Un bonsái no vive de la tierra que tiene en la maceta: vive del aire que esa tierra deja entrar entre un riego y el siguiente. Es la idea que hay que tener clara antes de comprar nada, porque explica por qué el sustrato de un bonsái no se parece en nada a la tierra de una maceta corriente y por qué en él casi todos los componentes son minerales, granulados y aparentemente pobres.

La razón es geométrica. Una maceta de bonsái tiene entre 3 y 6 cm de profundidad. Cuando se riega, el agua no escurre entera: se queda una franja saturada en el fondo cuya altura depende del tamaño de las partículas, no de lo hondo que sea el recipiente. Con partículas finas esa franja puede medir tres o cuatro centímetros, es decir, prácticamente toda la maceta. El árbol acaba con las raíces en agua permanente, sin oxígeno, y se pudre. Con partículas de 3 o 4 milímetros esa franja se reduce a menos de un centímetro y el resto del volumen queda ocupado por aire y por agua adherida a los granos, que es exactamente lo que la raíz puede usar.

Qué se le pide realmente a un sustrato de bonsái

Cinco cosas, y todas a la vez:

  • Drenaje inmediato. Al regar, el agua debe salir por los orificios en cuestión de segundos. Si se queda encharcada en la superficie unos segundos antes de filtrar, el sustrato está compactado o lleno de polvo.
  • Aire entre partículas. Un buen sustrato mantiene alrededor de un 25-30 % de porosidad ocupada por aire después de drenar. Las raíces respiran; sin oxígeno no absorben ni agua ni nutrientes, por mucha que haya.
  • Retención suficiente. El agua debe durar del riego de la mañana al del día siguiente, sin más. Retener menos obliga a regar dos y tres veces al día; retener más lleva a la asfixia.
  • Estabilidad estructural. Los granos deben aguantar dos o tres años sin deshacerse. Cuando se deshacen, el polvo tapona los huecos y el sustrato pasa de drenar a embalsar en cuestión de meses.
  • Capacidad de intercambio catiónico. Es la aptitud del material para retener los nutrientes del abono en lugar de dejarlos escapar con el agua de riego. La akadama y la zeolita la tienen alta; la lava y la arena, prácticamente nula.

Ningún material cumple los cinco puntos por sí solo. Por eso el sustrato de bonsái es siempre una mezcla.

Bonsái en maceta con sustrato granulado y piedras de superficie

Los componentes, uno por uno

Akadama. Arcilla volcánica japonesa granulada y secada, de color pardo rojizo y pH ligeramente ácido (6,5-6,9). Absorbe agua dentro del propio grano y la va cediendo, retiene nutrientes y permite ver de un vistazo el estado de humedad: mojada oscurece. Su defecto es que se degrada. Al cabo de dos o tres años los granos se reblandecen y se convierten en barro, y ese proceso se acelera con los ciclos de hielo y deshielo. Existen calidades muy distintas: la akadama dura, prensada y horneada, aguanta bastante más que la barata, que puede desmoronarse en una sola temporada.

Pumita o piedra pómez. Roca volcánica muy porosa, blanquecina, ligera, químicamente inerte y estable durante años. Retiene agua en sus poros sin llegar a saturarse y no se degrada. En España es fácil de conseguir y bastante más barata que la akadama, lo que la convierte en el pilar de las mezclas que se preparan aquí.

Grava volcánica o picón. Lava triturada, negra o rojiza, más densa que la pumita y con menos retención. Aporta estructura, drenaje y peso —útil para que el árbol no vuelque— y no se descompone nunca.

Kiryuzuna. Sustrato japonés de grano más duro y arenoso que la akadama, con hierro, tradicionalmente empleado para pinos y enebros. Drena mejor y retiene algo menos.

Kanuma. Grano blando de origen volcánico y pH claramente ácido, entre 4,5 y 5,5. Es específico para azaleas satsuki (Rhododendron indicum) y para el resto de acidófilas. Fuera de ese grupo no tiene sentido usarlo.

