Antes de plantar una acacia negra en España conviene saber que hacerlo es ilegal. La especie figura en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras desde el Real Decreto 630/2013, lo que prohíbe su venta, su plantación y su propagación en todo el territorio nacional. No es un tecnicismo administrativo: en la cornisa cantábrica y en Galicia esta acacia ha sustituido a miles de hectáreas de matorral y bosque autóctono, y quien la introduce en su finca acaba, con los años, teniéndola también en la del vecino.
Dicho lo cual, el árbol existe, se ve por todas partes y muchos jardines antiguos tienen ejemplares plantados hace décadas, cuando nadie hacía preguntas. Merece la pena conocerlo bien: para identificarlo, para entender por qué se ha ido de las manos y para saber qué hacer si te toca lidiar con uno.
Qué árbol es exactamente
La acacia negra es Acacia melanoxylon, de la familia de las leguminosas (Fabaceae). El epíteto significa "madera negra", y de ahí viene tanto el nombre castellano como el inglés Australian blackwood. Es originaria del este de Australia y de Tasmania, donde forma parte de bosques húmedos y llega a superar los 30 metros de altura. Fuera de su área natural rara vez pasa de 15 o 20 metros, pero eso sigue siendo un árbol grande para cualquier jardín particular.
Su porte es erguido, con copa densa y oscura, y el tronco se cubre pronto de una corteza gris parda muy fisurada. La madera, de color castaño oscuro con vetas, es de calidad excelente y se ha usado para muebles, chapa e instrumentos musicales. Ese fue precisamente el motivo por el que se trajo a Europa en el siglo XIX, junto con su uso para fijar dunas y taludes.
Cómo reconocerla: no tiene hojas, tiene filodios
Aquí está el detalle que más confunde. Lo que parecen hojas alargadas en un ejemplar adulto no son hojas: son filodios, peciolos ensanchados y aplanados que hacen el trabajo del limbo. Miden entre 6 y 13 centímetros, son lanceolados, algo curvados en forma de hoz, coriáceos y verde oscuro, y tienen tres a cinco nervios longitudinales bien marcados que recorren toda la pieza en paralelo. Ningún árbol autóctono nuestro tiene nada parecido.
Las plántulas, en cambio, sí producen hojas verdaderas: bipinnadas, plumosas, muy parecidas a las de una mimosa. Durante los primeros meses conviven ambas formas en el mismo tallo, y ese momento de transición es la mejor prueba de identidad que existe. Si encuentras un plantón con hojas de mimosa en la base y filodios enteros arriba, es Acacia melanoxylon casi con seguridad.
Florece de finales de invierno a mediados de primavera, según la zona, con cabezuelas globosas de color crema o amarillo muy pálido, agrupadas en racimos cortos. Esta es otra distinción práctica: la mimosa común (Acacia dealbata), con la que se la confunde, tiene flores de un amarillo intenso y hojas bipinnadas toda su vida. Si el árbol tiñe de amarillo chillón las laderas en febrero, no es la negra.
El fruto es una legumbre estrecha que se retuerce sobre sí misma al madurar y se abre dejando colgando las semillas: negras, brillantes y rodeadas por un funículo rojo o anaranjado muy vistoso que le da la vuelta al grano. Ese anillo de color no es decorativo, es un reclamo para los pájaros, y es una de las razones por las que la especie se dispersa tan lejos del ejemplar madre.
Por qué se ha convertido en un problema
La combinación de rasgos que la hacen atractiva sobre el papel es exactamente la que la vuelve invasora. Crece rápido, cerca de un metro al año en buenas condiciones. Fija nitrógeno atmosférico gracias a las bacterias de sus raíces, así que se instala en suelos pobres donde otras especies no arrancan y, de paso, los enriquece en nitrógeno, alterando la química del sitio y favoreciendo a las plantas nitrófilas en detrimento del brezal o el tojal originales.
Produce muchísima semilla, con cubierta dura y longeva: puede permanecer viable en el suelo más de diez años y el calor de un incendio dispara su germinación en masa. Y, sobre todo, rebrota de raíz. Un solo pie puede emitir chupones a varios metros del tronco y formar un bosquete clonal que ahoga cualquier cosa que crezca debajo, porque la copa es densa y deja pasar poca luz.
