A finales de septiembre, bajo un almez viejo de plaza de pueblo, el suelo aparece sembrado de bolitas oscuras del tamaño de un guisante. No son basura ni fruto de adorno: son almezas, se comen, saben a dátil aguado y durante siglos fueron golosina de niños en media España. Ese detalle resume bien lo que pasa con este árbol: llena calles y paseos por toda la Península y casi nadie sabe qué tiene encima cuando pasa por debajo.
Quién es el almez
Su nombre científico es Celtis australis. Se clasificó mucho tiempo entre las ulmáceas, con los olmos, pero hoy figura en la familia Cannabaceae. Es una especie autóctona de la cuenca mediterránea —sur de Europa, norte de África y suroeste de Asia— y en la Península crece de forma espontánea sobre todo en el este, el sur y los valles del interior, en barrancos, riberas y pies de cantil, hasta unos 1.200 metros de altitud.
Acumula nombres populares como pocos árboles: lodón, lodoño, latonero, aligonero, almeza en castellano según la comarca, lledoner en catalán y valenciano —con el fruto llamado lledó—, latón en Aragón. Que un árbol tenga tantos nombres locales significa siempre lo mismo: que la gente lo ha usado durante mucho tiempo.
Cómo es: tronco, hoja y fruto
Es un caducifolio grande. Alcanza sin dificultad 20-25 metros y vive varios siglos; hay ejemplares monumentales catalogados con más de 300 años. El tronco es recto, a menudo con la base ensanchada y contrafuertes, y la corteza es gris y lisa, casi sin grietas incluso en árboles viejos, lo que le da esa apariencia de piel de elefante que lo delata de lejos.
La hoja mide de 5 a 15 cm, es alterna, lanceolada, con la base claramente asimétrica, el margen serrado casi en toda su longitud y una punta larga y afilada. El haz es de un verde oscuro y áspero al tacto, como papel de lija fino; el envés es más claro, grisáceo y con pelos. Ese tacto rugoso es la forma más rápida de separarlo del almez chino (Celtis sinensis), que tiene la hoja lisa, brillante y dentada solo en su mitad superior.
Florece en abril, a la vez que brota, con flores verdosas diminutas sin ningún valor ornamental y polinización por viento. El fruto es una drupa de menos de 1 cm que pasa de verde a amarillenta y termina casi negra en octubre. Bajo una piel fina hay una capa muy delgada de pulpa dulce y azucarada, y dentro un hueso grande y duro. Se come, aunque la relación pulpa-hueso desanima a cualquiera que no tenga ocho años y tiempo libre.
Sus usos: madera, fruto y remedios de casa
La madera del almez es su gran valor histórico. Es flexible, tenaz y muy resistente a la rotura, una combinación rara. Con ella se hicieron durante siglos horcas de labranza, mangos de herramienta, aros de cuba, varas, bastones, fustas y costillas de cestería. La técnica era llamativa: se cultivaban almeces podados y guiados para que emitieran varas rectas de tres puntas, que se cortaban y se moldeaban con calor y agua. En el sur de Francia, el pueblo de Sauve mantuvo esa industria hasta bien entrado el siglo XX, y en varias comarcas del Levante y del interior peninsular hubo oficios equivalentes.
En medicina tradicional se usó como astringente: decocción de hojas y de frutos secos para cortar diarreas y para trastornos con sangrado, aprovechando su contenido en taninos. Conviene decirlo con claridad: es un uso etnobotánico documentado, no una recomendación terapéutica, y no sustituye a nada.
El fruto, además de comerse fresco, se ha empleado en licores caseros y en conserva, y es un recurso importante para mirlos, currucas, zorzales y otras aves en otoño e invierno. Ellas son las que después esparcen las semillas por todo el término municipal.
Cultivo: dónde y cómo plantarlo
Es un árbol fácil, y ahí está buena parte de su éxito urbano.
Clima. Quiere sol pleno y soporta el calor seco del verano peninsular sin inmutarse. Resiste heladas del orden de -12 a -15 °C ya establecido, de modo que va bien en casi toda España salvo alta montaña. Los ejemplares jóvenes son algo más delicados con el frío y con el viento seco.
