La cadena de una motosierra doméstica de 40 cm de espada se mueve a unos 20 metros por segundo. A esa velocidad, el contacto con una pierna dura milésimas de segundo y el corte llega al hueso antes de que el cerebro registre nada. Ese dato explica por qué talar un árbol no es una tarea de fuerza sino de método: lo que hay que aprender se reduce a decidir dónde estarán el árbol, la máquina y tu cuerpo en cada instante del corte.

Lo que sigue sirve para árboles de jardín de porte moderado, con espacio libre alrededor y tronco recto. Si el tuyo no cumple eso, la parte más útil del artículo es la que explica cuándo hay que llamar a un profesional.

Antes de encender nada: permisos

Que el árbol esté dentro de tu parcela no significa que puedas cortarlo. Buena parte de los ayuntamientos españoles aplica una ordenanza de arbolado o de zonas verdes que obliga a pedir licencia para talar ejemplares a partir de cierto perímetro de tronco —es habitual el umbral de 20 o 25 cm de diámetro medido a 1,30 m del suelo— incluso en suelo privado. Las sanciones se calculan sobre el valor ornamental del árbol y suelen superar con mucho lo que cuesta el trámite.

Hay tres situaciones que conviene comprobar antes:

Suelo rústico o forestal. Aquí la competencia es de la comunidad autónoma y la tala de arbolado, aunque sea en finca propia, requiere autorización o comunicación previa al servicio forestal.

Ejemplares catalogados. Ayuntamientos y comunidades autónomas mantienen catálogos de árboles singulares o de interés local. Un ejemplar incluido en uno de esos listados no se toca.

Árboles en linde. El Código Civil regula las distancias de plantación y el derecho a cortar ramas y raíces invasoras, pero no autoriza a derribar el árbol del vecino ni siquiera cuando molesta. Si el tronco nace sobre la linde, el árbol es común y hacen falta las dos firmas.

Y una restricción que no depende de ningún ayuntamiento: entre marzo y julio los árboles albergan nidos ocupados. Destruir el nido de un ave silvestre está prohibido por la Ley 42/2007 del Patrimonio Natural y de la Biodiversidad. Si vas a talar, hazlo en el reposo vegetativo, de noviembre a febrero, cuando además la madera pesa menos, no hay hoja que estorbe la caída y la herida en tocones que vayan a rebrotar cicatriza mejor.

Cuándo el árbol no es para ti

Un arboricultor cobra por asumir un riesgo que en algunos casos no se puede transferir a un aficionado. Deja el trabajo en sus manos si se da cualquiera de estas condiciones:

El árbol es más alto que la distancia libre disponible en la dirección de caída. La regla práctica es reservar dos veces la altura del árbol de espacio despejado, no una.

Hay líneas eléctricas, telefónicas o de alumbrado en el radio de caída. Ninguna maniobra compensa aquí.

El diámetro del tronco supera la longitud útil de la espada. Los cortes por sectores y con la punta de la espada son técnica de profesional.

El árbol está muerto, seco o con pudrición en la base. Existe la idea de que un árbol seco es más fácil de tirar porque pesa menos, y ocurre lo contrario: la madera muerta es quebradiza, la bisagra no aguanta, el tronco puede partirse a media altura y las ramas superiores se desprenden solas con la vibración de la sierra. Los chandeliers —ramas muertas colgadas en la copa— matan más operarios que la propia caída.

El árbol está inclinado en dirección contraria a donde necesitas que caiga, tiene la copa muy descompensada o está enredado con otro. Ahí ya no se tala, se desmonta por partes.

Tala de un árbol con motosierra en el jardín

Equipo de protección y máquina a punto

El equipo no es opcional y no se sustituye por experiencia. El mínimo real es:

Pantalón o zahón anticorte, clase 1 (20 m/s) para motosierra doméstica. Funciona porque las fibras largas de su relleno se sueltan al primer contacto, se enredan en el piñón y frenan la cadena. Un vaquero grueso no hace nada.

Casco forestal con pantalla de rejilla y orejeras. Una motosierra ronda los 100-110 dB: media hora sin protección auditiva deja secuelas acumulativas.

Botas con puntera y protección anticorte y guantes. Nada de calzado deportivo.

