Cuando en enero o febrero aparece en la carretera una mancha amarilla intensa sobre un follaje que tira a gris azulado, casi siempre es una mimosa. Y si el follaje es finísimo, muy dividido y de un azul plateado que se nota a distancia, hay muchas papeletas de que se trate de Acacia baileyana, la mimosa de Bailey o mimosa azul.

Es una de las acacias australianas más cultivadas en jardinería mediterránea, y con motivo: florece en pleno invierno, crece deprisa, se conforma con suelos pobres y no pide agua. También tiene inconvenientes que rara vez se cuentan, y merece la pena conocerlos antes de plantarla.

Acacia baileyana con su follaje bipinnado de color azul plateado

Origen: una especie rarísima en su casa

Aquí hay una paradoja que dice mucho de cómo funciona la jardinería. Acacia baileyana es una fabácea (antes leguminosa mimosácea) originaria de un territorio minúsculo del sur de Nueva Gales del Sur, en Australia, en torno a la localidad de Cootamundra: de ahí su nombre inglés, Cootamundra wattle. Su área natural apenas ocupa unos pocos cientos de kilómetros cuadrados.

Y sin embargo hoy se cultiva en todo el mundo de clima templado y se ha naturalizado con éxito en muchos sitios, incluida buena parte de la propia Australia fuera de su área nativa, donde se la considera una invasora molesta. Una planta que en su hábitat original es una rareza local ha acabado siendo un problema en el continente que la vio nacer.

Características

Es un arbolito o arbusto grande de hoja perenne que alcanza entre 5 y 8 metros, con una copa amplia, algo abierta y las ramas ligeramente péndulas en los extremos. El tronco es corto, con corteza lisa y grisácea que se agrieta poco con los años. Es un árbol de crecimiento muy rápido: en tres o cuatro años puede plantar cara a los cuatro metros.

La hoja es su carácter más bonito y el que permite identificarla. Se trata de una hoja verdaderamente compuesta y bipinnada, con solo 2 a 5 pares de pinnas y foliolos diminutos y muy juntos, de un color glauco, entre gris azulado y plateado, que se mantiene todo el año. Esa tonalidad fría es lo que la separa de un vistazo de la mimosa común, Acacia dealbata, cuyas hojas son claramente más verdes, mucho más grandes y con muchísimos más pares de pinnas, entre 10 y 20.

Aquí conviene deshacer una confusión muy repetida: la mimosa que se ha vuelto invasora en el noroeste peninsular no es esta. En Galicia, Asturias y el norte de Portugal la que forma masas densas y desplaza a la vegetación autóctona es Acacia dealbata, incluida en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras. Acacia baileyana es otra especie, menos agresiva en clima húmedo, aunque también capaz de dispersarse por semilla en ambientes que le convienen.

La floración se produce entre enero y marzo según la zona, antes que casi ninguna otra cosa. Las flores se agrupan en pequeñas cabezuelas globosas de un amarillo dorado intenso, dispuestas a su vez en racimos axilares que cubren la rama entera. Lo que parecen pétalos son en realidad decenas de estambres largos: la corola es insignificante. Desprenden un perfume dulce y suave, más discreto que el de Acacia dealbata, y son un recurso valiosísimo para las abejas en pleno invierno, cuando no hay prácticamente nada más floreciendo.

Tras la flor vienen las legumbres, planas, de 4 a 10 cm, verdes con reflejos glaucos y luego pardas, que contienen semillas negras duras con un arilo naranja. Cada árbol produce miles, y esa es la vía principal de su expansión.

Existe un cultivar muy extendido, Purpurea, en el que la brotación nueva sale de un color lila purpúreo que contrasta con el resto del follaje azulado. Es espectacular en primavera y no exige nada distinto de la especie tipo.

Ubicación y suelo

Necesita sol pleno. A la sombra se estira, pierde el color glauco de la hoja y florece mal. Tampoco le sienta bien la competencia de raíces de otros árboles grandes.

Sobre el suelo es poco exigente en cuanto a fertilidad: prospera en terrenos pobres, pedregosos y arenosos, y al ser leguminosa fija nitrógeno atmosférico gracias a las bacterias de sus nódulos radiculares, de modo que se abastece sola. Lo que sí exige de forma innegociable es drenaje: en suelos pesados y encharcadizos muere por asfixia o por Phytophthora en poco tiempo.

Prefiere pH neutro o ligeramente ácido. En los suelos muy calizos de buena parte del levante y del interior peninsular es frecuente que desarrolle clorosis férrica: hojas amarillas con la nerviación aún verde, crecimiento parado y ramas que se secan de punta. Si tu terreno tiene caliza activa alta y riegas con agua dura, esta especie no es la mejor elección; en esas condiciones aguantan mejor Acacia saligna o Acacia retinodes.

Tolera bien la proximidad al mar siempre que no reciba salpicaduras directas, y aguanta el viento razonablemente, aunque en zonas muy ventosas conviene tutorarla los primeros años porque su sistema radicular es superficial y con esa copa tan ancha vuelca con facilidad.

Riego

Durante el primer año y medio hay que regarla para que arraigue: riegos profundos cada 5 o 7 días en verano, dejando secar entre uno y otro. A partir del segundo o tercer año es prácticamente autosuficiente en clima mediterráneo, con riegos de apoyo puntuales solo en veranos muy secos.

