En un patio de Madrid a 39 grados, un Acer palmatum llega a finales de julio con las hojas quemadas por los bordes y el aspecto de haber pasado algo grave. El Acer buergerianum, plantado al lado, sigue verde. Esa diferencia de comportamiento es la razón principal por la que merece la pena conocer este arce y no dar por hecho que todos los arces asiáticos necesitan el mismo mimo.
Qué árbol es y de dónde viene
Acer buergerianum es un arce caducifolio originario del este de China, con poblaciones también en Corea, Taiwán y Japón, donde se cultiva desde hace siglos. Pertenece a la familia Sapindaceae, que es donde acabaron los arces tras absorberse la antigua familia Aceraceae. En español se le conoce como arce tridente, y en inglés como trident maple; los dos nombres apuntan a lo mismo: la hoja.
Porque la hoja es su rasgo más reconocible. Mide entre 4 y 8 centímetros, es trilobulada, con tres lóbulos poco profundos que apuntan hacia delante, márgenes casi enteros, haz verde oscuro y brillante y envés glauco, más pálido y algo azulado. No tiene nada que ver con la hoja palmeada y muy dividida del arce japonés clásico. En otoño vira a tonos que van del amarillo dorado al naranja y al rojo intenso, con bastante variación entre ejemplares de semilla: dos árboles hermanos pueden colorear de forma distinta.
El porte es el de un árbol pequeño o mediano. En jardín se queda habitualmente entre 6 y 10 metros, con copa redondeada y densa, aunque en su área de origen y con muchos años puede pasar de los 15. Crece a ritmo moderado, más deprisa que un acebo pero sin las prisas de un plátano de sombra. Los ejemplares maduros desarrollan una corteza exfoliante muy decorativa, que se desprende en placas dejando ver tonos anaranjados y pardos por debajo: es uno de los atractivos de invierno del árbol y una razón para no plantarlo escondido.
Florece en primavera, a la vez que brota, con inflorescencias en corimbo de flores pequeñas y amarillo verdosas, poco vistosas pero visitadas por abejas. Los frutos son las sámaras típicas del género, aquí con las dos alas casi paralelas o incluso convergentes, formando una V estrecha, y no abiertas en ángulo amplio como en otros arces.
El arce que aguanta el clima español
Conviene insistir en esto porque es lo que lo diferencia. Existe la idea extendida de que un arce ornamental asiático exige suelo ácido, sombra, ambiente húmedo y agua abundante, y que fuera de la cornisa cantábrica es una apuesta perdida. Eso describe bastante bien a Acer palmatum, pero no a Acer buergerianum, que es notablemente más tolerante al calor, a la sequía estacional, a la contaminación urbana y al suelo compactado. En China y en Japón se usa como árbol de alineación en calles, y ese es un examen que un arce japonés no pasa.
Tampoco es delicado con el frío: resiste sin daño temperaturas del orden de -18 a -20 ºC, lo que lo hace viable en el interior peninsular, en la meseta norte o en zonas de montaña media. Las heladas tardías pueden quemarle la brotación si son severas, pero rebrota sin problema.
Dicho esto, tampoco es un olivo. En Sevilla, Córdoba o Murcia, con veranos largos de 40 grados y suelos calizos, sufre y hay que darle sombra de tarde y riego de verdad. Su terreno natural en España son los climas templados y continentales moderados: la mitad norte, el interior con riego, las zonas de media montaña, la costa mediterránea con suelo trabajado.
Ubicación y suelo
Exposición: a pleno sol en el norte y en climas frescos, donde además colorea mejor en otoño. En el centro y el sur, media sombra o sol de mañana con protección del sol de tarde, sobre todo los primeros años. Un ejemplar adulto y bien enraizado aguanta mucho más que un plantón recién puesto.
Suelo: prefiere suelos ligeramente ácidos o neutros, profundos y bien drenados, pero se adapta a texturas variadas, incluso arcillosas, siempre que no se encharquen. Tolera cierta caliza mejor que Acer palmatum, aunque en terrenos muy calizos o con agua de riego muy dura puede aparecer clorosis férrica: hojas amarillas con los nervios marcados en verde. Se corrige con quelatos de hierro y, sobre todo, con acolchado orgánico que acidifique poco a poco la superficie.
Plantación: el momento óptimo es el otoño, de octubre a diciembre según la zona, con la planta ya en reposo. También sirve el final del invierno. Cava un hoyo del doble del cepellón, descompacta el fondo, mezcla compost maduro con la tierra de relleno y riega abundantemente para asentar. Un acolchado de 5-8 centímetros de corteza o restos de poda triturados marca una diferencia enorme en el primer verano.
Sus raíces no son especialmente agresivas para lo que suele darse en el género, pero es un árbol de sistema radicular denso y algo superficial: no lo plantes a menos de tres o cuatro metros de una solera o un muro si puedes evitarlo.
Riego y abonado
Los dos o tres primeros años son los que deciden. En ese periodo hay que regar con regularidad de mayo a septiembre, cada 3 o 4 días en verano en el interior, espaciando cuando refresque. A partir de ahí el árbol se vuelve bastante autónomo, aunque en olas de calor conviene un riego abundante y profundo cada una o dos semanas antes que salpicaduras diarias que solo mojan los primeros centímetros.
