El fallo más caro con la acacia de Rusia se comete antes de plantarla, en el momento de comprarla: en un vivero de la costa mediterránea. Es un arbusto de la Siberia meridional y de Manchuria, adaptado a inviernos larguísimos y veranos secos y continentales, y en un jardín de Málaga o de Valencia se limita a vegetar mal durante tres o cuatro años hasta que la araña roja y el calor nocturno acaban con él. En Soria, en Burgos, en el Pirineo aragonés o en cualquier pueblo de la meseta norte, en cambio, es de las pocas plantas ornamentales que no hay que proteger nunca.

Qué es exactamente la acacia de Rusia

Su nombre científico es Caragana arborescens y pertenece a la familia de las leguminosas (Fabaceae), la misma que la mimosa, la algarroba o los guisantes. De acacia verdadera no tiene nada: el género Acacia es otro, y las acacias verdaderas son plantas de clima subtropical. El nombre popular se lo ganó por el parecido de la hoja compuesta y por la flor amariposada, no por el parentesco.

Conviene aclarar una confusión muy repetida en catálogos y en jardines públicos: la acacia de Rusia no es la falsa acacia (Robinia pseudoacacia), que es un árbol grande, espinoso y agresivo por rebrote de raíz, ni es el árbol del paraíso o olivo de Bohemia (Elaeagnus angustifolia), que también se etiqueta a veces con nombres rusos. La Caragana es un arbusto, y quien la compra esperando sombra se lleva un chasco.

Forma una mata de 2 a 5 metros de altura y porte casi tan ancho, con varios troncos desde la base, corteza verdosa a parduzca y ramas finas armadas con espinitas blandas (las estípulas endurecidas), más molestas que peligrosas. La hoja es caduca, compuesta, con ocho a doce foliolos pequeños de un verde claro algo glauco que brota muy temprano, a menudo antes que el de cualquier vecino del jardín. La floración llega en mayo, a veces a finales de abril en las zonas más templadas de su rango: flores amarillas de tipo guisante, colgantes en grupos de dos a cuatro, muy visitadas por abejorros y abejas. Después vienen las legumbres, de tres a cinco centímetros, que al secarse en julio se abren con un chasquido audible y proyectan las semillas a varios metros.

Flores amarillas de Caragana arborescens

Dónde tiene sentido plantarla en España

La rusticidad es su gran argumento: aguanta sin daño alguno por debajo de −30 °C, y en su área de origen soporta bastante más frío. En la práctica peninsular eso significa que no existe un lugar en España donde se hiele. El límite no está en el frío, está en el calor y en la humedad.

Va bien en la meseta norte, en el valle alto del Ebro, en las zonas de montaña de Castilla y León, La Rioja, Aragón, Navarra, Cataluña interior y Teruel, en jardines de altitud media y alta, y en general en cualquier clima continental con verano corto. Sufre en el litoral mediterráneo, en el valle del Guadalquivir y en las zonas cálidas de Extremadura, donde el problema es la combinación de noches tropicales y sequedad extrema: la planta no descansa por la noche, se estresa y aparece la araña roja, que en una Caragana debilitada la deja plateada y defoliada en pocas semanas. En la cornisa cantábrica y en Galicia el freno es otro: demasiada humedad atmosférica y suelo ácido y encharcadizo, que favorecen las podredumbres de cuello.

Ubicación a pleno sol, siempre. A media sombra florece mal, se abre de porte y pierde el interés. Es de las pocas ornamentales que tolera el viento seco de forma indefinida, motivo por el cual se ha usado en Canadá, Estados Unidos y Rusia para cortavientos agrícolas.

Suelo, plantación y riego

Acepta suelos pobres, pedregosos, arenosos y muy calizos sin inmutarse; el pH alto no le supone ningún problema, algo que no se puede decir de tantos arbustos de flor. Lo único que no perdona es el encharcamiento. En terreno arcilloso y compacto conviene plantar sobre un caballón de veinte o treinta centímetros y no enterrar el cuello.

Como leguminosa, fija nitrógeno atmosférico gracias a la simbiosis con bacterias del suelo. La consecuencia práctica interesa: no la abones con nitrógeno. Un aporte generoso de estiércol o de un abono rico en nitrógeno le provoca brotes largos, blandos y mal lignificados, y reduce la floración. Con una aportación de compost bien hecho en superficie cada dos o tres años tiene de sobra; en suelo agrícola razonable, ni eso.

