En las sierras que rodean Cartagena y La Unión, sobre suelos pedregosos que en agosto superan los 40 °C, sobrevive la única población natural de Tetraclinis articulata del continente europeo. Fuera de ese reducto murciano hay que cruzar a Malta o al norte de África para encontrarla en estado silvestre. Y sin embargo, esa misma conífera aguanta sin queja en un jardín de secano del Levante, de Andalucía o de Baleares, donde otras coníferas se achicharran o se pudren.

Conviene aclarar de entrada el nombre, porque induce a error a mucha gente. El llamado alerce africano no tiene nada que ver con los alerces de verdad, que son del género Larix, coníferas caducifolias de montaña fría, ni con el alerce patagónico (Fitzroya cupressoides). Tetraclinis articulata pertenece a las cupresáceas, la familia de cipreses, sabinas y enebros, y es de hoja perenne. En España se le conoce también como ciprés de Cartagena, sabina mora o araar, nombres bastante más honestos que el primero.

Ramas articuladas de Tetraclinis articulata, el alerce africano

Cómo reconocerlo

Todo en esta especie va de cuatro en cuatro, y ahí está la clave para identificarla. Las hojas son escamas diminutas soldadas al ramillo en verticilos de cuatro, lo que deja los brotes jóvenes con una sección claramente cuadrangular, muy distinta del ramillo aplanado del ciprés o del Thuja. Esos ramillos aparecen además segmentados, articulados en piezas cortas que se separan con facilidad: de ahí el epíteto articulata.

Los conos femeninos rematan la seña de identidad. Son gálbulos leñosos de un centímetro o poco más, glaucos cuando están verdes y pardos al madurar, que se abren en cuatro valvas desiguales, dos anchas y dos estrechas, como una flor de madera. Cuando ves eso en el suelo, no hay confusión posible con ninguna otra conífera cultivada aquí.

El porte es el de un arbolito o árbol pequeño, de 5 a 12 metros en cultivo, con copa irregular, algo abierta y ramificación ascendente. En su ambiente natural, machacado por la sequía y el pastoreo, se queda muchas veces en mata arbustiva de dos o tres metros. La corteza es gris, agrietada en placas longitudinales con la edad. El crecimiento es lento: hay que contar con unos 15 a 25 cm de altura al año en condiciones normales, algo más si riegas los primeros veranos.

De su tronco y sus tocones se obtienen dos productos históricos que explican por qué el árbol ha sido tan explotado en el Magreb. Uno es la sandáraca, una resina amarillenta que exuda la corteza y que se usó durante siglos para fabricar barnices de calidad. El otro es la madera de thuya de Essaouira, en realidad la lupia o excrecencia leñosa de la base del tronco, veteada y perfumada, con la que se hacen cajas y objetos de marquetería.

Una conífera que rebrota

Aquí está la rareza botánica que conviene conocer antes de plantarla, porque cambia la manera de manejarla. Las cupresáceas, por regla general, no rebrotan de cepa: si cortas un ciprés a ras de suelo, se muere; si podas un seto de Cupressus o de Thuja hasta la madera vieja y desnuda, esa zona ya no vuelve a vestirse. Tetraclinis articulata es una de las poquísimas coníferas que escapa a esa regla: dispone de una base engrosada capaz de emitir brotes nuevos tras un incendio o tras la tala.

Esa capacidad es la razón de que siga existiendo en Cartagena después de siglos de carboneo, minería y fuegos. Y en jardinería significa que tolera intervenciones que arruinarían a un ciprés. Aun así, no conviene abusar: rebrota bien desde la base, pero no rejuvenece igual de rápido una rama vieja pelada por dentro. La poda sensata es la de formación en los primeros años, quitando competencias de guía si quieres un árbol de un solo tronco, y poco más después.

Clima y suelo: lo que de verdad le importa

El calor no es su problema, es su ventaja. Aguanta veranos de 40 °C, insolación directa sobre suelo desnudo y periodos largos sin una gota de agua. Los limitantes reales son otros dos: el frío y el encharcamiento.

En cuanto a frío, se comporta bien en las zonas de invierno suave del litoral mediterráneo, del sur peninsular y de las islas. Soporta heladas ligeras y puntuales, del orden de −6 a −8 °C en ejemplares adultos y bien lignificados, pero los ejemplares jóvenes se dañan mucho antes y las heladas prolongadas o repetidas le pasan factura. En el interior de la Meseta, en el valle del Ebro o en zonas de montaña no es una especie recomendable: puede sobrevivir años y descabezarse en un invierno duro.

El suelo debe ser, ante todo, drenante. Le van perfectamente los terrenos calizos, pedregosos, pobres y con pH básico, que es justo donde vive en la naturaleza. Tolera la salinidad moderada del ambiente costero. Lo que no perdona son los suelos arcillosos compactados y las zonas donde el agua se queda parada en invierno: ahí acaba con podredumbre radicular por Phytophthora, y cuando aparecen los síntomas en la copa ya no hay marcha atrás. Si tu terreno es pesado, planta sobre un caballón elevado o busca otra especie.

