Pocas floraciones marcan tanto el final del invierno en la península ibérica como la de la mimosa. Entre enero y marzo, cuando casi nada más está en flor, la Acacia dealbata se cubre de miles de pompones amarillos con un perfume denso y dulce que se nota a decenas de metros. Es un árbol espectacular, de crecimiento vertiginoso y cuidados mínimos, y precisamente por eso conviene conocerlo bien antes de plantarlo: en buena parte de España es una especie exótica invasora catalogada, y su comercio y plantación están prohibidos.
Qué es exactamente la mimosa
La mimosa de jardín es Acacia dealbata, una leguminosa de la familia Fabaceae (subfamilia mimosoideas) originaria del sureste de Australia y de Tasmania. El epíteto dealbata significa «blanqueada» y alude al tono glauco, plateado, que tienen las hojas jóvenes y los brotes tiernos.
Es un árbol perennifolio que en cultivo se queda entre 8 y 15 metros, aunque en su tierra puede pasar de los 25. Forma un tronco de corteza lisa y verdosa de joven, que con los años se agrieta y se vuelve gris oscura. La copa es abierta, poco densa, y proyecta una sombra ligera que deja pasar bastante luz al suelo.
Las hojas son bipinnadas, muy divididas, de aspecto plumoso, con un color verde azulado cubierto de una pelusilla blanquecina. Cada hoja se compone de una docena o más de pares de pinnas, y cada pinna de decenas de foliolos diminutos. Esa textura tan fina es la razón de que el árbol parezca ligero incluso cuando es grande.
La floración es lo que le ha dado fama. Cada flor individual es minúscula, pero se agrupan en glomérulos globosos de un amarillo intenso, y estos a su vez en racimos axilares. Lo que vemos de amarillo no son pétalos: son los estambres, larguísimos y numerosos. Ocurre en pleno invierno, normalmente entre enero y marzo según la zona, adelantándose en el litoral y retrasándose en el interior. Después vienen las legumbres, vainas aplanadas de 4 a 10 cm, verdes primero y pardas al madurar, con semillas duras y negras.
Un detalle que conviene tener presente: es un árbol de vida corta. Rara vez supera los 30 o 40 años. Crece rapidísimo (medio metro o más al año en buenas condiciones) pero la madera es blanda, las ramas se desgajan con el viento y el sistema radicular es superficial. No es un árbol para plantar pensando en nietos.
Subespecies y parientes que se confunden
Se reconocen dos subespecies. La subsp. dealbata es la común, la de tierras bajas y la que se ha plantado por toda Europa. La subsp. subalpina vive en zonas de montaña del sureste australiano, es más baja, a menudo arbustiva, y algo más resistente al frío.
En viveros y en el lenguaje corriente se llama «mimosa» a varias especies distintas, y la confusión es constante:
Acacia baileyana: más pequeña (5-8 m), con hojas de un azul plateado todavía más marcado y menos pares de pinnas. Florece algo antes. Es la que se vende a menudo en la variedad 'Purpurea', de brotes violáceos.
Acacia retinodes: la llamada mimosa de las cuatro estaciones. No tiene hojas bipinnadas sino filodios (peciolos ensanchados con aspecto de hoja lanceolada) y florece de forma escalonada casi todo el año. Es la única del grupo que tolera bien la caliza, y por eso se usa como patrón para injertar sobre ella la Acacia dealbata en los suelos calizos del Mediterráneo. Los cultivadores de flor cortada de la Costa Azul llevan más de un siglo haciéndolo.
Mimosa pudica, la sensitiva que cierra las hojas al tocarla, no tiene nada que ver: es herbácea, tropical y pertenece a otro género. Que el nombre popular sea el mismo no significa parentesco cercano.
Antes de plantarla: el problema legal y ecológico
Este es el apartado que más artículos sobre la mimosa se saltan, y es el más importante. La Acacia dealbata está incluida en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras (Real Decreto 630/2013). Eso implica que su posesión, transporte, tráfico y comercio están prohibidos con carácter general, y que las administraciones tienen mandato de controlarla.
