El almendro florece en enero o febrero, cuando todavía no tiene una sola hoja con la que fabricar azúcares. Esa sencilla observación explica prácticamente todo lo que hay que saber sobre su abonado: la floración, el cuajado y las primeras semanas de crecimiento del fruto no se pagan con lo que echemos en primavera, sino con las reservas que el árbol acumuló el otoño anterior. Quien abona en febrero pensando que va a mejorar la cosecha de ese año llega tarde; está trabajando, sin saberlo, para la campaña siguiente.

El almendro (Prunus dulcis, antes citado como Prunus amygdalus o Amygdalus communis) es además un frutal con fama de rústico que se ha abonado tradicionalmente muy poco, o nada, en el secano español. Aguanta, sí, pero produce en consecuencia. Y en las plantaciones modernas en regadío, donde se le pide diez veces más, el error suele ser el contrario: exceso de nitrógeno y olvido del potasio.

Almendro en flor, Prunus dulcis

Qué se lleva de tu suelo una cosecha de almendras

Antes de decidir qué echar conviene saber qué se está sacando del terreno. Cada 1.000 kg de grano (pepita limpia, no almendra con cáscara) el árbol extrae del orden de 60-70 kg de nitrógeno, 15-20 kg de fósforo (P2O5) y 60-90 kg de potasio (K2O), más cantidades apreciables de calcio y magnesio. Son cifras orientativas, porque dependen mucho de la variedad y del sistema de cultivo, pero sirven para dos conclusiones firmes.

La primera: el almendro es un gran consumidor de potasio. Buena parte de ese potasio no está en la pepita, sino en el pericarpio carnoso, esa cáscara verde exterior que se abre y se descarta en el campo. Si el pericarpio y las hojas se quedan en la parcela, gran parte del potasio vuelve al suelo; si se retira todo, la extracción neta se dispara. Es el motivo por el que muchas plantaciones que se abonan solo con complejos ricos en nitrógeno acaban, al cabo de unos años, con niveles foliares de potasio bajos y calibres pobres.

La segunda: la extracción de fósforo es modesta. En suelos españoles calizos, con fósforo bloqueado pero abundante, aportar más fósforo cada año rara vez cambia nada. El fósforo se corrige cuando el análisis lo pide, y localizado.

Analiza el suelo antes de comprar el saco

Un análisis de suelo cuesta menos que un par de sacos de abono y evita años de disparos a ciegas. Toma varias submuestras a 0-30 cm y 30-60 cm, repartidas por la parcela y fuera de las líneas donde se ha abonado, y mézclalas para formar una muestra compuesta de cada profundidad.

Lo que de verdad decide tu programa de abonado es esto:

  • pH y caliza activa. El almendro tolera bien la caliza, pero por encima del 8-9 % de caliza activa muchos patrones sufren clorosis férrica. Este dato manda sobre la elección del portainjerto y sobre si vas a necesitar quelatos todos los años.
  • Materia orgánica. En secano mediterráneo es habitual encontrar valores del 0,8-1,5 %, muy bajos. Subirla es más rentable a largo plazo que cualquier abono mineral.
  • Potasio asimilable y relación K/Mg. Un exceso de potasio induce carencia de magnesio y al revés; no basta con mirar cada elemento por separado.
  • Salinidad y cloruros. El almendro es sensible a las sales, y muy sensible al cloruro y al exceso de boro. En suelos o aguas salinas, olvida el cloruro potásico y usa sulfato de potasio.
  • Textura y profundidad. Un suelo arenoso lava el nitrógeno con cada riego o tormenta; obliga a fraccionar mucho más.
Suelo de cultivo preparado antes del abonado

El análisis foliar es el que dice la verdad

El suelo indica lo que hay disponible; la hoja indica lo que el árbol está consiguiendo absorber, que no siempre es lo mismo. En almendro, el muestreo foliar de julio es la herramienta estándar: se recogen unas 60-100 hojas de la parte media de brotes del año sin fruto, repartidas por varios árboles representativos.