A eso se añaden inconvenientes puramente domésticos: raíces superficiales que levantan soleras y aceras, ramas quebradizas con temporal, y una hojarasca coriácea que tarda mucho en descomponerse.
Si ya tienes una en el jardín
Un ejemplar adulto establecido no pide prácticamente nada, y ese es parte del problema. Aguanta bien la sequía estival mediterránea una vez que ha hecho raíz, tolera heladas moderadas del orden de -7 a -9 ºC sin daños serios (los plantones jóvenes son bastante más sensibles) y crece en cualquier suelo con drenaje aceptable. Prefiere sustratos ácidos o neutros; en terrenos muy calizos amarillea por clorosis férrica y va perdiendo vigor, lo que explica por qué en el norte húmedo se descontrola y en el interior calcáreo se queda a medias.
Lo que sí conviene hacer es impedir que se reproduzca. Retira las legumbres antes de que se abran, siega o arranca los plantones que aparezcan alrededor mientras son pequeños, y vigila el perímetro de la copa cada primavera buscando chupones. Si el árbol está cerca de un monte, un río o una zona natural, la responsabilidad es mayor: los pájaros y el agua llevan la semilla mucho más lejos de lo que uno imagina.
En cuanto a la poda, aplica lo que vale para casi todas las acacias: intervenciones ligeras, mejor después de la floración, y nada de cortes grandes sobre madera vieja. Las heridas de gran diámetro cicatrizan mal, supuran goma y son puerta de entrada para hongos de pudrición.
Cómo eliminarla sin empeorar la situación
El error más repetido es coger la motosierra y cortar el árbol a ras de suelo. Con la acacia negra eso no la mata: la multiplica. Al perder la parte aérea, el sistema radicular reacciona emitiendo decenas de rebrotes en un radio amplio, y donde había un tronco acaban saliendo veinte. Muchas invasiones de esta especie en el noroeste peninsular empezaron con un desbroce bienintencionado.
Las estrategias que sí funcionan van por otro camino. El anillado o descortezado consiste en retirar un cinturón completo de corteza y cámbium de unos 15 a 20 centímetros de ancho alrededor del tronco, sin cortar el árbol. El pie muere lentamente, a lo largo de uno o dos años, y como no hay corte brusco la respuesta de rebrote es mucho menor. Hay que asegurarse de que el anillo es completo, porque una franja de corteza intacta basta para que el árbol sobreviva.
La alternativa es cortar y tratar el tocón inmediatamente, en los primeros minutos tras el corte, con un herbicida sistémico autorizado para ese uso. Si pasan horas, el corte se sella y el producto ya no baja a la raíz. Para plantones y rebrotes jóvenes, el arranque manual con toda la raíz cuando el suelo está húmedo es suficiente y no requiere nada más. En cualquier caso, el trabajo hay que repetirlo: el banco de semillas seguirá germinando durante años y una sola pasada nunca cierra el asunto.
Qué plantar en su lugar
Si lo que buscabas era un árbol grande, rápido, resistente a la sequía y de sombra densa, hay opciones legales y mucho mejor integradas. El almez (Celtis australis) da sombra amplia, crece deprisa y aguanta suelos difíciles y contaminación urbana. El fresno de flor (Fraxinus ornus) se queda en un tamaño más manejable y florece en primavera. Para clima cálido y seco, el algarrobo (Ceratonia siliqua) es perenne, longevo y prácticamente indestructible una vez arraigado. Y si el atractivo era el follaje fino y plumoso, el árbol del amor (Cercis siliquastrum) o el madroño (Arbutus unedo) resuelven el hueco en jardines de tamaño medio sin dejarte una herencia complicada.
En resumen
Acacia melanoxylon es un árbol vigoroso, de madera excelente y muy resistente, y precisamente por eso está prohibido plantarlo en España. Se reconoce por sus filodios lanceolados con varios nervios paralelos, sus flores globosas de color crema a final de invierno y sus semillas negras con funículo anaranjado. Si tienes un ejemplar viejo, lo sensato es evitar que fructifique y controlar los rebrotes de raíz cada primavera. Y si decides quitarlo, no lo cortes sin más: anillarlo o tratar el tocón nada más cortarlo es la diferencia entre eliminar un árbol y crear un bosquete.