Lo que más palmeras mata en un jardín particular no es la sequía ni el frío: es plantarlas enterradas de más y hacerlo en el mes equivocado. Las dos cosas se deciden en la media hora que dura la plantación y ninguna tiene arreglo después.

Conviene entender por qué una palmera no se planta como un árbol. Las palmeras son monocotiledóneas: no tienen cámbium, no engordan el tronco año tras año y no cicatrizan heridas. Todo el crecimiento sale de una única yema apical alojada en el centro de la corona, el cogollo. Si esa yema se pudre o se rompe, la palmera no rebrota: muere, aunque el tronco siga verde durante meses. Y las raíces no se ramifican como en un árbol; nacen todas de una banda situada en la base del tronco, la zona de iniciación radicular, y son adventicias y de grosor casi constante. Esto explica casi todo lo que sigue.

Palmera joven recién plantada en un jardín

Elegir la especie antes que el sitio

En la Península caben muchas más palmeras de las que se plantan, pero el criterio de resistencia al frío es innegociable en el interior. Como referencia orientativa de daño en hoja adulta y en suelo bien drenado:

Trachycarpus fortunei, la palmera de Chusan, aguanta en torno a -12 °C y es la mejor opción para el norte y para climas de montaña media; prefiere veranos no abrasadores y algo de sombra en el sur. Chamaerops humilis, el palmito, es la única palmera autóctona peninsular, resiste alrededor de -10 °C, tolera suelos pobres y calizos y no pasa de 3-4 m. Butia odorata (el butiá) y Brahea armata (palmera azul mexicana) rondan los -10 °C y aguantan bien el calor seco del interior. Jubaea chilensis es de las más rústicas, pero crece con una lentitud desesperante los primeros años. Washingtonia filifera tolera hasta -8/-10 °C; su hermana Washingtonia robusta, mucho más esbelta y frecuente, se daña ya a -5 °C. Phoenix canariensis y Phoenix dactylifera soportan heladas cortas de -6 a -9 °C, pero necesitan verano largo. Syagrus romanzoffiana es la más delicada de las habituales: por debajo de -4 °C empieza a sufrir.

Hay un segundo filtro que en España pesa tanto como el clima: las plagas. El picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus) se ceba con Phoenix canariensis y, en menor medida, con la datilera; plantar hoy una canaria en la franja mediterránea es comprometerse a un programa de tratamientos preventivos de por vida. El barrenador o Paysandisia archon, una mariposa diurna, ataca sobre todo a Trachycarpus, Chamaerops, Butia y Washingtonia. Ambas son plagas de declaración obligatoria: si aparecen, hay que comunicarlo al servicio de sanidad vegetal de la comunidad autónoma, y el traslado de palmeras sensibles exige pasaporte fitosanitario. Comprar una palmera grande sin ese papel es comprar un problema.

Piensa también en el tamaño final antes de decidir el hueco. Una Phoenix canariensis adulta pide 6-8 m de copa y llega a 15-20 m; una Washingtonia robusta puede superar los 20 m. Deja al menos 5 m a fachadas, tejados y tendidos eléctricos. Y evita colocar Phoenix junto a caminos, zonas de juego o piscinas: los pecíolos llevan espinas duras en la base que provocan heridas de mal pronóstico, y las hojas secas de gran tamaño pesan al caer.

Cuándo plantar: la regla del suelo caliente

Aquí está la diferencia grande respecto a los árboles de hoja caduca, que se plantan a raíz desnuda en invierno. Las raíces de las palmeras solo se regeneran cuando el suelo está por encima de unos 18-20 °C. Una palmera plantada en noviembre pasa cinco meses sin emitir raíz nueva, con el cepellón intacto pero sin explorar el terreno, expuesta a que la tierra fría y húmeda le pudra las raíces cortadas.

La ventana buena en el clima peninsular va de mayo a principios de septiembre, con el óptimo en mayo-junio: la palmera dispone de todo el verano para enraizar antes del primer frío. En el litoral mediterráneo y en el sur puede estirarse hasta octubre. Las palmeras compradas en contenedor, con el cepellón sin tocar, admiten más margen, pero incluso esas agradecen el suelo templado. Las trasplantadas de campo, con la raíz cortada, no admiten discusión: verano.

Cepellón, hoja atada y transporte

Circula la idea de que las palmeras "se pueden arrancar de cualquier manera porque son muy duras". Es media verdad, y la mitad falsa cuesta cara. Toleran perder raíz mejor que un árbol porque emiten raíces nuevas desde la base del estípite, no porque no la necesiten. Para la mayoría de especies basta un cepellón de 30-60 cm de radio según el grosor del tronco, cortado limpio con pala afilada, nunca desgarrado. En Phoenix una parte importante de las raíces cortadas se ramifica y sobrevive, así que ahí compensa un cepellón generoso.

Antes de mover la palmera, ata la corona: recoge las hojas hacia arriba y sujétalas con cuerda —sin estrangular— alrededor del cogollo. Esa atadura protege la yema apical durante la manipulación, reduce la transpiración y facilita el transporte. Se retira a las cuatro o seis semanas de la plantación, cuando ya se ve movimiento en la hoja central.