La época de plantación buena es el otoño, de octubre a noviembre, para que enraíce con las lluvias antes del parón invernal; a falta de eso, el final del invierno, en febrero o marzo, antes de que brote. Los dos primeros veranos hay que regarla en serio, con riegos espaciados pero profundos, una vez cada diez o quince días si no llueve. A partir del tercer año, en clima continental con precipitación normal, puede prescindirse del riego por completo salvo en veranos excepcionales. Tiene raíz pivotante, así que los ejemplares grandes se trasplantan mal: mejor plantar planta joven, de contenedor de tres o cinco litros, que un ejemplar hecho.

Poda: cuándo, y sobre todo cuándo no

Florece sobre la madera del año anterior. Es el detalle que se pasa por alto al podar por inercia: quien la recorta en invierno o a principios de primavera está cortando exactamente las yemas de flor y luego se queja de que no florece. La poda se hace justo después de la floración, en junio, y así queda toda la temporada por delante para formar madera nueva.

Como seto informal admite recorte anual y densifica bien. Como ejemplar aislado basta con eliminar ramas secas, cruzadas o muy viejas y aclarar el centro cada pocos años; si la mata se ha hecho leñosa y ha perdido la base, tolera un rejuvenecimiento severo, cortando un tercio de las ramas viejas a ras cada invierno durante tres años consecutivos.

Existen cultivares que cambian por completo el manejo. Caragana arborescens 'Pendula' y 'Walker' son formas llorona y de hoja finísima que se venden injertadas sobre un pie recto, a metro y medio o dos metros de altura. En estas plantas hay que eliminar sin contemplaciones cualquier brote que salga del tronco por debajo del punto de injerto, porque son del patrón silvestre y en un par de temporadas se comen la copa injertada. 'Lorbergii' tiene foliolos casi lineales, de aspecto de bambú, y suele ir a pie franco.

Multiplicación

Por semilla es sencillo y es lo que hace la propia planta sin ayuda: si hay un ejemplar adulto en el jardín aparecerán plántulas en un radio de varios metros. Para sembrar a propósito, la semilla tiene cubierta dura y hay que romper esa impermeabilidad: se sumerge en agua muy caliente (unos 80 °C, retirada del fuego) y se deja enfriar dentro veinticuatro horas, descartando las que no se hayan hinchado. Siembra en primavera, en sustrato arenoso, con germinación en dos o tres semanas.

Por esqueje semileñoso en verano el porcentaje de éxito es bajo incluso con hormonas, así que los cultivares se propagan por injerto de púa en invierno sobre planta de semilla. Para el aficionado, la semilla es la vía razonable y las variedades, cosa de vivero.

Problemas frecuentes

Es un arbusto notablemente sano. Los tres contratiempos que aparecen de verdad son estos:

Araña roja (Tetranychus urticae) en veranos secos y calurosos, sobre todo en plantas mal ubicadas o en macetas. Se detecta por el punteado amarillento del haz y el aspecto polvoriento. Mojar el follaje al atardecer en las olas de calor previene más que cualquier tratamiento posterior.

Podredumbre de raíz y cuello por exceso de agua o por suelo compactado, que es la causa real de casi todas las muertes súbitas atribuidas a "enfermedad". Se previene con drenaje, no se cura con fungicida.

Clorosis y decaimiento por calor, que no es una plaga sino un error de clima. Si la planta va perdiendo vigor cada verano en un jardín del sur, no hay tratamiento: está en el sitio equivocado.

Una cuestión más, de la que conviene hablar sin exagerar: las semillas y las vainas tiernas se han consumido tradicionalmente en Siberia hervidas, y por eso en inglés la planta se llama siberian peashrub. No es motivo para incorporarla a la cocina doméstica. El material crudo contiene compuestos indeseables, la información fiable sobre dosis y preparación es escasa, y no vale la pena arriesgarse por una legumbre mediocre. Trátala como planta ornamental y melífera, que es donde rinde.

En resumen

La Caragana arborescens resuelve un problema muy concreto: dar flor, volumen y estructura en jardines de interior peninsular con inviernos duros, suelo calizo y pobre, viento y poco riego. En ese escenario es casi indestructible y no pide nada. Fuera de él —costa mediterránea, sur cálido, atlántico húmedo— es una compra fallida por mucho cuidado que se le ponga. Plántala a pleno sol, en otoño, sobre suelo bien drenado, no la abones con nitrógeno y poda solo en junio, después de que haya florecido. Con eso queda todo dicho.


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