Riega una camelia con agua dura del grifo durante dos temporadas seguidas y tendrás un arbusto de hojas amarillentas con los nervios todavía verdes, sin brillo y sin flor. No es una plaga ni una enfermedad: es cal. Ese detalle, el agua, decide más que ningún otro el éxito o el fracaso del cultivo en buena parte de España, y sin embargo suele ser lo último que se revisa cuando la planta va mal.

La camelia (Camellia japonica y, en menor medida, Camellia sasanqua y Camellia reticulata) es un arbusto de hoja perenne originario del este de Asia, emparentado de cerca con el té (Camellia sinensis). Crece despacio, vive muchísimos años y florece cuando casi nada más lo hace: entre noviembre y abril según la especie y el cultivar. Sus exigencias son pocas pero muy poco negociables.

Flor de Camellia japonica de color rojo

El suelo y el agua mandan

La camelia es acidófila estricta. Necesita un pH de entre 5 y 6,5. Por encima de 7 deja de poder absorber el hierro aunque el suelo lo contenga, y aparece la clorosis férrica: hoja amarilla con nervadura verde marcada, empezando por los brotes nuevos. En Galicia, la cornisa cantábrica o el norte de Portugal, donde los suelos son ácidos y llueve, la camelia se planta en el jardín y prospera sola durante un siglo. En Madrid, Zaragoza, Levante o Andalucía los suelos son básicos y calizos, y ahí la única opción sensata es la maceta con sustrato preparado.

Un sustrato que funciona: turba rubia ácida o sustrato para plantas de brezo como base, un tercio de corteza de pino compostada de granulometría fina y un puñado de perlita. La corteza de pino aporta aireación y acidez duradera, cosa que la turba pierde con el tiempo. Lo que no hay que usar es tierra de jardín corriente ni sustrato universal con dolomita añadida.

Con el agua, la regla es la misma. El agua de grifo de la mitad sur y del este peninsular arrastra bicarbonatos que van subiendo el pH del sustrato riego tras riego, hasta que la planta se bloquea. Alternativas por orden de preferencia: agua de lluvia recogida, agua embotellada de mineralización muy débil, o agua del grifo acidificada. Para acidificar sirve el vinagre a razón de unos 2 ml por litro, o mejor, unas gotas de ácido cítrico, ajustando hasta dejarla en torno a pH 6. Merece la pena comprobarlo con tiras reactivas al principio en lugar de ir a ojo. Dejar reposar el agua veinticuatro horas no sirve de nada contra la cal: eso solo evapora el cloro, que no es el problema.

Luz: ni sol de mediodía ni sombra profunda

Corrijamos una idea muy extendida: la camelia no es una planta de sombra. Es una planta de luz filtrada. En su hábitat crece en el sotobosque, bajo la copa de árboles caducifolios, con mucha claridad indirecta. Puesta en sombra profunda vegeta, alarga los entrenudos y florece poco o nada, porque los botones florales necesitan luz para formarse.

La orientación ideal en la Península es este o noreste: sol suave de primera hora y sombra a partir del mediodía. En el norte húmedo tolera bastante más sol directo del que se le supone. En el interior seco, en cambio, el sol de julio y agosto le quema las hojas dejando manchas necróticas marrones y secas, y la reverberación de un muro blanco basta para dañarla.

Hay un matiz que arruina muchas floraciones: cuando ha helado por la noche y la flor está congelada, el sol directo de la mañana la descongela demasiado rápido y los pétalos se vuelven marrones. Por eso, en zonas de heladas, conviene evitar precisamente la exposición al sol naciente. La planta aguanta el frío mucho mejor que la flor.

Frío, calor y ubicación

Camellia japonica resiste sin daños heladas de hasta unos -10 ºC en la parte leñosa; las variedades y los ejemplares jóvenes en maceta son menos tolerantes porque el cepellón se congela por completo. Camellia sasanqua soporta algo más de sol y de sequedad, y florece en otoño, entre octubre y diciembre, lo que la hace interesante donde el invierno es duro y las heladas estropearían las flores de enero.

Lo que peor lleva la camelia no es el frío sino el viento seco y caliente, y la humedad ambiental baja. Un poniente de julio en la meseta deshidrata la hoja más rápido de lo que la raíz puede reponer. Situarla resguardada por un muro, un seto o el alero de una terraza cambia radicalmente su aspecto.

Riego: el error se paga seis meses después

La camelia tiene raíces finas y superficiales, sin pelos radicales gruesos, y no perdona ni la sequía ni el encharcamiento. En maceta, riego cuando los dos primeros centímetros de sustrato están secos al tacto: en verano puede ser cada dos o tres días, en invierno cada diez o quince. Nunca plato con agua estancada debajo.

