El fallo que más injertos de olivo arruina no es el corte: es la fecha. Se puede hacer una púa impecable, atarla bien y sellarla como manda el manual, y aun así perderla entera si el árbol estaba parado o si la corteza no despegaba. El Olea europaea tiene una madera dura, lenta y muy poco dada a formar callo si la temperatura no acompaña, así que antes de afilar la navaja conviene saber en qué momento del año está el árbol y qué tipo de injerto tolera ese momento.

Este artículo va sobre eso: cuándo se injerta un olivo en España, qué madera se corta para las púas o las yemas, cómo se ejecutan los tres injertos que de verdad se usan en esta especie y qué hacer las semanas siguientes, que es donde se pierden muchos injertos ya prendidos.

Injerto realizado en una rama de olivo, atado y sellado

Cuándo se injerta un olivo

No hay una fecha única, hay dos ventanas, y cada una sirve para un tipo de injerto distinto.

Final del invierno y principio de la primavera (de mediados de febrero a principios de abril, según zona). Es el momento de los injertos de madera: púa en hendidura, púa lateral, corona. El olivo está aún sin brotar pero ya empieza a mover savia, y esa combinación es justo la que interesa. La púa debe estar dormida y el patrón despierto. En el valle del Guadalquivir o en el litoral levantino esta ventana se abre en febrero; en la meseta norte, en Aragón o en la Alcarria se retrasa a marzo e incluso a la primera semana de abril.

Primavera avanzada y final de verano (de mayo a junio, y de finales de agosto a mediados de septiembre). Es el momento de los injertos de yema: escudete y chapa. Aquí lo que manda no es que el árbol brote, sino que la corteza se separe con limpieza de la madera. Con el olivo en plena actividad, la corteza «levanta» y se puede desprender el escudete o la chapa sin desgarrar el cámbium.

Fuera de esas ventanas el prendimiento cae en picado. Con menos de 12-13 °C el olivo apenas forma callo, y por encima de 30-32 °C el injerto se deseca antes de soldar. Por eso los injertos de julio en Andalucía o Extremadura suelen ser un ejercicio de paciencia mal invertida: mejor esperar a que rompa el calor a finales de agosto. Y si en los días siguientes al injerto se anuncian heladas o poniente seco, conviene aplazar.

La prueba de la corteza, que vale más que el calendario

Antes de decidir qué injerto vas a hacer, haz una cosa muy simple en el propio árbol: un corte en T de dos centímetros en una rama secundaria y levanta una esquina con la punta de la navaja. Si la corteza se separa sola, en una lámina limpia y húmeda, el árbol está en «savia» y los injertos de yema van a funcionar. Si hay que rascar y la corteza se rompe a tiras dejando fibras, aún no toca, o ya pasó.

Esta comprobación resuelve el problema de fondo: las fechas de los libros son orientativas y la fenología manda. Un año con marzo frío atrasa todo tres semanas, y una primavera seca cierra la ventana antes de tiempo porque el árbol se frena por falta de agua. Si el olivo está en secano y viene un mes sin llover, riega una semana antes de injertar; se nota, y mucho, en la facilidad con que despega la corteza.

Qué rama cortar: madera de uno, dos y tres años

Para entenderse con el injerto hay que saber leer la rama, porque en el olivo cada edad de madera tiene un aspecto y una función distinta.

Ramas de un año. Son los brotes que ha emitido el árbol la temporada pasada. Corteza lisa, entre verde grisácea y plateada, flexible, con las hojas todavía enteras y las yemas bien marcadas en las axilas. Esta es la madera que se corta para hacer púas y para sacar yemas, sin discusión. También es la madera que va a fructificar: el olivo produce sobre el crecimiento del año anterior, y de ahí viene la vecería y la lógica de su poda.

Ramas de dos años. Corteza ya parda, más rugosa, sin hojas en la parte basal y con las yemas latentes muy poco visibles. Sirven como lugar donde injertar —tienen diámetro suficiente para una hendidura y todavía cámbium activo—, pero como fuente de púas dan mal resultado: brotan tarde, desigual y con menos vigor.

