Si hay un árbol que resuelve de una vez la sombra de verano y el color de julio en un jardín pequeño, ese es la acacia de Constantinopla. Su copa aparasolada, sus hojas finísimas y sus flores rosadas en forma de brocha la han convertido en un clásico de calles y plazas de media España. Y, sin embargo, es un árbol al que se le perdonan pocos errores de plantación: elige mal el sitio y en diez años tendrás un problema.
Nombre y confusiones habituales
Su nombre científico es Albizia julibrissin. Pertenece a las leguminosas, la misma familia que las acacias, pero no es una acacia: no pertenece al género Acacia. El nombre popular viene de un parecido superficial en el follaje.
La confusión más frecuente es con la mimosa, Acacia dealbata, que florece en amarillo a finales de invierno, es de hoja perenne y de un gris azulado característico. La Albizia es caducifolia, tiene hoja verde brillante y florece en rosa en pleno verano. No se parecen en nada más que en la forma bipinnada de la hoja.
Otros nombres comunes que verás en viveros: árbol de la seda, acacia de flor o mimosa de Constantinopla. El epíteto julibrissin deriva del persa gul-i abrisham, que significa precisamente "flor de seda".
Origen y características
Es originaria de una franja amplia de Asia que va desde Irán y el Cáucaso hasta China, Corea y Japón. Llegó a Europa en el siglo XVIII a través de Constantinopla, de donde le viene el nombre.
Forma un árbol caducifolio de 6 a 10 metros, excepcionalmente 12, con una particularidad que condiciona todo lo demás: la copa es más ancha que alta. Se abre en forma de parasol, con ramas que salen casi horizontales del tronco a poca altura. Un ejemplar adulto puede cubrir con facilidad 8 o 10 metros de diámetro.
La hoja es bipinnada, dividida en decenas de foliolos diminutos, lo que le da un aspecto de encaje y una sombra ligera, moteada, que deja pasar bastante luz. Presenta nictinastia: al anochecer, y también en días de mucho calor o lluvia, los foliolos se pliegan sobre sí mismos y el árbol parece cerrarse. Es un espectáculo discreto pero muy característico.
La flor aparece de junio a septiembre, en cabezuelas de las que sobresalen numerosos estambres largos y sedosos, blancos en la base y rosa intenso en la punta. Lo que parecen pétalos son en realidad esos estambres. Son fragantes, sobre todo al atardecer, y muy visitadas por abejas y mariposas.
El fruto es una legumbre aplanada y papirácea, de 10-15 cm, que madura en otoño y permanece colgando en el árbol buena parte del invierno, sonando con el viento. Este detalle, que a menudo se omite, importa: el árbol desnudo con las vainas secas colgando no es especialmente bonito, y esas vainas acaban en el suelo.
Rusticidad y clima: dónde funciona en España
Es bastante más rústica de lo que se cree. Un ejemplar adulto y bien establecido aguanta sin daños heladas de -12 a -15 ºC, y hay cultivares seleccionados por su resistencia al frío que llegan algo más abajo. Esto la hace cultivable no solo en el litoral mediterráneo, sino en Madrid, en el valle del Ebro, en Extremadura y en buena parte de la meseta.
Los ejemplares jóvenes, en cambio, son claramente más delicados los dos o tres primeros inviernos. Si plantas en una zona de heladas fuertes, protege la base con un acolchado grueso y no te alarmes si el primer invierno pierde algunas ramillas terminales.
Necesita calor en verano para florecer bien. En el norte húmedo y fresco, en la cornisa cantábrica o en Galicia interior, crece pero florece de forma más pobre y menos duradera. Es un árbol de clima continental cálido y mediterráneo.
Brota muy tarde, normalmente hacia mayo, cuando los demás árboles llevan un mes con hojas. Todos los años hay quien da por muerto un ejemplar recién plantado en abril y lo arranca. Antes de tirar nada, rasca un poco de corteza con la uña: si por debajo está verde, el árbol está vivo.
Suelo, riego y exposición
Quiere pleno sol, sin discusión. En sombra o semisombra se estira, se desequilibra y apenas florece.
En cuanto al suelo, es notablemente poco exigente. Tolera suelos pobres, pedregosos y calizos, y como leguminosa fija nitrógeno atmosférico a través de sus raíces, lo que le permite prosperar donde otros árboles pasan hambre. Lo único que no perdona es el encharcamiento: en suelo pesado y mal drenado se asfixia y es más propensa a enfermedades radiculares. Si tu terreno es arcilloso, planta sobre un caballón o mejora un volumen generoso con grava y compost.
También tolera cierta salinidad, lo que la hace utilizable en zonas costeras aunque no en primera línea de mar con viento salino directo.
El riego solo es crítico los dos o tres primeros años. Riega abundante y espaciado durante el verano de plantación (una buena empapada semanal es mejor que riegos diarios superficiales, porque obliga a la raíz a bajar). A partir del tercer o cuarto año, un ejemplar establecido en clima mediterráneo puede vivir con riegos muy ocasionales o incluso sin riego en zonas con más de 400-500 mm anuales, aunque agradecerá un par de riegos profundos en los meses más secos para florecer mejor.
Plantación: dónde NO ponerla
Este es el apartado que evita disgustos. La Albizia julibrissin tiene un sistema radicular superficial y extendido, y además emite rebrotes de raíz a cierta distancia del tronco. Con eso en la cabeza:
No la plantes junto a una piscina. Las flores caen a puñados durante tres meses, las vainas caen en otoño, y las raíces buscan la humedad. Es el árbol equivocado para ese sitio, por muy bonito que quede en las fotos.
No la plantes a menos de 4-5 metros de un pavimento, un muro o una conducción. Sus raíces someras levantan losas y aceras con facilidad.
