La morera aguanta cualquier poda, y ese es precisamente el problema. Rebrota con tanta facilidad después de un corte brutal que ha acabado siendo el árbol al que se le hace lo que sea, cuando sea, con lo que haya a mano. Los cabezotes deformes de las moreras de calle y los árboles frutales que llevan años sin dar una sola mora son la consecuencia. Que un árbol sobreviva a un tratamiento no significa que ese tratamiento sea correcto.
Bajo el nombre de morera se cultivan aquí, sobre todo, dos especies distintas y con necesidades de poda opuestas. La morera blanca (Morus alba) es la de las alineaciones urbanas, la de las cabezas de gato, la que se plantó por millones para alimentar al gusano de seda; su fruto es insípido y a menudo se plantan clones sin fruto para no manchar las aceras. El moral negro (Morus nigra) es el frutal de verdad, de crecimiento lento, copa ancha y moras oscuras y ácidas. Confundirlos al podar es el error de partida: lo que le sienta bien a una arruina al otro.
Cuándo podar
La morera se poda en reposo vegetativo, con el árbol sin hoja. En la Península eso significa una ventana que va de finales de noviembre a mediados de febrero, según la zona: en el norte y en el interior se puede alargar hasta finales de febrero, mientras que en el litoral mediterráneo y en Andalucía conviene haber terminado a finales de enero, porque la savia se mueve pronto.
Ese matiz importa más en la morera que en otros árboles porque su savia es un látex blanco y pegajoso. Si se corta con la savia ya en movimiento, las heridas rezuman durante semanas, tardan mucho más en cicatrizar y ensucian todo lo que hay debajo. Podar temprano, poco después de la caída de la hoja, es la forma de evitarlo casi por completo.
Dos cosas que no se hacen: podar con heladas fuertes en curso o previstas para los días siguientes, porque el tejido recién cortado se daña y la herida se abre; y podar en primavera, con la hoja ya brotada, que es la época en la que más se debilita el árbol y en la que más rezuma.
Aparte de la poda de invierno hay una intervención pequeña en verano, entre junio y julio: eliminar los chupones del pie y del tronco cuando aún son brotes verdes y se quitan con la mano. Es un gesto de dos minutos que ahorra trabajo de sierra en enero.
La poda de formación: los primeros años deciden
Un árbol joven recién plantado no se toca el primer año más allá de retirar ramas rotas. Necesita hoja para hacer raíz, y toda poda le resta.
A partir del segundo invierno se define lo esencial: a qué altura va a estar la cruz, es decir, el punto donde el tronco se abre en ramas principales. Para una morera de sombra en la que se pasa por debajo, entre 2,2 y 2,5 metros; si es un frutal en una finca por donde no circula nadie, puede bajar a 1,5 metros y así se recogen las moras sin escalera.
Se elige una guía central bien recta, se atan las desviaciones a un tutor si hace falta, y se van suprimiendo poco a poco las ramas bajas —de abajo hacia arriba y a razón de dos o tres por invierno, no todas de golpe—, porque esas ramas bajas engordan el tronco mientras están ahí. Cuando el árbol alcanza la altura elegida, se despunta la guía y se seleccionan tres, cuatro o cinco ramas principales bien repartidas alrededor del tronco y separadas en altura, evitando las que salen del mismo punto o formando ángulos muy cerrados en V: esas horquillas acaban abriéndose con el peso o con el viento. La formación completa lleva tres o cuatro inviernos.
La cabeza de gato: cómo se hace y cómo se estropea
La poda en cabeza, o desmochado tradicional, es un sistema perfectamente legítimo cuando se aplica bien y desde el principio. Consiste en cortar cada año todos los brotes del año en el mismo punto, de modo que en ese punto se forma con el tiempo un engrosamiento nudoso —la cabeza de gato— del que salen decenas de brotes nuevos cada primavera. Da una copa muy densa en verano, sombra excelente y un árbol de tamaño controlado, que es exactamente lo que se busca en una calle estrecha o en un patio.
Las reglas para que funcione son pocas y estrictas:
- Corta siempre justo por encima de la cabeza, dejando uno o dos centímetros del brote anterior, nunca dentro de ella. Cortar en la propia cabeza para "limpiarla" abre madera vieja de gran diámetro que el árbol no puede compartimentar y por ahí entra la pudrición.
