Cada primavera, durante apenas una semana, buena parte de Japón se detiene a mirar unos árboles. Las imágenes de calles cubiertas de flor rosa y blanca se han vuelto un icono visual reconocible en cualquier parte del mundo, pero detrás de esas fotos hay botánica concreta: un puñado de especies del género Prunus, un clon repetido millones de veces y unas condiciones de cultivo que explican por qué el mismo espectáculo es fácil de conseguir en el norte de España y casi imposible en Murcia.
Sakura no es una especie, es un grupo
Lo primero que conviene aclarar es que sakura no designa a un árbol concreto, sino al conjunto de cerezos ornamentales de flor. En Japón se cultivan más de doscientos cultivares, derivados sobre todo de estas especies:
Prunus serrulata, el cerezo japonés por antonomasia, del que proceden muchos cultivares de flor doble como 'Kanzan', de color rosa intenso y flores con más de veinte pétalos. Prunus speciosa, el oshima-zakura, de flor blanca y hoja aromática. Prunus × subhirtella, que incluye los cerezos llorones y los que florecen muy temprano. Prunus sargentii, resistente al frío y con una espectacular coloración otoñal roja. Prunus incisa, el cerezo del monte Fuji, de porte pequeño y flor menuda. Y Prunus campanulata, de flores colgantes y color fucsia, propio de las zonas más cálidas del sur.
Pero el que sale en el noventa por ciento de las fotografías es otro: Prunus × yedoensis 'Somei-yoshino', un híbrido seleccionado en el periodo Edo en el barrio de Somei, en el actual Tokio. Su flor abre casi blanca con un tenue rubor rosado en la base, aparece antes que las hojas —lo cual es clave para el efecto de nube sólida— y el árbol alcanza unos ocho a doce metros con copa ancha.
Hay un dato que explica muchas cosas: 'Somei-yoshino' es un clon. Todos los ejemplares del país proceden por injerto y esqueje de un único individuo original, de modo que son genéticamente idénticos. Por eso, dentro de una misma ciudad, todos abren prácticamente el mismo día y todos pierden los pétalos a la vez. Esa sincronía perfecta, que parece una casualidad poética, es en realidad una consecuencia de la propagación vegetativa.
El hanami y el frente de floración
La costumbre de reunirse bajo los árboles en flor, el hanami (literalmente, "mirar flores"), tiene más de mil años. En origen, durante el periodo Nara, el árbol admirado era el ciruelo japonés, el ume (Prunus mume), que florece en pleno invierno; fue en el periodo Heian cuando el cerezo desplazó al ciruelo en el gusto de la corte y acabó convirtiéndose en símbolo nacional.
Lo que hace singular al fenómeno moderno es su seguimiento casi meteorológico. Cada año se publican previsiones de kaika (apertura de las primeras flores) y mankai (plena floración) para cada ciudad, y el llamado frente de los cerezos avanza de sur a norte a lo largo del archipiélago. Empieza en Okinawa entre enero y febrero, con Prunus campanulata; alcanza Kioto y Tokio a finales de marzo o principios de abril; y llega a Hokkaido, en el extremo norte, ya en mayo. Entre la apertura y la caída total de los pétalos suelen pasar solo de siete a diez días, y una lluvia fuerte o un golpe de viento lo acorta todavía más.
Esa fugacidad es justamente el contenido cultural del asunto. La lluvia de pétalos al viento tiene nombre propio, hanafubuki ("tormenta de flores"), y la brevedad de la floración funciona desde hace siglos como metáfora de lo efímero. También explica el otro elemento que aparece en las fotos: la marea de gente. Si el pico dura una semana, todo el mundo va la misma semana.
El malentendido de las cerezas
Es una confusión constante y merece la pena zanjarla: los cerezos de flor japoneses no dan cerezas comestibles. Sus frutos son drupas pequeñas, de menos de un centímetro, muy amargas y de pulpa escasa, útiles para los pájaros y poco más. Muchos cultivares de flor doble, además, tienen los órganos reproductores transformados en pétalos y apenas fructifican.
La cereza que comemos procede de Prunus avium, el cerezo dulce europeo, y de Prunus cerasus, el guindo. Son especies distintas, seleccionadas durante siglos por el fruto y no por la flor. Lo que sí se aprovecha del sakura en la cocina japonesa son las flores y las hojas en salazón, sobre todo las del cultivar 'Oshima-zakura', que se usan para envolver el sakura mochi y aportan un aroma característico a cumarina.
De ahí se deriva otro matiz para el visitante español. El famoso cerezo en flor del Valle del Jerte, en Cáceres, es un espectáculo comparable en escala pero botánicamente distinto: son más de un millón de cerezos de fruto, Prunus avium, plantados en bancales, y florecen normalmente entre finales de marzo y mediados de abril. Es floración de cultivo agrícola, blanca y con la hoja empezando a asomar, no la nube rosa de 'Somei-yoshino'. Ambas cosas son bonitas; no son la misma cosa.