No es burocracia arbitraria. En Galicia, la cornisa cantábrica, el norte de Portugal y buena parte del oeste peninsular la mimosa ha colonizado miles de hectáreas y desplaza a la vegetación autóctona por tres mecanismos combinados:
Rebrota de raíz. Emite chupones a varios metros del tronco. Cortar el árbol sin más multiplica el problema: donde había uno aparecen veinte.
Es pirófita. Sus semillas tienen la cubierta impermeable y el calor del fuego las hace germinar en masa. Tras un incendio, un pinar quemado con mimosas alrededor se convierte en un mimosal. Por eso avanza tanto en el noroeste.
Fija nitrógeno. Como leguminosa, enriquece el suelo en nitrógeno y altera su química, favoreciendo a especies nitrófilas y perjudicando a la flora de suelos pobres, que es la mayoría de la flora mediterránea y atlántica de matorral.
Traducido a la práctica: si vive usted en Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco, el norte de Portugal, Extremadura o cualquier zona húmeda del oeste, no la plante. Si tiene un ejemplar heredado, al menos recoja las vainas antes de que se abran y elimine los rebrotes cada año. En zonas de interior seco y con inviernos duros, donde no prospera de forma espontánea, el riesgo es mucho menor, pero la prohibición sigue siendo la que es y merece la pena informarse de las excepciones autonómicas antes de comprar nada.
Si lo que quiere es esa floración amarilla de invierno sin el problema, tiene alternativas razonables: Acacia retinodes (menos agresiva y de floración prolongada), o directamente especies autóctonas de floración invernal como el almendro, el madroño en otoño-invierno o el Chimonanthus praecox para perfume.
Dónde ubicarla
A pleno sol, siempre. En sombra o media sombra se ahíla, florece mal y acaba desgajándose por el peso mal repartido de las ramas.
Necesita espacio. Plántela a un mínimo de 6 metros de muros, cimientos y conducciones, y a más de 8 de una piscina. Las raíces son superficiales y agresivas con los pavimentos, y la caída de flores en febrero-marzo, seguida de la de vainas en verano, ensucia lo suyo. Bajo una mimosa no se pone un porche de madera clara.
Es sensible al viento fuerte. En terrenos expuestos vuelca con facilidad, sobre todo si el suelo está encharcado tras un temporal, porque el anclaje es pobre. Un sitio resguardado alarga bastante su vida útil.
Suelo: aquí está la clave del fracaso más habitual
La Acacia dealbata quiere suelos ácidos o neutros, sueltos y bien drenados, con un pH idealmente entre 5 y 6,5. Tolera terrenos pobres sin problema, incluso arenosos o pedregosos: como fija nitrógeno mediante bacterias del género Bradyrhizobium en sus raíces, no depende de que el suelo sea fértil.
Lo que no tolera es la caliza. En los suelos calizos de media España (Levante, Andalucía oriental, ambas Castillas en buena parte, valle del Ebro) desarrolla clorosis férrica: las hojas amarillean entre los nervios, se quedan pequeñas, los brotes se secan de la punta hacia abajo y el árbol se muere en pocos años por más quelato de hierro que se le eche. Es una lucha perdida. La solución de los profesionales es la que ya se ha mencionado: ejemplares injertados sobre Acacia retinodes, patrón que sí aguanta el carbonato cálcico. Si compra una mimosa en zona caliza, pregunte expresamente si va injertada y compruebe que hay cicatriz de injerto cerca del cuello.
Tampoco tolera el encharcamiento. En suelos arcillosos y compactos es candidata segura a podredumbre radicular por Phytophthora. Si el terreno es pesado, plante sobre un caballón elevado y añada arena gruesa y materia orgánica bien hecha al hoyo, que debe ser amplio (al menos un metro de lado).
Riego
Los dos primeros años hay que regarla para que arraigue: en verano, una o dos veces por semana en el interior peninsular, con riegos abundantes y espaciados en lugar de superficiales y frecuentes. Regar poco y a menudo mantiene las raíces en los primeros centímetros y produce árboles dependientes y frágiles.
