El otoño dorado de un jardín se decide en agosto, no en noviembre. Un árbol que ha pasado el verano con sed suelta la hoja seca y marrón en septiembre, y por muy buena genética que tenga no habrá amarillo que ver. Antes de elegir especie conviene entender qué produce ese color y qué lo estropea, porque en el clima peninsular el factor limitante casi nunca es el frío.
El amarillo ya estaba ahí
Los pigmentos amarillos y anaranjados de la hoja —carotenoides y xantofilas— están presentes durante toda la temporada, escondidos bajo la clorofila. Cuando el árbol percibe el acortamiento del día y empieza a desmontar la hoja para recuperar el nitrógeno, la clorofila se degrada primero y esos pigmentos quedan a la vista. El amarillo, por tanto, no se fabrica: se destapa.
El rojo funciona al revés. Las antocianinas se sintetizan de nuevo en otoño y para ello hacen falta azúcares acumulados en la hoja, luz intensa y noches frescas sin llegar a helada. Por eso los otoños rojos son caprichosos y dependen tanto del año, mientras que los amarillos son mucho más constantes. Es una noticia excelente para quien jardinea en Sevilla, Valencia o Murcia: los árboles de otoño amarillo funcionan en climas suaves donde un arce japonés jamás dará el rojo de las fotos.
La creencia de que "hace falta frío para el color de otoño" mezcla dos cosas. Lo que dispara la senescencia es el fotoperiodo, y ese llega igual en Cádiz que en Burgos. El frío solo modula la velocidad y el momento: en el sur el amarillo aparece más tarde, a veces ya en diciembre, y en el norte a finales de octubre.
Lo que estropea el otoño
Hay tres formas habituales de quedarse sin color, y las tres son evitables:
Sequía estival severa. Un árbol de hoja caduca de origen centroeuropeo o norteamericano plantado en secano en la meseta entra en estrés hídrico en julio, cierra estomas, quema los bordes de la hoja y la tira. En septiembre está medio desnudo. La solución no es regar a diario, sino riegos profundos y espaciados —empapar bien la zona de raíces cada 10 o 15 días en verano— y mantener un acolchado de 8-10 cm de corteza o restos de poda que reduzca la evaporación. Un riego superficial diario es peor que nada: cría raíces en los 5 cm de arriba, justo donde más se calienta el suelo.
Clorosis férrica. Buena parte del suelo español es calizo, con pH por encima de 7,5, y muchas especies de otoño espectacular vienen de suelos ácidos. En caliza amarillean, sí, pero de clorosis y en junio: hoja pálida con los nervios marcados en verde. Un árbol clorótico no da otoño; da un verano feo.
Viento y heladas tempranas. Una helada fuerte cuando la hoja aún está verde la mata antes de que se degrade la clorofila y la deja colgando marrón. Y un viento seco de tres días desnuda el árbol en pleno espectáculo. En parcelas expuestas conviene situar estos árboles a sotavento de un seto o de la casa.
Para suelo calizo y verano seco
Este grupo es el que más juego da en el interior peninsular y en toda la franja mediterránea.
Ginkgo biloba es probablemente el amarillo más limpio que existe: un dorado uniforme, sin manchas ni tonos pardos, que además suele caer casi entero en dos o tres días y deja una alfombra impresionante bajo la copa. Tolera la caliza, la contaminación y el calor, y no tiene plagas dignas de mención. Dos advertencias. La primera, que es lento: cuente entre 20 y 30 cm al año en los primeros años, así que compre un ejemplar ya formado si tiene prisa. La segunda, que es una especie dioica y los pies femeninos producen unas semillas carnosas de olor nauseabundo —a mantequilla rancia— cuando maduran; compre siempre cultivares masculinos injertados como 'Autumn Gold', 'Princeton Sentry' o 'Fastigiata', nunca planta de semilla.
Koelreuteria paniculata, el jabonero de la China, es de las mejores elecciones para un jardín medio: se queda en 8-10 m, aguanta la caliza, la sequía y el aire seco de ciudad, y da tres temporadas de interés. Florece en amarillo en pleno julio, cuando casi nada florece; después forma unos frutos en cápsula inflada, como farolillos de papel, que pasan del verde al rosa asalmonado; y en otoño la hoja compuesta se vuelve de un amarillo dorado intenso. Brota muy tarde en primavera, así que no lo dé por muerto en abril. Se resiembra con facilidad: arranque las plántulas mientras son pequeñas.
Punica granatum, el granado, es el candidato mediterráneo por excelencia y suele pasarse por alto como árbol ornamental. Su otoño es un amarillo mantequilla muy luminoso sobre ramas finas, y llega acompañado del fruto colgando. Vive con poca agua, no le importa la caliza y se le puede conducir a un solo tronco para hacer un arbolito de 4-5 m, o dejarlo en mata. La variedad nana no pasa del metro y medio y sirve para una maceta grande o para un arriate. Necesita sol directo: a media sombra ni fructifica ni colorea.
Fuera de la lista clásica, dos apuestas seguras en el mismo terreno: Gleditsia triacanthos en sus cultivares sin espinas ni fruto —'Sunburst' arranca la primavera con la hoja dorada y la termina dorada también— y el Acer campestre, arce autóctono de 8-12 m que amarillea muy bien, tolera la caliza y pide bastante menos agua que sus parientes de jardín.
Para suelo fresco y algo ácido
Aquí entramos en especies que rinden en la cornisa cantábrica, Galicia, el norte de Cataluña, zonas de montaña y jardines con riego abundante y suelo profundo. En caliza y con verano seco no compensan.
