Cuando alguien busca un arce pequeño de hoja palmeada para el jardín, casi siempre acaba comprando un Acer palmatum. Es lógico: es el que hay en todos los viveros. Pero existe un pariente cercano, menos conocido y en algunos aspectos más práctico para ciertos climas españoles: el arce de Corea, Acer pseudosieboldianum. Es más resistente al frío, tiene un color otoñal difícil de superar y mantiene ese porte contenido que hace que un arce quepa en un jardín normal.

Hoja palmeada del arce de Corea, Acer pseudosieboldianum

Qué es el arce de Corea

Acer pseudosieboldianum es un árbol pequeño o arbusto arbóreo de la familia Sapindaceae, originario de Corea, el noreste de China (Manchuria) y el extremo oriental de Rusia, incluida la región de Primorie. Ese origen continental, con inviernos mucho más duros que los de Japón, explica su principal virtud frente al arce japonés.

El nombre específico significa literalmente "falso sieboldianum", porque durante mucho tiempo se confundió con Acer sieboldianum, una especie japonesa muy parecida. La diferencia práctica está en la flor: la del arce de Corea es púrpura o rojiza, mientras que la de A. sieboldianum es amarillenta.

En cultivo suele quedarse entre 4 y 7 metros de altura, con una copa redondeada y ancha, a veces casi tan ancha como alta. En su hábitat natural puede llegar a 8-10 metros, pero en jardín rara vez pasa de los 6. Crece despacio, unos 20-30 cm al año una vez establecido, lo cual es una ventaja: no se te come el espacio.

La hoja es su seña de identidad. Es palmeada, con 9 a 11 lóbulos —más que los 5-7 típicos del Acer palmatum—, de 6 a 10 cm de diámetro, con el margen doblemente dentado y forma casi circular. Cuando brota en primavera aparece cubierta de una pelusilla blanquecina que después desaparece. El resultado es una hoja con aspecto de abanico plisado, muy fina, que da al árbol una textura ligera.

Florece en abril o mayo, con corimbos colgantes de flores pequeñas de sépalos púrpura y pétalos blanquecinos. No es una floración espectacular de lejos, pero de cerca tiene su gracia. Después vienen las sámaras dobles características de los arces, esas "hélices" que caen girando, con las alas formando un ángulo abierto de unos 90 grados y a menudo teñidas de rojo en verano.

El otoño, que es a lo que se planta

Aquí está el motivo real de cultivarlo. El arce de Corea tiene una de las coloraciones otoñales más intensas del género. No pasa simplemente a rojo: recorre en pocas semanas una gama de amarillo dorado, naranja encendido, escarlata y carmesí, y con frecuencia distintos colores conviven en la misma copa, incluso en la misma hoja. En octubre y noviembre, según la zona, un ejemplar adulto parece iluminado desde dentro.

Ese color no aparece por arte de magia. La coloración otoñal intensa depende de la acumulación de antocianinas, y estas se forman mejor cuando se dan tres condiciones: noches frescas sin llegar a helada, días soleados y suelo con humedad suficiente. Un ejemplar plantado en una zona sin oscilación térmica nocturna, o que llega a octubre estresado por sequía, dará un otoño apagado y pardo. Si tu arce "no colorea", el problema casi nunca es la planta: es el sitio o el riego de agosto.

Frío: donde gana al arce japonés

El arce de Corea resiste sin daños temperaturas del orden de -25 a -30 °C. Es sensiblemente más rústico que el Acer palmatum, que empieza a sufrir por debajo de -15 °C. Para España esto significa que es plantable en zonas frías donde el arce japonés lo pasa mal: la meseta norte, León, Burgos, Soria, Teruel, el Pirineo y prepirineo, las zonas altas del Sistema Central.

Hay un matiz importante que conviene conocer: por venir de climas continentales con inviernos largos y estables, puede brotar demasiado pronto en zonas con inviernos irregulares. Una racha templada en febrero lo despierta, y una helada tardía de marzo o abril quema los brotes nuevos. No mata al árbol, pero arruina la temporada. La solución práctica es plantarlo en un sitio que no reciba el primer sol de la mañana en invierno, por ejemplo con orientación oeste o al abrigo de un muro que no se caliente al amanecer, para retrasar la brotación.