- No añadas cabezas nuevas ni subas de sitio. Una vez decidido el punto, es para siempre. Si cada año se corta un poco más arriba, en diez años tienes una copa de brazos larguísimos con nudos escalonados y una estructura frágil.
- Hazlo cada año o cada dos como mucho. Los brotes de un año se cortan con tijera de mano. Los de cuatro años ya son ramas de brazo y obligan a sierra, con heridas grandes.
- No empieces una cabeza en un árbol adulto formado en copa libre. Convertir en trasmocho una morera de veinte años implica cortes de veinte centímetros de diámetro que nunca cierran; el árbol rebrota, sí, pero por dentro se pudre y los rebrotes salen mal anclados en la madera superficial. Al cabo de una década se cae una rama con la primera tormenta seria.
El desmochado tiene un precio que conviene asumir con los ojos abiertos: es un compromiso de por vida. Una morera en cabeza que se abandona cinco años se convierte en un problema de seguridad, porque acumula un peso enorme de brotes largos sobre nudos huecos. Si no vas a mantener el ritmo, mejor no empezar.
Lo que no se debe hacer nunca: terciar
Cortar las ramas por la mitad de su longitud, dejando muñones sin ninguna rama lateral que tire de la savia, es la mutilación más común y la más dañina. En español de jardinería se llama terciado o desmoche indiscriminado, y no es poda.
Lo que ocurre después: el muñón no tiene manera de cicatrizar porque no hay collar de rama que active la barrera de defensa, la madera queda expuesta y se pudre desde el corte hacia dentro; el árbol responde con una explosión de rebrotes desesperados que salen de yemas latentes bajo la corteza y que, a diferencia de las ramas normales, no están ancladas en el interior de la madera; en cinco o seis años esos rebrotes pesan varios kilos cada uno y se desgajan solos. Además, la copa se recompone más densa y más alta de lo que estaba, de modo que ni siquiera se cumple el objetivo de reducir el árbol.
Si una morera se ha hecho demasiado grande para su sitio, la solución correcta es la reducción sobre tiro savia: cortar cada rama en el punto donde nace una rama lateral que tenga al menos un tercio del diámetro de la que se elimina. Esa rama lateral pasa a ser el nuevo extremo, la herida cierra bien y el árbol conserva forma natural. Y si la morera es tan grande que ni así cabe, el árbol estaba mal plantado y la respuesta honesta es sustituirlo, no picarlo cada dos años.
Cómo se hacen los cortes
Herramienta afilada y limpia: tijera de una mano hasta 2 cm de diámetro, tijera de dos manos hasta 3-4 cm, serrucho de poda por encima. La madera de morera es dura y fibrosa, así que una tijera desafilada machaca en vez de cortar y deja un tejido que no cicatriza. Desinfecta las hojas con alcohol al 70 % al pasar de un árbol a otro, y siempre si has cortado madera enferma.
Para cualquier rama de cierto peso, tres cortes. Primero uno por debajo, a unos 20-30 cm del tronco y entrando un tercio del grosor; después uno por encima, unos centímetros más afuera, hasta que la rama caiga; y por último el corte definitivo del tocón que ha quedado. Sin esos dos primeros cortes, el peso de la rama arranca una tira de corteza tronco abajo al desgajarse, y esa herida en tirabuzón es mucho peor que el corte en sí.
El corte final va justo por fuera del collar de la rama, ese anillo de corteza engrosada que se ve en la base de la unión. En el collar están los tejidos que sellan la herida. Un corte a ras del tronco lo elimina y deja un agujero que el árbol tarda años en cerrar, si es que lo cierra; un corte demasiado lejos deja un tocón que se seca y se pudre. Ni una cosa ni la otra: por fuera del collar, con un ángulo que acompañe su forma.
Y una costumbre que ya no se recomienda: no hay que sellar las heridas con mástic ni con pintura. Se hizo durante décadas y se ha comprobado que no ayuda. El producto no impide la entrada de hongos, retiene humedad bajo la película y frena la formación del callo. Un corte limpio, en el sitio correcto, hecho en la época correcta, se defiende solo mucho mejor. La única situación en la que se justifica una protección es cuando hay riesgo específico de contagio por vector en la especie concreta, y no es el caso de la morera.
Última norma general: en un mismo invierno no retires más de un 25-30 % de la copa en un árbol formado en copa libre. Pasado ese umbral el árbol reacciona con chupones por todas partes y se entra en un círculo de podar cada año para corregir lo que provocó la poda anterior.
