En primavera, las diminutas flores rojizas del Acer shirasawanum se asoman por encima del follaje en lugar de colgar debajo. Ese detalle, que parece anecdótico, es justo lo que lo separa del casi idéntico Acer japonicum y explica por qué durante décadas se han vendido plantas de uno con la etiqueta del otro. Conviene tenerlo claro antes de comprar, porque las dos especies piden condiciones parecidas pero no idénticas, y el precio de una planta injertada de buen calibre no es pequeño.
En español se le llama arce de luna llena, traducción del inglés full moon maple, y el nombre describe bien la hoja: un disco casi circular dividido en 9 a 13 lóbulos poco profundos, muy distinto de la hoja recortada y estrellada del arce japonés de toda la vida (Acer palmatum).
De dónde viene y qué aspecto tiene
Es originario de Japón, donde crece en los bosques de montaña de Honshu, en suelos ácidos, ricos en materia orgánica y bajo la sombra ligera de árboles mayores. Ese origen no es un dato de enciclopedia: es literalmente el manual de cultivo de la especie. Todo lo que le va bien en un jardín es una imitación de ese ambiente, y todo lo que le sienta mal es lo contrario de él.
Se comporta como árbol pequeño o arbusto grande, con varios troncos desde la base con frecuencia. En cultivo europeo rara vez pasa de 5 o 6 metros, aunque en su medio puede alcanzar los 10 o 12. Crece despacio: hay que contar con que un ejemplar de vivero de metro y medio tardará años en dar sombra real. La copa se abre en capas horizontales, con una silueta ancha y aplanada que suele ser más amplia que alta; es un árbol para mirar de lado, no para mirar hacia arriba.
La hoja mide entre 6 y 12 cm de ancho, es palmeada, con el margen finamente aserrado, y en otoño vira a amarillo, naranja y rojo según el clon y el año. Los frutos son sámaras dispuestas casi en horizontal, muy visibles en verano porque quedan sobre las hojas, con un tono rosado que en algunos ejemplares es tan decorativo como la propia floración.
Los cultivares que se encuentran aquí
El más difundido con diferencia es 'Aureum', de hoja amarilla dorada durante toda la temporada, con un fino ribete rojizo al brotar y color mantequilla intenso antes de caer. Es un cultivar antiguo, y aparece etiquetado indistintamente como Acer shirasawanum 'Aureum' o Acer japonicum 'Aureum'; la primera adscripción es la aceptada hoy.
Junto a él circulan 'Jordan', parecido a 'Aureum' pero de amarillo algo más estable y algo menos sensible al sol; 'Autumn Moon', de tonos anaranjados y asalmonados que cambian a lo largo del verano; 'Moonrise', con brotación naranja intensa; y 'Palmatifolium', de hoja más dividida y de color verde, bastante más vigoroso que el resto.
Casi todo lo que se vende va injertado sobre patrón de la propia especie o de Acer palmatum. Interesa localizar el punto de injerto al plantar y no enterrarlo, y vigilar durante años los rebrotes que salgan por debajo de él: si el patrón toma la mano, en dos temporadas te quedas con un arce verde cualquiera y la variedad dorada desaparece.
Dónde se puede cultivar en España
Aquí toca ser franco. Este es un árbol de clima fresco y húmedo: aguanta el frío sin inmutarse, hasta unos -20 ºC, y en cambio sufre con el calor seco. La combinación que lo mata no es el invierno, sino el verano peninsular de interior: 38 ºC, aire seco y viento.
Va bien, y sin esfuerzo, en Galicia, la cornisa cantábrica, el norte de Navarra, el Pirineo y las zonas de montaña con veranos suaves. Es cultivable con cuidados en el norte de la meseta, en jardines resguardados, y en zonas de media montaña del sistema Ibérico o del Central. En el valle del Ebro, Extremadura, La Mancha, el valle del Guadalquivir y el litoral mediterráneo cálido lo razonable es cultivarlo en maceta grande, a resguardo, o directamente elegir otra especie: el Acer monspessulanum o el Acer campestre dan follaje y color otoñal sin pedir nada extraordinario.
La brisa marina cargada de sal le sienta mal, así que en costa conviene plantarlo detrás de una pantalla vegetal.
Suelo y agua: aquí se juega todo
Necesita suelo ácido o neutro, entre pH 5 y 6,5, suelto, profundo, con mucha materia orgánica y con buen drenaje. Sobre suelo calizo entra en clorosis férrica: las hojas amarillean entre nervios que siguen verdes, el crecimiento se detiene y el árbol se va apagando durante un par de temporadas. Los quelatos de hierro alivian el síntoma pero no arreglan la causa, y salen caros año tras año.
