En los setos vivos del norte peninsular, mezclado con endrinos, majuelos y avellanos, crece un arce que pasa desapercibido once meses al año y en octubre se vuelve del color de la paja mojada por el sol. Es el Acer campestre, el arce menor o arce campestre, uno de los pocos arces verdaderamente autóctonos de la península ibérica y, probablemente, el más útil de todos ellos para un jardín normal.
Que sea discreto es justo lo que lo hace interesante. No tiene el follaje palmado del arce japonés ni el rojo eléctrico de los arces americanos, pero aguanta calizas, sequía estival, poda severa, suelos compactados y heladas de -25 ºC sin inmutarse. Donde otros arces fracasan, este sigue adelante.
Qué es exactamente el arce menor
Acer campestre L. pertenece a la familia Sapindaceae (antes se clasificaba en las Aceráceas, hoy absorbidas por aquella). Su área natural cubre casi toda Europa, el Cáucaso, el norte de Turquía y el noroeste de África. En España aparece de forma espontánea en la mitad norte: Pirineos, Cordillera Cantábrica, Sistema Ibérico, Sistema Central y algunos enclaves frescos de las serranías del este y del sur, casi siempre en fondos de valle, orlas de robledal, bosques de ribera y setos de linde. Recibe nombres locales muy variados: moscón en la cornisa cantábrica, asclero o acirón en el Pirineo aragonés, aurón en algunas comarcas.
Es un árbol pequeño o arbolillo caducifolio, de 8 a 15 metros de altura en condiciones buenas, aunque en suelos pobres o sometido a poda se queda en un arbusto de 3 o 4 metros. Crece despacio: entre 20 y 40 cm al año una vez establecido, bastante menos que un plátano o un almez. La copa es densa, redondeada y bastante regular, con ramificación fina, lo que da una sombra tupida y una silueta invernal muy limpia.
Cómo reconocerlo sin dudas
Tres caracteres bastan para identificarlo, y conviene conocerlos porque en vivero se confunde a veces con Acer monspessulanum, el arce de Montpellier.
La hoja. Opuesta, de 4 a 10 cm, con cinco lóbulos (los dos basales muy pequeños) de bordes redondeados, nunca dentados ni acabados en punta aguda. Esa redondez es la clave: el arce de Montpellier tiene solo tres lóbulos y el falso plátano (Acer pseudoplatanus) los tiene grandes y aserrados. Brota con un tono bronceado que vira a verde mate y termina el año en amarillo dorado, a veces con lavados anaranjados. El otoño del arce campestre es amarillo, no rojo: quien busque escarlata debe mirar hacia otras especies.
El látex del pecíolo. Si se arranca una hoja y se aprieta la base del rabillo, aparece una gota de jugo lechoso blanco. Ningún otro arce ibérico lo hace. Es la prueba definitiva y funciona en cualquier época con la hoja verde.
Las sámaras. Los frutos son disámaras cuyas dos alas se disponen casi en línea recta, formando 180 grados, como una hélice horizontal. En el falso plátano las alas forman un ángulo agudo, y en el arce de Montpellier son casi paralelas y solapadas. Maduran en septiembre y octubre, con tonos verdosos o rojizos según el árbol.
Un cuarto rasgo, útil en invierno: las ramas de dos o tres años desarrollan a menudo crestas de corcho suberoso en las aristas, un relieve corchoso que se nota al pasar el dedo. La corteza del tronco es pardo grisácea y se agrieta en placas rectangulares pequeñas.
Dónde plantarlo y en qué suelo
Aquí está la ventaja competitiva del arce menor y conviene entenderla bien, porque corrige una idea muy repetida: no todos los arces necesitan suelo ácido. Los arces japoneses y los arces rojos americanos sí lo agradecen, y en las tierras calizas de medio país amarillean sin remedio. Acer campestre es exactamente lo contrario: es una especie calcícola por naturaleza, que vegeta perfectamente con pH de 7,5 u 8 y con suelos margosos o arcillosos. En la mitad este y sur peninsular, donde la clorosis férrica arruina tantas plantaciones ornamentales, esta es una de las respuestas sensatas.
Tolera además suelos compactados, pesados y con encharcamiento temporal en invierno, lo que lo hace apto para alcorques de calle y para jardines con tierra de relleno de obra. Lo que no soporta bien es el suelo permanentemente saturado ni la salinidad alta.
