En las umbrías calizas de Cazorla, de Baza o de las sierras de María, por encima de los 1.000 metros, crece un arce que pasa dos meses de verano sin ver una gota de lluvia y sigue ahí. Se llama Acer opalus subsp. granatense, el arce de Granada o arce granadino, y es la respuesta a un problema que se repite en muchos jardines españoles: querer un arce y tener un suelo calizo, compacto y un clima que no perdona.
Durante años se ha extendido la idea de que los arces son plantas de tierra ácida, sombra fresca y riegos constantes. Eso vale para Acer palmatum y sus parientes japoneses, que efectivamente amarillean en cuanto el pH sube de 7. Pero el género Acer tiene más de un centenar de especies y varias de ellas son mediterráneas de pura cepa. Esta es una de las más adaptadas al calor y a la caliza que existen.
Qué es exactamente el arce granadino
Botánicamente es una subespecie de Acer opalus, el arce blanco o de Italia. Verás su nombre escrito de las dos maneras: Acer granatense Boiss. como especie independiente, o Acer opalus subsp. granatense (Boiss.) Font Quer & Rothm., que es la combinación más aceptada hoy. Da igual a efectos de jardinería: se trata de la misma planta.
Su distribución cuenta bastante de cómo hay que tratarlo. Aparece en las montañas del sureste y este peninsular (Sierra Nevada, Sierra de Baza, Cazorla y Segura, sierras de Alcaraz, Gúdar y Javalambre, Els Ports), en Mallorca —donde se le llama rotaboc— y en las montañas del norte de África, en el Rif y el Atlas. Es un relicto: sobrevive en enclaves frescos y sombreados de un territorio que en conjunto es seco, refugiado en barrancos, umbrías y pies de cantil entre los 900 y los 2.000 metros. Convive con quejigos, pino salgareño, mostajos y, en los sitios más afortunados, tejos.
Este dato tiene consecuencias prácticas. Un árbol de montaña mediterránea está preparado para fríos intensos, sequía estival y suelos pobres y pedregosos, pero no para el calor sofocante y húmedo del litoral ni para las noches cálidas de una ciudad de interior a nivel del mar. Es rústico, no indestructible.
Aspecto y porte
Es un árbol pequeño o mediano, de 5 a 12 metros, que con frecuencia se comporta como arbolito de varios pies o incluso como arbusto grande cuando crece en roquedos o ha sufrido ramoneo. La copa es redondeada e irregular, más ancha que alta en ejemplares viejos, y la corteza gris parda se va agrietando en placas con los años.
La hoja es lo que lo distingue de un vistazo. Mide entre 3 y 8 cm, mucho menos que la del arce blanco típico, tiene de tres a cinco lóbulos poco marcados y de borde ondulado o con dientes romos, y es algo coriácea y cubierta por el envés de un fieltro blanquecino que es su marca de la casa: al pasar el dedo se nota aterciopelada. Esa pilosidad no es decorativa, reduce la pérdida de agua y refleja radiación.
En otoño vira a amarillo dorado, ocre y naranja, con tonos rojizos en algunos pies y en años de otoño seco y fresco. No compite con el rojo eléctrico de un Acer palmatum 'Osakazuki', pero en octubre y noviembre, en un jardín de sierra, es lo que hay de color y no es poco.
Florece en abril o mayo, con las hojas ya brotadas o casi, en corimbos colgantes de flores amarillo verdosas pequeñas pero muy visitadas por abejas. El fruto es la disámara típica del género, con las dos alas formando un ángulo cerrado, casi paralelas, y a menudo teñidas de rojo en verano.
Dónde plantarlo
A pleno sol en zonas de montaña y de clima continental frío; a media sombra o sombra ligera en el resto, y especialmente en Andalucía, Murcia, el valle del Ebro o el interior manchego a baja altitud. La orientación ideal reproduce lo que hace en el monte: sol de mañana y protección en las horas centrales del verano, o luz filtrada bajo pinos o quejigos ya establecidos.
Agradece cortavientos. Las hojas se secan por los bordes con viento cálido y seco, el clásico terral de julio. Un muro, un seto o la propia masa arbórea del jardín le vienen bien.
Es un árbol de tamaño manejable, así que basta con separarlo 4 o 5 metros de muros y otros árboles. Sus raíces no son agresivas y no da problemas con pavimentos o tuberías, al contrario que arces mayores.
El suelo: aquí está la gracia
Vive de forma natural sobre calizas y dolomías, con pH que puede pasar de 8, y sobre suelos esqueléticos, pedregosos, de escaso espesor. Es de las poquísimas especies del género que no muestra clorosis férrica en terrenos calizos, lo que lo convierte en la alternativa lógica cuando alguien quiere un arce en media España y no está dispuesto a montar un macizo de tierra ácida con riego de agua acidificada.