Ramas de tres años o más. Corteza agrietada, madera dura y a menudo con médula seca. Ni púas ni yemas salen de aquí. Su papel es otro: son el armazón sobre el que se hace el reinjertado de un árbol adulto, ya sea a la corona tras rebajar la rama, ya sea con chapas en la cara sombreada del brazo.

Para cortar las varetas, elige madera de un año bien agostada, del grosor de un lápiz (entre 6 y 10 mm), de la parte media del brote, con entrenudos cortos y yemas gordas. Sácalas de un árbol identificado y sano en plena producción, no de «ese olivo del vecino que da unas aceitunas muy buenas» sin más comprobación. Los chupones sirven si están lignificados, pero descarta los que estén huecos o esponjosos por dentro.

Si vas a injertar en febrero o marzo, corta las varetas en pleno reposo, en diciembre o enero, y consérvalas envueltas en papel ligeramente húmedo dentro de una bolsa perforada, en la parte baja de la nevera, entre 2 y 4 °C. Etiqueta la variedad y marca con un corte oblicuo el extremo superior: cuando lleves veinte varetas encima nadie se acuerda de cuál era la punta y una púa puesta del revés no prende jamás.

Injerto de púa

Es el injerto de final de invierno y el que se usa para cambiar de variedad un árbol ya hecho o para injertar un acebuche (Olea europaea var. sylvestris) con una variedad de mesa o de almazara.

En patrones jóvenes, de dos o tres centímetros de diámetro, se hace hendidura simple: se corta el patrón limpio con serrucho, se abre en el centro con una cuchilla o un formón unos 4-5 cm y se introducen una o dos púas talladas en cuña larga, de 3-4 cm de bisel, con dos o tres yemas cada una. La clave está en que coincida la corteza de la púa con la corteza del patrón por al menos un lado, no en centrar la púa: lo que suelda es el cámbium, esa capa finísima que queda justo bajo la corteza.

En troncos o brazos gruesos, de ocho centímetros para arriba, la hendidura parte el patrón y cicatriza fatal. Ahí se recurre al injerto de corona, que consiste en meter tres o cuatro púas entre la corteza y la madera, repartidas por el perímetro del corte, cada una biselada por una sola cara. La corona exige que la corteza levante, así que su fecha se desplaza a marzo-abril, algo más tarde que la hendidura.

En los dos casos: atado firme con cinta de injertar o rafia, y sellado de toda la superficie de corte con mástic. La sequedad mata más púas que el frío.

Injerto de escudete

El escudete es el clásico injerto de yema en T: se hace un corte en T en la corteza del patrón, se levantan las solapas y se introduce un trozo de corteza con una yema recortado en forma de escudo.

Aquí toca desmontar una idea muy repetida. El escudete funciona de maravilla en cítricos, en rosales o en frutales de hueso, pero en el olivo es el injerto de yema menos fiable de los tres. La razón es física: la corteza del olivo es delgada y quebradiza, las yemas son pequeñas y quedan casi enterradas en la axila de la hoja, y al recortar el escudo es muy fácil arrancar el punto de crecimiento y quedarse con una cáscara vacía. Se usa, y prende, pero pide más pulso y da porcentajes más bajos.

Si lo haces, trabaja sobre patrón joven, de corteza fina y lisa, en pleno mayo o a primeros de septiembre; deja un trozo de peciolo como asa para manipular la yema sin tocarla; ata con cinta elástica dejando la yema al aire; y no cortes nada del patrón hasta comprobar el prendimiento.

Injerto de chapa

Este es, en la práctica, el injerto de yema del olivo, y merece ser mucho más conocido de lo que es entre aficionados.

Consiste en recortar en el patrón un rectángulo de corteza —de unos 2,5 × 1,5 cm— y sustituirlo por una chapa idéntica sacada de la vareta, con una yema en el centro. Con un doble decortificador o simplemente con dos cortes paralelos hechos con la misma navaja se consigue que las dos piezas encajen. La ventaja frente al escudete es que el contacto de cámbium se produce en todo el perímetro del rectángulo y no solo en los bordes de una T, y que la yema no sufre porque no hay que deslizarla dentro de ninguna ranura.