El error más frecuente con esta planta es el contrario del que se espera: regarla de más. Un exceso de agua en verano, unido a suelo poco drenante, provoca un crecimiento desmedido, blando, que se rompe con el viento, y multiplica el riesgo de podredumbres de raíz. Las acacias australianas se mueren muchísimo más por sobrerriego que por sed.

Abonado

Prácticamente no lo necesita, y aquí hay otro matiz técnico importante. Muchas plantas australianas son sensibles al exceso de fósforo, porque evolucionaron en suelos extremadamente pobres en ese elemento. Un abono complejo de jardinería estándar, con fósforo alto, puede provocarles toxicidad y necrosis foliar.

Lo prudente es no abonar en absoluto, o como mucho aportar una capa fina de compost maduro sobre el alcorque a finales de invierno. Nada de nitrógeno: es una leguminosa, se lo fabrica ella.

Poda: lo que hay que saber antes de coger la tijera

Se lee con frecuencia que la Acacia baileyana tolera bien la poda. Conviene precisar mucho esa afirmación, porque tal como se entiende suele acabar mal.

Lo que sí tolera es la poda ligera de ramillas jóvenes, verdes o apenas lignificadas, y hacerla es incluso recomendable: un despunte suave inmediatamente después de la floración, en marzo o abril, densifica la copa, evita que las ramas se alarguen y desnuden, y reduce la producción de semilla. También es el momento de formar el árbol si se quiere un tronco limpio, eliminando de forma progresiva las ramas bajas.

Lo que no tolera es la poda severa sobre madera vieja y gruesa. Al cortar ramas de calibre importante, la especie rebrota poco o nada de esa zona, las heridas cicatrizan mal, aparecen gomosis y exudados, y son puerta de entrada para hongos de madera. Un ejemplar terciado suele quedar deformado y entrar en decadencia. Si una mimosa se ha hecho demasiado grande para su sitio, la solución realista no es reducirla a la mitad, sino sustituirla; y si esa perspectiva molesta, entonces el árbol estaba mal elegido desde el principio.

Otro dato que conviene interiorizar: es una especie de vida corta. Entre 20 y 30 años es lo normal, a veces menos. No es un árbol para dejar en herencia, es un árbol para llenar un hueco rápido y con flor mientras crecen otras cosas.

Rusticidad

Es de las acacias australianas más resistentes al frío, pero tampoco hay que exagerar. Un ejemplar adulto y bien asentado aguanta heladas de -7 a -10 °C de corta duración sin daños serios. Por debajo de eso, o con heladas persistentes de varios días, se queman los brotes tiernos y pierde la floración de ese año, y en episodios extremos puede secarse la parte aérea y rebrotar desde el pie.

En la práctica esto la sitúa cómoda en todo el litoral mediterráneo, el sur, el valle del Guadalquivir, el Ebro medio, Levante y la cornisa cantábrica. En la meseta norte y en zonas de montaña es una apuesta arriesgada. Las plantas jóvenes son bastante más delicadas que las adultas: durante los dos primeros inviernos conviene acolchar el pie y, si se prevé una helada fuerte, protegerla con manta térmica.

Multiplicación

La vía normal es la semilla, y tiene un requisito imprescindible: la testa es dura e impermeable, y sin tratarla la germinación es casi nula. El método clásico funciona perfectamente: se pone la semilla en un recipiente, se vierte encima agua muy caliente, casi hirviendo, y se deja enfriar en remojo 24 horas. Las semillas que se hinchan al doble de tamaño son las viables; las que siguen igual se pueden repetir o descartar. Después se siembran a 1 cm de profundidad en un sustrato ligero, y germinan en dos o tres semanas a 18-22 °C. El mejor momento es la primavera.

El esqueje semileñoso, tomado en verano con hormona de enraizamiento, funciona pero con porcentajes bajos. El cultivar Purpurea no viene fiel de semilla y se suele multiplicar por injerto sobre patrón de la especie tipo, motivo por el que conviene vigilar y eliminar los rebrotes que salgan por debajo del punto de injerto.

Precaución antes de plantarla

Produce una cantidad enorme de semilla, muy longeva en el suelo, y en zonas de clima favorable se dispersa y se naturaliza con facilidad, sobre todo en terrenos alterados, cunetas, bordes de camino y márgenes de cultivo. Si vives cerca de un espacio natural, un río o una zona forestal, la recomendación es sensata: retira las legumbres antes de que abran, o directamente elige otra especie.

Varias acacias australianas están reguladas como invasoras en España y en otras comunidades hay normativa autonómica propia sobre plantación de exóticas. Antes de comprarla merece la pena una consulta rápida a la normativa que te aplique.

En resumen

La Acacia baileyana es un arbolito rápido, barato de mantener y de floración invernal espectacular, ideal para dar volumen y color en pocos años en jardines mediterráneos de suelo drenante y sin heladas fuertes.

Sus tres claves de cultivo son sencillas: sol pleno, drenaje impecable y muy poca agua y menos abono todavía. Sus tres límites, también: no soporta la poda dura sobre madera vieja, vive pocas décadas y sufre en suelos calizos. Plantada sabiendo eso, da muchísimo con muy poco. Plantada esperando de ella un árbol de sombra permanente y podable, decepciona.


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