Por cada tonelada de aceituna que se recoge, el árbol ha sacado del suelo del orden de 8 a 10 kilos de nitrógeno y entre 10 y 12 de potasio, además de lo que se queda inmovilizado en la madera nueva, en la hoja y en las raíces. Esa cuenta, repetida campaña tras campaña, es la razón de fondo por la que el olivo se abona. No se abona porque «toque en febrero», ni porque el vecino haya echado un saco: se abona para devolver lo que la cosecha se llevó y para corregir aquello que el suelo no es capaz de suministrar.

El olivo (Olea europaea) tiene fama de austero, y en parte se la ha ganado: sobrevive en suelos pobres, pedregosos y calizos donde pocos frutales aguantarían. Pero sobrevivir y producir no son lo mismo. Un olivar de secano abandonado a su suerte vegeta; uno bien nutrido cuaja más flor, engorda mejor el fruto y acumula más aceite. La diferencia entre ambos rara vez está en la cantidad de abono, sino en el momento y en la forma de aplicarlo.

Abonado de un olivo joven en el ruedo del árbol

Primero medir, después abonar

El olivo es de los pocos cultivos leñosos en los que el análisis foliar está mejor calibrado que el análisis de suelo, y conviene aprovecharlo. La razón es sencilla: en los suelos calizos y de pH alto que dominan el olivar español, lo que hay en el suelo y lo que el árbol es capaz de absorber son cosas distintas. La hoja, en cambio, cuenta lo que el árbol ha comido de verdad.

El muestreo estándar se hace en julio, cuando el contenido de los elementos en hoja está más estabilizado. Se toman hojas de la parte media de brotes del año sin fruto, a la altura del pecho, dando la vuelta al árbol, y se repite en 20 o 30 árboles representativos de la parcela. Mezclar hojas de ramos con aceituna y sin ella, o muestrear en primavera, invalida la comparación con las tablas de referencia.

Como orientación, en ese muestreo de julio se consideran adecuados valores próximos a 1,4-1,5 % de nitrógeno, en torno a 0,10 % de fósforo, por encima de 0,8 % de potasio y del orden de 19-150 ppm de boro, con síntomas de carencia cuando el boro baja de unas 14 ppm. Un análisis cuesta poco y evita dos errores caros: echar lo que no falta y no echar lo que sí.

El nitrógeno: el que más se nota y el que más se abusa

El nitrógeno gobierna el crecimiento vegetativo y la calidad de la brotación. Como el olivo fructifica en ramos del año anterior, la cosecha de la campaña próxima se está decidiendo en la brotación de esta primavera. Un árbol que no brota apenas tiene dónde poner flor doce meses después.

El momento clave de aplicación es el final del invierno y comienzo de la primavera, entre febrero y marzo según zona, coincidiendo con el movimiento de savia y antes de que se dispare el crecimiento. Una segunda fracción, más pequeña, puede darse después del cuajado. En regadío por goteo la aplicación se fracciona semanalmente por fertirriego durante toda la primavera, que es la manera más eficiente que existe de dar nitrógeno a este cultivo.

Aquí está la creencia más extendida y más dañina del abonado del olivar: más nitrógeno no es más aceituna. Pasado el punto de suficiencia, el exceso se traduce en brotes largos y tiernos, entrenudos alargados y hoja blanda; es decir, en un árbol más apetecible para la mosca y mucho más sensible al repilo (Venturia oleaginea) y a la tuberculosis del olivo (Pseudomonas savastanoi), que entra por cualquier herida en tejido suculento. Además retrasa la maduración y no ayuda al contenido graso. En olivar de mesa y en variedades vigorosas el problema se agrava.

Potasio: el nutriente que el olivo pide y casi nadie le da

Si el nitrógeno es el que más se abusa, el potasio es el que más se descuida. El olivo es un gran extractor de potasio: lo necesita para el transporte de azúcares, para la regulación estomática —clave en un cultivo que vive con déficit hídrico gran parte del verano— y para el engorde del fruto y la síntesis de aceite.

La carencia se ve como una necrosis desde el ápice de la hoja hacia atrás, hojas pequeñas y amarillentas en la parte baja del ramo, defoliación y frutos pequeños que no acaban de engordar. Es especialmente frecuente en suelos arcillosos, que fijan el potasio entre las láminas de arcilla y lo dejan poco disponible, y en años de cosecha grande tras otro de cosecha grande.

El momento útil es desde el endurecimiento del hueso hasta el envero, es decir, el verano y el principio del otoño, que es cuando se está acumulando el aceite. En secano hay una limitación de fondo: sin agua en el suelo, el potasio aplicado al terreno en julio no se mueve ni se absorbe. Por eso en secano interesa aplicarlo en otoño-invierno, aprovechando las lluvias, o recurrir a la vía foliar en primavera.