El síntoma típico de estrés hídrico en esta especie es el secado marginal de la hoja, un ribete pardo y crujiente. Si aparece en pleno agosto con viento seco, no es una enfermedad: es sed, o sed combinada con exceso de radiación.
Para el abonado basta con un aporte de compost o estiércol bien hecho al final del invierno y, si quieres empujarlo, un fertilizante equilibrado de liberación lenta en primavera. Evita los abonos muy nitrogenados a partir de julio: producen brotes tiernos que llegan mal al otoño, colorean peor y se hielan con más facilidad.
Poda: cuidado con el momento
Es un árbol que rebrota bien y cicatriza con facilidad, pero tiene la particularidad de todo el género: sangra savia si se poda a finales de invierno, cuando la subida de savia ya ha empezado y las yemas aún no han abierto. Ese lloroso no suele matar al árbol, pero lo debilita y ensucia.
Lo recomendable es podar en pleno reposo, en diciembre o enero, o bien a finales de verano, en agosto o septiembre, una vez detenido el crecimiento. Limítate a formación en los primeros años —seleccionar un guía, elevar la cruz, eliminar ramas cruzadas— y después a mantenimiento: madera muerta, ramas mal dirigidas y aclareo de copa si se cierra demasiado. No necesita poda anual severa y agradece que lo dejen en paz.
Multiplicación
Por semilla es lo más habitual y lo más sencillo del género. Las sámaras se recogen maduras en otoño, se les separan las alas y se someten a estratificación fría en sustrato húmedo dentro de la nevera, a 3-5 ºC, durante unos dos o tres meses. Después se siembran en primavera en sustrato drenante. La germinación es irregular y una parte de las semillas suele estar vana, así que siembra bastante más de lo que necesites.
Por esqueje es más difícil: se intentan esquejes semileñosos a finales de primavera o principios de verano, con hormona de enraizamiento y calor de fondo, con resultados desiguales. El acodo aéreo en primavera funciona bien y es la vía razonable para reproducir un ejemplar concreto en casa. Los cultivares seleccionados —enanos como 'Miyasama yatsubusa', variegados como 'Wako nishiki'— se propagan por injerto sobre patrón de la especie.
Un clásico del bonsái
Si has visto este arce alguna vez, hay muchas papeletas de que fuera en una maceta plana. Acer buergerianum es una de las especies de bonsái más utilizadas del mundo, y por razones muy concretas: reduce el tamaño de hoja con facilidad, ramifica de forma densa, cicatriza rápido las heridas grandes, brota de madera vieja y tolera podas de raíz agresivas que otras especies no perdonarían.
Es además el árbol por excelencia para el estilo de raíces sobre roca, porque sus raíces engrosan y se abrazan a la piedra formando esas estructuras que definen la técnica. En cultivo en maceta, el trasplante se hace a principios de primavera, cuando las yemas empiezan a hincharse, cada uno o dos años en ejemplares en formación, con sustrato mineral drenante tipo akadama con grava volcánica. En maceta el riego pasa a ser diario en verano: el árbol tolera la sequía en suelo, no en un cuenco de cinco centímetros de fondo.
Problemas habituales
Pulgón en la brotación de primavera, tratable con jabón potásico o simplemente ignorable si hay mariquitas. Cochinillas en ejemplares en sitios cerrados y sin ventilación. Oídio en veranos húmedos y bochornosos, con ese polvillo blanco sobre las hojas nuevas, que se controla con azufre mojable si es persistente.
Más grave, aunque poco frecuente, es la verticilosis (Verticillium), un hongo de suelo que afecta al género y que se manifiesta con el marchitamiento súbito de una rama o de todo un lado del árbol, con manchas oscuras en la madera al hacer un corte. No tiene tratamiento curativo: se poda por debajo de la zona afectada y se evita replantar arces en el mismo sitio. Como prevención, no plantar donde antes hubo tomateras, patatas u otros huéspedes habituales del hongo.
Y el error de manejo más común: enterrar el cuello del árbol al plantar. El punto donde el tronco ensancha para convertirse en raíz debe quedar a nivel del suelo, nunca bajo tierra ni bajo un montón de mantillo apilado contra la corteza.
En resumen
Acer buergerianum es un arce caducifolio chino de tamaño moderado, hoja trilobulada brillante, buen color otoñal y corteza exfoliante en la madurez. Su virtud frente a otros arces ornamentales es la resistencia: aguanta el calor, la sequía moderada, la contaminación, el suelo compactado y las heladas hasta unos -18 ºC, lo que lo convierte en una opción realista donde Acer palmatum fracasa. Plántalo en otoño, en suelo drenado y ligeramente ácido, a pleno sol en el norte y a media sombra en el sur, riégalo con constancia los tres primeros años y acólchalo. Poda en reposo profundo o a finales de verano para evitar el sangrado, vigila la clorosis si tu agua es dura y, si te tienta el bonsái, es probablemente la especie más agradecida con la que empezar.