Zeolita. Mineral de origen volcánico con una capacidad de intercambio catiónico muy alta y una estabilidad excelente. Retiene abono y agua, no se deshace y en España se consigue con facilidad. Sustituye bien a una parte de la akadama, sobre todo en zonas de invierno frío.

Corteza de pino compostada y fibra de coco. La fracción orgánica, cuando hace falta. Aporta retención y algo de vida microbiana. Se usa en proporciones bajas, del 10 al 25 %, y con grano grueso; el mantillo fino solo sirve para colmatar los huecos.

Arena de sílice gruesa (1-3 mm), lavada. Es un relleno aceptable si el presupuesto aprieta. No sirve la arena de playa, por la sal, ni la arena fina de construcción: mezclada con arcilla, esa última fragua literalmente.

Y dos que conviene descartar: la vermiculita, que se colapsa bajo su propio peso en una temporada, y la turba rubia como base, que retiene demasiada agua, se compacta y, una vez seca del todo, repele el agua en lugar de absorberla, de modo que el riego se escurre por las paredes de la maceta dejando el centro del cepellón seco.

La bolsa del garden y lo que pone la etiqueta

En el garden encontrarás bolsas etiquetadas como "sustrato especial bonsái", baratas y sospechosamente ligeras. Dale la vuelta al saco y lee la composición: si el primer ingrediente es turba rubia o turba negra, con un poco de arena y quizá perlita, eso servirá para una planta de interior, no para un árbol en una bandeja de cuatro centímetros. Al cabo de unos meses el material se asienta, deja de drenar y el árbol empieza con hojas amarillentas y crecimiento parado. La corrección llega tarde, porque para entonces hay que trasplantar fuera de época y con raíces ya dañadas.

La misma advertencia vale para la tierra del jardín, por buena que sea la huerta de donde salga. Una tierra franco-arcillosa que en el suelo se comporta de maravilla, metida en una maceta plana, no se seca nunca.

Mezclas que funcionan

Las proporciones van en volumen, no en peso.

  • Caducifolios de hoja fina (arce japonés, olmo, carpe, zelkova, haya): akadama 50 %, pumita 25 %, grava volcánica 25 %. Son especies que agradecen humedad constante.
  • Coníferas (pinos, enebros, sabinas): akadama 33 %, pumita 33 %, grava volcánica 33 %. Para pinos, subir la fracción drenante hasta 25/40/35 da mejores resultados; toleran mal el exceso de agua y prefieren pasar algo de sed.
  • Mediterráneas (olivo, acebuche, granado, romero, sabina, encina): pumita 50 %, grava volcánica 30 %, akadama 20 %. Están adaptadas a suelos pedregosos y pobres, y con sustratos retentivos pierden compacidad y ganan pudriciones.
  • Tropicales de interior (Ficus retusa, Carmona retusa, Serissa): akadama 40 %, pumita 30 %, corteza de pino 20 %, grava volcánica 10 %. Dentro de casa hay menos evaporación pero también menos luz, y un poco de materia orgánica estabiliza la humedad.
  • Azaleas y acidófilas: kanuma puro, o kanuma 70 % con pumita 30 % si el clima es muy húmedo.
  • Yamadori recién recolectado o esqueje en enraizamiento: pumita al 100 %, o pumita con grava volcánica. Sin akadama y sin abono; lo que se busca es aire y estabilidad mientras el árbol emite raíces nuevas.

El tamaño de grano y el tamiz

El calibre estándar va de 2 a 6 mm. Para shohin y mame, macetas muy pequeñas, se baja a 1-3 mm, porque el grano grueso deja huecos enormes en un volumen tan reducido. Para macetas grandes y árboles de exterior con mucha copa, se puede subir a 4-8 mm.

Lo que no admite excepción es tamizar y eliminar el polvo. Todos estos materiales llegan con una fracción fina, por debajo de 1 mm, generada durante el transporte. Ese polvo se deposita en el fondo, rellena los huecos entre granos y anula la ventaja del sustrato granulado: el mismo saco puede drenar de maravilla o comportarse como barro según se haya cribado o no. Basta un tamiz de cocina o una malla de 1-2 mm; la pumita y la lava, además, agradecen un enjuague con manguera hasta que el agua salga clara.

