Lo que se vende en bolsas como fruto seco es en realidad una semilla, y la parte carnosa y jugosa que la sostiene en el árbol —lo que cualquiera tomaría por el fruto— se queda en el país de origen porque no aguanta ni dos días de transporte. El anacardo, Anacardium occidentale, es uno de esos cultivos que llegan al consumidor europeo tan transformados que casi nadie reconocería la planta viva si la tuviera delante. Este artículo explica cómo es el árbol, qué necesita para vivir, qué se puede esperar de él en España y por qué esa semilla no se puede comer recién sacada del árbol.

Un árbol tropical de la familia del mango

El anacardo pertenece a las anacardiáceas, la misma familia del mango, el pistacho, el lentisco y también de la hiedra venenosa americana. Ese parentesco no es un dato de erudición: explica buena parte de su comportamiento, desde las resinas irritantes de la cáscara hasta las reacciones alérgicas cruzadas entre anacardo y pistacho.

Es originario del nordeste de Brasil, de la franja costera de suelos arenosos entre Ceará y Río Grande do Norte. Los portugueses lo llevaron en el siglo XVI a la India y a África oriental, y hoy los mayores productores mundiales son Costa de Marfil, India, Vietnam y Brasil. La palabra "anacardo" viene del griego y alude a la forma del fruto, parecida a un corazón; "cajú" o "marañón", los otros nombres con que se conoce, proceden del tupí acajú.

Se trata de un árbol perenne de porte más ancho que alto: entre 8 y 12 metros de altura, con una copa que se extiende con facilidad más de 10 metros y ramas bajas que a menudo tocan el suelo si no se levanta la cruz. Hay selecciones enanas, de 3 a 5 metros, desarrolladas en la India y en Brasil para plantaciones densas. Las hojas son alternas, obovadas, coriáceas, de 10 a 20 cm, con nervadura muy marcada y borde entero.

Árbol de anacardo adulto con la copa extendida

Florece en panículas terminales con flores pequeñas, de pétalos estrechos blanquecinos que viran a rosa rojizo, muy perfumadas y muy visitadas por abejas. La especie es andromonoica: en la misma panícula convive un gran número de flores masculinas con una minoría de flores hermafroditas, y solo estas últimas cuajan. Por eso el porcentaje de flores que acaban en fruto es bajísimo, del orden del 1 al 5 %, y una panícula que parece cargada de flores puede dar apenas dos o tres frutos. No es un fallo del árbol: es su forma normal de funcionar.

El fruto verdadero y el falso fruto

Aquí está la confusión más extendida sobre esta planta. Lo que cuelga del árbol es una estructura doble:

La parte grande, carnosa, roja o amarilla, en forma de pera, se llama manzana de cajú y no es un fruto sino un pedúnculo engrosado (un hipocarpo, es decir, un falso fruto formado por el eje floral que se hincha después de la fecundación). Es jugosísima, dulce y ácida a la vez, muy astringente por su contenido en taninos, y con un contenido de vitamina C que multiplica varias veces el de una naranja. Se estropea en veinticuatro o cuarenta y ocho horas, lo que explica que en Europa no se vea nunca: en Brasil se consume en zumo, en la bebida clarificada llamada cajuína y en dulces, y en Goa se destila para hacer feni.

Colgando de su extremo, como un apéndice, está el fruto botánico: una drupa reniforme, gris verdosa, de 2 a 4 cm, cuya única semilla es el anacardo que conocemos. Es decir, lo que comemos va por fuera del falso fruto, no dentro, lo cual es una rareza notable en el mundo vegetal.

Fruto del anacardo con el pedúnculo carnoso y la drupa en el extremo

Por qué el anacardo nunca se come crudo de verdad

Entre la cáscara exterior de la drupa y la semilla hay una capa esponjosa empapada de una resina oscura, el líquido de la cáscara del anacardo (conocido por sus siglas inglesas, CNSL), formado sobre todo por ácido anacárdico y cardol. Son compuestos fenólicos vesicantes: el contacto con la piel provoca dermatitis con ampollas parecidas a una quemadura, y los vapores del tostado irritan las vías respiratorias. Es la misma clase de sustancias que hacen desagradable el contacto con la hiedra venenosa.

De ahí una corrección importante: los anacardos que se venden como "crudos" en herbolarios y tiendas a granel no son crudos en sentido estricto. Han pasado por un tratamiento con vapor o por un baño en aceite caliente para reventar la cáscara y volatilizar la resina, y solo después se pelan a mano. Sencillamente no han recibido el tostado final. Un anacardo verdaderamente sin procesar, sacado de la cáscara sin más, es un producto peligroso de manipular, no un alimento. Este proceso, además de encarecer el producto, es la razón de que el descascarillado siga siendo en gran medida manual y de que existan problemas laborales conocidos en la cadena de producción.

Añádase que el anacardo es un alérgeno mayor de frutos de cáscara, con reactividad cruzada frecuente con el pistacho. Las reacciones al anacardo tienden a ser de las más severas dentro de este grupo.

