En pleno enero, con el jardín parado, un aromo en flor se huele desde el otro lado de la calle antes de que se vea. Ese olor dulce y penetrante, entre violeta y miel, es lo que llevó a esta especie americana hasta los jardines Farnesio de Roma en el siglo XVII y de ahí al epíteto con el que se la conoce. En España se cultiva en todo el litoral mediterráneo, en el sur peninsular y en Canarias, y sigue siendo uno de los pocos árboles pequeños que florece de verdad en pleno invierno sin pedir agua.

Identidad y nombres

El nombre que sigue apareciendo en las etiquetas de vivero es Acacia farnesiana, pero desde la revisión taxonómica del género Acacia la especie se denomina hoy Vachellia farnesiana. Las dos formas se refieren a la misma planta y conviene conocerlas para no acabar comprando otra cosa. Es una leguminosa de la subfamilia de las mimosoideas, emparentada con las mimosas de flor en pompón, no con la falsa acacia (Robinia pseudoacacia), que es un árbol completamente distinto.

Nombres populares tiene muchos, según la región: aromo, espinillo, espinillo blanco, carambuco, huisache, cascalote, aromo de olor. Su origen exacto se discute —lo más aceptado es que procede de las zonas tropicales y subtropicales de América—, pero está naturalizada desde hace siglos en toda la franja cálida del planeta, incluidas la cuenca mediterránea y buena parte de Asia y África.

Cómo es la planta

Es un arbolito o arbusto grande de 3 a 6 metros, que en condiciones muy favorables puede acercarse a los 8, con copa abierta, irregular y bastante transparente. Tronco corto, a menudo ramificado desde muy abajo, con corteza parda que se agrieta con la edad.

La hoja es bipinnada, muy fina, dividida en numerosos foliolos diminutos que dan una textura de helecho y una sombra ligera, moteada, nunca densa. En clima suave se comporta como semipersistente: pierde parte del follaje en los momentos más fríos o más secos y lo repone enseguida. En la base de cada hoja hay un par de espinas blancas, rectas y afiladas, de uno a tres centímetros. No son un detalle menor: condicionan dónde se puede plantar y cómo se poda.

La flor es el motivo por el que se cultiva. Cabezuelas globosas de un centímetro, de color amarillo anaranjado intenso, agrupadas en las axilas de las hojas, con un perfume muy fuerte. En la costa mediterránea española florece entre diciembre y marzo, con un pico normalmente en febrero, y en años suaves repite floraciones sueltas en otoño. Es una fuente de néctar valiosísima en una época en que el jardín no ofrece casi nada a los polinizadores.

Acacia farnesiana en flor con cabezuelas amarillas

Tras la flor aparecen las legumbres: vainas cilíndricas, algo curvadas, de 4 a 8 centímetros, que maduran de un verde brillante a un pardo casi negro y no se abren solas. Son duras, leñosas, ricas en taninos y permanecen colgadas del árbol durante meses. Contienen las semillas embebidas en una pulpa pegajosa.

Clima y rusticidad: el límite real

Aquí se decide si el árbol vivirá o no. El aromo tolera heladas ligeras y breves, del orden de −4 a −6 °C en ejemplar adulto y bien establecido, con daño en las ramas finas y en la floración pero recuperación en primavera. Un ejemplar joven, de uno o dos años, se pierde con bastante menos frío: dos o tres grados bajo cero mantenidos ya lo comprometen.

Eso lo sitúa con comodidad en Canarias, en la costa de Málaga, Granada, Almería, Murcia, Alicante, Valencia, Baleares y en zonas resguardadas del bajo Guadalquivir. En el interior de Andalucía, en Extremadura o en el litoral catalán funciona en microclimas protegidos y con la asunción de que un invierno duro puede desmocharlo. Del Sistema Central hacia el norte, en la meseta o en cualquier zona de heladas fuertes, no es planta de exterior: quien la quiera allí, la tendrá en maceta grande con invernada bajo cubierta, y no dará su mejor versión.

Necesita sol directo todo el día. A la sombra pierde el porte, se estira buscando la luz y prácticamente no florece. Tolera bien el viento y una salinidad moderada, así que sirve en jardines próximos al mar, aunque no en primera línea de rompiente.

Suelo, plantación y riego

El suelo es su apartado más agradecido: acepta terrenos pobres, pedregosos, arenosos, calizos y con pH alto sin síntomas de clorosis. Lo importante no es la fertilidad, es el drenaje. En suelo pesado y encharcadizo la raíz se pudre, y ese es el origen de casi todas las pérdidas en jardín.

Un punto que se pasa por alto con frecuencia: desarrolla una raíz pivotante profunda desde muy joven, y por eso el trasplante de ejemplares hechos sale mal. Merece la pena comprar planta pequeña, de contenedor de tres a cinco litros como mucho, revisar que la raíz no venga enrollada en el fondo y plantarla en su sitio definitivo. Un árbol de vivero de dos metros en maceta de cincuenta litros tardará más en arrancar que uno de sesenta centímetros plantado a su lado.

La época de plantación en clima mediterráneo es el otoño, de octubre a noviembre, para que aproveche las lluvias y se instale antes del verano. La primavera, en marzo o abril, es la alternativa en zonas con riesgo de heladas invernales, porque da toda la temporada cálida por delante.

El riego se resume en dos fases. Durante los dos primeros años, riegos profundos y espaciados —cada diez o quince días en verano, empapando bien— para forzar a la raíz a bajar. A partir del tercer año, prácticamente nada: en la costa mediterránea un aromo adulto sobrevive y florece con la lluvia natural, y algún riego de socorro en agosto basta y sobra. El exceso de agua no lo hace crecer más, lo mata.

