La acacia azul (Acacia saligna) es probablemente la acacia australiana mejor adaptada a las condiciones más duras del sureste español: suelos arenosos, salinidad, viento marino, calor y muy poca lluvia. Durante décadas se plantó a manos llenas en fijación de dunas, taludes de carretera y repoblaciones de zonas áridas, precisamente porque agarra donde casi nada más agarra.

Esa misma virtud es hoy su principal problema. Antes de meterla en un jardín conviene entender bien qué se está plantando, porque es una planta con una capacidad de expansión considerable y con una vida bastante corta. Vamos por partes.

Acacia saligna en flor con sus cabezuelas amarillas y filodios colgantes

Origen y sinónimos

Es originaria del suroeste de Australia Occidental, de la franja costera mediterránea que rodea Perth, con inviernos suaves y lluviosos y veranos largos y secos. Esa procedencia explica por sí sola por qué se encuentra tan cómoda en el litoral ibérico: el clima de origen y el de destino son casi el mismo.

En bibliografía y en viveros la vas a encontrar también como Acacia cyanophylla, que es un sinónimo antiguo aún muy usado en España, y con los nombres comunes de acacia azul, mimosa azul o acacia de hoja de sauce. Este último es el más descriptivo, y de hecho el epíteto saligna significa justamente eso: parecida al sauce.

Fuera de Australia se ha extendido por Sudáfrica, Israel, Chipre, Túnez, Marruecos, California, Chile y toda la cuenca mediterránea. En España está naturalizada en el litoral del sureste y en Canarias.

Características

Es un arbusto grande o arbolito perennifolio de 3 a 8 metros, normalmente multicaule, con varios troncos delgados que salen del suelo y una copa amplia, irregular y de ramas largas y arqueadas que cuelgan. Nunca da un fuste recto ni una silueta pulcra: su gracia es precisamente ese porte desmadejado y llorón.

Lo que parecen hojas no lo son. Son filodios: pecíolos ensanchados y aplanados que hacen la función de hoja. La planta joven, recién germinada, sí produce hojas bipinnadas verdaderas de tipo mimosa, pero las pierde enseguida y a partir de ahí solo desarrolla filodios. Son largos y estrechos, de 8 a 25 cm por 1 a 2 cm, ligeramente falcados, coriáceos, con un nervio central marcado y de un verde azulado o glauco. Cuelgan hacia abajo, lo que reduce la superficie expuesta al sol del mediodía: una adaptación a la sequía de manual.

La floración ocurre en primavera, entre marzo y mayo según la zona, y es abundantísima. Son cabezuelas globosas de un amarillo dorado saturado, de 1 a 1,5 cm, agrupadas en racimos cortos a lo largo de las ramas. Un ejemplar en flor es literalmente amarillo de arriba abajo. Es una planta melífera de primer orden.

Después llegan las legumbres, estrechas, de 8 a 12 cm, algo estranguladas entre semilla y semilla, verdes y luego pardas. Contienen semillas negras y duras con un arilo carnoso que las aves comen y dispersan. Una planta adulta puede producir decenas de miles de semillas al año, viables en el suelo durante décadas.

El crecimiento es explosivo: dos o tres metros en los primeros dos años no es raro. La contrapartida es la longevidad, que ronda los 10 o 20 años. Entra en decadencia pronto, con ramas secas y desgajes, y es un árbol que hay que asumir como temporal.

Dónde plantarla

A pleno sol. Es una especie heliófila absoluta; en sombra se ahíla, florece poco y pierde el color glauco.

El suelo es donde brilla: acepta arenas puras, suelos esqueléticos, pedregosos, pobres, degradados y compactados. Tolera bien la caliza, mucho mejor que Acacia dealbata o Acacia baileyana, y aguanta cierta salinidad, lo que la hace utilizable en primera línea de costa y en suelos salinizados por riego. Fija nitrógeno atmosférico mediante rizobios en sus nódulos radiculares, así que se autoabastece y además mejora el suelo para las plantas vecinas.

Lo único que no perdona es el encharcamiento prolongado. Un suelo arcilloso que se queda saturado en invierno la mata por asfixia radicular.

Resiste muy bien el viento, incluso cargado de salitre, y por eso se ha usado tanto en cortavientos y en fijación de dunas y taludes. Su sistema radicular es potente, con raíces someras muy extendidas que sujetan el sustrato con eficacia.

Riego y abonado

El primer verano conviene regarla cada 7 o 10 días para asegurar el arraigo. A partir del segundo año, en clima mediterráneo litoral, puede vivir sin riego alguno: es una de las especies leñosas ornamentales más resistentes a la sequía que se pueden plantar en España.

Como en el resto de acacias australianas, el sobrerriego es más peligroso que la sequía. Con agua abundante crece de forma desordenada, produce madera blanda y quebradiza y aumenta el riesgo de podredumbre de raíz.

El abonado sobra. No lo necesita y, además, conviene evitar los abonos complejos con fósforo alto: muchas plantas australianas evolucionaron en suelos extremadamente pobres en fósforo y son sensibles a su exceso. Si el suelo es realmente miserable, un poco de compost superficial en otoño y nada más.

Poda

Aquí se comporta al revés que la mayoría de acacias: rebrota con mucha fuerza, tanto de las ramas cortadas como de la base e incluso de las raíces. Eso la hace podable, pero convierte cada corte en una decisión con consecuencias.

