Pocas plantas resuelven tantos problemas de golpe como el taray. Suelo salino, viento cargado de sal, agua de riego de mala calidad, sequía, encharcamiento ocasional, terreno arenoso sin estructura: el Tamarix gallica sale adelante en todos esos escenarios donde la mayoría de los arbustos ornamentales no pasa del primer verano. Es un arbusto grande de aspecto plumoso, casi etéreo, que en primavera se cubre de espigas rosadas y que en España conocemos de toda la vida por las ramblas, las marismas y los paseos marítimos. Su cultivo es sencillo, pero tiene dos o tres puntos —la poda, sobre todo— donde equivocarse cuesta caro.
Cómo es el taray
Tamarix gallica L. pertenece a la familia Tamaricaceae, un grupo pequeño y muy especializado en ambientes salinos y áridos. Es un arbusto o arbolito caducifolio que suele medir entre 3 y 6 metros, aunque ejemplares viejos en buenas condiciones llegan a superar los 8. Con frecuencia se ramifica desde la base formando una mata amplia; si se le forma un tronco único, adquiere un porte de árbol pequeño de copa irregular y desmelenada.
La corteza es lisa y parduzca de joven, y con la edad se vuelve pardo grisácea y resquebrajada. Las ramillas son finísimas, flexibles y colgantes, de un verde glauco o rojizo, y son ellas las que dan a la planta su textura característica de plumero o de tamiz.
Las hojas son lo más singular. No tienen nada que ver con una hoja normal: son escuamiformes, es decir, escamas diminutas de 1 a 2 milímetros, sésiles, que envuelven directamente la ramilla como las escamas de un ciprés. Esa reducción extrema del limbo es una adaptación a la sequía y a la salinidad, porque minimiza la superficie de transpiración. El conjunto tiene un tono verde azulado o glauco muy reconocible.
La floración se produce en racimos densos de 3 a 5 centímetros agrupados en panículas terminales, con flores minúsculas de cinco pétalos rosa pálido a casi blancos y cinco estambres. Vistas de cerca son insignificantes; vistas en masa, cubriendo toda la planta, producen ese efecto de nube rosada que es su principal atractivo ornamental. En España florece principalmente de abril a julio, y en buenas condiciones puede dar una segunda tanda más discreta a finales de verano. El fruto es una cápsula que se abre soltando semillas diminutas provistas de un penacho de pelos, dispersadas por el viento y por el agua.
No todos los tarays son iguales
El género Tamarix es notoriamente difícil, y en el comercio se venden varias especies bajo el mismo nombre. La distinción importa porque determina cuándo hay que podar.
Tamarix gallica florece sobre los brotes del año en curso, en racimos finos y flores pequeñas, con la planta ya provista de ramillas verdes. Es la especie más frecuente en el este y el sur peninsular, en cauces y saladares.
Tamarix africana florece sobre la madera del año anterior, más temprano —de febrero a abril—, con racimos más gruesos y flores algo mayores, sobre ramas todavía desnudas. Su corteza es más oscura, casi negruzca. Es más atlántica y aparece en el suroeste y en el litoral cantábrico.
Tamarix canariensis, pese al nombre, es propia de todo el litoral mediterráneo y del sureste ibérico. Florece también sobre brotes del año, en verano, y se reconoce por la pubescencia de sus ramillas e inflorescencias.
En jardinería se comercializan además Tamarix parviflora y Tamarix tetrandra, ambas de floración primaveral temprana sobre madera vieja, y sobre todo Tamarix ramosissima y sus cultivares —'Pink Cascade', 'Rubra'—, de floración estival sobre brotes nuevos y color rosa mucho más intenso. Esta última merece una advertencia: en el oeste de Estados Unidos se ha convertido en una invasora seria en riberas, desplazando a la vegetación autóctona y alterando el régimen de los ríos. En España conviene reservarla para jardines cerrados y, si el emplazamiento está cerca de un cauce o de una zona húmeda, elegir el taray autóctono.
La clave de todo: es una planta halófita
El taray posee en sus escamas foliares unas glándulas excretoras de sal. Absorbe agua salobre por la raíz, tolera internamente concentraciones que matarían a cualquier otra planta leñosa y expulsa el exceso de sodio por la superficie de sus ramillas. En días secos se aprecian a veces los cristalitos blancos. Esa es la razón de que crezca al borde del mar recibiendo la brisa marina de frente, en saladares y marismas, y de que aguante ser regado con agua de pozo salinizada.