Plantación y riego

La época de plantación en la península es el otoño, de octubre a noviembre, o como muy tarde el final del invierno en las zonas más frías del área donde puede cultivarse. Plantar en otoño le da todo el invierno y la primavera para enraizar antes de encontrarse con el primer verano, que es la prueba de fuego.

Abre un hoyo generoso, de al menos 60 × 60 cm, y descompacta el fondo sin rellenarlo de sustrato rico: no le hace falta y solo consigue que las raíces se queden dando vueltas dentro del hoyo en lugar de explorar el terreno. Un alcorque bien hecho y un acolchado de grava o de piedra le viene mejor que cualquier abonado.

El riego es el punto donde más ejemplares se pierden, y casi siempre por exceso. La pauta razonable:

Primer y segundo verano: riegos espaciados pero abundantes, cada 10 o 15 días, mojando en profundidad. Es preferible un riego largo cada dos semanas que un poco de agua cada dos días, porque lo primero obliga a la raíz a bajar y lo segundo la mantiene en superficie.

A partir del tercer año: en el litoral mediterráneo puede prescindir de riego por completo. Si acaso, dos o tres aportes de socorro en un verano especialmente seco, y en ningún caso riego frecuente de programador junto al césped. Un alerce africano plantado en pradera regada tres veces por semana no dura.

De abonado, casi nada. Un aporte de compost maduro en superficie cada dos o tres años es más que suficiente. Forzarlo con nitrógeno solo produce brotes blandos y más sensibles al frío.

Multiplicación

Lo práctico es la semilla. Los conos maduran en otoño y se abren solos al secarse en un lugar aireado; dentro hay semillas aladas, pequeñas. No necesitan estratificación en frío: siembra de otoño a finales de invierno en bandeja con sustrato arenoso, cubriendo apenas unos milímetros, y mantén húmedo sin empapar. La germinación es irregular y puede alargarse varias semanas.

El punto delicado viene después. Las plántulas son muy sensibles al damping-off y a cualquier exceso de humedad, así que hay que darles mucha luz, aire y riego moderado. El primer año crecen despacio y conviene trasplantarlas a maceta alta y profunda, tipo forestal, para que la raíz pivotante no se enrolle. Al terreno definitivo pasan con uno o dos años.

El esqueje enraíza mal, con porcentajes bajos incluso con hormonas, así que salvo que quieras clonar un ejemplar concreto no compensa el esfuerzo.

Problemas y errores frecuentes

Es una especie sana. Los contratiempos habituales tienen más que ver con el manejo que con plagas:

Amarilleo generalizado y ramillos que se secan de dentro hacia fuera: casi siempre exceso de agua o suelo asfixiante, no falta de riego. La reacción instintiva de regar más agrava el problema.

Pulgón del ciprés (Cinara cupressi): puede aparecer en primavera y provocar decoloraciones pardas en ramas concretas. En árboles jóvenes se controla bien con jabón potásico; en adultos rara vez requiere intervención.

Impaciencia: al ser de crecimiento lento, se abandona porque "no hace nada". Está haciendo raíz. Es un árbol para plantar pensando en veinte años, no en tres.

Un apunte final sobre su origen. La población de la Sierra de Cartagena está protegida y es de gran valor por ser relicto de una flora mucho más extendida en el pasado. Compra planta de vivero, nunca recolectes ejemplares ni material del medio natural. La semilla de vivero y la planta certificada abundan y salen baratas.

Dónde queda bien

Funciona muy bien como árbol pequeño para jardín de secano o xerojardín, en grupos sobre grava con romeros, lentiscos, palmitos y espartos. Su porte contenido lo hace apto para parcelas donde un pino sería demasiado. También sirve como pantalla informal en el litoral, aunque no como seto recortado clásico, porque su ramificación abierta no da la pared densa de un ciprés.

Aguanta bien en maceta grande y profunda con sustrato muy drenante, y es una especie apreciada en bonsái precisamente por la textura del follaje y por su tolerancia a la sequía y a la poda de la base. En contenedor, el sustrato debe llevar bastante componente mineral y no debe quedarse nunca empapado en invierno.

En resumen

El alerce africano no es un alerce, sino Tetraclinis articulata, una cupresácea mediterránea con ramillos cuadrangulares articulados y conos de cuatro valvas, con una población relicta protegida en la Sierra de Cartagena. Pide sol directo, suelo calizo, pedregoso y sobre todo drenante, e inviernos suaves: por debajo de unos −7 °C sufre y en climas continentales fríos no procede plantarlo. Se planta en otoño, se riega solo los dos primeros veranos y después vive de la lluvia; el error que más ejemplares mata es regarlo como si fuera una conífera de jardín húmedo. Crece despacio, apenas necesita poda y, a diferencia de casi todas sus parientes, rebrota de la base tras una tala o un incendio. Si tienes clima costero mediterráneo, poco riego disponible y paciencia, es de las coníferas más agradecidas que puedes plantar.


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