Cuando las hojas bajas de una palmera se llenan de manchas amarillas y de puntas secas, el impulso es cortarlas para que el ejemplar quede limpio. Es justo lo que no hay que hacer, y entender por qué es entender casi todo lo que importa del abonado de una palmera.

Una palmera no es un árbol. No tiene cámbium ni crecimiento en grosor, no puede fabricar tejido nuevo para sustituir al dañado y todo su crecimiento sale de un único punto vegetativo, la yema apical, escondida en el centro de la corona. Si esa yema se estropea, la palmera muere: no hay ramas de repuesto. Y como el número de hojas que mantiene es limitado, cada hoja verde es al mismo tiempo una fábrica de azúcares y un almacén de nutrientes móviles. Cuando falta potasio o magnesio, la palmera los retira de las hojas más viejas para dárselos a la nueva. Ese amarilleo de abajo no es suciedad ni vejez: es la planta reciclando. Cortando esas hojas se retira la reserva, y la carencia avanza más deprisa.

Palmera en un jardín

Las cuatro carencias que se ven en un jardín español

Las palmeras tienen un cuadro de deficiencias muy característico y bastante fácil de leer una vez que se sabe mirar. La clave, otra vez, es en qué hojas aparece el síntoma.

Potasio. Es la carencia más frecuente y la más subestimada. Empieza en las hojas más viejas, con un moteado translúcido amarillo-anaranjado a contraluz, que evoluciona a necrosis en las puntas y los bordes de los foliolos. En casos avanzados la hoja entera queda deshilachada y quemada, y la corona se va reduciendo hasta que las hojas nuevas salen pequeñas, cloróticas y con las puntas secas, con aspecto de escobilla. Es típico en Phoenix canariensis, Phoenix roebelenii, Syagrus romanzoffiana y Washingtonia plantadas en césped o en suelo arenoso con riego abundante.

Magnesio. También en hojas viejas, pero con un patrón distinto: una banda amarilla brillante en los bordes del foliolo y el centro todavía verde. No suele producir necrosis salvo en fases muy avanzadas. Es un problema estético más que grave, aunque afea mucho. Aparece sobre todo en suelos arenosos del litoral y en ejemplares con exceso de potasio aplicado sin magnesio: los dos elementos compiten por la absorción.

Manganeso. Este va al revés, porque el manganeso no es móvil dentro de la planta: se manifiesta en la hoja nueva, la que está saliendo. La lanza emerge clorótica, con estrías necróticas, y los foliolos aparecen encogidos, rizados y como quemados; en inglés se le llama frizzle top. Es la carencia más peligrosa, porque afecta directamente al meristemo y puede matar la palmera en dos o tres años si no se corrige. Se dispara en suelos calizos y con pH alto, es decir, en medio país, y con encalados o cercanía de hormigón y morteros. Phoenix, Chamaerops humilis y Butia lo sufren con frecuencia.

Hierro. También en hoja nueva: clorosis internervial con nervios marcados en verde sobre fondo amarillo pálido. En palmeras, la falta de hierro rara vez es por ausencia en el suelo; suele ser consecuencia de suelo encharcado, compactado o de una plantación demasiado profunda, que impide a la raíz absorberlo. Antes de gastar en quelatos conviene comprobar el drenaje y a qué altura quedó el cuello al plantar.

Diferenciar manganeso de hierro tiene truco: el hierro da amarilleo con la hoja bien formada; el manganeso deforma y necrosa el tejido, que sale ya estropeado. Si la hoja nueva sale rizada y quemada, es manganeso.

Qué abono usar

El estándar en palmeras, y no es una excentricidad de viveristas, es un abono de liberación lenta con relación 3-1-3 y magnesio, del tipo 8-2-12 con 4 % de magnesio, y con micronutrientes completos (manganeso, hierro, cinc, boro y cobre) también en forma de liberación controlada. La razón de tanto potasio frente al nitrógeno es directa: la palmera consume mucho más K del que la gente supone, y un abono con exceso de nitrógeno rápido induce carencia de potasio y de manganeso al forzar un crecimiento que la planta no puede nutrir.

Ese detalle de la liberación lenta tampoco es cosmético. El potasio y el magnesio solubles se lavan enseguida en los suelos arenosos donde suelen estar las palmeras, y no llegan a corregir nada. Por eso el sulfato potásico-magnésico granulado grueso (la clásica sul-po-mag, kieserita con potasio) funciona mejor que el cloruro potásico o el nitrato potásico, y de paso evita aportar cloruros, a los que muchas palmeras responden con quemado de puntas.

Lo que no conviene usar bajo una palmera es abono de césped. Su relación es prácticamente la contraria (mucho N, poco K, sin micros) y es una de las causas habituales de que las palmeras plantadas en pradera tengan un aspecto lamentable mientras el césped a su alrededor está espléndido.

