abonos de liberación controlada (resina recubierta, 3-6 meses) son la opción más segura en jardín, sobre todo en suelo arenoso o en árboles en maceta grande, porque liberan según temperatura y eliminan el riesgo de quemar. Salen más caros por kilo y compensan igualmente.
En cítricos, la demanda es alta y la carencia de micronutrientes casi la norma. Un naranjo o mandarino adulto en jardín agradece del orden de 400 a 600 g de nitrógeno al año repartidos en tres o cuatro aportes entre marzo y julio, con potasio en proporción similar y una corrección foliar de cinc y manganeso sobre el brote tierno de primavera. La clorosis del cítrico, cuando aparece con nervios verdes en la hoja nueva, es hierro, no falta de abono general.
Para el hierro en suelo calizo hay una regla que ahorra disgustos: solo sirven los quelatos EDDHA, que se mantienen estables por encima de pH 7,5. El sulfato de hierro echado al suelo calizo precipita en días y no llega nunca a la raíz, por mucho que sea barato y se venda para eso. La dosis va de 20-30 g de quelato para un árbol pequeño a 60-100 g para uno adulto, disuelto en agua y aplicado en el riego a la salida del invierno, cuando el suelo ya se ha templado. La pulverización foliar con sulfato ferroso al 0,5 % reverdece la hoja que ya está formada, pero es un parche que hay que repetir y no corrige nada del año siguiente.
Y las especies mediterráneas: olivo, algarrobo, encina, almez, pino, ciprés y arbustos como el romero o la jara piden poco o nada. Un olivo sobreabonado en nitrógeno crece de maravilla y da menos aceituna. En el olivar, la corrección que realmente rinde suele ser boro foliar antes de la floración, y no un saco de complejo.
Errores que se repiten
Abonar el árbol recién plantado. El sistema radicular está mutilado y no puede absorber sales; lo que necesita es riego constante, acolchado y tiempo. Lo razonable es esperar al segundo arranque vegetativo, es decir, al invierno siguiente. En el hoyo, materia orgánica bien madura mezclada con la tierra del propio sitio y nada más.
Usar abono de césped bajo los árboles. Suele llevar mucho nitrógeno de acción rápida y, con frecuencia, herbicida selectivo. Ni el desequilibrio ni el herbicida le sientan bien a un árbol joven de hoja ancha.
Confundir crecimiento con salud. El exceso de nitrógeno da brotes largos, blandos y muy verdes que son un imán para pulgón, cochinilla y oídio, se rompen con el viento y aguantan peor la sequía del verano.
Abonar sin regar después. El nitrógeno ureico o amoniacal en superficie y en seco se pierde en buena parte por volatilización.
Ignorar el suelo. Un análisis de suelo cuesta poco y dura años; en frutales, un análisis foliar en verano dice con precisión qué falta. Abonar a ciegas durante una década sale bastante más caro.
Olvidar el acolchado. Una capa de 5-8 cm de corteza, astilla o restos de poda triturados bajo la copa, sin tocar el tronco, mantiene la humedad, modera la temperatura del suelo y libera nutrientes poco a poco. En árboles de jardín establecidos, el acolchado hace más por ellos que el saco de abono.
En resumen
Abona cuando haya un motivo: un síntoma identificado, un frutal en producción, un árbol joven en suelo pobre o un ejemplar en contenedor. Diagnostica mirando si el síntoma sale en la hoja vieja o en la nueva, reparte el abono por toda la proyección de la copa y nunca contra el tronco, aplica al final del invierno y fracciona en frutales, corta el nitrógeno a partir de agosto, usa quelato EDDHA si el suelo es calizo y apuesta por la materia orgánica y el acolchado en otoño. Con dosis moderadas y riego después de aplicar, es difícil equivocarse; con dosis generosas y prisa, es fácil hacerle al árbol más daño que bien.