Suelo. Prácticamente cualquiera. Tolera la caliza, los suelos pedregosos, pobres y compactados, y el pH alto. Lo que no admite es el encharcamiento continuado: aunque en la naturaleza vive en riberas y barrancos, lo hace en suelos que drenan, no en balsas.
Espacio. Este es el error que más se paga. Se planta un almez de vivero de tres metros en un alcorque de 80 cm y en veinte años hay un árbol de quince metros peleándose con una fachada. Necesita al menos 6-8 metros libres alrededor de su eje y distancia suficiente a edificios, líneas aéreas y canalizaciones. Tiene raíz pivotante y tiende a profundizar, lo que reduce —no anula— el riesgo de levantar aceras.
Época. Se planta en reposo, de noviembre a febrero, con el árbol sin hoja. En esos meses admite raíz desnuda y el sistema radicular se rehace antes de la primera demanda de agua.
Riego. Abundante y espaciado los tres primeros años, para forzar a la raíz a bajar. Superado ese periodo, en la mitad sur aguanta el verano con riegos de socorro y en zonas húmedas sin riego alguno. Los riegos cortos y diarios producen árboles con raíz superficial que después sufren en cada ola de calor.
Abonado y poda. Un aporte de compost bajo la copa a final de invierno basta. La poda se limita a formar la cruz en los primeros años y luego a retirar madera seca o rota. Los desmoches sistemáticos que se ven en tantas alineaciones municipales lo debilitan y generan rebrotes mal anclados: si el árbol molesta cada tres años, es que se eligió mal el sitio, no que necesite poda.
Multiplicación por semilla
Es la vía práctica y funciona bien. Se recogen las almezas maduras en octubre, se macera la pulpa un par de días en agua y se frota para liberar los huesos, que se lavan y se secan a la sombra. La semilla necesita frío para romper la latencia: entre 2 y 3 meses de estratificación a unos 4 °C en arena o vermiculita húmeda dentro de la nevera, o siembra directa en semillero al aire libre en noviembre dejando que el invierno haga el trabajo.
La nascencia llega en primavera y es bastante regular. El crecimiento juvenil es moderado, más rápido si hay riego, y conviene trasplantar pronto a contenedor profundo o a sitio definitivo porque la raíz pivotante se estropea en macetas bajas.
Problemas y creencias equivocadas
Es un árbol sano. Lo que se ve:
Agallas de psílidos en las hojas, esos abultamientos redondeados que preocupan a mucha gente y que son puramente estéticos; no tratar.
Pulgón en brotes tiernos de primavera, con melaza y negrilla asociadas, más frecuente en árboles abonados en exceso.
Cochinilla en litorales cálidos, controlable con aceite de parafina en invierno.
Podredumbres de raíz y cuello por riego mal planteado o alcorques que retienen agua. Es el único problema que realmente mata almeces en jardín, y se previene con drenaje, no con fungicidas.
Y tres ideas extendidas que conviene corregir. La primera: «el almez es un olmo». No lo es, y la diferencia importa, porque no le afecta la grafiosis; precisamente por eso se ha usado para reponer las alineaciones de olmos que la enfermedad arrasó desde los años ochenta. La segunda: «sus frutos no sirven para nada». Son comestibles y alimentan a media avifauna del pueblo; lo que sí conviene es no plantarlo justo encima de plazas de aparcamiento, porque la fruta caída mancha. La tercera: «no da alergia». Su polen es anemófilo y, aunque su capacidad alergénica es baja comparada con el olivo, el plátano de sombra o las gramíneas, en alineaciones densas de ciudad sí participa en los recuentos primaverales.
En resumen
El almez o Celtis australis es un caducifolio mediterráneo autóctono, longevo, de hasta 25 metros, con corteza gris y lisa, hoja áspera de punta larga y frutos oscuros comestibles en otoño. Vive con sol, calor, sequía estival y suelo calizo o pobre, resiste hasta unos -12 a -15 °C y solo teme el encharcamiento. Se planta en invierno, se riega en profundidad los primeros años, se abona poco y se poda apenas. Su madera flexible sostuvo oficios enteros y su fruto sigue sosteniendo pájaros. Antes de plantarlo, mide el espacio real de que dispones: buena parte de los problemas que se le achacan vienen de haberlo puesto donde no cabía.