La acacia plumosa es uno de esos árboles que la gente compra por impulso en el vivero, atraída por su follaje de helecho gigante, y del que a los tres años ya tiene un ejemplar de cinco metros ocupando media parcela. Crece más rápido que casi cualquier otro árbol de jardín que se pueda cultivar en España, aguanta la sequía, tolera heladas moderadas y florece en pleno invierno. También vive poco, se siembra sola por todas partes y no es realmente una acacia. Conviene saber todo eso antes de plantarla.
El lío del nombre: no es una Acacia
En viveros y centros de jardinería se vende como «acacia plumosa» o «acacia de plumas», pero su nombre científico actual es Paraserianthes lophantha. Antes se llamó Albizia lophantha y, antes todavía, Acacia lophantha, de donde procede el nombre comercial que ha quedado fijado. Algunos autores modernos la sitúan además en el género Falcataria. Pertenece a las leguminosas (familia Fabaceae, subfamilia mimosoideas), igual que las acacias verdaderas, pero no es una de ellas.
¿Por qué importa esto más allá de la pedantería taxonómica? Porque si busca información con el nombre equivocado va a encontrar datos de Acacia dealbata o de otras acacias australianas, y los cuidados no coinciden. La diferencia más práctica es que la acacia plumosa tolera mucho mejor los suelos calizos que la mimosa, que se muere de clorosis en ellos. Y la diferencia más visible es la flor: la mimosa hace pompones amarillos redondos, y la acacia plumosa hace espigas cilíndricas de color crema verdoso, parecidas a un limpiabotellas pequeño.
Origen y características
Es originaria del suroeste de Australia, con poblaciones también en el sureste australiano y en algunas islas del estrecho de Bass. Vive allí en bordes de bosque, cauces estacionales y suelos removidos, que es exactamente el tipo de ambiente que coloniza cuando se escapa de los jardines.
Se comporta como árbol perennifolio pequeño o arbolillo de varios troncos, entre 4 y 8 metros de altura, excepcionalmente 10. La copa es amplia, algo desordenada, con ramas ascendentes que tienden a abrirse con el peso. La corteza es lisa y gris verdosa, con lenticelas claras, y sólo se agrieta ligeramente en la base de ejemplares viejos.
Las hojas son bipinnadas, grandes (de 10 a 25 cm de largo), con 8 a 20 pares de pinnas y cada pinna con 20 a 40 pares de foliolos diminutos. El conjunto tiene un verde oscuro y una textura de fronde de helecho que es lo que le da el nombre popular y todo su valor ornamental. En la base del peciolo hay una glándula nectarífera bien visible, detalle útil para identificarla. Las hojas se pliegan parcialmente de noche, un movimiento nictinástico común en las mimosoideas.
La floración ocurre entre finales de invierno y mediados de primavera, típicamente de febrero a abril en la península, y se adelanta a enero en el litoral mediterráneo y en Canarias. Son espigas erectas de 4 a 8 cm, de un amarillo pálido tirando a crema verdoso, en las que lo llamativo son los estambres. No tienen apenas perfume, al contrario que la mimosa. Atraen abejas en cantidad, lo cual es un punto a favor en un mes en el que hay poco en flor.
Después vienen las legumbres: vainas aplanadas de 5 a 12 cm, verdes primero y marrón oscuro al madurar, que se abren en el árbol y sueltan semillas duras y negras. Un ejemplar adulto produce miles cada año. Recuérdelo, porque es la raíz del principal inconveniente de esta especie.
Sobre el crecimiento: es de los más rápidos que se pueden ver. Con agua y calor puede hacer de 1 a 1,5 metros en un solo año los primeros veranos, y florece ya a los dos o tres años desde semilla. El precio de esa velocidad es una madera blanda, ramas quebradizas y una longevidad corta: 15 o 20 años, rara vez más. No es un árbol patrimonial, es un árbol de relleno rápido.
Para qué sirve realmente en el jardín
Su papel natural es el de árbol de emergencia: dar sombra y volumen en tres o cuatro años mientras crecen los árboles definitivos, que son más lentos. Se planta junto a un roble, un almez o una encina, se disfruta la sombra mientras tanto, y cuando el árbol de verdad empieza a necesitar espacio se retira la acacia plumosa. Usada así es una herramienta excelente.