De la máquina, revisa tres cosas antes de cada jornada. La tensión de la cadena: en frío debe poder levantarse unos milímetros de la espada y volver sola a su sitio; floja, descarrila y latiguea. El afilado: una cadena afilada expulsa virutas en forma de lasca; si salen serrín y polvo, está roma y estás forzando la máquina contra la madera, que es exactamente como se provocan los rebotes. Y el freno de cadena, la palanca delantera: empújala con la mano y comprueba que la cadena se detiene al acelerar. Además, el depósito de aceite de cadena se llena cada vez que llenas el de combustible; si te salta el aceite y no la gasolina, algo va mal en la bomba.

Nunca trabajes solo. Que haya alguien a distancia, con el móvil, que sepa dónde estás.

El rebote: la única física que hay que entender

El accidente típico con motosierra no es que la cadena se te vaya encima, sino que la máquina salte hacia atrás y arriba en un arco, contra la cara. Ocurre cuando los dientes del cuarto superior de la punta de la espada tocan algo: una rama oculta, el suelo, el borde del corte. Esa zona se llama sector de rebote y es la única parte de la herramienta que hay que tener siempre localizada.

De ahí salen las reglas de postura, que no son manías:

Corta con la parte baja de la espada siempre que puedas: la sierra tira hacia delante y apoya los topes contra el tronco, que es un movimiento estable.

Agarra el mango delantero rodeándolo con el pulgar, no con la mano en garra. Si rebota, el pulgar es lo que impide que el asa se te escape.

Codo izquierdo estirado y cuerpo fuera del plano de la cadena, ligeramente a un lado. Si la máquina sale disparada por ese arco, pasa al lado de tu cabeza, no a través.

Nada de cortar por encima de los hombros ni subido a una escalera. Las dos cosas juntas son la receta habitual de las urgencias de traumatología en enero.

Preparar la caída

Antes del primer corte hay que dedicar unos minutos a mirar. Determina la inclinación natural del tronco y dónde está el grueso de la copa: un árbol tiende a caer hacia donde pesa. Localiza ramas secas colgadas y comprueba el viento; con rachas por encima de 20-25 km/h se cancela el trabajo.

Despeja luego la base del tronco: matorral, alambre, piedras, cualquier cosa que pueda enganchar el pie o la cadena. Y marca dos vías de escape a unos 45 grados hacia atrás respecto a la dirección de caída, en diagonal, libres de obstáculos y recorridas al menos una vez andando. Directamente detrás del árbol no se huye nunca: es donde llega el tronco si se parte por la base y salta hacia atrás.

Muesca, bisagra y corte de derribo

La secuencia clásica tiene tres piezas y ninguna es prescindible.

1. La muesca o cuña direccional. Se abre en la cara del tronco que mira hacia donde quieres que caiga el árbol. Un corte horizontal que entre entre un quinto y un cuarto del diámetro, y otro oblicuo por encima que se encuentre con él en la misma línea, formando una abertura de 45 a 70 grados. La muesca es la que manda: el árbol cae en la dirección a la que apunta su bisectriz. Si los dos cortes no coinciden y queda un escalón, la bisagra falla en ese punto y el árbol gira.

Hay quien piensa que cuanto más profunda sea la muesca, más control se tiene. Es al revés: pasar de un tercio del diámetro deja tan poca madera detrás que el árbol se desploma antes de haber terminado el corte de derribo, sin bisagra que lo guíe.

2. El corte de derribo. Se hace desde el lado opuesto, horizontal, entre 3 y 5 cm por encima del vértice de la muesca. Ese desnivel crea un pequeño escalón que impide que el tronco patine hacia atrás sobre el tocón. Se avanza despacio, sin llegar nunca a la muesca.

3. La bisagra o charnela. Es la franja de madera sin cortar que queda entre el fondo de la muesca y el corte de derribo. Debe medir alrededor del 10 % del diámetro del tronco, con espesor uniforme de un lado al otro. Esa tira de fibras es la que hace de gozne y obliga al árbol a caer por donde le has dicho. Cortarla es perder todo el control: el tronco queda suelto sobre el tocón y puede irse en cualquier dirección, incluida la tuya. Si un tronco parece querer sentarse sobre la sierra, se meten cuñas de plástico o madera en el corte de derribo y se golpean con maza —de plástico, nunca metálicas, porque una cuña de acero destroza la cadena si la toca.