Fósforo: el que rara vez falta

El olivo tiene una necesidad de fósforo baja comparada con la de nitrógeno y potasio, y sus micorrizas le ayudan a captarlo incluso en suelos calizos donde queda bloqueado como fosfato cálcico. En la práctica, las respuestas al abonado fosfórico en olivar establecido son escasas, y buena parte del fósforo que se aplica en los complejos NPK tradicionales acaba insolubilizado sin llegar a la planta.

Donde sí tiene sentido es en plantaciones jóvenes, para favorecer el desarrollo radicular, y en suelos con análisis realmente bajo (fósforo asimilable por debajo de unas 8-10 ppm por el método Olsen, habitual en suelos calizos). Si se aplica, mejor localizado y enterrado, no al voleo en superficie: el fósforo apenas se desplaza unos centímetros en el perfil.

Boro: la carencia clásica del olivar español

El boro merece capítulo aparte porque el olivo es especialmente exigente en este microelemento y porque las carencias son frecuentes en los suelos calizos, arenosos y lavados de gran parte de la península. Interviene en la germinación del polen y el crecimiento del tubo polínico, de modo que su falta se paga directamente en caída de flor y mal cuajado, aunque el árbol parezca sano.

Los síntomas visibles son característicos: hojas jóvenes con el ápice amarillo y la base verde, brotación en escobilla por muerte de la yema terminal, deformaciones y arrugas en el fruto, y ramos que se secan por la punta. Si se ven, la carencia lleva tiempo instalada.

Se corrige bien por vía foliar antes de la floración, en el estado de racimo floral separado, con productos tipo octoborato de sodio a las dosis que indique la etiqueta (habitualmente en torno a 100-150 g por hectolitro). También funciona la aplicación al suelo en otoño-invierno. La advertencia es seria: el margen entre la dosis útil y la tóxica es estrecho en el boro, más que en cualquier otro nutriente. Doblar la dosis «por si acaso» quema hoja y puede provocar defoliación. Nunca se aplica boro sin un análisis o síntomas que lo justifiquen.

Hierro: clorosis en suelo calizo

La clorosis férrica aparece en suelos con caliza activa alta y pH por encima de 8, típicamente en zonas encharcadizas o con riego de agua muy bicarbonatada. No es que falte hierro en el suelo —suele haber de sobra—, es que el pH lo mantiene en formas insolubles que la raíz no puede tomar.

Se reconoce por el amarilleo entre nervios de las hojas más jóvenes, quedando la nerviación marcada en verde sobre fondo amarillo pálido; en casos graves la hoja se blanquea y el brote se seca. La corrección eficaz pasa por quelatos de hierro tipo Fe-EDDHA, que son los únicos estables a pH alto, aplicados al suelo en la zona de raíces activas a la salida del invierno y con el suelo húmedo. El sulfato ferroso al suelo en calizo es dinero perdido: se bloquea en cuestión de días.

Antes de gastar en quelatos conviene descartar la causa real: en muchos olivares la clorosis no es un problema de nutrición sino de asfixia radicular por exceso de agua. Si se corrige el drenaje, el amarilleo desaparece solo.

Calcio, magnesio y azufre

En los suelos calizos españoles el calcio sobra, y el problema no es su carencia sino el antagonismo que ejerce sobre el potasio y el magnesio. El magnesio sí puede faltar en suelos arenosos, ácidos o muy abonados con potasio; se manifiesta como amarilleo internervial en las hojas viejas —al contrario que el hierro— y se corrige con sulfato de magnesio al suelo o foliar. El azufre rara vez es limitante, en parte porque muchos abonos y tratamientos lo aportan de forma indirecta.

La regla práctica con los secundarios y micro es la misma que con el boro: no se aplican a ciegas. Un cóctel de microelementos aplicado cada primavera «para reforzar» es, casi siempre, gasto sin retorno.

Hojas de olivo sanas de color verde grisáceo

Secano y regadío: dos estrategias distintas

Esta es la distinción que más errores evita y la que más se pasa por alto.

En regadío, y sobre todo en goteo, lo lógico es el fertirriego: dosis pequeñas y frecuentes disueltas en el agua, aplicadas justo donde está el bulbo húmedo y la raíz activa. Se reparte el nitrógeno a lo largo de la primavera, se carga el potasio en verano y se ajusta sobre la marcha según cómo venga la cosecha. La eficiencia es muy superior a la del abonado al suelo.

