Cada una de esas bolitas amarillas del tamaño de una canica no es una flor, sino un racimo apretado de decenas de capítulos florales diminutos, cada uno con sus propias flores tubulares. Esa arquitectura explica dos cosas: por qué la esfera es tan perfectamente redonda y por qué, una vez seca, aguanta años sin deformarse ni perder color.

La planta es australiana y en las etiquetas de vivero y floristería aparece como Craspedia globosa. La botánica actual la sitúa en otro género: el nombre aceptado es Pycnosorus globosus, y Craspedia globosa quedó como sinónimo. Craspedia existe —agrupa una veintena de especies de Australia y Nueva Zelanda, como Craspedia variabilis o Craspedia glauca—, pero la de las bolas grandes y compactas del comercio es la Pycnosorus. La diferencia práctica es pequeña porque el cultivo es casi idéntico; conviene saberlo solo para no perder el tiempo buscando semilla bajo un nombre y no encontrarla bajo el otro.

Segundo apunte de identificación, este sí con consecuencias: no es un arbusto. Es una herbácea vivaz de vida corta, sin madera, que en España se comporta casi siempre como anual o bienal. Quien la compre esperando una mata leñosa que engorde temporada tras temporada se llevará una decepción al segundo invierno.

Campo cubierto de flores amarillas esféricas de Craspedia globosa

Cómo es la planta

Pertenece a las compuestas (Asteraceae), tribu Gnaphalieae, la misma de las siemprevivas y los helicrisos, lo que ya anticipa su vocación de flor seca. Forma una roseta basal de hojas lanceoladas, blandas y cubiertas de un fieltro de pelos que les da un tono verde grisáceo o plateado. De ahí salen tallos rígidos, casi sin hojas, de 40 a 70 cm, cada uno rematado por una única esfera amarilla de 2 a 3 cm de diámetro.

En su hábitat de origen —depresiones arcillosas del interior y el este de Australia que se encharcan en la estación húmeda y se agrietan en la seca— vive un ciclo muy marcado: crece con la humedad, florece y aguanta después meses de sequía absoluta. Esa doble tolerancia es la clave para entenderla en el jardín: soporta que le sobre agua en primavera y que le falte en verano, pero no perdona el suelo frío y mojado del invierno.

En clima peninsular florece de junio a septiembre, y con las flores cortadas a tiempo puede alargarse hasta octubre. No se le atribuye toxicidad relevante, aunque no es planta comestible ni tiene uso culinario. Las flores atraen abejas y pequeños sírfidos mientras están abiertas.

Dónde plantarla

Pleno sol, sin negociación. Con menos de seis horas de sol directo los tallos se estiran, pierden rigidez y la planta acaba tumbada sobre sus vecinas al primer chaparrón de agosto. Es una de las pocas ornamentales de flor donde el tutorado no arregla el problema: el tallo blando por falta de luz también da bolas más pequeñas.

El suelo debe ser muy drenante y más bien pobre. Arenoso, pedregoso o de jardinera con sustrato mezclado al 30 % con arena gruesa o pómez. En terreno arcillado pesado hay dos salidas: plantar en caballón elevado de 20 cm o cultivarla directamente en maceta. Un ejemplar en suelo compacto que reciba las lluvias de noviembre pudre el cuello y aparece en diciembre convertido en una mancha marrón sin haber dado señal previa.

De rusticidad anda justa: aguanta heladas ligeras de hasta unos -5 °C si el suelo está seco, y se pierde con facilidad por debajo de eso o con frío moderado y humedad. En el litoral mediterráneo y en el sur puede rebrotar dos o tres temporadas seguidas; en el interior de Castilla, Aragón o Navarra lo realista es cultivarla como anual y resembrar cada año. Tampoco le gusta el calor húmedo persistente: en la cornisa cantábrica es la humedad estival, y no el frío, lo que suele acabar con ella.

Riego y abonado

Riego moderado y espaciado durante el crecimiento y la floración: dejar que los primeros centímetros de sustrato se sequen antes de volver a mojar. En maceta y en verano puede significar cada dos o tres días; en suelo, una vez por semana. Nunca mojar la roseta de hojas ni el corazón de la planta, porque el fieltro de pelos retiene agua y favorece la podredumbre; mejor regar al pie o por goteo. En cuanto termina la floración, se reduce el riego a la mitad.