En cuanto la copa empieza a moverse: soltar acelerador, activar el freno de cadena, retirarse por la vía de escape entre 4 y 5 metros y mirar hacia arriba, no al tocón. Lo que hiere en esa fase son las ramas que se desprenden de la copa o de los árboles vecinos al chocar.

Desramado y tronzado: donde se concentran los cortes

Con el árbol ya en el suelo llega la parte que parece inofensiva y concentra buena parte de las lesiones, porque uno baja la guardia.

Para desramar, trabaja siempre desde el lado del tronco opuesto a la rama que estás cortando, avanzando de la base hacia la copa, con el tronco entre tú y la cadena. Y ojo con las ramas que sostienen el tronco: están cargadas y al liberarlas el tronco rueda o el extremo salta como un resorte.

En el tronzado lo que hay que leer es la tensión de la madera. Un tronco apoyado en los dos extremos está comprimido arriba y traccionado abajo: se corta primero un tercio desde arriba y se termina desde abajo. Un tronco en voladizo apoyado solo en un extremo trabaja al revés: primero un tercio desde abajo y se remata desde arriba. Cortar en el orden equivocado hace que la madera se cierre sobre la espada y la aprisione. Si eso pasa, se para el motor y se abre el corte con cuñas; tirar de la máquina con el motor en marcha es como se pierden dedos.

Deja siempre calzos o restos de rama bajo el tronco para no llegar al suelo con la cadena: la tierra y las piedras la desafilan en un instante y el contacto con una piedra es otra fuente clásica de rebote.

Qué hacer con el tocón

Un tocón dejado a ras de suelo es un tropiezo, un foco de hongos de pudrición y, en muchas especies, una fábrica de rebrotes. Especies como el ailanto (Ailanthus altissima), la robinia (Robinia pseudoacacia), el chopo (Populus spp.), la paulownia o la morera responden a la tala emitiendo decenas de chupones desde el tocón y desde raíces alejadas varios metros; en esos casos el problema empieza después de cortar.

Lo eficaz es la destoconadora, una fresadora que se alquila por horas y deja el tocón convertido en viruta 20-30 cm por debajo del nivel del suelo. Si no vas a destoconar, la alternativa razonable es cortar los rebrotes cada vez que aparezcan durante dos o tres temporadas: sin hoja, la raíz agota sus reservas y acaba muriendo. Para los tratamientos químicos de tocón, ten en cuenta que la mayoría de herbicidas que se usaban para eso ya no están autorizados para usuarios no profesionales; lo que se aplique tiene que estar registrado para ese uso y seguir la etiqueta.

La madera, si el árbol estaba sano, se puede apilar para leña —conviene un año de secado bajo cubierta y ventilada— y el ramaje fino, triturado, es un acolchado excelente para el propio jardín. Si el árbol murió por hongos de madera o por una enfermedad de cuarentena, la madera no se reparte ni se traslada: se gestiona según indique el servicio de sanidad vegetal de tu comunidad.

En resumen

Comprueba primero si necesitas licencia municipal o autorización forestal, y talar en el descanso invernal para no destruir nidos. Renuncia al trabajo si el árbol es más alto que la mitad del espacio libre disponible, si hay cables cerca, si el tronco supera la espada o si la madera está muerta o podrida. Equípate con pantalón anticorte, casco con pantalla y orejeras y botas con puntera, revisa tensión, afilado, freno de cadena y aceite, y mantén siempre localizada la punta de la espada, que es de donde sale el rebote. La caída se controla con tres cortes: una muesca de un quinto a un cuarto del diámetro que apunte a la dirección de caída, un corte de derribo unos centímetros más alto por el lado opuesto y una bisagra intacta de en torno al 10 % del diámetro. Escapa en diagonal, a 45 grados, mirando hacia arriba. Y al desramar y tronzar, lee la tensión de la madera antes de meter la cadena: si te equivocas de orden, el corte se cierra sobre la espada y te quedas con la máquina atrapada bajo un tronco cargado.


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