A partir del tercer año, en clima templado y con más de 500 mm anuales prácticamente no necesita riego. En zonas más secas, un par de riegos profundos en julio y agosto bastan para que no sufra. Excederse es peor que quedarse corto: el exceso de agua fomenta un crecimiento blando, la gomosis y las pudriciones.
En maceta la cosa cambia. Un ejemplar en contenedor necesita riego regular todo el año, sin llegar a encharcar el plato, y con agua de lluvia o de baja dureza si la del grifo es calcárea. Aun así, la mimosa en maceta es un cultivo complicado a medio plazo: crece demasiado y se queda sin sitio.
Abonado
Prácticamente no lo necesita, y este es otro punto donde se peca por exceso. Al fijar nitrógeno atmosférico, abonarla con fertilizantes ricos en nitrógeno es contraproducente: produce brotes largos, blandos, propensos al pulgón y al desgarro por viento, y retrasa la floración.
Si el suelo es muy pobre o el árbol está claramente débil, una aportación de compost o estiércol maduro en superficie a finales de invierno es más que suficiente. En ejemplares en maceta, un abono para plantas acidófilas a dosis baja durante la primavera. Nada más.
Cuándo plantar o trasplantar
El mejor momento es el otoño, de octubre a noviembre, para que aproveche las lluvias y las temperaturas suaves y llegue al verano con raíz hecha. En zonas de heladas fuertes, mejor esperar a finales de invierno o principios de primavera, cuando ya no se esperan mínimas por debajo de -4 °C.
Una advertencia importante: la mimosa trasplanta mal. Sus raíces son gruesas, poco ramificadas y muy sensibles a la manipulación. Se planta a partir de contenedor, deshaciendo lo mínimo el cepellón, y no se mueve nunca más. Un ejemplar que lleve más de dos o tres años en el suelo tiene muy pocas probabilidades de sobrevivir a un traslado, por muy bien que se haga.
Multiplicación
Por semilla es lo habitual y lo fácil, siempre que se supere la dureza del tegumento. El método clásico funciona bien: se ponen las semillas en un recipiente, se vierte agua muy caliente (recién retirada del hervor, no hirviendo a borbotones) por encima y se dejan a remojo 24 horas. Las que se hinchen están listas; las que sigan duras se pueden lijar suavemente con papel de esmeril y repetir la operación. Se siembran en primavera en un sustrato arenoso, a un centímetro de profundidad, y germinan en dos o tres semanas a 18-22 °C.
Por esqueje semileñoso en verano, con hormona de enraizamiento y calor de fondo, se consigue algún resultado pero el porcentaje es bajo e irregular.
El injerto es la vía profesional, ya sea para conservar un cultivar concreto o para pasar la especie a patrón tolerante a caliza. Se hace de púa o de escudete a finales de invierno.
Plagas y problemas frecuentes
Cochinillas. La algodonosa australiana (Icerya purchasi) es la más típica, y no es casualidad: llegó a Europa con las acacias australianas. Se ve como masas blancas y cerosas en ramas y peciolos, y produce melaza y negrilla. En jardín particular se controla bien con aceite de parafina o jabón potásico aplicados a última hora del día; en infestaciones serias, el control biológico con la mariquita Rodolia cardinalis es extraordinariamente eficaz y es la solución estándar en cítricos.
Pulgón. En los brotes tiernos de primavera, sobre todo si se ha abonado con nitrógeno. Jabón potásico y paciencia; suele resolverse solo cuando llega el calor y aparecen los depredadores.
Barrenadores. Larvas de coleópteros que perforan el tronco de ejemplares ya debilitados. Casi siempre son consecuencia, no causa: aparecen en árboles estresados por sequía, mal drenaje o clorosis.
En cuanto a problemas no parasitarios, los tres grandes son la clorosis férrica por suelo calizo, la gomosis (exudados de resina en tronco y ramas, asociada a heridas, podas mal hechas y estrés hídrico) y la caída por viento en ejemplares grandes con anclaje débil.
Poda
Cuanto menos, mejor. La mimosa no rebrota bien de madera vieja y responde a los cortes grandes con gomosis y con ramas descontroladas y mal ancladas. Nada de desmoches ni de reducciones drásticas de copa.