Con suelos arcillosos se lleva razonablemente bien a condición de que drenen. Y aquí conviene ser claro, porque se confunden dos cosas: tolerar arcilla no es tolerar encharcamiento. Un suelo pesado que se queda con agua tres días después de una lluvia intensa le pudrirá las raíces igual que a cualquier otro arce. Si esa es tu situación, la solución no es plantar más hondo sino todo lo contrario: plantar sobre un caballón de 30 o 40 cm de altura, o levantar un macizo con tierra vegetal mezclada con grava caliza o arena gruesa lavada. Nunca arena de playa, y nunca solo arena sobre arcilla, que da como resultado algo parecido al cemento.
El hoyo de plantación conviene hacerlo amplio, de al menos 60 x 60 x 60 cm en terreno compacto, y romper las paredes con la azada para que no queden lisas y actúen como una maceta enterrada, que es un error frecuente y silencioso: el árbol vive tres o cuatro años tirando del cepellón y luego se para sin motivo aparente.
Riego
Los dos o tres primeros años son los que deciden si el árbol prospera. En ese periodo hay que regarlo en serio durante la sequía estival: en zonas cálidas, cada 3 o 4 días en pleno julio y agosto, con 15 a 25 litros por riego aplicados despacio y en el alcorque, no con la manguera treinta segundos por encima. El objetivo es que el agua baje, no que moje la superficie, porque un riego superficial frecuente cría raíces someras y prepara al árbol para morirse el primer verano que te descuides.
Pasado ese periodo de establecimiento, un ejemplar adulto en clima de montaña o en el tercio norte no necesita riego. En clima mediterráneo seco de baja altitud sí conviene mantener un par de riegos generosos al mes en julio y agosto, y ahí es más rentable eso que muchos riegos pequeños.
Un acolchado de 6-8 cm de corteza de pino, restos de poda triturados o grava, separado unos centímetros del tronco para no provocar podredumbre del cuello, ahorra la mitad del agua y mantiene la temperatura del suelo estable. Es la mejor inversión que se puede hacer en este árbol.
Abonado
Es una especie de suelos pobres y no le hace ninguna falta un plan de fertilización. Con una aportación anual de compost o estiércol bien hecho —una capa de 3 o 4 cm extendida bajo la copa a finales de invierno— tiene de sobra. Si lo tienes en un jardín muy exigente, un abono granulado de liberación lenta equilibrado en marzo y nada más.
Lo que hay que evitar es el exceso de nitrógeno, sobre todo a partir de agosto: provoca brotaciones tardías y tiernas que el primer frío de noviembre quema, y en un árbol de crecimiento naturalmente lento produce madera blanda y ramas mal ancladas. Y no tiene sentido aplicarle quelato de hierro por sistema, como se hace con los arces japoneses: si amarillea sobre caliza, casi siempre el problema es un exceso de agua en la raíz y no una carencia de hierro.
Poda
Cuanta menos, mejor. Su porte natural es agradable y no necesita formación más allá de elegir en los primeros años un eje o un número razonable de pies y eliminar ramas cruzadas, chupones y madera muerta o dañada.
El detalle importante es cuándo. Los arces tienen una fuerte presión radicular al final del invierno y sangran savia abundantemente si se cortan en enero, febrero o marzo. No es letal, pero debilita y ensucia. El momento correcto es a finales de otoño, con la hoja ya caída y antes de las heladas fuertes, o bien en pleno verano tras el parón vegetativo. Cortes limpios, junto al collar de la rama, sin dejar tocones y sin masillas selladoras, que retienen humedad y favorecen pudriciones.
Multiplicación
Por semilla, que es lo que funciona de verdad. Se recogen las sámaras en septiembre u octubre, cuando pasan de verde a pardo pero antes de que se sequen del todo, y se descarta lo que flote en un cubo de agua: buena parte de la cosecha suele estar vana.
La semilla tiene letargo embrionario y necesita frío húmedo. Dos caminos:
Siembra otoñal al exterior, en noviembre, en macetas profundas o semillero protegido con sustrato drenante, dejadas a la intemperie en un lugar resguardado. El invierno hace la estratificación y la nascencia llega en marzo o abril. Es lo más sencillo y lo que mejor sale.
Estratificación en frigorífico: semilla mezclada con perlita o vermiculita apenas húmeda en bolsa perforada, entre 2 y 5 ºC durante 90-120 días, revisando cada dos semanas por si aparece moho o germinaciones anticipadas, y siembra después.
La germinación es irregular y no debe sorprender que buena parte espere al segundo año. El crecimiento inicial es lento, cuenta con 3 o 4 años en maceta antes de plantarlo en su sitio definitivo. Los esquejes no prenden bien y el injerto, sobre patrón de Acer opalus o Acer pseudoplatanus, queda para viveros especializados.
Un aviso legal que conviene conocer: es un taxon protegido en varias comunidades autónomas, con poblaciones catalogadas como vulnerables o de interés especial. Recolectar semillas de ejemplares silvestres en espacios protegidos requiere autorización. Compra planta de vivero con procedencia declarada; además te ahorrarás años de espera.
