Estruja una hoja entre los dedos: ese olor medicinal y penetrante identifica al árbol antes que cualquier clave botánica. El alcanforero, Cinnamomum camphora, lleva su tarjeta de visita en el follaje, en la madera y hasta en las raíces, y es uno de los pocos árboles de sombra que se reconocen a ciegas. También es uno de los que más problemas causa cuando se planta en el sitio equivocado, así que merece la pena repasarlo con detalle antes de decidirse.

Ejemplar adulto de alcanforero con su copa ancha y densa

Origen y características

Es originario del este de Asia: sur de China, Taiwán, Japón, Corea y norte de Vietnam. Pertenece a las lauráceas, la misma familia del laurel y del canelo, y de hecho comparte género con Cinnamomum verum, el árbol de la canela. Conviene deshacer la confusión: la corteza del alcanforero no da canela, y su aceite no tiene nada que ver con el de aquella especie.

Es un árbol perennifolio, de crecimiento medio y porte imponente. En España encontramos ejemplares de 15 a 25 metros en jardines históricos, alineaciones y parques de Sevilla, Cádiz, Málaga, Valencia, Barcelona, Galicia costera y Canarias; en su área de origen sobrepasa los 40 metros y desarrolla troncos monumentales, con varios metros de perímetro y contrafuertes en la base. La copa es redondeada, muy ancha y muy densa: proyecta una sombra oscura, casi impenetrable, bajo la que crece poca cosa.

Las hojas son alternas, ovado-elípticas, de 6 a 10 cm, coriáceas y brillantes, verde intenso por el haz y algo glaucas por el envés. Un carácter fácil de comprobar: presentan tres nervios principales que arrancan desde cerca de la base, y en las axilas de esos nervios hay pequeñas cavidades abultadas, los domacios. La brotación primaveral es rojiza o bronceada y muy vistosa.

La floración llega en primavera, entre abril y mayo según la zona, en panículas axilares de florecillas blanco-verdosas diminutas. No es un árbol de flor: pasa desapercibida salvo por el zumbido de abejas que atrae. El fruto es una baya globosa de 7 u 8 mm, negra al madurar en otoño, con una sola semilla. Los pájaros lo comen y lo dispersan con eficacia, lo que explica que en Australia, Sudáfrica y el sureste de Estados Unidos se comporte como invasora agresiva. En España no ha alcanzado ese nivel, pero en zonas húmedas y templadas conviene vigilar los plantones espontáneos bajo la copa.

Hay un fenómeno que genera consultas todas las primaveras: el alcanforero renueva la hoja en abril o mayo. Amarillea y suelta buena parte del follaje viejo justo cuando empuja el nuevo. Ver el suelo cubierto de hojas amarillas y rojizas en plena primavera no es señal de enfermedad ni de falta de riego; es su ciclo normal.

Dónde plantarlo, y dónde no

La ubicación es a pleno sol. De joven acepta media sombra —en su origen crece bajo dosel—, pero para formar una copa equilibrada necesita luz directa.

Lo importante es el espacio, y aquí está el error grave que se repite en muchos municipios. El alcanforero tiene un sistema radicular superficial, potente y expansivo, capaz de levantar aceras, bordillos, soleras y muros de contención, y de colarse en arquetas y saneamientos viejos. Plantado en un alcorque estrecho de una calle, en pocos años se convierte en un problema costoso. Como regla práctica, no lo situaría a menos de 8 o 10 metros de una edificación, una piscina o una conducción, y le reservaría un espacio libre de 10 metros de diámetro para la copa.

Súmese que los frutos maduros manchan pavimentos y coches en otoño-invierno. Es un árbol excelente para parques, fincas y jardines grandes; una mala elección para un patio o un jardín de urbanización.

En cuanto al suelo, prefiere terrenos profundos, fértiles y de reacción neutra o ligeramente ácida, con buen drenaje. Tolera cierta caliza, pero en suelos muy calizos y con agua de riego dura desarrolla clorosis férrica: hojas amarillas con los nervios marcados en verde, sobre todo en la brotación nueva. Es el problema fisiológico más frecuente en el interior peninsular y se corrige con quelato de hierro EDDHA aplicado al suelo en primavera, además de mejorar la materia orgánica. Aguanta bien la brisa marina moderada, aunque no la exposición directa a viento salino fuerte.