Clima: el factor que decide todo lo demás

El anacardo es estrictamente tropical y subtropical. Vegeta bien con medias anuales de 20 a 30 °C, aguanta sin problema picos de 40 °C si tiene humedad en el suelo, y empieza a sufrir por debajo de 10 °C. Con 4 o 5 °C aparecen daños en hojas y brotes; una helada, aunque sea ligera y breve, mata los ejemplares jóvenes y desmocha gravemente los adultos. Su rusticidad corresponde a las zonas USDA 10b-11, y esa es la limitación que hay que asumir antes de plantar.

El régimen de lluvias importa tanto como la temperatura. Prospera con 1.000 a 1.500 mm anuales, pero necesita una estación seca marcada de cuatro a seis meses que coincida con la floración y el cuajado. Lluvia o humedad ambiental alta durante la floración significa antracnosis, oídio y flores que se caen sin cuajar. Es un árbol de costa: tolera bien el viento salino y los suelos arenosos, y en Brasil e India se ha usado para fijar dunas.

¿Y en España? Conviene ser claro. En la Península no hay ningún sitio donde el anacardo pueda cultivarse al aire libre con garantías: ni siquiera los enclaves más benignos de la costa de Málaga, Granada o Almería están libres de episodios de frío que lo liquidarían, y los inviernos, aunque suaves, son demasiado frescos y húmedos para que fructifique. Las Islas Canarias, en las medianías bajas y costas del sur de Tenerife y Gran Canaria, son el único territorio español donde tiene sentido plantarlo en el suelo, y aun así la producción es testimonial. Fuera de ahí, es planta de invernadero cálido o de maceta en interior muy luminoso: crecerá y hará un árbol pequeño de hoja bonita, pero es realista dar por hecho que no se van a cosechar anacardos.

Suelo y plantación

Prefiere suelos arenosos o franco-arenosos, profundos y con drenaje libre, y tolera fertilidades bajas mejor que casi cualquier frutal. Lo que no tolera en absoluto es el encharcamiento: unos días con el cuello sumergido bastan para provocar podredumbres. El pH ideal está entre 4,5 y 6,5; en suelos calizos, muy frecuentes en España, aparece clorosis férrica con facilidad. En maceta, un sustrato de dos partes de tierra franca, dos de arena gruesa o perlita y una de compost maduro funciona bien, siempre en recipiente hondo.

Ese "hondo" no es un detalle menor. El anacardo desarrolla desde muy pequeño una raíz pivotante muy vigorosa, que puede superar el metro cuando la parte aérea apenas tiene 30 cm, y detesta que se la corten o enrollen. De ahí dos consecuencias prácticas: se cría en contenedores altos y estrechos o en bolsas profundas, y se planta joven, con seis a doce meses de vivero como mucho. Un anacardo trasplantado con dos o tres años arrastra el problema toda su vida. Si se dispone de terreno definitivo, la siembra directa en el sitio es la opción más segura.

La época de plantación en clima cálido es el inicio de la estación húmeda; trasladado a Canarias o a un invernadero, la primavera, entre marzo y mayo, cuando el sustrato ya se ha templado y quedan por delante meses largos de crecimiento. Marco de plantación: de 8 x 8 a 10 x 10 metros en árboles de porte normal, 5 x 5 en variedades enanas.

Riego

Un anacardo adulto y bien enraizado resiste sequías largas: por eso se cultiva en zonas semiáridas de África occidental. Pero eso vale para el árbol establecido, no para el recién plantado. Durante los dos o tres primeros años el riego debe ser regular, sin dejar que el cepellón llegue a secarse del todo: en verano, cada dos o tres días en suelo arenoso, semanal en suelos más pesados.

Después, el riego se usa de forma estratégica. Un aporte de agua durante el desarrollo del fruto aumenta claramente el tamaño y el peso de la semilla; en cambio, regar en plena floración es contraproducente, porque la humedad favorece a los hongos y provoca caída de flor. En maceta, la regla es sencilla: regar a fondo y no volver a hacerlo hasta que los primeros centímetros de sustrato estén secos. Nunca dejar plato con agua.

Abonado

Aunque aguanta suelos pobres, responde muy bien a la fertilización. En árboles en producción se reparte el abono en dos o tres aplicaciones: una al final de la estación seca, antes de la brotación, y otra tras la cosecha. Un equilibrio con más nitrógeno y potasio que fósforo es lo habitual; el exceso de nitrógeno, en cambio, da mucha hoja y poca flor.

Los abonos orgánicos —compost, estiércol bien hecho, humus de lombriz— son perfectamente adecuados y mejoran la retención de agua en los suelos arenosos donde suele vivir. Vigila dos micronutrientes: el cinc y el boro, cuyas carencias son frecuentes en este cultivo y se traducen en hojas pequeñas y arrosetadas la primera, y en mal cuajado y frutos deformes la segunda. Se corrigen con aplicaciones foliares.