Cuándo plantar o trasplantar
De noviembre a febrero si el ejemplar viene a raíz desnuda o en cepellón escayolado, aprovechando el reposo. En contenedor puede plantarse casi todo el año, pero el otoño sigue siendo mejor que la primavera en España: el árbol dispone de todo el invierno y la primavera para enraizar antes de enfrentarse a su primer verano, que es el examen de verdad.
Evita la plantación de mayo a septiembre en cualquier caso. Y si trasplantas un ejemplar ya crecido, ten presente que los arces adultos se resienten mucho: por encima de los 3 metros de altura, la operación tiene un porcentaje de fracaso alto salvo que se prepare el cepellón con un año de antelación.
Plagas, enfermedades y otros problemas
Es un árbol sano. Los problemas más habituales en jardín son:
Pulgón en las brotaciones de primavera. Rara vez pasa de estético; el jabón potásico o simplemente dejar trabajar a mariquitas y sírfidos suele bastar.
Oídio en primaveras húmedas y en ejemplares muy resguardados y con poca ventilación. Se ve como un polvillo blanco en las hojas jóvenes. Más aireación y menos nitrógeno.
Manchas foliares por hongos como Rhytisma, que produce esas manchas negras alquitranadas tan aparatosas y tan poco graves. Recoger y retirar la hoja caída en otoño rompe el ciclo.
Verticilosis (Verticillium dahliae), la única realmente seria en el género. Se manifiesta como el marchitamiento súbito de una rama o de todo un lado del árbol en pleno verano, con las hojas secas que quedan colgando. Al cortar la rama se ven anillos o vetas oscuras en la madera. No tiene tratamiento curativo: se poda por debajo del punto afectado, se desinfecta la herramienta con alcohol entre corte y corte, y se evita replantar arces en el mismo hoyo. El riesgo aumenta muchísimo en suelos encharcados y en terrenos que antes tuvieron olivo, tomate, patata o algodón, hospedadores clásicos del hongo.
Quemaduras foliares, que no son una enfermedad. Bordes secos y crujientes en agosto significan sol excesivo, viento seco o falta de agua, en ese orden de probabilidad. Es el problema número uno de esta especie plantada a pleno sol en llanura.
Rusticidad
Excelente. Soporta sin daños -15 ºC y aguanta puntas de -18 a -20 ºC, algo esperable en un árbol que vegeta a 1.800 metros en Sierra Nevada. Las heladas tardías tampoco suelen afectarle porque brota relativamente tarde, un rasgo muy útil en zonas de continentalidad marcada como Teruel, Soria o Cuenca, donde otras especies pierden la brotación cada dos por tres.
El calor lo tolera bien siempre que las noches refresquen. Lo que no lleva bien es la combinación de calor nocturno, humedad ambiental alta y suelo pesado, es decir, el litoral mediterráneo bajo. Ahí no es una buena elección por mucho que la caliza le convenga.
Para qué se usa
En jardín, como árbol de sombra pequeño y de color otoñal en patios, jardines de sierra, casas rurales y espacios donde no cabe un árbol grande. Funciona muy bien en composiciones de flora autóctona junto a quejigos, mostajos, arces de Montpellier (Acer monspessulanum), durillos y madroños, y en jardines de bajo consumo de agua una vez establecido.
Tolera razonablemente el cultivo en maceta grande —de 60 litros en adelante— y se ha trabajado en bonsái, donde su hoja pequeña y su rusticidad juegan a favor, aunque exige trasplantes cuidadosos y no perdona la sequía completa del cepellón.
Su madera, dura y de grano fino, se ha empleado tradicionalmente en tornería, aperos y utensilios. Y en el monte cumple una función ecológica notable: aporta hojarasca rica que mejora el suelo, sostiene fauna y marca los enclaves más frescos y mejor conservados de las sierras béticas.
Un apunte para quien lo busque en vivero: se confunde con frecuencia con Acer monspessulanum, que tiene la hoja aún más pequeña, con tres lóbulos enteros y glabra por el envés. Si la hoja tiene cinco lóbulos y un fieltro blanco al tacto por debajo, es granatense.
En resumen
El arce granadino es el arce que se puede plantar donde no cabe ningún otro: suelo calizo, verano seco, inviernos duros de montaña. Pide sombra ligera en las zonas cálidas, un suelo que drene aunque sea arcilloso, riego generoso los tres primeros años y prácticamente nada después. Crece despacio, no supera los 12 metros y regala un otoño amarillo y naranja fiable.
Sus dos errores clásicos son plantarlo a pleno sol en llanura calurosa y confundir tolerancia a la arcilla con tolerancia al encharcamiento. Evita esos dos y tendrás un árbol que te sobrevivirá sin darte trabajo, y que además pertenece de verdad al paisaje de buena parte de España.