Se hace en la misma ventana que el escudete, con la corteza levantando: mayo-junio o final de agosto y septiembre. El injerto de septiembre tiene una particularidad útil, y es que la yema suelda en otoño pero no brota hasta la primavera siguiente; se ata, se protege del sol y se deja pasar el invierno. Existe además una variante en anillo o canutillo, que sustituye toda la circunferencia de corteza de un tramo del patrón, muy resolutiva en varetas finas.

A las tres semanas se ve si prendió: la chapa sigue verde, se suelda por los bordes y el resto de peciolo, si lo dejaste, cae solo al rozarlo. Si está parda y seca, se repite en otra cara de la rama sin esperar al año siguiente, siempre que la ventana siga abierta.

Olivar adulto en el que se han reinjertado los árboles

Qué hacer después del injerto

Prender es media faena; la otra media son las semanas siguientes.

No decapites el árbol de golpe. Al reinjertar un olivo adulto conviene dejar alguna rama sin tocar, lo que en el campo se llama un tiravientos o tirasavia. Mantiene la circulación, alimenta las raíces y evita que el árbol responda con una explosión de chupones. Se elimina al año siguiente, cuando los injertos ya han hecho brote.

Quita rebrotes cada dos o tres semanas. El patrón va a intentar brotar por debajo del injerto sin descanso, y esos rebrotes se llevan toda la savia. Es la causa más frecuente de que un injerto verde en mayo esté seco en julio.

Protege del sol. Los cortes grandes y las púas recién puestas se queman con la insolación directa. Papel de estraza, una bolsa de papel o una mano de pintura blanca de exteriores sobre la madera desnuda resuelven el problema.

Afloja la atadura. A los dos o tres meses, la cinta empieza a estrangular. Si es de rafia o de cinta no biodegradable, córtala por el lado opuesto al injerto.

Entutora el brote. El brote de un injerto de púa crece rápido y se desgaja con el primer viento fuerte porque la soldadura tarda dos temporadas en tener resistencia mecánica. Una caña atada al patrón basta.

Errores frecuentes y precauciones sanitarias

Injertar en pleno verano o en pleno invierno, ya se ha dicho, es tirar el trabajo. A eso se suman otros fallos que se repiten:

Tallar la púa con una navaja sin filo y aplastar los tejidos en vez de cortarlos; tardar más de un minuto entre el corte y el atado, con lo que la superficie se oxida y ya no suelda; poner la púa del revés; dejar los cortes sin sellar; y regar el árbol como si no pasara nada cuando lo que necesita es humedad constante y moderada, sin encharcamiento.

Sobre la luna: no hay evidencia agronómica de que la fase lunar influya en el prendimiento. Lo que sí influye, y de forma medible, es la temperatura, el estado hídrico del árbol y la calidad del corte.

Y un punto que ya no es opcional: el material vegetal de olivo está sometido a restricciones por Xylella fastidiosa. En las zonas demarcadas —Illes Balears y la comarca alicantina, principalmente— está prohibido mover plantas y varetas fuera del área sin autorización oficial. Coge las púas de árboles de tu propia finca o de vivero con pasaporte fitosanitario, y desinfecta las herramientas con alcohol de 70° o lejía diluida al paso de un árbol a otro. Es una rutina de treinta segundos que también corta la transmisión de otros patógenos.

En resumen

El olivo se injerta en dos momentos distintos y no intercambiables. De febrero a principios de abril, con el árbol aún sin brotar y la púa dormida, van los injertos de madera: hendidura en patrones finos y corona en brazos gruesos. De mayo a junio y de finales de agosto a mediados de septiembre, con la corteza levantando, van los injertos de yema: chapa como opción principal y escudete como alternativa más delicada.

Las púas y las yemas salen siempre de madera de un año, del grosor de un lápiz, tomada de un árbol sano e identificado. La madera de dos años sirve de patrón, la de tres solo de estructura. Y el trabajo no termina al atar: eliminar rebrotes, sombrear, aflojar la atadura y entutorar el brote deciden tanto como el corte inicial.


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