Cuándo y cómo aplicarlo

Detalle de la corona de una palmera

Las palmeras solo absorben con el suelo templado, por encima de unos 15-18 °C. Abonar en enero es tirar el producto. En clima mediterráneo, el calendario razonable es de tres a cuatro aplicaciones al año: marzo o principios de abril, finales de mayo, julio y, en el litoral cálido, una última a principios de septiembre. En el interior peninsular, con inviernos duros, mejor terminar en agosto para que la palmera no llegue al frío con tejido tierno. En el norte húmedo, dos aportes bastan.

La aplicación se hace a voleo sobre toda la zona radicular, no en un montón junto al estípite. Las raíces de una palmera adulta se extienden en un radio que puede igualar o superar la altura del ejemplar, así que la superficie a cubrir va desde un metro del tronco hasta al menos dos o tres metros hacia fuera, y más en ejemplares grandes. Después, riego abundante: sin agua el granulado no se activa.

Como referencia de dosis para un producto de liberación lenta tipo 8-2-12+4Mg, la horquilla habitual es de 60 a 75 gramos por metro cuadrado de zona radicular en cada aplicación. Para una palmera pequeña de jardín eso son 200-300 g por vez; para una Phoenix canariensis adulta, con varios kilos al año repartidos en tres aportes se va bien servido. Ante la duda, quedarse corto y repetir.

Un apunte sobre abonos foliares: sirven de refuerzo puntual, pero no resuelven una carencia de potasio. La cutícula de la hoja de palmera es gruesa y cerosa, la absorción foliar es escasa y el potasio se necesita en cantidades demasiado grandes para entrar por ahí. Lo foliar tiene sentido para el manganeso, como medida de urgencia, y poco más.

Corregir carencias concretas

Potasio. Sulfato potásico-magnésico de grano grueso repartido sobre la zona de raíces, siempre acompañado de magnesio para no desequilibrar. Hay que armarse de paciencia: la palmera no puede reverdecer las hojas ya dañadas, así que la mejoría solo se ve en las hojas nuevas y la recuperación completa lleva de dos a tres años, el tiempo que tarda en renovarse toda la corona. Quien espere resultados en un mes concluirá que el abono no funciona y cambiará de producto justo cuando estaba empezando a hacer efecto.

Manganeso. Sulfato de manganeso al suelo, entre 30 g para un ejemplar pequeño y varios cientos de gramos para uno grande, repartido y regado; en casos agudos, además pulverización foliar con sulfato de manganeso al 0,2-0,3 % sobre la corona, repetida cada dos semanas mientras salen hojas nuevas. Si el problema viene del pH alto, aplicar azufre elemental para acidificar poco a poco la zona de raíces ayuda a que el aporte dure.

Magnesio. Sulfato de magnesio (sal de Epsom) o, mejor, kieserita granulada, más lenta. También aquí la hoja vieja ya rayada no se recupera.

Hierro. Quelato EDDHA disuelto en el riego, que es el único estable en suelo calizo, junto con la corrección de la causa: descompactar, mejorar el drenaje y descubrir el cuello si quedó enterrado.

Errores frecuentes

Podar en exceso. El famoso corte "en plumero", dejando solo las hojas que apuntan hacia arriba, es una barbaridad agronómica: retira hojas verdes funcionales y con ellas el potasio almacenado. La norma sensata es quitar únicamente las hojas totalmente secas y, si acaso, las inflorescencias o los racimos de frutos cuando molestan. En Phoenix, además, las heridas de poda en época cálida atraen al picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus); si hay que podar, mejor en pleno invierno y sellando los cortes.

Cebar de nitrógeno. Un exceso de N produce hojas grandes y blandas, agrava la carencia de potasio y de manganeso y genera tejido tierno más apetecible para el picudo y más sensible al frío. Crecer rápido no es lo mismo que estar sana.

Abonar en el hoyo de plantación. Una palmera recién trasplantada tiene la raíz cortada y no absorbe; el abono en contacto con el cepellón la quema. Se riega, se sombrea la corona si hace falta y se espera tres o cuatro meses a que emita raíz nueva antes del primer abonado.

Enterrar el estípite. Plantar demasiado profunda o acumular tierra y mantillo contra el tronco provoca podredumbre y bloquea la absorción de hierro. El cuello va al mismo nivel que tenía en el vivero.

Buscar culpables donde no están. Puntas secas generalizadas en todas las hojas suelen ser exceso de sales, agua salina o riego insuficiente, no falta de abono. Y una lanza central que se tuerce, huele mal y se tira con la mano no es carencia de nada: es picudo o pudrición del cogollo, y ahí el abono no pinta nada.

En resumen

Diagnostica por la hoja: si el daño está abajo, piensa en potasio o magnesio; si sale en la lanza nueva y deformada, en manganeso. Usa un abono de liberación lenta 3-1-3 con magnesio y micronutrientes completos, tipo 8-2-12+4Mg, aplicado tres o cuatro veces al año con el suelo templado, esparcido por toda la zona de raíces y seguido de riego generoso. Olvida el abono de césped, olvida el exceso de nitrógeno y, sobre todo, deja de cortar hojas verdes: son la despensa de potasio de la palmera. La recuperación se mide en años, no en semanas, y se ve únicamente en las hojas que aún están por salir.


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