Liriodendron tulipifera, el tulipero de Virginia, da un amarillo dorado espectacular sobre una hoja de silueta inconfundible, como recortada a tijera. El problema es el tamaño: es un árbol de 25-30 m con raíces potentes que necesita suelo profundo, fresco y de pH neutro o ácido. No es un árbol de jardín pequeño por mucho que se venda como tal. Si el espacio aprieta y las condiciones acompañan, el cultivar 'Fastigiatum' mantiene una copa columnar mucho más estrecha. Sus flores, en junio, son curiosas pero pasan desapercibidas porque salen altas y son verdosas.
Cercidiphyllum japonicum tiene un detalle que ningún otro árbol de esta lista ofrece: cuando la hoja senesce desprende un olor claro a caramelo o azúcar quemado que se nota a varios metros. La hoja, redondeada y pequeña, vira a un amarillo albaricoque muy delicado. A cambio es exigente: quiere humedad ambiental, suelo fresco que nunca se seque del todo, protección frente al viento seco y nada de caliza. En el interior seco se pasa el verano con los bordes quemados. En el norte húmedo, es de los árboles más elegantes que se pueden plantar.
Sorbus aucuparia, el serbal de cazadores, aporta corimbos de fruto rojo anaranjado que los mirlos y zorzales agradecen, con una hoja que vira entre el amarillo y el naranja rojizo. Es un árbol de montaña: en el interior por debajo de los 700-800 m, con veranos de 38 °C, vegeta mal y vive poco. Además es sensible al fuego bacteriano (Erwinia amylovora), así que evítelo si en su zona hay problemas con perales o membrilleros.
Los grandes clásicos, con matices
Acer platanoides, el arce real, es de los que amarillean con más fiabilidad: dorado uniforme y bastante duradero, sobre una copa densa y redondeada de 15-20 m. Aguanta el frío y suelos algo calizos, pero no perdona la sequía prolongada. Ojo con un error frecuente: los cultivares de hoja púrpura como 'Crimson King' se compran esperando color de otoño y no lo dan; se limitan a pasar del granate al pardo.
Acer pseudoplatanus, el falso plátano o sicomoro, es un árbol muy resistente al viento y a la salinidad —de ahí que se plante tanto en la costa norte— pero su otoño es honesto y poco más: amarillo que tira a ocre y se apaga pronto. Suele salpicarse de las manchas negras del hongo Rhytisma acerinum, que son antiestéticas pero inofensivas. Se resiembra con muchísima facilidad y se convierte en una plaga de plántulas en un jardín cuidado.
Aesculus hippocastanum, el castaño de Indias, merece una advertencia seria. En buena parte de España está afectado por el minador de la hoja (Cameraria ohridella), una polilla diminuta cuyas larvas hacen galerías en el limbo: en julio la copa está manchada de pardo y en agosto muchas hojas ya han caído. Un árbol así no llega al otoño. Si lo planta, la única medida realmente eficaz al alcance de un particular es recoger y destruir toda la hojarasca en otoño, porque el insecto inverna en ella; hacerlo también en las fincas vecinas ayuda mucho más que cualquier tratamiento. El híbrido Aesculus × carnea, de flor rosa, sufre bastante menos.
Catalpa bignonioides da sombra densa muy rápido y flores blancas moteadas en junio, pero su otoño es el más flojo de la lista: un amarillo verdoso breve que la primera helada convierte en negro de la noche a la mañana. Añada que la hoja es enorme y ensucia mucho, que las cápsulas parecen judías largas y caen todo el invierno, y que la madera es frágil frente al viento. Si le gusta el follaje amarillo, la que sí merece la pena es la variedad 'Aurea', dorada desde que brota hasta que cae.
Cómo y cuándo plantarlos
La ventana buena para plantar caducifolias en España va de noviembre a febrero, con el árbol en reposo y fuera de días de helada. Plantar en otoño temprano permite que emita raíz durante el invierno y llegue a su primer verano con el sistema radicular funcionando, que es exactamente lo que necesita.
Haga el hoyo ancho —dos o tres veces el diámetro del cepellón— pero no más profundo que el cepellón. El cuello del árbol debe quedar al nivel del suelo o un par de centímetros por encima; enterrarlo es una de las causas más comunes de muerte lenta a los tres o cuatro años. No abone en el hoyo de plantación con estiércol fresco ni con abonos de liberación rápida: sacan raíz superficial y queman. Riegue en cuenco a fondo el día de la plantación aunque llueva, para asentar la tierra.
Respete las distancias. Un árbol de 20 m —arce real, tulipero, castaño de Indias— pide al menos 8-10 m de separación a fachadas, muros y arquetas; uno de 8-10 m, como el jabonero o el granado, se conforma con 4-5 m. Y no plante nada grande bajo cables ni sobre el trazado del saneamiento.
En resumen
El follaje amarillo es el color de otoño más fiable en el clima español porque no depende de que el año venga con noches frescas: los pigmentos ya están en la hoja y solo hay que dejar que el árbol llegue entero a octubre. Eso significa riego profundo en verano, acolchado y una especie compatible con el pH real de su suelo.
En caliza y con calor, apueste por Ginkgo biloba —siempre en cultivar masculino—, Koelreuteria paniculata, granado, arce campestre o Gleditsia 'Sunburst'. En suelo fresco, profundo y ácido, el tulipero de Virginia y el Cercidiphyllum están un escalón por encima de todo lo demás. Deje el castaño de Indias para zonas sin minador y el Catalpa para cuando lo que busque sea sombra rápida, no color. Y recuerde el tamaño adulto antes de cavar: un árbol mal situado no se arregla podando.