La poda útil es la de formación y limpieza, hecha justo después de la floración, entre mayo y junio. Se seleccionan tres o cuatro troncos principales, se eliminan los rebrotes sobrantes de la base y se quitan las ramas secas, las que se cruzan y las que arrastran por el suelo. Un despunte moderado de las ramas más largas ayuda a compactar la copa y evita que se desgajen con el viento.

Lo que hay que evitar es el terciado severo: al cortar drásticamente responde con una nube de rebrotes vigorosos y mal insertados que en pocos años pesan más de lo que la madera vieja puede sostener. Y hay algo más importante: si lo que se pretende es eliminar la planta, cortarla al ras es contraproducente. Rebrota con más fuerza aún y emite chupones de raíz por todo el entorno. Para eliminarla de verdad hay que sacar el tocón o tratarlo, y estar dispuesto a segar los rebrotes durante varias temporadas.

Rusticidad

Es la más friolera de las acacias que se cultivan habitualmente en España. Un ejemplar adulto soporta heladas breves de -5 a -7 °C; por debajo se le queman los filodios y los brotes, y con -8 o -10 °C mantenidos puede perder toda la parte aérea, aunque suele rebrotar desde el pie si el suelo no se ha helado.

Esto la limita al litoral mediterráneo, Baleares, Canarias, el valle del Guadalquivir y la costa atlántica del suroeste. En la meseta, en el valle del Ebro con inversiones térmicas o en cualquier zona con heladas invernales regulares, no es una especie recomendable.

Multiplicación

Por semilla, y con un porcentaje de éxito altísimo si se hace bien. La testa es impermeable, así que hay que escarificarla: lo más práctico es sumergir las semillas en agua a punto de hervir, retirar el recipiente del fuego y dejarlas en remojo hasta que el agua se enfríe, unas 12 a 24 horas. Las semillas viables se hinchan visiblemente. Se siembran en primavera, a un centímetro de profundidad, en sustrato arenoso, y germinan en una o dos semanas a 20 °C.

Conviene plantarlas al sitio definitivo cuanto antes: desarrolla una raíz pivotante rápida y las plantas que pasan demasiado tiempo en contenedor acaban con la raíz espiralizada, lo que compromete su anclaje de por vida. Es una de las causas más frecuentes de que un ejemplar adulto termine tumbado por el viento.

También se puede reproducir por esqueje semileñoso en verano y por trasplante de rebrotes de raíz, aunque casi nadie se molesta teniendo tanta semilla disponible.

Usos

Ornamental y funcional. Como seto informal alto, pantalla visual, cortavientos y cubierta rápida de taludes y desmontes es difícil de superar en su clima. Da sombra en dos o tres años, algo que ninguna especie autóctona mediterránea consigue.

Restauración y control de erosión. Es la razón de su expansión mundial. Se ha empleado masivamente en fijación de dunas costeras, revegetación de zonas áridas y estabilización de suelos degradados, especialmente en el norte de África y Oriente Próximo.

Forraje. En regiones semiáridas se utilizan sus filodios como forraje de emergencia para ovino y caprino en periodos de sequía, cuando el pasto falla. Es un recurso de apoyo, no un alimento principal: el contenido en taninos reduce la digestibilidad de la proteína, y su valor nutritivo real es inferior al que sugiere su análisis bruto. En Australia y en países mediterráneos se han seleccionado procedencias con menos taninos precisamente por eso.

Otros. La corteza es rica en taninos y se ha usado en curtido. Produce goma. Es apreciada por los apicultores por su floración temprana y masiva. Y como leña o biomasa tiene un rendimiento notable dada su velocidad de crecimiento, aunque su madera no sirve para carpintería.

El aviso que hay que dar

Todo lo que la hace útil la hace también potencialmente problemática: crece rapidísimo, produce toneladas de semilla longeva, rebrota de raíz y tolera condiciones donde la flora autóctona lo pasa mal. Está considerada invasora en buena parte de la cuenca mediterránea y es una de las peores plagas vegetales del fynbos sudafricano, donde ha sido necesario recurrir al control biológico con el hongo Uromycladium tepperianum para contenerla.

En España se ha naturalizado en arenales y zonas degradadas del litoral sureste y en las islas. Antes de plantarla conviene consultar la normativa autonómica y el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, porque en varias comunidades las acacias australianas están reguladas. Y si vives junto a un espacio natural protegido, un sistema dunar o un cauce, la recomendación honesta es no plantarla y buscar alternativas autóctonas con funciones parecidas: el lentisco (Pistacia lentiscus), el taray (Tamarix), la retama (Retama sphaerocarpa) o el algarrobo (Ceratonia siliqua) cubren buena parte de los mismos usos sin el riesgo.

En resumen

La Acacia saligna es la solución rápida para un problema difícil: cubrir, sombrear o sujetar terreno en un sitio seco, salino, arenoso y ventoso donde otras plantas no arrancan. Solo pide sol y drenaje, no necesita riego ni abono una vez arraigada, y florece de forma espectacular cada primavera.

A cambio hay que asumir tres cosas: vive poco, entre diez y veinte años; no aguanta las heladas por debajo de -6 o -7 °C; y se dispersa con mucha facilidad, lo que obliga a plantarla con criterio y lejos de espacios naturales. Bien colocada es una herramienta excelente. Mal colocada, un problema que se hereda.


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