Aquí está el error más costoso y menos evidente del cultivo. Los botones florales se forman en junio y julio, justo cuando la planta parece que no hace nada. Si pasa sed en pleno verano, los botones se abortan o se caen enteros meses después, en pleno invierno, cuando ya nadie relaciona una cosa con la otra. Quien se queja de que "se le caen los capullos sin abrir" casi siempre está pagando un mal riego del verano anterior, no un fallo de enero.

Un acolchado de corteza de pino o de acículas de pino sobre la superficie del sustrato reduce la evaporación, mantiene la raíz fresca y acidifica ligeramente al descomponerse. Es de las intervenciones más rentables.

Abonado

Abono específico para plantas acidófilas, el mismo que se usa para azaleas, rododendros y hortensias azules, desde marzo hasta finales de agosto, siguiendo la dosis del envase y siempre con el sustrato húmedo, nunca sobre sustrato seco. A partir de septiembre se retira: abonar con nitrógeno en otoño estimula brotes tiernos que la primera helada quema.

Si aparece clorosis, el abono acidófilo no basta para revertirla rápido. Se corrige con quelato de hierro EDDHA, que es el único quelato que sigue siendo estable a pH alto, disuelto en el agua de riego. Ahora bien, el quelato es un parche: si el agua sigue siendo caliza, la clorosis vuelve. Hay que arreglar el agua.

Camelia japonica de flor rosa

Poda: cuanto menos, mejor

La camelia no necesita poda de formación ni de mantenimiento. Basta con retirar ramas secas, cruzadas o enfermas. Si hay que reducir su tamaño o aclarar el interior, el único momento correcto es justo al terminar la floración, entre marzo y mayo según el cultivar. Podar en verano, otoño o invierno significa cortar las ramas que ya llevan encima los botones del año siguiente, y quedarse sin flores.

Sí conviene retirar las flores marchitas conforme se secan, sobre todo si están en el suelo: son el foco de infección de la principal enfermedad del género.

Problemas frecuentes

Cochinilla algodonosa y cochinilla coma. Se instalan en el envés de las hojas y en las axilas. Segregan melaza, sobre la que crece la negrilla, ese hollín negro que se limpia con el dedo. Se tratan con aceite de parafina o jabón potásico, insistiendo en el envés y repitiendo a los diez días.

Araña roja. Ambiente seco y caluroso. Deja la hoja punteada de amarillo y con aspecto polvoriento. Aumentar la humedad ambiental y pulverizar el envés con agua es media solución.

Ciborinia camelliae, el tizón de la flor. La flor se pone marrón desde la base hacia fuera en cuestión de días y cae entera. Es habitual en el noroeste húmedo. No hay tratamiento curativo doméstico eficaz: la única medida útil es la higiene, recoger y eliminar todas las flores caídas y renovar el acolchado, porque el hongo hiberna en el suelo.

Podredumbre de raíz por Phytophthora. Aparece con sustrato compactado, maceta sin drenaje o suelo pesado. La planta se marchita con la tierra húmeda, y ese síntoma contradictorio invita a regar todavía más, lo que remata al arbusto.

Plantación demasiado profunda. El cuello de la camelia debe quedar al nivel de la superficie o incluso un par de centímetros por encima. Enterrado, el arbusto languidece durante años sin causa aparente.

Maceta y trasplante

Por su raíz superficial, la camelia agradece macetas anchas más que hondas. El barro cocido funciona bien porque transpira, aunque obliga a regar más a menudo. El trasplante se hace cada dos o tres años, al acabar la floración, subiendo un solo número de tamaño de maceta: un salto excesivo deja mucho sustrato sin colonizar que se mantiene húmedo y acaba pudriendo raíces.

Al sacarla, si el cepellón está muy apelmazado, se afloja con los dedos el tercio exterior sin destrozarlo. No conviene desnudar la raíz ni lavarla.

Multiplicación

Por esqueje semileñoso en julio o agosto: se toman brotes del año ya endurecidos, de unos 10 cm, se dejan dos hojas cortadas por la mitad, se impregna la base en hormonas de enraizamiento y se plantan en perlita con turba, tapados para mantener la humedad y en sombra. Enraízan en dos o tres meses, con paciencia. El acodo aéreo en primavera es más lento pero más seguro y da plantas grandes de golpe. La semilla germina bien, pero tarda entre cinco y siete años en florecer y no reproduce las características del cultivar, así que solo tiene sentido como experimento o para obtener portainjertos.

En resumen

La camelia es longeva y agradecida siempre que se respeten cuatro cosas: sustrato ácido de verdad, agua sin cal, luz abundante pero filtrada y humedad constante en verano, sobre todo en junio y julio, cuando se están fabricando las flores del invierno. Fuera del noroeste peninsular, los fallos que se le atribuyen a la planta suelen ser en realidad fallos del agua de riego. Se poda poco y solo tras florecer, se abona de marzo a agosto con producto para acidófilas y se vigila la cochinilla en el envés. Con eso, un ejemplar puede seguir floreciendo cada invierno durante décadas.


Contenidos relacionados