En cuanto a exposición, admite sol pleno y media sombra. En el interior peninsular, con veranos de 38 o 40 ºC, agradece que le dé algo de sombra en las horas centrales durante los primeros años; después aguanta bien. Es también notablemente resistente al viento y a la contaminación urbana, y su follaje denso lo convierte en buena pantalla cortavientos en el borde de una parcela.
La rusticidad al frío es total en todo el territorio español: soporta sin daño temperaturas por debajo de -20 ºC, de modo que sirve igual en Burgos, en Teruel o en Lugo.
Plantación
La mejor época es el otoño, de octubre a diciembre, para que emita raíz durante el invierno y llegue al primer verano ya asentado. En zonas de heladas fuertes y tardías puede retrasarse a febrero o principios de marzo, siempre antes de la brotación.
El hoyo debe ser ancho más que profundo: dos o tres veces el diámetro del cepellón y de la misma profundidad que este. El error más común es plantar demasiado hondo. El cuello del árbol, ese punto donde el tronco se ensancha y arrancan las primeras raíces, tiene que quedar a nivel del terreno o un par de centímetros por encima. Enterrarlo provoca podredumbres de cuello a medio plazo y es la causa silenciosa de muchos árboles que "nunca acaban de arrancar".
No hace falta rellenar con sustrato comercial: se usa la propia tierra del hoyo, desterronada, y como mucho se mezcla algo de compost maduro. Un hoyo relleno de tierra esponjosa dentro de un terreno arcilloso funciona como una maceta enterrada y acaba encharcándose. Se remata con un alcorque, un riego de asentamiento abundante y una capa de 5 a 8 cm de acolchado (corteza, restos de poda triturados o paja), separada unos centímetros del tronco.
Para seto, que es uno de sus usos clásicos, se plantan entre 3 y 5 unidades por metro lineal si son plantas jóvenes a raíz desnuda, o dos por metro si son de mayor porte. Como árbol aislado o de alineación, conviene dejar 5 o 6 metros entre pies y respetar esa distancia respecto a fachadas y muros.
Riego y abonado
Los dos o tres primeros años son los que importan. Durante ese periodo hay que regar en profundidad en verano: entre 20 y 40 litros por árbol cada 7 o 10 días en el interior peninsular, espaciando en el norte húmedo. Es preferible un riego copioso y espaciado a riegos cortos y frecuentes, porque el agua superficial mantiene las raíces arriba y el árbol no llega a independizarse nunca.
Pasado ese periodo de arraigo, un Acer campestre adulto vive sin riego en casi toda la mitad norte y en zonas de interior con al menos 500 mm anuales. En el sudeste árido o en veranos excepcionales agradecerá dos o tres riegos profundos de refuerzo, pero no depende de ellos.
El abonado es prácticamente innecesario. Una aportación de compost o estiércol muy hecho a razón de 2 o 3 kg por metro cuadrado, extendida sobre el alcorque a finales de invierno, cubre de sobra sus necesidades. Los abonos nitrogenados de liberación rápida solo consiguen brotes largos, blandos y propensos al pulgón.
Poda: su gran baza
El arce menor rebrota con enorme facilidad de madera vieja, y esa capacidad es lo que explica su presencia histórica en los setos vivos europeos. Se puede recortar, trasmochar, guiar en espaldera o mantener a la altura que se quiera durante décadas.
El calendario: la poda de formación y la de estructura se hacen en invierno, mejor de diciembre a mediados de febrero, con el árbol parado. Si se poda con la savia ya en movimiento, en marzo o abril, los cortes lloran; no suele ser mortal, pero es una pérdida innecesaria de reservas y una puerta abierta a hongos. Los setos formales admiten un repaso ligero en junio-julio, después de la primera brotada, para mantener la línea.
En un ejemplar libre basta con eliminar ramas cruzadas, chupones del pie y madera seca, y elevar poco a poco la cruz si se quiere pasar por debajo. Como en todos los arces, conviene evitar los cortes de gran diámetro: compartimentan mal las heridas grandes y responden con una nube de rebrotes desordenados. Mejor intervenir poco y pronto que mucho y tarde.
Multiplicación
La forma natural es la semilla, y tiene truco. Las sámaras se recogen en octubre, cuando pasan de verdes a pardas pero antes de que sequen del todo. Si se siembran inmediatamente en una cama de tierra al aire libre, el invierno hace el trabajo y germinan en primavera, aunque no es raro que una parte del lote espere al segundo año: la semilla del arce campestre tiene latencia doble, es decir, necesita una fase cálida y otra fría antes de romper.
