En los pazos de Pontevedra y en los jardines históricos de la ría de Vigo hay camelias plantadas hace más de siglo y medio que siguen abriendo sus flores cada invierno, algunas convertidas ya en árboles de ocho o diez metros. Ese dato dice bastante sobre la planta: no es delicada ni efímera, es longeva y agradecida. Lo que ocurre es que resulta muy exigente en dos cosas concretas, el suelo y el agua, y que fuera de esas dos condiciones no perdona.
La camelia de Japón, Camellia japonica, es un arbusto o arbolito de hoja perenne, coriácea y brillante, que florece justo cuando el jardín está parado, entre diciembre y abril según la variedad y la zona. Esa es su gracia y su razón de ser en un jardín español: aporta flor grande y estructura verde en pleno invierno.
De dónde viene y por qué le va tan bien el norte
La especie es originaria del este de Asia: Japón, la península de Corea y el este de China, donde crece en el sotobosque de laderas húmedas, bajo la protección de árboles más altos y sobre suelos ácidos formados por hojarasca. Pertenece a la familia Theaceae, la misma que la planta del té, Camellia sinensis, que es una prima cercana.
Ese origen explica todo lo que viene después. Una planta de sotobosque húmedo y de suelo ácido va a comportarse en la cornisa cantábrica y en Galicia como si estuviera en casa: lluvias repartidas, humedad ambiental alta, inviernos suaves y suelos derivados de granito o pizarra, naturalmente ácidos. De ahí que Galicia y el norte de Portugal se convirtieran en el gran territorio europeo de la camelia a partir del siglo XIX, cuando los indianos y las familias con pazo empezaron a coleccionarlas.
En el resto de la península la cosa cambia. En Madrid, en el valle del Ebro o en La Mancha el problema no es tanto el frío como el agua de riego cargada de cal, el aire seco del verano y los suelos calizos. Se puede cultivar, pero casi siempre en maceta y con agua adecuada, no plantada en el suelo del jardín.
El suelo ácido no es una recomendación, es un requisito
La camelia necesita un suelo con pH entre 5 y 6,5. Por encima de 7 empieza a bloquearse la absorción de hierro y de manganeso, y la planta amarillea entre los nervios de la hoja mientras estos siguen verdes: es la clorosis férrica. No es falta de hierro en el suelo, es hierro que la planta no puede tomar porque el pH lo ha vuelto insoluble. Por eso echar sulfato de hierro sin corregir el pH sirve de poco.
Si el terreno es calizo, hay dos caminos honestos. El primero es renunciar a plantarla en el suelo y cultivarla en maceta o en un arriate elevado con sustrato para plantas acidófilas. El segundo, hacer un hoyo grande y sustituir la tierra, es el que se recomienda a menudo y el que más disgustos da: el agua de riego calcárea y la tierra de alrededor terminan por alcalinizar esa bolsa de sustrato en pocos años, y la planta se apaga despacio.
Además del pH, el suelo tiene que drenar. La camelia quiere humedad constante pero no encharcamiento; las raíces asfixiadas se pudren con facilidad, sobre todo por Phytophthora. Una mezcla de tierra de brezo, mantillo de hojas y algo de arena silícea o corteza de pino funciona bien.
Luz: ni sol de mediodía ni sombra profunda
Aquí conviene desmontar una idea muy repetida: que la camelia es planta de sombra. Es planta de media sombra o sombra luminosa, que no es lo mismo. En sombra densa vegeta, alarga los entrenudos y florece poco o nada, porque los botones florales necesitan luz para formarse.
La posición ideal es la que recibe sol suave de mañana temprano o de última hora de la tarde y está protegida entre las 12 y las 17 horas, o bien luz filtrada por la copa de un árbol de hoja caduca. Un matiz que se pasa por alto: en zonas de heladas conviene evitar la orientación este. Si la flor se ha helado de madrugada y el sol de las ocho la descongela de golpe, los pétalos se pardean; descongelándose despacio a la sombra aguantan mucho mejor.
La planta soporta bien el frío —una japonica establecida aguanta en torno a los −10 ºC sin daños en la madera—, pero las flores abiertas se estropean por debajo de −2 ºC. Lo que de verdad la castiga es el viento seco y frío, que quema el borde de las hojas, y la insolación directa de julio en el interior peninsular.
Riego: el agua manda, y el verano decide la floración
El agua del grifo con mucha cal es la causa número uno de camelias enfermas fuera del noroeste. Si el agua supera los 30 grados franceses de dureza, hay que buscar alternativa: agua de lluvia recogida es lo mejor y lo más barato. En su defecto, acidificar el agua de riego bajándola a pH 6 aproximadamente, con unas gotas de vinagre o con ácido cítrico, y comprobarlo con tiras medidoras en lugar de ir a ojo.
El riego debe mantener el sustrato fresco, nunca empapado y nunca seco del todo. Las raíces son superficiales, así que la planta se deshidrata rápido y además no admite que se cave a su alrededor: nada de azadón bajo la copa. La solución para las dos cosas es un acolchado permanente de 5 a 8 cm de corteza de pino, acículas o restos de poda triturados, que mantiene la humedad, aporta acidez al descomponerse y protege el sistema radicular.
Y ahora el punto que más floraciones arruina sin que nadie relacione causa y efecto: los botones florales del invierno se forman en julio y agosto. Si la planta pasa sed en pleno verano, no lo notarás entonces, lo notarás medio año después en forma de camelia sin flores o con flores que se caen antes de abrir. La caída de capullos en enero casi nunca es un problema de enero; es la factura de un agosto mal regado o de un cambio brusco de humedad en el sustrato.