También funciona como pantalla visual o cortavientos de primera línea en zonas costeras, porque tolera bien la salinidad ambiental, y como planta de recuperación de suelos degradados: al ser leguminosa fija nitrógeno atmosférico gracias a bacterias simbiontes de sus raíces, y mejora terrenos pobres con rapidez.
Lo que no es buena idea es plantarla como árbol principal y permanente de un jardín pequeño. En diez años habrá que quitarla, y quitar un árbol de seis metros con raíces bajo un pavimento no es barato.
Ubicación y clima
Quiere pleno sol. Tolera media sombra, pero se ahíla, la copa queda rala y el follaje pierde densidad, que es justo lo que se le pide.
En cuanto al frío, es moderadamente rústica: un ejemplar adulto y bien establecido aguanta heladas de hasta unos -6 o -7 °C sin daños graves, aunque puede perder parte del follaje. Por debajo de -8 °C se le queman las hojas y se le secan las ramillas terminales; heladas prolongadas por debajo de -10 °C suelen matarla. Los ejemplares de menos de dos años son bastante más sensibles y sufren ya con -3 °C.
Esto la hace cultivable en toda la franja litoral mediterránea y atlántica, Canarias, el valle del Guadalquivir, Extremadura, Levante y la mitad sur en general. En la meseta norte, el interior de Aragón o zonas de montaña es una apuesta arriesgada: irá bien varios años y morirá en la primera ola de frío seria.
Es sensible al viento fuerte. Las ramas se desgajan con facilidad y el anclaje radicular es mediocre en relación con el volumen de copa. Un sitio algo resguardado alarga bastante su vida.
Suelo
Aquí es donde se muestra tolerante de verdad. Acepta suelos arenosos, francos, pedregosos, pobres, ácidos, neutros y también calizos. Prefiere un pH entre 6 y 7,5, pero no se descompone en terrenos con carbonato cálcico como hacen las acacias australianas del grupo de la mimosa. Esto la convierte en una opción viable en el Levante y en el interior calizo, donde una Acacia dealbata no injertada no dura.
Lo único que exige es drenaje. En suelos arcillosos compactos y con agua estancada es candidata segura a podredumbre radicular por Phytophthora. Si el terreno es pesado, plante sobre caballón, abra un hoyo generoso (un metro de lado) y mezcle arena gruesa y compost bien hecho con la tierra de relleno.
Riego
El primer año hay que regar en serio para que arraigue: cada tres o cuatro días en verano en el interior, cada semana en el litoral, siempre con riegos abundantes y espaciados en lugar de superficiales y diarios. La idea es que el agua baje y las raíces la sigan.
A partir del segundo o tercer año es muy resistente a la sequía. En clima mediterráneo litoral se puede dejar sin riego una vez establecida; en el interior seco, dos o tres riegos profundos entre julio y septiembre son suficientes para que no se defolie parcialmente. Aguanta más sed de lo que su aspecto exuberante sugiere.
Cuidado con el exceso: es más frecuente perder una acacia plumosa por asfixia radicular que por sequía. Si las hojas amarillean de forma generalizada empezando por las de dentro de la copa y el suelo está permanentemente húmedo, el problema es agua de más.
Abonado
Casi ninguno. Al fijar nitrógeno por sí misma, abonarla con fertilizantes nitrogenados es contraproducente: fuerza brotes larguísimos, blandos y frágiles que se rompen al primer temporal y atraen pulgón. Si el suelo es muy pobre, basta con extender compost o estiércol maduro en el alcorque a finales de invierno, una vez al año. En maceta, un abono equilibrado a dosis baja en primavera.
Plantación y trasplante
Mejor en otoño, de octubre a noviembre, para aprovechar las lluvias y llegar al verano con raíz. En zonas con heladas fuertes, esperar a marzo. Se planta a partir de contenedor, alterando lo mínimo el cepellón: como muchas mimosoideas, tolera mal la manipulación de raíces y un ejemplar ya asentado en el suelo prácticamente no se puede trasplantar.
Un consejo con la maceta de vivero: revise que no venga con las raíces enrolladas en espiral. Un árbol de crecimiento tan rápido se estrangula a sí mismo si sale del contenedor con la raíz mal formada, y suele fallar de golpe a los cinco o seis años, justo cuando ya pesa lo suyo.
Poda
La poda de formación en los dos primeros años es lo más rentable que se puede hacer con esta especie. Tiende a hacer varios troncos codominantes con horquillas cerradas y corteza incluida, que son precisamente las que se abren por el viento. Elija un guía dominante, elimine los competidores mientras son finos y suba la cruz progresivamente.