No la plantes demasiado cerca de la casa pensando en la sombra: al abrirse en horizontal, en quince años tendrás ramas sobre el tejado. Deja como mínimo 5 o 6 metros a la fachada.
Sí es, en cambio, un árbol excelente para dar sombra a una zona de estar, una terraza o un aparcamiento: la sombra es fresca pero luminosa en verano y, al ser caducifolia, deja pasar todo el sol en invierno. Ese comportamiento estacional es exactamente lo que se busca en climas con veranos duros.
La mejor época de plantación es el otoño en el sur y el litoral, y el final del invierno o principio de la primavera en zonas de heladas intensas, para que no coja el frío recién plantada.
Poda: cuanto menos, mejor
La acacia de Constantinopla cicatriza mal las heridas grandes. Una rama gruesa cortada es una puerta de entrada para hongos de pudrición, y en un árbol de madera relativamente blanda eso se paga caro. La consecuencia práctica es que hay que podarla poco y desde joven.
En los primeros años, define la estructura: elige un tronco guía, elimina ramas mal orientadas o que se crucen, y sube la cruz a la altura que quieras (2-2,5 m si vas a pasar por debajo). A partir de ahí, limítate a ramas secas, rotas o enfermas.
Los terciados y las podas severas están totalmente desaconsejados: destruyen la silueta aparasolada, que es su mayor virtud, y provocan rebrotes verticales débiles y mal anclados.
La época preferible es a finales de invierno, antes de la brotación, aunque en zonas con problemas de hongos vasculares muchos arboricultores prefieren podar en verano, tras la floración, cuando el árbol compartimenta mejor las heridas y hay menos esporas activas. En cualquier caso, herramienta limpia y desinfectada entre árbol y árbol.
Multiplicación
Lo más sencillo es por semilla, y de hecho se resiembra sola con demasiada facilidad. Recoge las vainas secas en otoño-invierno, extrae las semillas y aplica escarificación: la cubierta es dura e impermeable. Basta con lijar ligeramente la semilla o sumergirla en agua muy caliente (no hirviendo) y dejarla enfriar 24 horas. Siembra en primavera en bandeja con sustrato ligero; germina en dos o tres semanas a 20-25 ºC. Del semillero al primer trasplante suele pasar un año.
Ten en cuenta que las plantas de semilla no reproducen fielmente los cultivares. Si quieres una Albizia de hoja púrpura o un cultivar concreto por su tono de flor, tienes que comprarlo injertado o de multiplicación vegetativa; de semilla saldrá un ejemplar de hoja verde y flor variable.
Los esquejes de raíz también funcionan y explican, de paso, por qué a veces aparecen brotes espontáneos a varios metros del tronco tras haber removido el suelo.
Plagas y enfermedades: lo que de verdad la mata
La enfermedad grave es la marchitez vascular o fusariosis, causada por un hongo de suelo del género Fusarium específico de esta especie. El árbol amarillea y se marchita por sectores, empezando a menudo por una rama o un lado de la copa, y muere en uno o dos años. No tiene tratamiento eficaz. Si ocurre, hay que retirar el ejemplar y, sobre todo, no replantar otra Albizia en el mismo hoyo, porque el hongo persiste en el suelo. Se han seleccionado cultivares con tolerancia a esta enfermedad; si en tu zona ya ha habido casos, merece la pena buscarlos.
La plaga más molesta es la psila del albizia (Acizzia jamatonica), un pequeño insecto chupador introducido en Europa hace un par de décadas y hoy plenamente establecido en España. No suele matar al árbol, pero produce cantidades notables de melaza que gotea sobre coches, mesas y pavimentos y sobre la que se instala negrilla. Es otra razón de peso para no plantarla justo encima de una zona de estar o de un aparcamiento donde importe la limpieza. Se controla con jabón potásico o aceite de verano en los ataques iniciales, y favoreciendo la fauna auxiliar.
También pueden aparecer pulgón en primavera y cochinilla en ramas jóvenes, ambos de importancia menor.
Un aviso sobre su capacidad de escaparse
La Albizia julibrissin produce enormes cantidades de semilla viable, tiene un crecimiento juvenil rápido y rebrota de raíz. En varias regiones del mundo con clima parecido al mediterráneo se ha convertido en una especie invasora que coloniza márgenes de carreteras, ramblas y terrenos removidos. En España se ha naturalizado en distintos puntos.
Esto no la descarta como árbol de jardín, pero sí recomienda dos cosas: recoger las vainas antes de que se dispersen si vives junto a un espacio natural o un cauce, y eliminar las plántulas espontáneas mientras son pequeñas y salen con la raíz entera.
En resumen
La acacia de Constantinopla, Albizia julibrissin, es un árbol caducifolio de 6 a 10 metros, de copa aparasolada más ancha que alta, hoja bipinnada que se pliega de noche y flores rosadas en brocha de junio a septiembre. Ni es una acacia verdadera ni tiene nada que ver con la mimosa amarilla de invierno.
Quiere pleno sol y suelo drenado, tolera la cal, la pobreza y la sequía una vez establecida, y resiste heladas de hasta unos -12 a -15 ºC en ejemplares adultos, lo que la hace viable en gran parte de la Península. Brota tarde, hacia mayo, y eso no significa que esté muerta.
Sus dos puntos débiles son la fusariosis vascular, que no tiene cura, y la psila que la ensucia de melaza. Y su mayor riesgo no es sanitario sino de emplazamiento: raíces superficiales, copa muy ancha y caída constante de flores y vainas hacen que colocarla junto a piscinas, pavimentos o fachadas sea una mala idea. Bien situada, en cambio, resuelve como pocos árboles la sombra fresca de verano y el sol de invierno en un jardín mediterráneo.