Riego

Los dos o tres primeros años son los que deciden. En ese periodo hay que regar dos o tres veces por semana durante el verano en el interior y en el sur, y una o dos en el litoral norte, con riegos abundantes que empapen todo el volumen de raíces en lugar de mojar la superficie.

El ejemplar adulto tolera sequías estivales moderadas, pero no es una especie xerófila y conviene no exagerar en ese punto: en veranos secos y muy calurosos, sin riego alguno, quema los bordes de las hojas y defolia parcialmente. En climas mediterráneos secos, un par de riegos profundos en julio y agosto marcan una diferencia enorme. Lo que no soporta en absoluto es el encharcamiento prolongado, que en suelos pesados acaba en podredumbre de raíz por Phytophthora.

Abonado

Con un aporte anual de materia orgánica bien fermentada —compost, estiércol maduro o humus de lombriz— extendido bajo la proyección de la copa a finales de invierno, va sobrado. En ejemplares jóvenes que se quiera hacer crecer rápido, se puede complementar con un abono granulado de liberación lenta equilibrado, aplicado en primavera y, si acaso, otra vez a principios de verano.

No hay que abonar en otoño ni en invierno: los brotes tardíos y tiernos son justo los que se queman con la primera helada.

Época de plantación

En la mitad sur y en el litoral mediterráneo, lo ideal es plantar en otoño, de octubre a noviembre, para que aproveche las lluvias y el invierno suave enraizando. En zonas de interior con heladas fuertes, mejor esperar a finales de invierno o principios de primavera, cuando ha pasado el riesgo de los fríos intensos.

Al plantar, hoyo amplio —al menos el doble del cepellón—, descompactando bien las paredes, sin enterrar el cuello y con un alcorque generoso para el riego. Si viene de contenedor y las raíces están enrolladas, hay que abrirlas: en un árbol que va a llegar a este tamaño, un cepellón espiralizado es una condena a plazo fijo.

Multiplicación

La vía normal es la semilla. Se recogen los frutos maduros y negros en otoño o invierno, se despulpan bien (la pulpa contiene inhibidores de la germinación) y se siembran frescos en un sustrato ligero, apenas cubiertos, manteniéndolos húmedos y a temperatura suave. La germinación es lenta e irregular: de uno a tres meses, y a veces se prolonga más. La semilla pierde viabilidad al secarse, así que no tiene sentido guardarla de un año para otro.

Los esquejes semileñosos tomados a finales de verano, con hormonas de enraizamiento y calor de fondo, funcionan, pero con porcentajes bajos. Es una técnica de vivero más que de aficionado.

Rusticidad

Es el factor que decide si puedes tenerlo o no. Un ejemplar adulto y bien establecido soporta heladas puntuales del orden de –5 a –8 ºC sin daños permanentes, aunque puede perder parte del follaje. Los ejemplares jóvenes son bastante más sensibles y se dañan ya con –2 o –3 ºC, sobre todo si la helada llega con la brotación tierna.

Traducido al mapa: prospera en toda la franja costera mediterránea y atlántica, en Andalucía, Levante, Baleares, Canarias y Galicia, y en valles resguardados del interior. En la meseta, en el valle del Ebro con sus inversiones térmicas o en zonas de montaña, no es una elección sensata; sobrevivirá algunos años y una entrada de aire polar acabará con él.

¿Se puede cultivar en maceta?

Se puede, con matices. De joven acepta un contenedor grande durante unos años, con sustrato drenante, riego frecuente en verano y trasplantes cada dos o tres años. Pero es un árbol de 20 metros con raíces agresivas: tarde o temprano el tiesto se le queda corto y empieza a estancarse.

Donde sí funciona a largo plazo es como bonsái, y de hecho es un material apreciado en el sur de Europa: rebrota con facilidad de madera vieja, tolera podas fuertes y forma buena nebari. Requiere sustrato muy drenante, riego cuidadoso y protección invernal, porque las raíces en maceta no tienen la resistencia al frío que tiene el árbol plantado.

Usos: ornamental, madera y alcanfor

Como ornamental destaca por la sombra densa y permanente, el follaje brillante todo el año, el porte majestuoso y una notable resistencia a la contaminación urbana. Es un árbol de parque y de gran avenida, no de calle estrecha.