Dónde plantarlo en España

El punto débil de esta especie no es el frío, es el calor seco. Su hábitat natural es el sotobosque de bosques templados húmedos, con veranos frescos y lluvias de verano. Los veranos de la mitad sur peninsular, con 38 °C y humedad relativa del 20 %, lo queman literalmente: las hojas se secan por los bordes, se vuelven pardas y crujientes, y el árbol entra en un declive del que rara vez se recupera.

Con franqueza: en Andalucía, Extremadura, Murcia o el interior de Valencia, esta no es una especie recomendable salvo en microclimas de montaña. Es mejor decirlo que vender la ilusión de que con sombra y riego cualquier planta funciona en cualquier sitio.

Donde sí funciona muy bien:

Cornisa cantábrica y Galicia. Es su clima ideal: veranos suaves, humedad ambiental alta, suelos ácidos. Aquí admite incluso bastante sol directo.

Pirineo y zonas de montaña. Frío invernal sin problema y veranos frescos.

Mitad norte del interior, con la condición de darle semisombra, protección del viento seco y riego de apoyo en verano.

Cataluña y zonas de clima mediterráneo húmedo, en jardines con sombra de árboles altos y suelo trabajado.

En cuanto a exposición, la regla es: a más calor y menos humedad ambiental, más sombra. La ubicación ideal en la mayor parte de España es la sombra ligera bajo la copa de árboles caducos, donde recibe sol filtrado y luz directa solo a primera hora o al final del día. Debe estar además protegido del viento, porque sus hojas finas se deshidratan y se rasgan con facilidad.

Suelo: el detalle que decide

Es una planta de suelo ácido o, como mucho, neutro. El pH ideal está entre 5,5 y 6,5. En suelos calizos, que son la mayoría en el centro y el este de España, sufre clorosis férrica: las hojas nuevas amarillean entre los nervios, que se mantienen verdes, y el crecimiento se detiene.

Si tu agua de riego es dura y tu tierra caliza, plantar un arce de Corea directamente en el suelo es condenarlo. Las alternativas realistas son cultivarlo en maceta grande con sustrato para plantas acidófilas, o preparar un bancal elevado con mezcla ácida y regar con agua de lluvia. Aplicar quelato de hierro cada temporada es un parche, no una solución: alivia el síntoma pero el árbol nunca prospera del todo.

Además de ácido, el suelo debe ser fresco, profundo, rico en materia orgánica y bien drenado. Suena contradictorio —húmedo pero drenado— pero es exactamente lo que hay en un suelo forestal con mucha hojarasca descompuesta: retiene humedad sin encharcarse. Ese es el objetivo.

Riego

Necesita humedad constante en el suelo, sin encharcamiento. Es de los árboles que peor llevan la sequía puntual: un solo golpe de calor con el cepellón seco puede provocar la quema de todo el follaje.

En los dos o tres primeros años, riego cada 2-3 días en verano y semanal el resto del año si no llueve. Un ejemplar recién plantado no tiene raíces exploradoras y depende por completo de lo que le des.

Ya establecido, en clima húmedo puede pasar el verano con riegos ocasionales; en el interior necesitará riego profundo cada 4-6 días en julio y agosto. Es preferible regar mucho y espaciado que poco y a diario: el riego superficial fomenta raíces superficiales, que son justo las que más sufren con el calor.

El acolchado es casi obligatorio. Una capa de 5-8 cm de corteza de pino, acículas o restos vegetales sobre el alcorque reduce la evaporación, mantiene la raíz fresca, evita la competencia de hierbas y, si usas corteza de pino, acidifica ligeramente el suelo con el tiempo. Deja siempre un par de dedos libres alrededor del tronco para no provocar pudriciones en el cuello.

El agua importa: si tu agua del grifo es muy calcárea, riega con agua de lluvia siempre que puedas, sobre todo en maceta, donde las sales se acumulan en el sustrato riego tras riego.

Abonado

Poco y bien. Los arces no piden mucho alimento y el exceso de nitrógeno produce brotes largos, blandos y desproporcionados que estropean el porte y son más sensibles a la helada.

Lo más sensato es aportar compost o mantillo maduro en superficie a finales de invierno, en febrero, y si acaso un abono específico para plantas acidófilas en marzo y otro en junio, a dosis moderada. Nunca abones a partir de agosto: estimularías crecimiento tardío que no llegará a lignificar antes del frío.