Cuándo verlos y cómo fotografiarlos
Si el objetivo es ver la floración en Japón, el margen de error es estrecho. La ventana práctica para Kioto, Nara, Osaka y Tokio va del 25 de marzo al 10 de abril aproximadamente, con variaciones de una semana arriba o abajo según lo cálido que haya sido el invierno. Reservar con mucha antelación implica jugársela; ajustar el viaje a la previsión implica pagar más. No hay solución perfecta.
Para las fotografías, tres cosas ayudan más que el equipo. La primera es la luz de primera hora: los cerezos son un motivo de contraste bajo y colores pálidos, y el sol de mediodía los aplasta; el amanecer y la última hora de la tarde funcionan mucho mejor, además de que hay menos gente. La segunda es buscar el fondo antes que el árbol; un cerezo aislado contra un cielo blanco no dice nada, y el mismo árbol contra un muro oscuro, un tejado de templo o un canal con el reflejo cambia por completo. La tercera es el momento del ciclo: el pico de belleza fotográfica no siempre es el mankai, sino los dos o tres días posteriores, cuando el suelo y el agua se cubren de pétalos.
¿Se pueden cultivar cerezos japoneses en España?
Sí, con condiciones. Y conviene conocerlas antes de comprar, porque el cerezo ornamental es un árbol que se planta con ilusión y se pierde con frecuencia.
Necesitan frío invernal. Son especies caducifolias que exigen un número de horas por debajo de 7 °C para romper la latencia de las yemas; en inviernos demasiado suaves la floración se vuelve irregular, escalonada y pobre. También necesitan suelo profundo, fresco y bien drenado, ligeramente ácido a neutro. Los suelos calizos, que son mayoría en buena parte de la península, les provocan clorosis férrica: hojas amarillas con los nervios verdes. Y son muy sensibles al encharcamiento: en terreno arcilloso y compacto la asfixia radicular y la Phytophthora los matan en pocos años.
Con esos requisitos, las zonas donde mejor se comportan en España son la cornisa cantábrica, Galicia, el norte de Navarra y el País Vasco, además de las áreas de montaña del Sistema Central, el Sistema Ibérico y los prepirineos. En el interior peninsular seco y en el litoral mediterráneo se pueden cultivar, pero exigen riego regular en verano, protección del sol de tarde y, si el suelo es muy calizo, aportes de materia orgánica y correcciones periódicas de hierro quelatado. En el sur más cálido y en las islas, sencillamente, no es el árbol adecuado.
Para plantar, el otoño es la mejor época, entre octubre y diciembre, con el árbol en reposo y a raíz desnuda si es posible, de modo que las raíces se instalen antes de la sequía estival. Sitúalo a pleno sol o a media sombra ligera, con espacio suficiente: un 'Kanzan' adulto ocupa fácilmente ocho metros de copa. Y mantén el alcorque con acolchado orgánico para conservar la humedad.
Los errores que acortan la vida del árbol
El más grave es la poda severa en invierno. Todos los Prunus son propensos a la gomosis: al herirlos, la madera exuda una goma ámbar que indica que el árbol está mal cicatrizando, y las heridas grandes en frío y humedad son puerta de entrada para Pseudomonas syringae y para el hongo del plateado (Chondrostereum purpureum). Un cerezo ornamental bien elegido no necesita poda de formación agresiva. Lo que se hace es retirar ramas secas, rotas o cruzadas, con cortes pequeños y en verano o principios de otoño, con tiempo seco.
El segundo error es plantarlos donde el suelo se encharca en invierno, o hacer un hoyo pequeño en terreno compacto que funciona como una maceta de barro llena de agua. El tercero es enterrar el cuello del injerto: la unión debe quedar claramente por encima del nivel del suelo.
En cuanto a plagas, la más frecuente en España es el pulgón negro del cerezo (Myzus cerasi), que en primavera enrolla y ennegrece las hojas de las brotaciones tiernas; se controla con jabón potásico en las primeras colonias y favoreciendo la fauna auxiliar. En primaveras lluviosas puede aparecer monilia (Monilinia laxa), que seca de golpe ramillas con flores y les da un aspecto de quemadas; se corrige podando y quemando la madera afectada.
Conviene saber, por último, que no son árboles longevos en cultivo urbano. Un 'Somei-yoshino' bien situado suele dar sus mejores treinta o cuarenta años y después entra en decadencia; en suelo compactado de acera, mucho menos. Es un árbol de floración excepcional y vida media, no un roble.
En resumen
Los cerezos de Japón no son una especie sino un grupo de Prunus ornamentales, y el protagonista de las fotos, 'Somei-yoshino', es un clon: por eso todos florecen y se deshojan al unísono. Su flor dura entre siete y diez días y avanza de Okinawa a Hokkaido entre enero y mayo, lo que obliga a cuadrar bien las fechas si se quiere ver en persona. No dan cerezas comestibles; esas vienen de Prunus avium, la misma especie que llena el Valle del Jerte de flor blanca cada primavera. En España se cultivan bien donde hay frío invernal, suelo profundo y no demasiada cal, es decir, sobre todo en el norte y en zonas de montaña. Y si plantas uno, la regla que más va a alargar su vida es sencilla: poca poda, y siempre en verano.