Si se guardan secas, hay que devolverles ese ciclo artificialmente: 24 horas en remojo, dos o tres meses en bolsa con vermiculita o turba apenas húmeda a temperatura ambiente, y después tres o cuatro meses en la nevera a 3-5 ºC, revisando de vez en cuando para sembrar en cuanto asome la radícula. Es un proceso largo pero muy agradecido: la germinación de semilla fresca bien tratada es alta.
Las variedades seleccionadas no se reproducen fielmente por semilla y se propagan por injerto sobre pie de la especie (de escudete en agosto o de púa en invierno) o por acodo. El esqueje leñoso enraíza mal y no merece el intento a nivel aficionado.
Plagas, enfermedades y problemas reales
Es una especie sana. Los tres asuntos que aparecen de verdad son estos:
Pulgón. En primavera coloniza los brotes tiernos y provoca la melaza pegajosa que ennegrece luego con negrilla. En un árbol establecido es cosmético y se resuelve solo cuando llegan los depredadores; en árboles jóvenes o si molesta por estar sobre un paso o un coche, basta con jabón potásico repetido a los 7 días. Evitar los insecticidas de amplio espectro, que eliminan también a las mariquitas y garantizan una segunda oleada peor.
Oídio. Un polvillo blanco en las hojas al final del verano, favorecido por noches frescas y días cálidos. Desfigura pero no mata. Se controla mejorando la aireación de la copa que aplicando fungicidas; si el ataque es intenso y repetido, azufre mojable fuera de las horas de calor.
Verticilosis. Es la única enfermedad seria del género. La causa un hongo de suelo (Verticillium dahliae) que tapona los vasos conductores y produce marchitez súbita de una rama o de todo un lado del árbol, con la madera teñida de verdoso u oliváceo bajo la corteza. No tiene tratamiento curativo. Se previene no plantando arces donde hayan muerto antes olivos, fresnos u otros arces, evitando heridas en las raíces y manteniendo el árbol sin estrés hídrico. Si aparece, se cortan las ramas afectadas bastante por debajo de la zona teñida y se desinfecta la herramienta entre corte y corte.
También conviene saber que aparecen a veces manchas foliares oscuras de tipo antracnosis en primaveras muy lluviosas. Recoger y retirar la hojarasca en otoño reduce el inóculo y con eso suele bastar.
Variedades interesantes
La especie tipo es perfecta para seto, pantalla y uso naturalista. Para jardín pequeño o alineación urbana hay selecciones más previsibles:
'Elsrijk', de copa cónica compacta y densa, es probablemente el mejor clon para calle y para jardines estrechos; hoja algo más pequeña y buen amarillo otoñal. 'Nanum' forma una bola de 2 o 3 metros, casi sin necesidad de poda, útil en patios. 'Postelense' brota en primavera con un amarillo dorado intenso que va verdeando en verano. 'Carnival' tiene hoja variegada de blanco crema, muy vistosa, pero exige media sombra porque el margen blanco se quema al sol fuerte del interior. 'Red Shine' aporta brotación purpúrea.
Además, Acer campestre es una de las especies clásicas para bonsái en clima mediterráneo, justo por su facilidad de rebrote, la reducción de hoja que admite y su tolerancia al agua caliza del grifo.
Para qué usarlo en el jardín
Resumiendo sus papeles: seto vivo alto o medio, formal o libre, mezclado o en monocultivo; pantalla visual y cortavientos en linderos; árbol de sombra en jardines pequeños, donde un plátano o un tilo serían desproporcionados; alineación urbana en calles estrechas o bajo tendidos; y seto campestre para fauna, ya que su floración discreta de abril es visitada por abejas y sus semillas alimentan a pequeños pájaros y roedores.
Lo que no debe pedírsele es un espectáculo cromático de otoño ni un crecimiento rápido. Para lo primero hay arces mejores; para lo segundo, casi cualquier otra cosa. Su valor está en durar, en aguantar y en no dar problemas.
En resumen
El Acer campestre es el arce que se planta cuando lo que se quiere es un árbol que funcione. Aguanta caliza, sequía, frío intenso, viento, suelo malo y poda dura; se identifica por sus hojas de lóbulos redondeados, el látex blanco del pecíolo y las sámaras extendidas en horizontal; se planta en otoño con el cuello descubierto, se riega en profundidad los tres primeros años y después se olvida uno de él; y se poda en pleno invierno, sin grandes cortes. Si el jardín está sobre suelo calizo y otros arces han fracasado allí, este es el que hay que probar.