En Anuradhapura, en el centro-norte de Sri Lanka, crece una higuera plantada en el año 288 a. C. según registros escritos continuos. Se llama Sri Maha Bodhi y es, con diferencia, el árbol de plantación humana con la fecha documentada más antigua del planeta. Su especie es Ficus religiosa, y es la misma bajo la que, según la tradición budista, Siddhartha Gautama alcanzó la iluminación.

Qué cuenta la tradición

El relato es conocido en sus líneas generales. Tras años de ascetismo extremo que no le llevaron a ninguna parte, Siddhartha se sentó en Bodh Gaya, en el actual estado indio de Bihar, a orillas del río Nerañjarā, bajo un pipal —el nombre local de la especie— y decidió no levantarse hasta comprender la naturaleza del sufrimiento. Tras una noche larga, según el relato, lo consiguió. El árbol pasó a llamarse bodhi, «despertar» en sánscrito y pali, y el lugar se convirtió en el centro de peregrinación budista más importante que existe.

La tradición añade que el emperador Ashoka, en el siglo III a. C., envió a su hija Sanghamitta a Sri Lanka con un esqueje de aquel árbol, que se plantó en Anuradhapura. Ese esqueje es el Sri Maha Bodhi que sigue vivo hoy, atendido por generaciones sucesivas de guardianes y apuntalado con soportes dorados.

Qué hay de cierto y qué conviene matizar

Aquí es donde el jardinero debe separar el grano de la paja, porque circulan afirmaciones que no se sostienen.

El árbol de Bodh Gaya no es el original. El pipal que hoy crece junto al templo Mahabodhi es descendiente del primero, no el primero. Las fuentes históricas registran varias destrucciones y replantaciones: por causas políticas, por vejez y, la más reciente y documentada, una tormenta que derribó el ejemplar anterior en 1876. El árbol actual se plantó poco después, con material procedente —según la versión aceptada— de un retoño del propio lugar o de Anuradhapura. Es decir, hay continuidad genética plausible, pero no un individuo de 2.500 años.

El de Anuradhapura sí es excepcional. Con más de 2.300 años, es un caso real de longevidad documentada. Los Ficus pueden vivir así de largo porque no dependen de un único tronco: emiten raíces aéreas que engrosan, tocan suelo y se convierten en troncos nuevos, de modo que el organismo se renueva por partes.

Un árbol de Bodhi no es una variedad especial. Cualquier Ficus religiosa lo es, botánicamente hablando. Lo que distingue a los ejemplares venerados es su linaje por esquejes desde Bodh Gaya, no ninguna característica de la planta. Comprar un «árbol de Bodhi» en un vivero es comprar un Ficus religiosa corriente.

La especie no es exclusivamente budista. El pipal ya era sagrado en la India antes del budismo y lo sigue siendo en el hinduismo, donde se asocia a Vishnu, y en el jainismo. Aparece representado en sellos de la civilización del valle del Indo, con más de cuatro mil años de antigüedad.

Árbol de Bodhi adulto con copa amplia

Cómo es el Ficus religiosa

Es una morácea originaria del subcontinente indio, Nepal, Bangladés, Sri Lanka y buena parte del sudeste asiático. Alcanza 20-30 metros de altura y una copa muy ancha, con tronco de corteza gris clara que en ejemplares viejos se acompaña de raíces aéreas y contrafuertes.

La hoja es la mejor seña de identidad y permite distinguirlo sin margen de error del resto de higueras ornamentales:

Forma acorazonada, con la base en corazón, de 10 a 17 cm, y sobre todo una punta larguísima y estrecha —el ápice acuminado o «cola de goteo»— que puede medir de 2 a 7 cm ella sola. Esa cola es una adaptación al monzón: canaliza el agua y hace que la lámina se seque rápido, lo que reduce hongos y epífitas.

Peciolo largo y aplanado lateralmente. De ahí viene el detalle que más llama la atención en vivo: las hojas tiemblan y susurran con la brisa más leve, igual que las de un álamo temblón y por la misma razón mecánica. Ese sonido continuo forma parte de la experiencia de sentarse bajo uno, y no es casual que la meditación se asocie a esta especie.

Los brotes nuevos salen de un color bronce rosado muy vistoso antes de virar a verde. Los frutos son siconos de 1 a 1,5 cm, verdes y luego púrpura oscuro al madurar, sentados en pares sobre las ramas. Como toda higuera, depende de una avispa polinizadora específica, en su caso Blastophaga quadraticeps, que no está presente en España: aquí los frutos nunca contienen semilla viable, si es que llegan a producirse.

En cuanto al comportamiento, es un hemiepífito: en la naturaleza germina con frecuencia en la grieta de un muro o en la horquilla de otro árbol y baja raíces hasta el suelo. De ahí dos consecuencias prácticas. Una, que sus raíces son agresivas y buscan grietas: es una especie invasora reconocida en Israel y problemática en muros y edificios históricos de la India. Nunca lo plantes a menos de diez o doce metros de una construcción, un muro de contención o una red de saneamiento. Dos, que soporta muy bien la poda y el crecimiento restringido, lo que lo ha convertido en una especie destacada para bonsái.

