Una palmera plantada en junio arraiga; la misma palmera plantada en noviembre pasa el invierno consumiendo reservas y muchas veces no llega a la primavera siguiente. La razón es puramente fisiológica: las raíces de las palmeras solo crecen con el suelo caliente, por encima de unos 18 o 20 ºC, y entre octubre y abril el sistema radicular está prácticamente parado. Es el dato que más contradice la intuición del jardinero, acostumbrado a plantar árboles en otoño, y el que más ejemplares cuesta cada año.
Las palmeras no son árboles. No tienen crecimiento secundario, no cicatrizan heridas, no ramifican y dependen de una única yema apical. Todo lo que se hace al plantarlas y al mantenerlas tiene que partir de ahí.
Primero el frío, luego el espacio
Antes de hablar de hoyos y de riegos hay que acertar con la especie, y en España el filtro principal es la mínima invernal del sitio, no la media anual.
Trachycarpus fortunei, la palmera de Chusan, aguanta en torno a −15 ºC y es la única que se puede plantar con tranquilidad en la meseta norte, en zonas de montaña media o en el interior gallego. Chamaerops humilis, el palmito, única palmera nativa de la Península, resiste −10 o −12 ºC y además tolera sequía, viento y suelo pobre. Butia capitata ronda los −10 ºC y Brahea armata los −9, ambas con la ventaja de ser muy resistentes a la sequía. Phoenix canariensis empieza a sufrir daño foliar hacia −6 ºC y muere hacia −10; Washingtonia filifera aguanta algo más que W. robusta, que se estropea ya por debajo de −5; Syagrus romanzoffiana es claramente de litoral cálido, con daños a partir de −3 o −4 ºC.
El segundo filtro es el espacio, y suele ignorarse porque la palmera recién comprada parece manejable. Phoenix canariensis desarrolla una copa de 8 a 10 metros de diámetro y un estípite de un metro de grosor: plantarla a tres metros de la casa o junto a un paso significa que dentro de veinte años habrá hojas espinosas a la altura de la cara y un tronco empujando el pavimento. Washingtonia robusta supera los 20 metros de altura y se convierte en un mástil que ya no se ve desde el jardín. Para parcelas pequeñas, palmito, Trachycarpus, Butia o Rhapis resuelven mucho mejor.
El momento: de mayo a septiembre
La ventana buena para plantar y para trasplantar palmeras en la Península va de mayo a septiembre, con el óptimo en junio y julio. Con el suelo caliente, una palmera de porte medio emite raíces nuevas en cuestión de semanas. En marzo o en octubre puede tardar meses, y durante ese tiempo depende de lo que tenga almacenado en el estípite.
El único matiz es el sur peninsular en pleno agosto: si no se puede garantizar riego constante, es mejor esperar a septiembre. Pero incluso ahí, plantar en agosto con riego es mejor que plantar en noviembre sin él.
El cepellón y las hojas
Las raíces de las palmeras son adventicias: nacen de una franja en la base del estípite —la zona de iniciación radicular— y mantienen el mismo grosor en toda su longitud, sin engrosar nunca. Cuando se corta una raíz, en géneros como Phoenix buena parte de las raíces seccionadas mueren hasta la base y la palmera tiene que emitir otras nuevas desde el tronco. Por eso el tamaño del cepellón importa: para un ejemplar adulto de Phoenix conviene un radio de al menos 40 a 60 cm alrededor del estípite y unos 60 cm de profundidad. En Washingtonia, una parte mayor de las raíces cortadas sobrevive y se ramifica, así que el trasplante es más agradecido.
Con la planta comprada en contenedor el problema no existe, siempre que el cepellón se mantenga entero. No se desmenuza, no se lava y no se "airea": se saca del contenedor y se coloca.
Las hojas se atan hacia arriba con cuerda de fibra natural, formando un haz, para reducir la superficie de transpiración y proteger la yema apical durante el manejo. La cuerda se retira a los dos o tres meses; si se olvida, deforma la copa. En cuanto a eliminar hojas, la práctica habitual en trasplantes grandes es dejar solo un tercio de las verdes, pero el criterio real es este: si puedes garantizar riego suficiente, cuantas más hojas verdes conserves, mejor arraiga, porque son las que producen los azúcares que necesita para emitir raíz. Se quitan hojas cuando no hay forma de asegurar el agua. Lo que no se toca jamás es la flecha, la hoja central sin abrir: ahí está el único punto de crecimiento que tiene la planta.
