La macadamia es un árbol de origen australiano que se cultiva por su fruto seco, una nuez de cáscara extraordinariamente dura y semilla mantecosa. En España se ve poco, pero no porque sea imposible: en la franja subtropical de la costa de Granada y Málaga, en el Algarve portugués o en Canarias hay plantaciones y ejemplares de jardín que funcionan bien. Lo que ocurre es que la macadamia exige unas condiciones bastante concretas y castiga con creces cualquier improvisación.

Conviene aclarar algo de entrada: «macadamia» no es una sola especie. El género Macadamia pertenece a la familia Proteaceae —la misma de las proteas y los Grevillea— y agrupa varias especies australianas. Las que interesan al cultivo son Macadamia integrifolia, de hojas con margen liso o casi, y Macadamia tetraphylla, de hojas espinosas y dentadas. La mayoría de variedades comerciales son híbridos entre ambas.

Cómo es el árbol

Es un árbol perennifolio que en su hábitat alcanza los 15-18 metros, aunque en cultivo se mantiene entre 5 y 10 con podas de formación. Copa densa y redondeada, tronco corto y ramificación baja si no se conduce. Las hojas son coriáceas, de un verde oscuro brillante, dispuestas en verticilos de tres (M. integrifolia) o de cuatro (M. tetraphylla), y los brotes nuevos salen con tonos bronce o rojizos que resultan muy vistosos.

La floración se produce en racimos colgantes de 15 a 30 centímetros, con cientos de florecillas cremosas o rosadas. En España florece entre finales de invierno y principios de primavera, según la zona. De todas esas flores solo cuaja un porcentaje mínimo, y eso es normal: no es una señal de que el árbol esté enfermo.

Hojas de Macadamia integrifolia

El fruto es un folículo verde que se abre al madurar y libera la nuez propiamente dicha: una cáscara leñosa, esférica y de una dureza notable —de las más resistentes del mundo vegetal— que protege la semilla comestible. Los frutos maduros caen solos al suelo, y esa es la señal de recolección: no se cosecha del árbol.

Clima y suelo que necesita

Aquí está el filtro real. La macadamia es subtropical, no tropical ni mediterránea. Aguanta bajadas puntuales hasta cerca de los 0 °C en ejemplares adultos, pero se daña con heladas y los ejemplares jóvenes mueren con facilidad por debajo de -1 o -2 °C. Su rango cómodo está entre 16 y 25 °C. Por encima de 30 °C sostenidos con aire seco, las flores abortan y el cuajado se hunde.

El otro factor limitante es el viento. Las raíces de la macadamia son sorprendentemente superficiales para el tamaño del árbol, y el sistema radicular no tiene raíz pivotante potente. Un ejemplar adulto en zona ventosa puede volcar. Si vives en costa expuesta, plántalo a resguardo o prevé un tutorado serio los primeros años.

En cuanto al suelo, quiere terrenos profundos, sueltos, ricos en materia orgánica y con drenaje impecable. El pH ideal ronda 5,5-6,5, es decir, ligeramente ácido. Y aquí aparece el problema más frecuente en la Península: buena parte de nuestros suelos son calizos, con pH de 8 o más. En esas condiciones la macadamia desarrolla clorosis férrica crónica —hojas amarillas con nervios verdes— y nunca prospera. Si tu suelo es calizo, la única vía razonable es cultivarla en maceta grande con sustrato ácido, o directamente elegir otro árbol.

Cuidados básicos

Riego. Necesita humedad constante pero jamás encharcamiento. En verano peninsular, un ejemplar joven puede pedir riego cada dos o tres días; uno adulto, semanal pero abundante. Un acolchado orgánico de 5-8 cm bajo la copa —sin tocar el tronco— resulta casi obligatorio: protege esas raíces superficiales, mantiene la humedad y aporta materia orgánica al descomponerse.

Abonado. Es muy sensible al exceso de fósforo, un rasgo compartido con muchas proteáceas. Los abonos universales cargados de fósforo pueden intoxicarla. Usa fertilizantes específicos para plantas acidófilas o para proteáceas, con fósforo bajo, y repártelos en varias aplicaciones desde marzo hasta septiembre. Compost bien hecho y estiércol maduro funcionan muy bien.

Poda. Los primeros tres o cuatro años se poda para formar: un eje central claro y ramas principales bien distribuidas, eliminando las que salgan en ángulo cerrado, porque acaban desgarrándose con el peso. Después, poda mínima de limpieza al final del invierno.

Multiplicación. Se puede sembrar la semilla fresca —tarda entre uno y tres meses en germinar y hay que sembrarla recién extraída, porque pierde viabilidad rápido—, pero un pie de semilla tarda entre 8 y 12 años en fructificar y da frutos de calidad impredecible. Los árboles injertados sobre patrón de semilla producen a los 4-6 años y mantienen las características de la variedad. Si buscas nueces, compra planta injertada.

Las nueces: qué aportan y cómo se manejan

La nuez de macadamia es el fruto seco más graso que se consume habitualmente: en torno al 75 % de su peso es grasa, y una porción muy alta de ella es ácido oleico, el mismo monoinsaturado que domina el aceite de oliva. Eso la hace calórica —unas 700 kcal por cada 100 gramos— y también explica su textura mantecosa. Aporta además fibra, magnesio, manganeso y tiamina.

Tras la caída, los frutos se descascaran del envoltorio verde en 24 horas y se secan en lugar aireado durante dos o tres semanas antes de romper la cáscara leñosa. Esa cáscara resiste presiones considerables; hacen falta cascanueces específicos o un tornillo de banco.

Una advertencia importante: la nuez de macadamia es tóxica para los perros. Provoca debilidad, temblores e hipertermia incluso en cantidades pequeñas. Si tienes perro y un árbol productivo, recoge los frutos caídos con diligencia.

En resumen

La macadamia es un árbol subtropical australiano de la familia Proteaceae, perennifolio, de hoja coriácea y raíces superficiales, cultivado por unas nueces muy grasas y de cáscara durísima. En España solo tiene sentido en el litoral subtropical, en Canarias o en zonas sin heladas, siempre en suelo ácido, profundo, bien drenado y protegido del viento. Es sensible al exceso de fósforo, exige riego regular sin encharcar y conviene plantarla injertada para no esperar una década a la primera cosecha. Y si hay perros en casa, las nueces caídas no pueden quedarse en el suelo.


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