Después, poda de mantenimiento ligera justo después de la floración, en abril o mayo: ramas secas, cruzadas o rotas, y aclareo suave de la copa para que el viento pase. Cortar mucho más tarde elimina yemas de flor. Rebrota razonablemente bien de madera de dos o tres años, mejor que la mimosa, pero los cortes muy grandes en tronco viejo producen madera de rebrote mal anclada y focos de pudrición.
Si le interesa mantenerla como arbusto denso, se puede rebajar fuerte cada dos años a finales de invierno; responde con brotes largos y follaje abundante, aunque casi sin flor.
Plagas y problemas
Cochinillas, especialmente la algodonosa (Icerya purchasi), muy asociada a leguminosas australianas. Se ven como masas blancas cerosas en ramas y peciolos, con melaza y negrilla asociadas. Se trata con jabón potásico o aceite de parafina aplicados al atardecer, repitiendo a los diez días. En invasiones fuertes, la mariquita Rodolia cardinalis es un control biológico muy eficaz.
Pulgón en los brotes tiernos de primavera, sobre todo si se ha abonado con nitrógeno. Suele resolverse solo al llegar el calor.
Psílidos y orugas defoliadoras ocasionales, sin importancia real en un árbol que rebrota tan rápido.
Como problemas no parasitarios, los habituales son la asfixia radicular en suelos pesados, la rotura de ramas por viento en ejemplares mal formados y los daños por helada en la parte alta de la copa, que en primavera se recuperan casi siempre desde madera más baja.
El inconveniente serio: se siembra sola
Este es el apartado que hay que leer antes de comprarla. La acacia plumosa produce enormes cantidades de semilla dura y longeva, capaz de permanecer viable en el suelo muchos años y de germinar en masa tras un incendio o tras cualquier remoción del terreno. Es una especie pirófita: el calor rompe la impermeabilidad del tegumento y dispara la germinación.
El resultado es que se naturaliza con facilidad en climas mediterráneos y templados húmedos. En Canarias está considerada invasora y hay programas activos de control; en el litoral peninsular y en Portugal aparece asilvestrada en barrancos, cunetas y bordes de pinar. Comparte con las acacias australianas el mismo patrón: crece rápido, fija nitrógeno, altera la química del suelo y desplaza al matorral autóctono.
Si decide plantarla, asuma dos tareas: recortar las inflorescencias marchitas antes de que cuajen las vainas, o al menos recoger las vainas maduras antes de que se abran, y arrancar las plántulas espontáneas que aparecerán cada primavera en un radio amplio. Se quitan muy fácilmente con la mano el primer año; al segundo ya hay que usar azada. Y si vive junto a monte natural o en Canarias, sencillamente elija otra especie.
Multiplicación
Por semilla, que germina sin ninguna dificultad si se rompe la latencia física. El método estándar: verter agua muy caliente sobre las semillas y dejarlas a remojo 24 horas. Las que se hinchen al doble están listas. Se siembran en primavera en sustrato arenoso, cubiertas con un centímetro de tierra, y germinan en una o dos semanas a 20-25 °C. El porcentaje suele ser muy alto, así que no siembre cien semillas salvo que quiera cien árboles.
Por esqueje semileñoso a finales de verano, con hormona de enraizamiento y calor de fondo, se puede conseguir, pero el rendimiento es bajo y no compensa cuando la semilla funciona tan bien.
En resumen
La acacia plumosa es en realidad Paraserianthes lophantha, una leguminosa australiana perennifolia de 4 a 8 metros, con follaje bipinnado de aspecto de helecho y espigas de flor crema entre febrero y abril. Su gran virtud es la velocidad: da sombra y volumen en tres años, aguanta sequía, salinidad, suelos pobres y también los calizos, y resiste heladas de hasta -6 o -7 °C. Su gran limitación es que vive quince o veinte años, tiene madera frágil y se siembra sola con una eficacia notable, hasta el punto de comportarse como invasora en Canarias y en el litoral.
Plantada con criterio (a pleno sol, en suelo drenado, bien formada de joven, podada tras la floración y con las vainas retiradas cada año) es un árbol de transición muy útil. Plantada como árbol definitivo de un jardín pequeño, es un problema aplazado tres o cuatro años.