El hoyo, el drenaje y la profundidad
El hoyo debe medir el doble de ancho que el cepellón y solo lo justo de hondo. Se rellena con la tierra del propio sitio, mejorada si acaso con arena gruesa y algo de materia orgánica bien descompuesta. En terreno arcilloso, no caigas en la tentación de rellenar con arena limpia: se crea una piscina que recoge el agua del entorno y ahoga las raíces. Si el suelo es pesado, la solución es plantar sobre un ligero caballón, quince o veinte centímetros por encima del nivel general, y no rellenar con material distinto.
De paso, una práctica que hay que abandonar: poner una capa de grava en el fondo del hoyo no mejora el drenaje, lo empeora. En la frontera entre dos texturas muy distintas el agua se detiene, y lo que se consigue es una capa saturada justo bajo las raíces.
La profundidad de plantación es donde se cometen más errores irreversibles. La palmera se planta exactamente a la misma cota a la que estaba, con la zona de iniciación radicular al nivel del suelo. Enterrar el estípite unos centímetros "para que quede más firme" provoca a medio plazo pudrición de la base, deficiencias nutricionales —el enterramiento profundo está descrito como causa de carencias de potasio y manganeso— y un decaimiento lento que nadie relaciona con la plantación de hace cinco años. Si al llegar la palmera el cepellón trae tierra amontonada contra el tronco, retírala hasta ver dónde arrancan las raíces.
Entutorado y riego de arraigo
Un ejemplar con estípite alto necesita sujeción durante el primer año, porque hasta que emite raíces nuevas no tiene anclaje. El sistema correcto son tres o cuatro puntales apoyados en unos listones de madera sujetos al tronco con fleje o cincha, con arpillera de protección entre madera y estípite. Nunca se clavan clavos ni tirafondos en el tronco. La palmera no cicatriza: esa herida queda abierta indefinidamente y es una puerta de entrada para hongos y, sobre todo, para el picudo rojo, que se orienta por los volátiles que emiten los tejidos heridos.
El riego de arraigo es lo que más determina el resultado. Durante el primer verano, riego profundo dos o tres veces por semana; el segundo, una vez por semana en los meses de calor. Es un error muy común pensar que las palmeras son plantas de secano y racionarles el agua desde el principio: Phoenix dactylifera y Chamaerops lo son una vez establecidas, con el sistema radicular hecho, no cuando llevan tres meses en el suelo. Un alcorque bien formado y un acolchado de corteza o de grava vegetal de cinco centímetros, sin tocar el tronco, ahorran la mitad del agua.
Abonado: potasio y magnesio, no nitrógeno
Las palmeras tienen unas necesidades muy características, y las carencias que se ven en los jardines españoles casi siempre son las mismas tres, agravadas por los suelos calizos:
Potasio. Es la carencia más frecuente. Aparece en las hojas más viejas como un moteado amarillo anaranjado translúcido y necrosis en las puntas de los foliolos, que se rizan y toman aspecto quemado. Se corrige muy despacio, en dos o tres años, con sulfato potásico de liberación lenta.
Magnesio. Banda amarilla ancha en los bordes de las hojas viejas, quedando la zona central junto al raquis todavía verde. Se corrige con sulfato de magnesio.
Manganeso. Aquí el síntoma aparece en las hojas nuevas, no en las viejas: la flecha sale débil, con foliolos necrosados y rizados, en lo que se conoce como cogollo arrepollado. Es típico de suelos alcalinos y puede matar la palmera si no se corrige, con sulfato de manganeso aplicado al suelo o en pulverización foliar.
Lo práctico es usar un abono específico de palmeras de liberación controlada, con relación alta de potasio y magnesio y micronutrientes incorporados, repartido en tres aplicaciones entre abril y septiembre. Y una consecuencia importante de todo esto: no se cortan las hojas viejas amarillentas. La palmera está retirando de ellas el potasio y el magnesio que le faltan para construir las nuevas; si las eliminas, agravas la carencia en lugar de corregirla.