Poda: cuanto menos, mejor

Este es el error más frecuente con cualquier arce. No lo podes en primavera ni a finales de invierno. Los arces tienen una presión de savia muy fuerte al final del invierno y "lloran" abundantemente por los cortes, lo que los debilita y facilita la entrada de hongos.

La época correcta es el final del otoño o el invierno con la planta completamente parada, o bien a finales de verano, en agosto, que es cuando el flujo de savia es mínimo y las heridas cierran mejor.

En cuanto al alcance, limítate a quitar ramas secas, dañadas, cruzadas o que crezcan hacia el interior. Su ramificación natural es una de sus mejores cualidades: en invierno, sin hojas, la silueta de ramas finas y escalonadas es preciosa por sí sola. Una poda de formación agresiva la destruye y tarda años en recomponerse. Evita también las heridas grandes: los arces compartimentan mal y los cortes de más de 4-5 cm de diámetro tardan mucho en cerrar.

Propagación

La semilla es la vía habitual. Las sámaras se recogen maduras en otoño. Necesitan estratificación fría: unos 90-120 días a 3-5 °C en un medio húmedo dentro de la nevera, o sembradas en maceta a la intemperie durante el invierno, que es más cómodo y suele dar mejor resultado. La germinación es irregular y no es raro que parte de las semillas espere al segundo año. Conviene sembrar más de las que necesitas.

Los esquejes enraízan mal, como en casi todos los arces. Los cultivares seleccionados se propagan por injerto sobre pie de la propia especie o de Acer palmatum, un trabajo de vivero especializado.

Problemas frecuentes

Bordes de hoja secos y pardos en verano. Es la queja número uno y casi nunca es una enfermedad. Es quemadura por sol directo, viento seco o falta de agua. Se corrige con sombra, acolchado y riego, no con fungicidas.

Verticilosis (Verticillium dahliae). Es la enfermedad grave de los arces. Una rama o toda una parte de la copa se marchita de golpe en pleno verano; al cortar una rama afectada se ven manchas oscuras en el anillo de madera. No tiene tratamiento curativo. Hay que podar y quemar las ramas afectadas y no replantar arces en ese punto del jardín. Se previene evitando heridas en las raíces y el estrés hídrico.

Pulgón en la brotación de primavera, que deja melaza y después negrilla. Se resuelve con jabón potásico, unos 15 ml por litro, aplicado al atardecer y repetido a la semana.

Cochinilla en ramas y tronco de ejemplares poco vigorosos; se trata con aceite de invierno en parada vegetativa.

Clorosis: hojas amarillas con nervios verdes. Es pH del suelo o agua de riego calcárea, ya comentado.

En maceta

Su tamaño contenido y su crecimiento lento lo hacen apto para maceta grande, de 50 litros o más, opción muy razonable si tu suelo es calizo. Usa sustrato para acidófilas mezclado con un 20-25 % de perlita o arena gruesa para asegurar drenaje, coloca la maceta en semisombra y ten presente que el cepellón se calienta mucho al sol: una maceta de barro o de material claro sufre menos que una negra de plástico.

Trasplanta cada 3-4 años a final de invierno, aprovechando para recortar ligeramente las raíces periféricas y renovar sustrato. En invierno, en zonas frías, protege la maceta con un plástico de burbujas o agrupa las macetas junto a un muro: la raíz en maceta está mucho más expuesta al hielo que en tierra.

Es, por cierto, un buen candidato para bonsái y para composiciones de estilo japonés, por su hoja pequeña, su ramificación fina y su color otoñal.

En resumen

El arce de Corea (Acer pseudosieboldianum) es un árbol pequeño, de 4 a 7 metros, con hojas palmeadas de 9-11 lóbulos y una coloración otoñal que va del dorado al carmesí. Resiste hasta -25 o -30 °C, bastante más que el arce japonés, lo que lo hace interesante para la mitad norte peninsular y zonas de montaña. A cambio, no soporta el calor seco ni el suelo calizo: pide semisombra, suelo ácido y fresco, acolchado, riego constante en verano y protección del viento. Se poda poco y solo en invierno profundo o a finales de verano, nunca en primavera. Si tu jardín está en el norte o en altura y tu tierra no es caliza, es un árbol excepcional; si vives en el sur seco, es más honesto buscar otra especie que empeñarse en esta.


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