Como referencia de suficiencia se manejan valores del orden de 2,2-2,5 % de nitrógeno, 0,10-0,30 % de fósforo, 1,4-2,0 % de potasio, 2-4 % de calcio y 0,25-0,50 % de magnesio, con 30-60 ppm de boro y 20-50 ppm de zinc. Conviene contrastarlos con los criterios del laboratorio que analice, porque cada uno usa su tabla.

El boro merece un párrafo aparte. Es el microelemento que más condiciona el cuajado en almendro, porque interviene en la germinación del polen y en el crecimiento del tubo polínico. Un árbol con boro bajo florece espectacularmente y cuaja poco. Pero el margen entre carencia y toxicidad es estrecho: por encima de unas 100-150 ppm foliares aparecen quemaduras de borde de hoja y gomosis. Si vas a aplicar boro, hazlo con análisis en la mano y en dosis pequeñas, nunca «por si acaso».

¿Cuándo y cómo abonar al almendro?

El calendario cambia radicalmente según tengas riego o no, así que conviene separarlo.

Almendro en secano

Aquí el abono solo funciona si hay agua que lo disuelva y lo baje hasta las raíces. Por eso el momento es el otoño (octubre-noviembre) o el final del invierno, aprovechando el régimen de lluvias de tu zona, y siempre incorporando el abono con una labor superficial o aprovechando una lluvia prevista. Esparcir urea sobre un suelo seco y polvoriento en pleno verano es tirar el dinero: se pierde por volatilización en pocos días.

Dosis razonables para un árbol adulto en secano, con producciones moderadas: 300-500 g de nitrógeno, 150-250 g de P2O5 y 400-600 g de K2O al año, que puedes cubrir con 3-4 kg de un complejo tipo 12-8-16 o equivalente. En secanos muy áridos, con producciones de dos o tres kilos de grano por árbol, esas cifras se quedan a la mitad.

Almendro en regadío y fertirrigación

Con riego localizado el planteamiento es otro: dosis pequeñas y frecuentes, ajustadas a la cosecha esperada. La regla práctica más extendida es aportar en torno a 65-70 kg de nitrógeno por cada 1.000 kg de grano que se espere recolectar, repartidos así:

  • Brotación (marzo): alrededor del 20 %. El árbol arranca con reservas, pero necesita nitrógeno disponible en cuanto la hoja empieza a trabajar.
  • Llenado del fruto (abril a junio): el grueso, un 45-50 %, junto con la mayor parte del potasio. Es el periodo de máxima demanda.
  • Antes de la recolección: corta el nitrógeno con tres o cuatro semanas de margen. El exceso de nitrógeno tardío retrasa la apertura del pericarpio y favorece la podredumbre del pericarpio (hull rot).
  • Posrecolección (septiembre): reserva un 20-25 % del nitrógeno. Este es el aporte que casi nadie hace y el que más se nota, porque la hoja sigue activa varias semanas después de recolectar y es cuando el árbol carga las reservas con las que florecerá en enero.

El potasio se concentra entre el cuajado y el endurecimiento del hueso; el fósforo, si hace falta, es mejor darlo en riego o localizado en el bulbo húmedo, porque en suelo calizo se fija a los pocos centímetros de donde cae.

Materia orgánica: el aporte que más rinde a largo plazo

En los suelos pobres y descarnados donde suele plantarse el almendro, subir la materia orgánica mejora la retención de agua, la estructura y la disponibilidad de micronutrientes mucho más que cualquier ajuste fino de NPK. Un estiércol bien compostado, a razón de 20-30 t/ha cada dos o tres años —o, en versión de huerto, unos 3-4 kg/m2 bajo la proyección de la copa—, aportado en otoño y ligeramente incorporado, es dinero bien gastado.