Aquí está el error más repetido con esta especie: plantar en un hoyo relleno de sustrato ácido dentro de un terreno calizo. Funciona uno o dos años y luego falla, porque las raíces salen de la maceta invisible que le has hecho y el agua de riego, si es dura, va recarbonatando el sustrato desde arriba. Si tu suelo es calizo, la solución honesta es el cultivo en contenedor de 50 litros o más, con sustrato para plantas acidófilas, o un arriate elevado con suelo ácido de verdad y aislamiento lateral.
El agua de riego importa tanto como el suelo. En buena parte de España el agua del grifo tiene bicarbonatos de sobra para subir el pH del sustrato en pocos meses. Recoger agua de lluvia es lo ideal; en su defecto, acidificar el riego de vez en cuando con unas gotas de vinagre o de ácido cítrico hasta dejarla en torno a pH 6.
El riego debe ser regular y sin encharcamiento. Odia por igual la sequía y el barro permanente. Un buen acolchado de corteza de pino, hojarasca o acículas, de 5 a 8 cm y sin tocar el tronco, resuelve la mitad del problema: mantiene la humedad, modera la temperatura del suelo y acidifica poco a poco al descomponerse.
Exposición: sombra, pero no oscuridad
La ubicación correcta es sombra ligera o sol de mañana con sombra desde el mediodía. En el norte húmedo tolera bastante más sol; en cuanto el clima se seca, cada hora de sol de tarde en julio se paga con bordes de hoja quemados, marrones y crujientes, que ya no se recuperan hasta la caída.
Con 'Aureum' hay una tentación que conviene resistir. Como es dorado, se suele suponer que necesita mucha luz para no reverdecer, y se planta a pleno sol. Justo al revés: el follaje amarillo tiene menos clorofila y por tanto menos protección frente a la radiación, así que es de los que antes se abrasan. Lo que sí necesita es luz abundante indirecta; a la sombra densa el color se apaga hacia el verde limón y las ramas se estiran buscando claridad.
El viento seco es el otro enemigo. Deshidrata la hoja más rápido de lo que la raíz puede reponer y produce el mismo quemado de bordes que el exceso de sol, incluso en un sitio sombreado.
Plantación, poda y mantenimiento
La época de plantar es el otoño, de octubre a diciembre, para que enraíce con las lluvias antes del verano. En zonas de heladas fuertes y tardías, también sirve el final del invierno. El hoyo, amplio y con el cepellón a ras de suelo: enterrar el cuello es un fallo clásico que acaba pudriéndolo.
De poda, lo mínimo. Su porte en capas es su gracia y una tijera entusiasta lo estropea sin remedio. Basta con retirar ramas secas, cruzadas o enfermas. Y el momento importa: si se poda a final de invierno, cuando la savia ya está subiendo, el árbol sangra por los cortes de forma abundante. Es preferible hacerlo a finales de verano o en pleno invierno, con el árbol completamente parado.
El abonado ha de ser moderado, con fertilizante para acidófilas o materia orgánica compostada al final del invierno. El exceso de nitrógeno produce brotes largos, tiernos y blandos que se queman al primer golpe de calor y atraen pulgón.
En cuanto a problemas, aparecen pulgones en los brotes tiernos de primavera, alguna cochinilla en ramas viejas y oídio en ambientes cerrados sin ventilación. El asunto serio es la verticilosis, un hongo de suelo que provoca el marchitamiento repentino de una rama entera con la hoja aún verde; no tiene tratamiento curativo, así que evita plantarlo donde antes hubo arces, olivos o solanáceas afectadas.
En maceta
Es una opción perfectamente válida, y en media España es la única sensata. Contenedor de al menos 40-50 litros, mejor de barro o de material que no se caliente en exceso, con sustrato para acidófilas aligerado con perlita o arena silícea. Trasplante cada tres o cuatro años a final de invierno, aprovechando para recortar un tercio de las raíces periféricas.
El punto débil del cultivo en maceta es la temperatura del cepellón: una raíz a 40 ºC en un tiesto al sol se cuece aunque las hojas estén a la sombra. Coloca la maceta donde el recipiente quede sombreado en las horas centrales, aunque el árbol reciba luz. En invierno, al revés, el cepellón se hiela antes que el suelo del jardín; en zonas frías conviene arrimar las macetas entre sí y proteger las paredes.
En resumen
El Acer shirasawanum es un arce pequeño, lento y elegante, de hoja redondeada y color otoñal notable, cuyas flores erguidas lo distinguen de Acer japonicum. Pide suelo ácido, agua sin cal, humedad constante, sombra ligera y veranos frescos. En el norte peninsular es un árbol agradecido; en el interior y en el sur, solo prospera en maceta y con vigilancia, y muchas veces es más honesto sustituirlo por un arce mediterráneo. Si aciertas con el sitio, apenas necesitará que le hagas nada durante décadas más allá de regarlo bien y dejarlo crecer a su ritmo.