En secano el limitante no es el abono, es el agua. Un fertilizante granulado esparcido en junio bajo la copa se queda intacto en la superficie hasta que llueve, y para entonces la ventana de absorción ha pasado. Por eso en secano funcionan dos vías: aplicar al suelo en otoño o a la entrada del invierno, con el perfil húmedo y tiempo por delante para que se incorpore; y usar la vía foliar en primavera, que es como se resuelve el nitrógeno de arranque en buena parte del olivar tradicional. La aplicación clásica es urea de bajo biuret al 4-5 % pulverizada antes de la floración, a la que se le suele añadir el boro. Conviene hacerla a primera o última hora del día, con temperaturas suaves, para evitar quemaduras y aprovechar que la hoja tarde más en secarse.

Materia orgánica: el abonado que no aparece en la factura

Los suelos de olivar español son, en general, pobres en materia orgánica; no es raro encontrar parcelas por debajo del 1 %. Y sin materia orgánica no hay estructura, no hay retención de agua ni de nutrientes, y no hay vida microbiana que libere lo que se aplica.

Hay tres fuentes que están en la propia finca y suelen tirarse:

Los restos de poda triturados. Devolverlos al suelo aporta cantidades significativas de potasio y de carbono, protege la superficie de la erosión y mejora la infiltración. Solo hay una excepción y es importante: si hay verticilosis (Verticillium dahliae) o tuberculosis en la parcela, esa madera se retira y se destruye.

Las cubiertas vegetales. Una cubierta de gramíneas o de leguminosas sembrada en las calles, segada en primavera antes de que compita por el agua, aporta materia orgánica, frena la erosión —el gran problema del olivar en pendiente— y, en el caso de las leguminosas, fija nitrógeno atmosférico. Es probablemente la mejora agronómica con mejor relación coste-beneficio del olivar de secano.

El alperujo compostado y el hoja del molino. Reciclan al olivar buena parte del potasio que salió con la aceituna. El alperujo fresco no se aplica directamente: hay que compostarlo, porque en crudo es fitotóxico y bloquea nitrógeno al descomponerse.

Vecería: abonar según la cosecha que viene

El olivo es vecero: alterna un año de cosecha abundante con otro flojo. Ese ciclo tiene una consecuencia directa sobre el abonado que rara vez se aplica en campo. Un año de gran cosecha agota las reservas del árbol y, además, es el año en el que más se extrae del suelo; por tanto, el abonado del invierno siguiente a una cosecha grande debe ser el más generoso, porque hay que reponer lo extraído y ayudar al árbol a construir la brotación que dará la cosecha del año próximo.

Al revés, tras un año de descarga, la extracción ha sido mínima y no tiene sentido aplicar la misma dosis. Abonar igual todos los años es cómodo, pero significa quedarse corto la mitad de las veces y pasarse la otra mitad.

Errores frecuentes

Abonar el ruedo del tronco. Las raíces absorbentes no están pegadas al tronco, sino repartidas por la proyección de la copa y más allá. El abono se distribuye en corona, desde media copa hacia fuera.

Aplicar en superficie y no incorporar. La urea aplicada al suelo seco y sin lluvia puede perder una parte importante del nitrógeno por volatilización de amoniaco, sobre todo en suelos calizos. O se incorpora, o se aplica antes de una lluvia prevista, o se usa otra forma nitrogenada.

Abonar olivos recién plantados. Un plantón con la raíz sin desarrollar no puede aprovechar el abono y sí puede sufrir salinidad en el cepellón. El primer año se riega y se cuida el arraigo; el abonado empieza, en pequeñas dosis, a partir del segundo.

Confiar en el estiércol fresco. Aporta materia orgánica, pero su composición es muy variable, tarda en mineralizarse y puede traer semillas de malas hierbas. Si se usa, compostado y aplicado en otoño.

Repetir la fórmula del saco año tras año. Un 15-15-15 aplicado por costumbre da fósforo que casi nunca hace falta y suele quedarse corto de potasio, que es justo lo que el olivo pide.

En resumen

El abonado del olivo se resuelve con tres decisiones bien tomadas. La primera es saber qué falta: un análisis foliar en julio, con hojas de brotes sin fruto, cuesta poco y ordena todo lo demás. La segunda es acertar con el calendario: nitrógeno al final del invierno y en primavera, potasio desde el endurecimiento del hueso hasta el envero, boro antes de la floración, hierro quelatado a la salida del invierno. Y la tercera es adaptar la vía a la finca: fertirriego fraccionado si hay goteo, y aplicación al suelo en otoño-invierno más apoyo foliar en primavera si es secano, porque sin humedad no hay absorción por raíz.

Por encima de las dosis concretas, dos ideas: el potasio y el boro son las carencias que de verdad limitan la cosecha en el olivar español, y el nitrógeno en exceso hace más daño que bien. Y ningún abono sustituye a un suelo con materia orgánica, cubierta vegetal y restos de poda devueltos al terreno.


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