Su madera es aromática, de grano fino, estable y naturalmente resistente a insectos y hongos gracias a su contenido en alcanfor. En Japón y China se ha usado durante siglos para arcones y armarios de ropa, tallas religiosas, muebles y construcción naval.

El capítulo más conocido es el del alcanfor propiamente dicho: hasta la primera mitad del siglo XX se obtenía destilando la madera y las hojas de estos árboles, con Taiwán como gran productor mundial. No era solo un producto medicinal; el alcanfor fue materia prima esencial del celuloide y de la pólvora sin humo, y llegó a ser un producto estratégico. Hoy la mayor parte del alcanfor comercial se sintetiza a partir del alfa-pineno de la trementina.

Conviene señalar que el aceite esencial de Cinnamomum camphora no es uno solo: existen quimiotipos muy distintos según la procedencia y la parte destilada, ricos en alcanfor, en cineol, en linalol (el conocido como ho wood) o en safrol.

Uso medicinal y advertencias de toxicidad

La medicina tradicional asiática y la farmacia occidental han empleado el alcanfor como rubefaciente y analgésico tópico en pomadas para dolores musculares y articulares, y como componente de ungüentos descongestivos aplicados en el pecho. Esos usos externos, en preparados comerciales y a la concentración adecuada, están bien establecidos.

Ahora la parte que hay que decir sin rodeos: el alcanfor es tóxico. Ingerido resulta peligroso incluso en cantidades pequeñas y puede provocar convulsiones; las intoxicaciones graves descritas afectan sobre todo a niños que han bebido aceite alcanforado o han recibido aplicaciones abundantes sobre la piel. No se debe aplicar en lactantes ni en menores de dos años, ni sobre piel dañada, ni en las fosas nasales de niños pequeños. El safrol, presente en algunos quimiotipos, es además hepatotóxico y está clasificado como carcinógeno.

Dicho de otro modo: no prepares infusiones ni remedios caseros con hojas o corteza de tu alcanforero, y no intentes destilar aceite en casa. El árbol del jardín es un árbol, no un botiquín.

Otra creencia que conviene desmontar: tener un alcanforero plantado no ahuyenta a los mosquitos del jardín. El aroma que desprenden las hojas intactas es leve y no repele nada de forma apreciable; el efecto repelente del alcanfor requiere el compuesto concentrado, no un árbol vivo a diez metros.

Poda, plagas y mantenimiento

No necesita poda de mantenimiento y forma solo su copa. Si hay que intervenir, el momento es el final del invierno, antes de que arranque la brotación. Rebrota con mucha fuerza de madera vieja, hasta el punto de que tolera terciados severos, pero esa capacidad no debe interpretarse como una invitación al desmoche: los rebrotes que emite tras un corte grande van mal anclados y con los años se desgajan.

Es un árbol sano y con pocos enemigos. Puede aparecer cochinilla en ejemplares jóvenes o en maceta, tratable con aceite de verano o jabón potásico, y en suelos encharcados, podredumbres radiculares. Nada que preocupe en condiciones normales.

Hojas brillantes y trinervadas del alcanforero

En resumen

El alcanforero (Cinnamomum camphora) es un árbol perenne del este de Asia, de copa ancha y densa y 15 a 25 metros de altura en cultivo, con hojas coriáceas trinervadas que huelen intensamente a alcanfor al estrujarlas. Da una sombra excelente y exige a cambio un espacio grande: sus raíces superficiales levantan pavimentos y no debe plantarse cerca de edificios, piscinas ni conducciones.

Quiere sol, suelo profundo y bien drenado, neutro o ligeramente ácido —en calizas fuertes aparece clorosis férrica corregible con quelato—, riego constante los primeros años y muy poco después. Se planta en otoño en climas suaves y en primavera donde hiela, se multiplica por semilla fresca despulpada y resiste hasta unos –5/–8 ºC de adulto, lo que lo limita al litoral y a los interiores templados.

Sus usos van del ornamental a la madera aromática y al alcanfor histórico, pero ese mismo compuesto obliga a una advertencia clara: es tóxico por ingestión y no debe usarse en preparados caseros ni aplicarse en niños pequeños. Y ni la más frondosa de sus copas mantendrá lejos a los mosquitos.


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