Dos advertencias. Nunca uses estiércol fresco: quema raíces, aporta sales y semillas de malas hierbas. Y no lo amontones contra el tronco; extiéndelo desde medio metro del tronco hasta el borde de la copa, que es donde están las raíces absorbentes.

La otra vía, cada vez más usada en plantaciones profesionales, es la cubierta vegetal con leguminosas (veza, trébol subterráneo) en las calles. Fija nitrógeno, frena la erosión en las pendientes donde suele estar el almendro y aumenta la infiltración. Se siega antes de que compita por el agua en primavera.

Las carencias que verás en un almendro español

Clorosis férrica. Hojas jóvenes amarillas con los nervios marcados en verde, empezando por las puntas de los brotes. Es el problema número uno en suelos calizos con riego abundante. No se corrige con sulfato de hierro al suelo, que se bloquea de inmediato: hace falta un quelato Fe-EDDHA con alto porcentaje de isómero orto-orto, aplicado al suelo con el riego a la brotación. Las pulverizaciones foliares reverdecen la hoja tratada, pero no resuelven el problema de fondo.

Carencia de zinc. Hojas pequeñas, estrechas y agrupadas en roseta en el extremo del brote, con entrenudos cortos. Frecuente en suelos calizos y en parcelas recién niveladas. Se corrige con aplicaciones foliares de sulfato de zinc a dosis alta en la caída de hoja, o con quelatos a dosis bajas en primavera.

Carencia de boro. Floración abundante con cuajado escaso, muerte de yemas y frutos deformes o con gomosis interna. Se trata con una aplicación foliar en posrecolección o en botón rosa, siempre con análisis previo por el riesgo de toxicidad.

Carencia de potasio. Necrosis del margen de las hojas más viejas, que se secan de fuera hacia dentro, calibre pequeño y árboles que se defolian antes de tiempo. Muy común en árboles con carga alta abonados solo con nitrógeno.

Errores frecuentes que cuestan cosecha

Pasarse de nitrógeno. Es el error más caro y el más extendido. Un almendro sobreabonado hace brotes largos y blandos, se cierra de vegetación, sombrea sus propias ramas fructíferas, entra con más facilidad en problemas de pericarpio y contamina el acuífero con los nitratos que no llega a absorber. Más verde no es más almendra.

Abonar en floración esperando resultados ese año. Ya lo hemos visto: en floración el árbol vive de sus reservas. El aporte útil para el cuajado se hizo en septiembre.

Abonar el árbol el año de plantación. Un plantón recién puesto tiene el sistema radicular reducido y el abono mineral en el hoyo le quema las raíces. El primer año, agua y nada más; a partir de la brotación del segundo año, dosis pequeñas y crecientes.

Confiar en un abono foliar para tapar un problema del suelo. Las aplicaciones foliares son buenas para microelementos y para correcciones puntuales y rápidas. Las cantidades de nitrógeno, potasio o magnesio que un árbol necesita no caben en una pulverización.

Repetir el mismo saco cada año sin mirar nada. Un 15-15-15 aplicado siempre igual acaba acumulando fósforo, quedándose corto de potasio y desajustando el suelo. Es la receta silenciosa de los almendros que «rinden menos cada año sin motivo».

En resumen

El abonado del almendro se decide con dos análisis —suelo antes de plantar o cada tres o cuatro años, y hoja en julio— y se ejecuta con dos ideas claras: el potasio importa tanto como el nitrógeno, porque la cosecha y el pericarpio se llevan mucho, y el aporte de posrecolección de septiembre es el que financia la floración de enero. En secano, aportes concentrados en otoño o final de invierno, siempre con lluvia o labor que los incorpore; en regadío, fraccionamiento fino por fertirrigación con corte de nitrógeno antes de la recolección. Añade materia orgánica de forma regular, vigila la clorosis férrica y el zinc en suelos calizos, y desconfía del reflejo de echar más nitrógeno cuando el árbol no responde: la causa suele estar en el agua, en el pH o en el potasio, no en la falta de verde.


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