Abonado, y cuándo hay que parar
La camelia no es una planta glotona. Con un abono específico para acidófilas (el mismo que se usa para azaleas, rododendros y hortensias azules) aplicado desde el final de la floración, entre marzo y abril, y repetido cada tres o cuatro semanas hasta finales de julio, va sobrada. También responde muy bien a una aportación anual de compost bien hecho o mantillo de hojas sobre el acolchado.
A partir de agosto conviene dejar de abonar con nitrógeno. Si se sigue estimulando el crecimiento en otoño, la planta saca brotes tiernos que llegan sin madurar al invierno y se hielan. Los abonos ricos en potasio a final de verano, en cambio, ayudan a que los botones cuajen bien.
Si aparece clorosis, quelato de hierro EDDHA disuelto en el agua de riego: es el único quelato que sigue siendo eficaz a pH alto. Pero trátalo como un parche mientras corriges el suelo y el agua, no como el remedio definitivo.
Poda: poca, y en el momento justo
Una camelia sana no necesita poda para florecer. Se poda para contener el tamaño, para aclarar el interior o para reformar un ejemplar viejo, y siempre inmediatamente después de la floración, entre abril y mayo como muy tarde. Si se poda en verano o en otoño se están cortando los botones ya formados y se pierde el invierno entero.
Aguanta la poda dura bastante mejor de lo que su fama sugiere: un ejemplar viejo y desguarnecido puede rebajarse con fuerza y rebrota de madera vieja, aunque tardará dos o tres años en volver a florecer con normalidad.
Lo que sí hay que hacer cada año es retirar las flores marchitas, tanto las que quedan en la planta como las caídas al suelo. Es la medida más eficaz contra Ciborinia camelliae, el hongo que provoca que la flor se pardee desde el centro hacia fuera y caiga entera; el hongo pasa el año en los restos florales del suelo.
La camelia en maceta
Es una planta que acepta bien el contenedor durante muchos años y, en media España, es la única forma sensata de tenerla. Algunas pautas que marcan la diferencia:
Usa sustrato para acidófilas, nunca tierra universal, y una maceta ancha antes que profunda, acorde con el enraizamiento superficial. Trasplanta cada dos o tres años, al terminar la floración, subiendo poco de tamaño cada vez. Vigila que el cuello de la planta quede a ras de sustrato: enterrado de más, se pudre. En verano, la maceta de barro en un patio del interior se calienta demasiado; colócala a la sombra, agrupada con otras plantas, y riega comprobando el sustrato con el dedo, no por calendario. En invierno, una maceta se hiela mucho antes que el suelo del jardín: si vienen heladas fuertes, arrima el tiesto a una pared o envuélvelo.
Problemas frecuentes y cómo leerlos
Hojas amarillas con nervios verdes: clorosis por exceso de cal en el suelo o en el agua. Corrige pH y aplica quelato de hierro.
Botones que se caen sin abrir: riego irregular, casi siempre sequía del verano anterior, o cambio brusco de ubicación. También ocurre cuando la planta ha cuajado demasiados botones; aclararlos a mano en otoño mejora el tamaño de las flores restantes.
Flores que se pardean: si el pardeo empieza en el borde de los pétalos, ha sido la helada o la lluvia sobre la flor abierta. Si empieza en el centro y avanza hacia fuera con los nervios oscurecidos, sospecha de Ciborinia: recoge y elimina todas las flores caídas, no las eches al compost.
Melaza pegajosa y hollín negro en las hojas: cochinilla algodonosa o caparreta. La negrilla es solo el hongo que crece sobre la melaza; se resuelve eliminando la cochinilla con aceite de parafina o jabón potásico, insistiendo en el envés y en las axilas.
Hojas punteadas, apagadas y con telilla fina: araña roja, típica de ambientes secos y calurosos. Aumenta la humedad ambiental y trata si la colonia va a más.
Marchitez repentina de una rama entera o de la planta: suele ser podredumbre de raíz por encharcamiento. Aquí el problema es el drenaje, y llegar a tiempo es difícil.
Variedades y calendario de floración
Dentro de Camellia japonica hay cientos de cultivares, con flores simples, semidobles, anemoniformes o formales dobles, en blanco, rosa, rojo y jaspeados. Elegir bien la época es tan importante como elegir el color: hay variedades tempranas que abren en diciembre y otras tardías que llegan a abril, y en zonas con heladas frecuentes conviene inclinarse por las tardías para que la flor no coincida con lo peor del invierno.
Si lo que buscas es flor en otoño, la especie adecuada no es esta sino Camellia sasanqua, que florece de octubre a diciembre, tiene hoja más pequeña, tolera bastante mejor el sol directo y desprende cierto aroma, algo que la japonica prácticamente no tiene. Combinando las dos especies se cubre de octubre a abril sin interrupción.
En resumen
La camelia de Japón se cultiva sin dificultad si se le dan tres cosas: suelo ácido y bien drenado, agua sin cal y media sombra luminosa. Todo lo demás —abonado moderado de primavera a julio, acolchado permanente, poda ligera nada más terminar la floración y retirada de las flores marchitas— es mantenimiento de bajo esfuerzo.
Los dos errores que más caro se pagan son regar con agua calcárea, que acaba en clorosis crónica, y descuidar el riego en pleno verano, que se traduce en una floración pobre seis meses más tarde. Si tu terreno es calizo, no te empeñes en plantarla en el suelo: en maceta con sustrato de acidófilas y agua de lluvia, una camelia puede vivir décadas y florecer cada invierno.