Este mecanismo tiene una consecuencia práctica que hay que anticipar al diseñar: la sal excretada acaba en el suelo bajo la copa. Con los años, la tierra que rodea a un taray adulto se vuelve más salina y menos hospitalaria para otras plantas. No es un problema si se usa como pantalla en un extremo de la finca o en masas monoespecíficas, pero sí lo es si se pretende plantar debajo un macizo de vivaces delicadas. Conviene simplemente saberlo y aprovecharlo: bajo un taray funcionan bien plantas igualmente tolerantes como Limoniastrum, Atriplex halimus, Lycium o Frankenia.
El otro rasgo definitorio es su sistema radicular. Es un freatófito: emite raíces muy profundas capaces de alcanzar la capa freática, a veces a varios metros. Por eso puede parecer que vive sin agua en una rambla seca, cuando en realidad está bebiendo bajo tierra. Esto explica su resistencia extrema a la sequía y también su valor para fijar taludes y márgenes de cauce.
Cuidados
Exposición. Sol pleno y nada más. En sombra o semisombra se ahíla, florece mal y pierde la densidad del follaje. Es una de las especies más resistentes al viento salino que existen, así que resulta ideal para primera línea de costa, donde muy pocas leñosas aguantan.
Suelo. Prácticamente cualquiera. Arenas puras, arcillas, margas, suelos salinos, alcalinos, yesíferos, pobres o compactados. Tolera pH altos sin clorosis y acepta suelos con mal drenaje mejor que la mayoría de los arbustos mediterráneos, incluso encharcamientos temporales, porque en la naturaleza vive en cauces que se inundan. Lo que no le gusta es la sombra ni los suelos ácidos y ricos en materia orgánica, donde crece blando y desgarbado.
Riego. Riego regular el primer año o año y medio, hasta que la raíz profundiza. Después es autónomo en casi toda la Península. En jardines de zonas muy áridas, un riego profundo y espaciado —mejor mucha agua de una vez cada tres semanas que poca cada tres días— mantiene mejor aspecto y prolonga la floración. El riego superficial y frecuente es contraproducente porque impide que la raíz baje.
Abonado. Innecesario en la práctica. Si se quiere estimular un ejemplar joven, un aporte de compost en superficie a finales de invierno es suficiente. Un exceso de nitrógeno produce brotes largos, blandos y todavía más quebradizos de lo normal.
Rusticidad. Resiste heladas de hasta unos -15 °C, lo que lo hace apto para todo el territorio peninsular, incluido el interior continental. Soporta sin inmutarse temperaturas estivales por encima de los 40 °C.
Plantación. El momento ideal es el otoño, de octubre a diciembre, para que aproveche las lluvias y arraigue antes del verano; también sirve el final del invierno. En zonas de heladas fuertes es preferible esperar a febrero o marzo. Como sus raíces son muy activas, agarra sin dificultad.
La poda: el punto donde más se falla
El taray es de crecimiento rápido y de madera frágil. Sin poda, se convierte en un matorral desordenado, con ramas largas y arqueadas que se parten con el viento o bajo el peso de la lluvia, dejando desgarrones antiestéticos y puertas de entrada a hongos. La poda no es opcional: es la operación que decide si el arbusto es bonito o un problema.
La regla depende de dónde florece cada especie, y aquí es donde se producen la mayoría de los errores. Como Tamarix gallica florece sobre los brotes del año en curso, se poda a finales del invierno, entre febrero y principios de marzo, antes de que arranque la brotación. Se puede ser contundente: acortar los brotes del año anterior a un tercio de su longitud, o incluso rebajar toda la estructura, obliga a la planta a emitir madera nueva vigorosa que florecerá esa misma primavera con más densidad. Cada tres o cuatro años se pueden retirar además dos o tres ramas viejas desde la base para renovar la mata.
El error clásico consiste en aplicar a esta especie la norma de los tarays de floración temprana. Tamarix tetrandra, T. parviflora y T. africana florecen sobre la madera del año anterior, así que podarlos en febrero elimina toda la floración; a esos hay que podarlos inmediatamente después de florecer, en primavera. Si no se sabe con seguridad qué especie se tiene, la solución práctica es observar un año: si florece antes de echar el follaje nuevo, es de madera vieja; si florece sobre ramillas verdes ya desarrolladas, es de madera del año y se poda en invierno.
Un apunte adicional para quien lo use como pantalla cortavientos: no conviene recortarlo en seto formal con tijera de setos. Responde bien al rebaje, pero el aspecto plumoso que lo hace atractivo se pierde por completo. Es preferible una poda de renovación abierta.