La capa de drenaje del fondo: menos útil de lo que parece

La costumbre de poner una capa de grava gruesa en el fondo de la maceta no mejora el drenaje. La franja saturada se forma igual, solo que apoyada sobre la grava en vez de sobre el fondo de la maceta, y mientras tanto se ha perdido un centímetro o más de profundidad útil en un recipiente que ya de por sí tiene muy poca. En bandejas de 3-5 cm lo eficaz es un sustrato homogéneo y bien cribado, con las mallas de plástico sujetas sobre los agujeros de drenaje. Solo en macetas hondas de cultivo y formación, de 15 cm o más, tiene sentido una capa gruesa de un par de centímetros.

Abono en superficie sobre el sustrato de un bonsái

Ajustes al clima español

Verano seco y caluroso. En Sevilla, Córdoba o el valle del Ebro, un sustrato exclusivamente mineral y de grano grueso en una maceta plana puede pedir dos riegos diarios en julio. Si no hay quien los dé, la solución no es cambiar de sistema sino ajustar la mezcla: subir la akadama o la zeolita, bajar el calibre a 2-4 mm y, sobre todo, sacar la maceta del sol directo en las horas centrales. Una maceta de cerámica oscura al sol de agosto alcanza temperaturas que cuecen las raíces del perímetro.

Invierno con heladas fuertes. En la meseta y las zonas de montaña, los ciclos de congelación revientan la akadama de baja calidad. Un sustrato convertido en barro en enero significa raíces asfixiadas justo cuando el árbol debería estar preparando la brotación. Ahí conviene reducir la akadama al 25-30 % y compensar con zeolita y pumita, que no se ven afectadas.

Agua de riego calcárea. En buena parte del país el agua del grifo lleva bicarbonatos que van subiendo el pH del sustrato riego a riego. En arces japoneses y azaleas eso se traduce en clorosis: hojas amarillas con los nervios verdes, por bloqueo del hierro. Un sustrato mineral se lava con facilidad —regar hasta que salga agua abundante por los agujeros ayuda a arrastrar sales—, pero con azaleas en kanuma lo razonable es recoger agua de lluvia o acidificar ligeramente el riego.

Abonado y renovación

Un sustrato mineral apenas aporta nutrientes por sí mismo, así que el abonado deja de ser opcional. Con tortas de abono orgánico sólido sobre la superficie, repuestas cada tres o cuatro semanas de marzo a octubre, o con abono líquido cada diez o quince días a media dosis. En caducifolios se para en pleno verano y se retoma en septiembre; a las coníferas se les puede seguir aportando en otoño con abonos bajos en nitrógeno.

La renovación del sustrato se hace en el trasplante, a finales de invierno o principio de primavera, con las yemas hinchadas pero sin abrir —de febrero a marzo en la mayor parte de la Península—. La frecuencia depende de la especie y de la edad: cada dos o tres años en caducifolios jóvenes, cada tres a cinco en coníferas, y hasta cada cinco u ocho en ejemplares viejos y bien formados. Si al sacar el árbol de la maceta el sustrato sale hecho un bloque compacto y oscuro, se ha esperado demasiado.

Hay una prueba doméstica que evita muchos disgustos: riega y cronometra. Si el agua tarda más de tres o cuatro segundos en aparecer por los agujeros de drenaje, ese sustrato ya no está haciendo su trabajo.

En resumen

El mejor sustrato para un bonsái es una mezcla granulada, mineral en su mayor parte, de 2 a 6 mm, tamizada para eliminar el polvo y compuesta por materiales de funciones complementarias: akadama o zeolita para retener agua y nutrientes, pumita para aire y ligereza, grava volcánica para estructura y drenaje. La proporción exacta la marcan la especie, el clima y la frecuencia con la que se pueda regar, no una receta universal.

Si hay que quedarse con tres decisiones: nada de turba ni tierra de jardín como base, tamizar siempre antes de usar, y abonar con regularidad, porque un sustrato así de limpio no alimenta a nadie por su cuenta. Con eso resuelto, el árbol tolera bastante bien el resto de imprecisiones.


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