Con el abono, menos es más. Un fertilizante rico en nitrógeno produce follaje exuberante, tallos que no se sostienen y muy pocas flores. Si acaso, un abono líquido para plantas de flor, bajo en nitrógeno y con potasio, cada tres semanas mientras dura la floración, y nada el resto del año. En suelo mínimamente fértil no hace falta ni eso.

Craspedia globosa entre otras flores en un macizo de jardín

Siembra paso a paso

La semilla es la vía normal de multiplicación y es diminuta, parecida a la de la lechuga en tamaño aunque más alargada y con vilano.

Cuándo. De febrero a marzo en semillero protegido —invernadero frío, galería o interior junto a una ventana muy luminosa—, para trasplantar al exterior en abril o mayo, pasado el riesgo de heladas. En el litoral sur también funciona una siembra directa a finales de marzo. Desde la siembra hasta la primera flor pasan entre 14 y 16 semanas, de modo que una siembra tardía de mayo florece ya en pleno agosto y rinde mucho menos.

Cómo. Bandeja alveolada o maceta con sustrato de siembra fino, mezclado con un tercio de arena o perlita. Se esparce la semilla en superficie y se cubre apenas, con un tamiz, con una capa mínima de sustrato o vermiculita: enterrarla un centímetro es condenarla, porque necesita luz o casi luz para germinar y no tiene reservas para emerger desde esa profundidad. Se riega por inmersión, dejando que el sustrato absorba el agua desde abajo, para no desplazar las semillas.

Condiciones. Entre 18 y 22 °C y humedad constante pero sin encharcar. La nascencia llega en 10 a 21 días, algo irregular. En cuanto asoman, fuera el plástico o la cubierta: si se mantiene la campana, aparece el damping off y las plántulas caen segadas por la base en 48 horas.

Repicado y plantación. Con dos o tres hojas verdaderas, a maceta individual. Se planta fuera cuando tenga una roseta bien formada, con un marco de 25 a 30 cm entre plantas. Más juntas no da problema de espacio —los tallos son delgados— pero sí de ventilación en la base, que es justo donde aparecen los hongos.

La división de mata a principios de primavera es posible en los ejemplares que hayan sobrevivido al invierno y hayan formado varias rosetas, pero la planta agradece poco que le toquen la raíz y el porcentaje de fallos es alto. Para un jardín, la semilla sale más rentable.

Corte y secado

Es su gran uso: en seco conserva el amarillo durante años sin teñir ni tratar. El momento de cortar es cuando la esfera está completamente coloreada y firme al tacto, antes de que empiece a esponjarse; una bola cortada demasiado tarde suelta los vilanos y se deshace al mover el ramo.

Se corta el tallo entero por la base, a primera hora de la mañana con el rocío ya evaporado, se juntan en manojos de diez o quince atados sin apretar y se cuelgan boca abajo en un local oscuro, seco y ventilado. En dos o tres semanas están listos. La oscuridad no es un capricho: la luz directa durante el secado apaga el amarillo hasta dejarlo pajizo. Cortar flores con regularidad, además, estimula la emisión de nuevos tallos y prolonga la floración en la planta.

Dónde queda bien

Su forma —esferas puntuales sobre tallos verticales desnudos— pide compañía de texturas contrapuestas. Funciona bien delante de gramíneas ornamentales como Stipa tenuissima, entre lavandas y santolinas en un macizo de secano, o en grupos de siete u once ejemplares (los números impares evitan la simetría rígida) dentro de un arriate de estilo mediterráneo. En maceta alta y estrecha, sola, también aguanta la comparación. Lo que no conviene es plantarla salteada de una en una: una bola amarilla aislada a metro y medio del suelo parece un error, no un diseño.

En resumen

La planta de las bolas amarillas se etiqueta como Craspedia globosa y hoy se llama Pycnosorus globosus. No es un arbusto sino una vivaz de vida corta que en España se cultiva como anual salvo en el litoral cálido. Necesita pleno sol, suelo muy drenante y pobre, riego espaciado sin mojar la roseta y poco o ningún nitrógeno. Se siembra de febrero a marzo en semillero, con la semilla en superficie y a 18-22 °C, y florece unas quince semanas después. Para flor seca se corta con la bola firme y se seca colgada boca abajo en oscuridad, donde conserva el color durante años.


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