En ejemplares de campo se eliminan de la mitad a dos tercios de las hojas más viejas para equilibrar la pérdida de raíz. Lo que no hay que hacer es dejar el clásico "plumero" de cuatro hojas verticales: cada hoja verde es fábrica de azúcares y la palmera los necesita justo ahora. Y nunca, bajo ningún concepto, se corta el cogollo ni se descabeza una palmera.

El hoyo y la profundidad

Abre un hoyo de dos veces el ancho del cepellón y de la misma profundidad, ni un centímetro más. Un hoyo ancho y poco profundo es exactamente lo contrario del hoyo estrecho y hondo que se hace por costumbre. Si el suelo es compacto o arcilloso, pica las paredes para que no queden bruñidas por la pala y comprueba el drenaje: llena el hoyo de agua y, si a las cuatro o cinco horas no ha filtrado, no plantes ahí sin resolverlo, porque tendrás una maceta de barro estanca.

La base del tronco debe quedar exactamente a la misma altura que estaba, o dos o tres centímetros por encima si el suelo va a asentar. Enterrar el tronco no da estabilidad: asfixia la zona de iniciación radicular, favorece la podredumbre y provoca carencias que no se corrigen con abono. Las palmeras plantadas hondas mueren más, y muchas veces al segundo o tercer año, cuando ya nadie relaciona la causa con el error.

Rellena con la tierra del propio hoyo. La costumbre de meter turba, mantillo o estiércol en el fondo hace más mal que bien: crea una bolsa de textura distinta que retiene agua, se descompone, se hunde y acaba enterrando la palmera. Si el suelo es puro tapial o arena muerta, corrige un volumen amplio y superficial, no el agujero. Rellena por tongadas, moja para que no queden bolsas de aire —sin pisotear el cepellón— y forma un alcorque de 8-10 cm de altura del ancho del hoyo para dirigir el riego.

Termina con 5-7 cm de acolchado de corteza o astilla, dejando un palmo libre alrededor del tronco. El acolchado pegado al estípite mantiene humedad donde no interesa.

Anclaje y primeros riegos

Una palmera con tronco necesita anclaje durante el primer año: aún no tiene raíz que la sujete y un vaivén de viento rompe las raicillas nuevas una y otra vez. El sistema correcto son tres o cuatro puntales apoyados sobre listones de madera sujetos al tronco con fleje y una protección de arpillera. Los clavos van a los listones, jamás al tronco: una palmera no cicatriza y cada clavo es una puerta abierta al picudo y a los hongos. Los puntales se retiran a los ocho o doce meses.

El riego del primer verano decide la partida. En plantación de junio o julio, riego diario las dos o tres primeras semanas, cada dos o tres días hasta finales de agosto y espaciando progresivamente en otoño. Mejor riegos abundantes y espaciados que un goteo constante que mantiene el cuello encharcado. A partir del segundo año, las especies mediterráneas —palmito, datilera, Brahea— se apañan con muy poco, pero Trachycarpus y Syagrus siguen agradeciendo humedad en verano.

No abones en el momento de plantar. Espera dos o tres meses, hasta que haya raíz nueva, y usa entonces un abono específico de palmeras de liberación lenta, con potasio alto y magnesio y micronutrientes incluidos: un 8-2-12 con 4 de magnesio es la fórmula clásica. Las carencias típicas se leen en la hoja. El potasio se manifiesta como moteado necrótico y puntas anaranjadas en las hojas más viejas; esas hojas hay que dejarlas puestas, porque la palmera está sacando de ellas el potasio para la hoja nueva y cortarlas agrava el problema. El manganeso da el "cogollo rizado", hojas nuevas encogidas y ensortijadas, frecuente en suelos calizos y corregible con sulfato de manganeso. El hierro amarillea las hojas jóvenes con nervios verdes y suele ser síntoma, precisamente, de plantación demasiado profunda o de suelo encharcado.

Plantar palmeras de semilla

Si la vía es la semilla, cuenta con paciencia. Usa semilla fresca, retira toda la pulpa —fermenta y atrae hongos—, remójala 24-48 horas en agua templada y siembra en una mezcla muy porosa de turba y perlita a partes iguales, enterrándola el doble de su grosor. La clave es el calor de fondo constante, entre 25 y 30 °C, y humedad sin encharcamiento. Washingtonia germina en tres o cuatro semanas; Chamaerops, Brahea o Jubaea pueden tardar de seis meses a un año, y no es raro que la nascencia sea escalonada. No tires el semillero antes de tiempo. Trasplanta a maceta individual y profunda cuando la plántula tenga su primera hoja, y no la pases al jardín hasta que tenga tres o cuatro años y un porte que resista el frío.

En resumen

Elige la especie por la temperatura mínima real de tu zona y por el riesgo de picudo, no por la estampa. Planta entre mayo y septiembre, con el suelo caliente, porque solo entonces la palmera regenera raíces. Hoyo del doble de ancho que el cepellón y de la misma profundidad, base del tronco a nivel del suelo o un poco por encima, relleno con la tierra de siempre y sin estiércol en el fondo. Ata la corona, no cortes el cogollo, ancla con listones y flejes sin clavar el tronco, riega a diario el primer mes y deja el abono para dos o tres meses después. Hecho así, una palmera bien elegida es de las plantas que menos trabajo dan en un jardín español durante las tres décadas siguientes.


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