Lo que sí conviene es una poda ligera inmediatamente después de la floración, entre marzo y abril: se retiran ramas secas, cruzadas o rotas, se aclara un poco la copa para que el viento la atraviese, y se acortan las ramas que hayan florecido para mantener el porte compacto. Cortar en verano u otoño elimina las yemas de flor del año siguiente, porque florece sobre la madera del año anterior.
La formación se hace de joven: elegir un guía, subir la cruz a la altura deseada y eliminar codominancias con dos o tres ramas competidoras. Un árbol bien formado a los tres años tiene muchas más papeletas de llegar entero a los veinte.
Rusticidad
Es moderadamente resistente al frío. Un ejemplar adulto y bien establecido aguanta en torno a -7 u -8 °C, y puntualmente algo más si las heladas son cortas y secas. Por debajo de -10 °C se le quema el follaje y se le secan las ramillas; heladas prolongadas de -12 °C o más lo matan.
Los ejemplares jóvenes son bastante más delicados: por debajo de -3 o -4 °C ya sufren durante los dos primeros inviernos, y conviene protegerlos con un velo de invernada o acolchado abundante en el cuello.
La consecuencia práctica es que en España se cultiva sin problema en toda la franja litoral, el valle del Guadalquivir, Extremadura y buena parte de Galicia y la cornisa cantábrica, pero no es planta para la meseta norte, para el Sistema Ibérico ni para zonas de montaña, donde las heladas invernales la eliminan tarde o temprano. Y precisamente en las zonas donde mejor va es donde su carácter invasor es más problemático.
Usos
El uso ornamental es el evidente: árbol aislado en jardines grandes, alineaciones en zonas costeras, pantallas de crecimiento rápido. Combina bien con floraciones invernales de tono frío, como romeros, lavandas y Iris unguicularis, que contrastan con el amarillo.
Como flor cortada tiene una industria detrás. La mimosa comercial se recolecta en botón cerrado y se somete a un tratamiento con calor y humedad para forzar la apertura homogénea de los glomérulos. Sin ese proceso, las ramas cortadas se marchitan antes de abrir. En casa, cortar por la mañana, machacar el extremo del tallo y usar agua templada prolonga bastante el florero.
Otros usos históricos y actuales: la corteza es rica en taninos y se ha usado en curtido; la madera, blanda y de poco valor estructural, se emplea para pasta de papel y leña; de las flores se extrae el absoluto de mimosa, materia prima apreciada en perfumería; y como leguminosa se ha empleado para fijar taludes y recuperar suelos degradados, uso que hoy se cuestiona con razón por sus efectos secundarios.
Un apunte sobre alergias, porque es una creencia muy extendida: la mimosa no es un alérgeno respiratorio importante. Su polen es pesado, pegajoso y está adaptado a la polinización por insectos, no por el viento, así que apenas viaja por el aire. Los síntomas que mucha gente atribuye a la mimosa en febrero suelen deberse a los cipreses y arizónicas, que polinizan por esas mismas fechas y sí lanzan cantidades enormes de polen al aire. Sí puede producir dermatitis de contacto en personas sensibles que manipulan mucho las ramas, pero eso es otra cosa.
En resumen
La Acacia dealbata es un árbol perennifolio australiano de crecimiento muy rápido, hojas plumosas de tono plateado y una floración amarilla y perfumada entre enero y marzo que no tiene rival en pleno invierno. Pide pleno sol, suelo ácido o neutro con buen drenaje, muy poca agua una vez arraigada y prácticamente ningún abono. Su punto débil es la caliza, que le provoca clorosis mortal salvo que vaya injertada sobre Acacia retinodes, y el frío por debajo de -8 °C. Se poda poco y siempre justo después de florecer.
Y el punto que decide antes que cualquier otro: está catalogada como especie exótica invasora en España, rebrota de raíz, se dispara tras los incendios y ha transformado paisajes enteros del noroeste peninsular. En zonas húmedas del oeste y del norte, la recomendación honesta es no plantarla y elegir una alternativa. Un árbol bonito que arrasa el monte de al lado deja de ser una buena elección de jardín.