Abonado

Fija nitrógeno atmosférico en simbiosis con bacterias del suelo, de modo que no necesita abonos nitrogenados y responde mal a ellos: brote blando, crecimiento desordenado y menos flor. Si el suelo es muy pobre, una capa de compost extendida en superficie a finales de invierno cubre cualquier necesidad. En maceta sí conviene un abono de liberación lenta con potasio en primavera, pero a dosis moderada.

Poda

Cuanto menos, mejor. El aromo tiende a formar solo su copa irregular y responde a los cortes grandes con exudados de goma y con secado de ramas. La intervención razonable es elevar la copa los primeros años, si se quiere pasar por debajo, y retirar después ramas secas, cruzadas o mal orientadas.

El momento adecuado es al terminar la floración, entre finales de febrero y marzo. Podar en otoño o a principios de invierno equivale a cortar las flores del año. Y una advertencia práctica: las espinas son duras y punzantes, y las ramas cortadas siguen siendo peligrosas en el suelo. Guantes gruesos, gafas y recogida inmediata de los restos, sobre todo si hay niños o perros.

Por su armadura y su capacidad de rebrote se usa también como seto defensivo impenetrable en fincas rústicas, plantado a metro o metro y medio y recortado bajo. En ese uso sí admite recorte anual, aunque se sacrifica buena parte de la floración.

Multiplicación

Por semilla, que es fácil y da plantas vigorosas. La cubierta es impermeable y sin escarificar puede tardar años en germinar o no hacerlo nunca. Dos métodos funcionan bien: lijar un lateral de la semilla con papel de lija hasta ver el color claro del interior, o sumergirla en agua a unos 80 °C retirada del fuego y dejarla enfriar dentro veinticuatro horas; se siembran las que se hayan hinchado y se descartan las que sigan duras.

Siembra en primavera, en macetas individuales profundas —recuerda la raíz pivotante— con sustrato muy arenoso, a un centímetro de profundidad y a 20-25 °C. La nascencia llega entre una y tres semanas. El esqueje es poco fiable en esta especie, así que la semilla es la vía práctica.

Plagas y problemas

Es un árbol resistente y con pocos enemigos serios en cultivo. Lo que puede aparecer:

Cochinillas en ramas y en el envés, sobre todo en ejemplares en maceta o mal ventilados. Se controlan con aceite de parafina en invierno o jabón potásico si el ataque es incipiente.

Pulgón en el brote tierno de primavera, casi siempre pasajero y sin necesidad de tratar.

Podredumbre radicular por riego excesivo o suelo compacto, que se manifiesta como amarilleo general y muerte descendente. No tiene arreglo una vez avanzada: se previene con drenaje.

Gomosis y secado de ramas tras podas severas o golpes en el tronco. La solución es no dar cortes grandes.

Hay una cuestión más que conviene mencionar sin dramatizar: en varias regiones del mundo con clima cálido, la especie se ha convertido en invasora y figura en listados de control. En España no está catalogada como invasora, pero sí resiembra con facilidad en zonas cálidas, sobre todo cerca de cauces y de terrenos removidos. Recoger las vainas caídas antes de que se dispersen es una buena costumbre si el jardín linda con campo natural.

Usos, más allá del ornamental

Como planta de jardín cumple varios papeles a la vez: árbol de pequeño porte para patios y jardines secos, ejemplar aislado por la floración invernal, seto defensivo y planta melífera de primer orden en una época en la que hay poco más en flor.

Su uso más célebre es el perfumístico. De las flores se obtiene, por extracción, el absoluto de cassie, materia prima clásica de la perfumería de Grasse desde hace siglos; sigue produciéndose, aunque en cantidades pequeñas y a precio alto, y forma parte de composiciones florales orientales.

Las vainas, muy ricas en taninos, se han empleado tradicionalmente para curtir pieles y para obtener tintes oscuros y tinta. La madera es dura y pesada, útil para piezas pequeñas, mangos y leña de buen poder calorífico. En su área de origen se emplea como forraje para ganado y en la restauración de suelos degradados, gracias a la fijación de nitrógeno y a que soporta condiciones muy duras.

En el terreno alimentario y medicinal hay que ser prudente. Se le atribuyen usos tradicionales diversos, pero no es una planta comestible en el sentido doméstico ni un remedio con dosis establecidas. Disfrútala por la flor, por el aroma y por lo poco que pide, y deja el resto a la etnobotánica.

Dónde conseguirla

Se encuentra en viveros del arco mediterráneo y de Canarias, con frecuencia etiquetada como aromo o espinillo. Fuera de esas zonas es más difícil y suele llegar por venta en línea o por semilla, opción perfectamente viable dado lo bien que germina una vez escarificada. Al comprar, comprueba tres cosas: que la planta sea joven, que la raíz no esté espiralizada en el fondo del contenedor y que el tronco no tenga heridas ni exudados de goma.

En resumen

Vachellia farnesiana, la vieja Acacia farnesiana, es un arbolito de bajo mantenimiento para jardines cálidos y secos que ofrece algo poco común: flor perfumada en pleno invierno. Quiere sol directo, suelo con drenaje —la fertilidad da igual—, riego solo los dos primeros años y poda mínima después de florecer. Sus dos límites son claros: no aguanta heladas fuertes y no perdona el exceso de agua. Ten en cuenta las espinas antes de decidir dónde plantarla y recoge las vainas si el jardín está junto al campo. Con eso, es de los árboles que menos trabajo dan por cada mes de floración.


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