Multiplicación
Es de las plantas más fáciles de reproducir que existen. El método de referencia es la estaca leñosa en invierno: se cortan trozos de rama del año anterior, de 25 a 40 centímetros y del grosor de un dedo, y se clavan directamente en el terreno definitivo o en un semillero, dejando fuera un tercio. Enraízan con porcentajes altísimos sin necesidad de hormonas. En obras de restauración de riberas se usan estaquillas mucho mayores, de más de un metro, plantadas directamente en el talud.
También se pueden hacer esquejes semileñosos en verano, con niebla o bajo plástico, aunque no aporta ninguna ventaja frente a la estaca invernal.
La semilla es viable pero incómoda: es diminuta, se dispersa con el viento y conserva la capacidad de germinar solo unas pocas semanas, así que hay que sembrarla recién recolectada sobre sustrato húmedo y sin cubrirla, porque necesita luz. En jardinería doméstica no compensa.
Plagas y enfermedades
Es una planta sana y con pocos enemigos. Los problemas que aparecen son menores:
Cochinillas. Sobre todo cochinilla algodonosa y algunos cóccidos, que se instalan en las ramillas y producen melaza y negrilla. Se controlan con jabón potásico o aceite de parafina y, en ejemplares grandes, retirando las ramas más afectadas en la poda de invierno.
Pulgones. En primavera, sobre brotes tiernos. Rara vez requieren tratamiento.
Agallas. Diversos insectos producen deformaciones en ramillas y hojas. Son antiestéticas pero inocuas.
Podredumbre radicular. Solo aparece en suelos permanentemente encharcados y compactados, y es poco frecuente dada su tolerancia natural.
Rotura de ramas. No es una plaga, pero es la incidencia más común, y ya se ha dicho cómo evitarla: podando.
Un último apunte que rara vez se menciona: el taray es de polinización anemófila y su polen figura entre los alérgenos reconocidos en algunas zonas del Mediterráneo, especialmente en el sureste peninsular, donde abunda. No es de los principales, pero si en la casa hay personas con polinosis conviene tenerlo en cuenta antes de plantar una hilera junto a las ventanas.
Usos
Ornamental. Su papel natural es el de arbusto de estructura en jardines secos, costeros y de bajo mantenimiento. Funciona muy bien en grupos, en pantallas y en composiciones con gramíneas y matorral mediterráneo, donde su textura fina contrasta con follajes más rígidos. La floración rosada de primavera es de las pocas de ese color que se obtienen sin riego.
Protección y restauración. Es un cortavientos de primer orden en el litoral, resiste la salpicadura de sal y el arenamiento, y se emplea en fijación de dunas y de márgenes fluviales gracias a su raíz profunda y a su facilidad de multiplicación por estaca. También se usa en la revegetación de suelos salinizados por riego, donde poco más prospera. Los tarayales constituyen además un hábitat de interés comunitario y dan refugio y nidificación a numerosas aves.
Tradicionales. Su madera, dura y de buen poder calorífico, se ha usado como leña y para hacer carbón. Las ramillas flexibles servían para cestería tosca y para escobas. La corteza, rica en taninos, se empleó en curtidos y en medicina popular por sus propiedades astringentes, así como en tinte. Es también una planta melífera apreciable, que aporta floración en un momento y en unos ambientes donde escasea.
En resumen
Tamarix gallica, el taray, es un arbusto o arbolito caducifolio de 3 a 6 metros, de ramillas finas y colgantes, hojas reducidas a escamas y racimos de flores rosa pálido que cubren la planta de abril a julio. Es una halófita que excreta sal por las hojas y un freatófito de raíces profundas, y de ahí procede su resistencia excepcional a la salinidad, al viento marino, a la sequía y a los suelos difíciles.
Quiere sol pleno y acepta casi cualquier terreno, incluidos los calizos, salinos y compactados. Necesita riego solo durante el primer año y después se maneja solo en casi toda España; resiste heladas de hasta -15 °C. Se multiplica sin esfuerzo clavando estacas leñosas en invierno.
Las dos cosas que hay que recordar: se poda a finales de invierno porque florece sobre los brotes del año —y confundir esto con los tarays de floración temprana cuesta la floración entera—, y su madera es frágil, de modo que una poda periódica de renovación es lo que evita que acabe siendo un arbusto roto y desordenado. A cambio, es difícil encontrar otra planta que dé tanto en un suelo tan malo.