Y un matiz que sorprende a quien lo asocia con la selva: en su clima de origen es caducifolio o semicaducifolio. Pierde la hoja al final de la estación seca, entre marzo y abril, y rebrota casi de inmediato. Que un ejemplar en maceta se quede sin hojas no significa que esté muriéndose.

Cultivarlo en España

Dónde puede vivir fuera. Es una especie subtropical. Un ejemplar adulto y bien establecido tolera heladas cortas de en torno a -1 o -2 °C perdiendo la hoja, pero un ejemplar joven se muere. Al aire libre solo tiene sentido en Canarias y en enclaves abrigados del litoral sur y sureste: costa de Málaga, Almería, Murcia, Alicante y puntos protegidos de Valencia. En el resto de la Península, planta de maceta que entra a cubierto en invierno.

Luz. Mucha. En exterior, pleno sol una vez aclimatado. En interior, junto a la ventana más luminosa de la casa, orientación sur o este. Con poca luz estira los entrenudos, produce hojas grandes, finas y pálidas, y acaba desnudo por abajo.

Temperatura. Crece a gusto entre 20 y 32 °C. En interior no debe bajar de 12-15 °C. Evita ponerlo delante de un radiador o en la corriente de un aire acondicionado: la defoliación repentina en interior casi siempre viene de un cambio brusco —de sitio, de temperatura o de riego—, no de una plaga.

Sustrato. Sustrato universal de calidad con un 25-30 % de perlita o arlita fina para asegurar drenaje. Es exigente en agua pero no tolera el encharcamiento. En bonsái, mezcla mineral tipo akadama con pómice y algo de materia orgánica.

Riego. En crecimiento, de abril a septiembre, riego generoso cuando el primer par de centímetros de sustrato empiece a secar; en verano y en maceta pequeña eso puede significar a diario. En invierno, reduce mucho: mantén el cepellón apenas húmedo. Agradece la humedad ambiental alta, que además desincentiva la araña roja.

Abono. Fertilizante líquido equilibrado cada quince días de abril a septiembre, o abono de liberación lenta al inicio de la primavera. Nada en invierno.

Trasplante. Anual o bienal en ejemplares jóvenes, a finales de invierno o principios de primavera. Crece deprisa y llena la maceta de raíces en una temporada.

Problemas habituales. Araña roja con aire seco y calefacción, cochinilla algodonosa en las axilas y mosca blanca. Se controlan con jabón potásico y aumentando la humedad. La caída masiva de hojas es un síntoma inespecífico: revisa primero frío, corriente y exceso de agua, en ese orden.

Poda, bonsái y multiplicación

Tolera la poda drástica como pocas especies y brota con facilidad desde madera vieja. El momento es finales del invierno, antes de la reactivación. Al cortar sangra látex blanco pegajoso, común a todos los Ficus: es irritante para pieles sensibles, así que trabaja con guantes.

Como bonsái tiene dos peculiaridades. Las hojas son enormes de partida, de modo que se recurre a la defoliación total a principios de verano en ejemplares vigorosos y bien alimentados: el segundo brote sale con hojas notablemente más pequeñas y colas de goteo más cortas. Y las raíces aéreas, que son gran parte del atractivo estético, se estimulan manteniendo humedad alta alrededor del tronco, con una campana o una bolsa, durante semanas.

Para multiplicarlo hay tres vías. Los esquejes semileñosos de 15-20 cm, tomados en mayo o junio, enraízan bien en perlita húmeda con hormonas de enraizamiento y calor de fondo de 22-25 °C; lava antes el látex del corte. El acodo aéreo es el método más fiable y el que da ejemplares con tronco grueso de entrada: anilla la corteza en primavera, envuelve con esfagno húmedo y plástico, y en seis u ocho semanas tendrás raíces. Y la semilla, que se compra importada, germina con facilidad en superficie sobre sustrato húmedo a 25-30 °C, en una o dos semanas, aunque las plantas resultantes tardan años en ganar carácter.

En resumen

Ficus religiosa es la higuera sagrada del subcontinente indio, la especie del árbol de la iluminación de Buda, reconocible por su hoja acorazonada con una cola de goteo muy larga y por el temblor constante de sus hojas al menor soplo de aire. El ejemplar de Bodh Gaya es descendiente del original, no el original; el de Anuradhapura, plantado en 288 a. C., sí es un árbol real de más de dos milenios. En jardinería es una especie subtropical que solo prospera al aire libre en Canarias y en el litoral cálido, con raíces lo bastante agresivas como para no plantarla cerca de muros o tuberías. En el resto de España se cultiva en maceta o como bonsái, con mucha luz, riego abundante en verano, mínimo de 12-15 °C en invierno y multiplicación sencilla por esqueje o acodo aéreo. Si pierde la hoja en primavera, no te alarmes: eso es exactamente lo que hace en su tierra.


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