Poda: casi nada, y en invierno
Se retiran únicamente las hojas completamente secas, y los frutos e inflorescencias si molestan. Se dejan todas las hojas verdes, incluidas las que cuelgan por debajo de la horizontal. La poda en plumero o cola de zorro, que deja el penacho vertical y el tronco pelado, es una moda estética que debilita la palmera —reduce su capacidad fotosintética y su reserva de nutrientes—, la hace más sensible al viento y al frío, y multiplica el riesgo de infestación.
El momento de podar son los meses fríos, entre noviembre y febrero, cuando la actividad de vuelo del picudo rojo es mínima. Podar una Phoenix en mayo y dejar los cortes al aire es prácticamente una invitación. Las heridas de poda deben tratarse con un cicatrizante o con producto insecticida autorizado, y las herramientas hay que desinfectarlas entre palmera y palmera: hongos vasculares como Fusarium oxysporum f. sp. canariensis se transmiten precisamente en la motosierra.
Picudo rojo y taladro: lo que hay que vigilar
Ninguna decisión sobre palmeras en España se puede tomar hoy ignorando el Rhynchophorus ferrugineus, el picudo rojo, un curculiónido cuyas larvas devoran el interior del estípite y matan la palmera desde dentro. Ataca sobre todo a Phoenix canariensis, con menor incidencia sobre Phoenix dactylifera y ocasionalmente sobre Washingtonia y otras.
Los síntomas iniciales son sutiles y se ven desde arriba, no desde abajo: copa asimétrica, hojas centrales con muescas y recortes simétricos —el daño se produce mientras la hoja está plegada dentro de la flecha—, hojas jóvenes que se doblan, y en fases avanzadas la flecha caída, restos de fibra masticada y olor a fermentación en el cogollo. Cuando la copa se desploma, la palmera ya no tiene salvación.
La estrategia es preventiva. En zonas afectadas se aplican tratamientos periódicos al cogollo, con nematodos entomopatógenos (Steinernema carpocapsae) mezclados con un humectante, o con insecticidas autorizados, y en ejemplares de valor se recurre a la endoterapia mediante inyección al tronco, que debe hacer un profesional. La frecuencia depende de la presión de la plaga y de la época: los tratamientos se concentran en primavera y otoño, que son los picos de vuelo.
Hay además una obligación legal que mucha gente desconoce: la aparición de picudo rojo es de declaración obligatoria y hay que comunicarla al servicio de sanidad vegetal de la comunidad autónoma, que indica el tratamiento o el saneamiento a seguir. Eliminar por cuenta propia una palmera infestada y llevarse los restos al vertedero es una de las formas más eficaces de propagar la plaga por el barrio.
El segundo enemigo es Paysandisia archon, un lepidóptero sudamericano cuyas larvas barrenan el estípite. Afecta con frecuencia a Trachycarpus, Chamaerops, Butia y Phoenix. Se reconoce por las perforaciones alineadas y en abanico que aparecen al abrirse las hojas, el serrín en la base de las hojas y las crisálidas vacías asomando en el cogollo. Se combate también con nematodos.
De todo esto se deduce un consejo muy concreto a la hora de comprar: desconfía de la palmera adulta barata. Los ejemplares grandes de segunda mano, arrancados de una parcela y vendidos sin pasaporte fitosanitario, son la vía habitual de entrada de la plaga en un jardín sano. Compra en vivero autorizado, exige el pasaporte y revisa el cogollo antes de plantar.
En resumen
Elige la especie por la mínima invernal de tu zona y por el espacio que tendrá dentro de veinte años. Planta en pleno calor, de mayo a septiembre, nunca en otoño. Cepellón entero, hojas atadas, hoyo ancho, sin grava en el fondo y con la base del estípite justo al nivel del suelo. Sujeta con puntales y cinchas, jamás con clavos. Riega en profundidad los dos primeros veranos, abona con un fertilizante rico en potasio y magnesio y no cortes las hojas viejas amarillas. Poda solo lo seco y en invierno. Y si vives en zona de picudo rojo, asume que la prevención forma parte del mantenimiento desde el primer día.