La morera frutal se poda poco
Aquí está el malentendido que arruina más cosechas. Si lo que quieres son moras, sobre todo de Morus nigra, la poda tiene que ser ligera.
La morera fructifica en los brotes del año que nacen sobre madera de dos años o más. Una poda en cabeza elimina cada invierno toda esa madera, así que el árbol dedica la primavera a reconstruir estructura y no da fruto, o da cuatro moras. Es la razón por la que tantas moreras urbanas no fructifican nunca: no es que sean estériles, es que se les corta cada año la madera que iba a producir.
En un moral negro adulto, la poda anual se reduce a:
- Quitar lo seco, roto y enfermo, en cualquier época del año cuando aparezca.
- Eliminar las ramas que se cruzan y se rozan, porque la herida por roce es una puerta de entrada.
- Aclarar el interior lo justo para que entre luz y circule el aire, sin vaciar la copa.
- Suprimir chupones verticales y rebrotes del pie o del patrón.
El moral negro crece despacio, cicatriza mal las heridas grandes y forma por sí solo una copa ancha y bonita. Cuanto menos se le toque, mejor. Si acaba invadiendo el paso, se rebaja sobre tiro savia y se acabó.
Caso aparte es la morera cultivada para hoja, como alimento de gusanos de seda o de ganado. Ahí sí se poda fuerte y sistemáticamente, en cabeza o en cepa baja, porque el objetivo es maximizar brotación tierna y no importa perder el fruto. Es un cultivo, no un árbol ornamental, y la recolección de hoja funciona ya como una poda en verde.
Cuidados que acompañan a la poda
La morera es un árbol agradecido y poco exigente, lo que explica su presencia en medio país. Quiere sol pleno, tolera bien los suelos calizos y pobres y, una vez establecida, aguanta la sequía con soltura. Morus alba resiste sin problemas heladas fuertes, del orden de -15 °C; Morus nigra es algo más delicada, aunque en la Península no suele tener dificultades.
Riego abundante los dos o tres primeros veranos, que es cuando se juega el enraizamiento; después, solo en sequías prolongadas y si notas la hoja mustia. Un aporte de compost o estiércol maduro extendido bajo la copa a finales de invierno, después de podar, cubre las necesidades de abonado de un año entero.
Al elegir dónde plantarla, cuenta con dos inconvenientes reales. El primero es la raíz superficial y extensa, capaz de levantar aceras, entrar en alcantarillado viejo y competir con lo que haya alrededor: seis o siete metros de distancia a construcciones y conducciones son un mínimo razonable. El segundo, si es fructífera, es la mancha: la mora madura tiñe de morado el suelo, los coches y la ropa, y los pájaros reparten el resultado por los alrededores. Sobre una zona de aparcamiento o una terraza, ese detalle pesa más que cualquier otra consideración.
En cuanto a problemas sanitarios, la morera tiene pocos. El más serio es la bacteriosis (Pseudomonas syringae pv. mori), que ennegrece brotes y deja manchas aceitosas en la hoja; se trata cortando y retirando la madera afectada bien por debajo de la zona dañada, en tiempo seco y desinfectando la herramienta entre corte y corte. En finales de verano es habitual ver un polvo blanquecino en el envés, oídio, que en un árbol adulto es un problema estético y no requiere intervención. También aparecen cochinillas en ejemplares muy densos o estresados, otro argumento a favor de aclarar la copa en lugar de desmocharla.
En resumen
Poda la morera en reposo y pronto, entre la caída de la hoja y mediados de invierno, para que el látex no rezume; nunca con la savia en movimiento ni en plena helada. Decide antes qué árbol quieres: si es sombra urbana, forma una cabeza de gato desde joven y córtala cada año en el mismo punto, sin agrandarla ni cambiarla de sitio; si es un frutal, especialmente Morus nigra, poda poco —seco, cruzado y chupones— porque la madera de dos o más años es la que da moras.
Nunca terciar dejando muñones. Corte fuera del collar, tres cortes en ramas pesadas, herramienta afilada y desinfectada, y ningún mástic sobre la herida. Si el árbol se ha hecho grande, redúcelo sobre una rama lateral con al menos un tercio del diámetro. Y no retires más de un cuarto de la copa en un mismo invierno: lo que se gana en apariencia inmediata se paga con chupones durante los cinco años siguientes.