Multiplicación

Por semilla es lo más habitual en jardinería. La clave está en la frescura: la semilla de anacardo pierde poder germinativo con rapidez y a los seis o siete meses la germinación cae en picado. Una semilla tostada o salada, obviamente, no germina jamás; hace falta la nuez con su cáscara, sin procesar. Se pone a remojo 24 a 48 horas —las que se hunden son las buenas— y se siembra tumbada, a unos 3-5 cm de profundidad, en contenedor profundo, con el sustrato a 25-30 °C. Germina en dos a cuatro semanas, a veces más. Manipula la semilla con guantes, por la resina de la cáscara.

El inconveniente de la semilla es que el anacardo no reproduce fielmente sus caracteres, así que la descendencia es variable y tarda más en producir: de tres a cinco años para las primeras cosechas, con plena producción hacia los ocho o diez.

En plantación comercial se recurre al injerto, casi siempre de púa terminal en hendidura sobre patrones de dos o tres meses, hecho en fase de crecimiento activo. Los árboles injertados empiezan a producir a los dos o tres años y mantienen las características de la variedad. También funciona el acodo aéreo en ramas de uno o dos años, útil si se quiere multiplicar un ejemplar concreto sin montar un vivero.

Poda, plagas y recolección

La poda es mínima. En los primeros años se forma el árbol eligiendo un eje y levantando la cruz hasta un metro o metro y medio, para poder trabajar debajo. Luego basta con eliminar ramas secas, cruzadas o enfermas, siempre al final de la cosecha y nunca en plena floración. Es un árbol que fructifica en madera nueva del año, así que las podas severas eliminan producción.

Entre los problemas sanitarios, en zonas productoras destacan la antracnosis (Colletotrichum gloeosporioides), el oídio del anacardo, que en África ha llegado a arruinar cosechas enteras, y las gomosis de tronco. En cultivo protegido en España lo que aparece son los sospechosos habituales de invernadero: cochinilla algodonosa, araña roja y mosca blanca, tratables con jabón potásico y aceite de neem si se actúa pronto.

La recolección tiene una particularidad cómoda: el conjunto cae solo cuando está maduro, con la manzana bien coloreada. Se recogen del suelo cada pocos días, se separa la drupa del pedúnculo y se secan al sol varios días antes de almacenarlas. Un árbol adulto puede dar del orden de 10 a 25 kg de nuez con cáscara al año, según variedad y condiciones.

Usos: del jardín al plato

Como ornamental, en clima apto, es un excelente árbol de sombra densa y perenne, resistente al viento marino y a la arena, con floración perfumada y melífera y un follaje que brota en tonos rojizos. Su copa ancha pide sitio, y conviene no plantarlo sobre pavimentos ni junto a piscinas, porque la caída de las manzanas mancha.

El uso comestible tiene dos caras. La semilla es un alimento denso en energía —alrededor de 550-600 kcal por 100 g— con grasa mayoritariamente monoinsaturada (ácido oleico), en torno a un 18 % de proteína y una notable riqueza en magnesio, fósforo, cobre, hierro y cinc. Su textura mantecosa y su bajo contenido en fibra respecto a otros frutos de cáscara la han convertido en la base de bebidas vegetales, cremas y "quesos" veganos. La manzana de cajú, por su parte, se aprovecha allí donde crece, en zumos, mermeladas, licores y hasta encurtida.

En cuanto a las propiedades medicinales, conviene distinguir entre tradición y evidencia. La medicina popular de Brasil, la India y África occidental ha usado la corteza y las hojas en decocción como astringente para diarreas y afecciones de boca y garganta, algo coherente con su alto contenido en taninos, y el zumo del falso fruto como diurético y antiescorbútico, lo que su vitamina C respalda. En el laboratorio, los ácidos anacárdicos muestran actividad antibacteriana, y se ha investigado su efecto frente a Streptococcus mutans y Helicobacter pylori. Son datos interesantes, no tratamientos: nada de esto autoriza a sustituir una terapia médica, y las preparaciones caseras con partes ricas en resina pueden ser irritantes. Del consumo del fruto seco sí puede decirse con solidez que, dentro de una dieta equilibrada y en cantidades moderadas (un puñado, unos 30 g), aporta grasas de buena calidad y minerales poco frecuentes en otras fuentes.

En resumen

El anacardo es un árbol tropical de la familia del mango que produce dos cosas a la vez: un falso fruto carnoso y perecedero, la manzana de cajú, y colgando de él la drupa cuya semilla comemos. Necesita calor constante, suelo arenoso con drenaje perfecto, una estación seca durante la floración y nada de heladas, lo que en España lo reduce a las zonas costeras cálidas de Canarias o al cultivo en invernadero y maceta, sin esperar cosecha. Se multiplica por semilla fresca, siempre en contenedor profundo por su raíz pivotante, o por injerto si se busca producir antes. Y el dato que más conviene retener: entre la cáscara y la semilla hay una resina cáustica, así que el anacardo nunca se come tal cual sale del árbol, ni siquiera cuando la etiqueta dice "crudo".


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