En mayo, junto a un Elaeagnus angustifolia en flor, lo primero que llega es el olor: un perfume dulce, casi empalagoso, que se nota a veinte metros y que no encaja con lo discreto que resulta el árbol el resto del año. Flores diminutas, amarillentas por dentro y plateadas por fuera, escondidas entre unas hojas estrechas que parecen espolvoreadas de aluminio. Ese contraste entre follaje gris y perfume intenso explica por qué el árbol del paraíso lleva siglos plantado en jardines, caminos y linderos de media España.

Es un árbol de porte modesto —entre 6 y 10 metros, con copa ancha e irregular—, de crecimiento rápido, caducifolio, espinoso y con una capacidad para aguantar sequía, sal y suelos malos que muy pocos ornamentales igualan. También tiene inconvenientes serios que conviene conocer antes de plantarlo, porque no se corrigen luego.

Primero, el lío de los nombres

En España se llama árbol del paraíso a dos árboles distintos, y confundirlos tiene consecuencias.

Uno es Elaeagnus angustifolia, de la familia de las eleagnáceas, el que trata este artículo: hoja estrecha y plateada, flor perfumada en primavera y frutos ovalados de color amarillo pajizo o anaranjado, harinosos y comestibles. En Asia Central se consumen secos con el nombre de senjed.

El otro es Melia azedarach, la melia o cinamomo, un árbol de hoja compuesta, flores lilas y bolitas amarillas que permanecen en las ramas todo el invierno. En muchas provincias también lo llaman árbol del paraíso, y sus frutos son tóxicos: contienen meliatoxinas y han causado intoxicaciones graves en niños y en perros que los mordisquean. Si alguien te dice que los frutos del árbol del paraíso se comen y los que tienes delante son bolitas duras y amarillas colgando de un árbol de hoja compuesta, no es este árbol y no se comen.

Y hay una tercera confusión, esta más de vivero: los Elaeagnus de seto que se venden como plantas de hoja perenne (Elaeagnus × submacrophylla, antes E. × ebbingei, o E. pungens) son parientes suyos, pero no son este árbol. Aquellos son arbustos perennes de hoja ancha que florecen en otoño; el árbol del paraíso pierde la hoja en invierno y florece en primavera.

Hojas estrechas y plateadas del árbol del paraíso, Elaeagnus angustifolia

Cómo es y de dónde viene

Su área de origen se extiende desde el suroeste de Asia y el Cáucaso hasta Asia Central, y llegó al Mediterráneo hace tanto tiempo que en buena parte del este peninsular se comporta como uno más del paisaje. Forma un tronco corto que a menudo se ramifica bajo, con corteza pardo-rojiza que se desprende en tiras y ramas jóvenes cubiertas de escamas plateadas. Muchas ramas terminan en una espina rígida de 2 a 4 centímetros: un detalle a tener en cuenta si va a estar junto a un paso estrecho o a una zona de juego.

Las hojas son lanceoladas, de 4 a 8 centímetros, verde grisáceo por el haz y claramente plateadas por el envés. Ese revestimiento son pelos escamosos que reflejan la luz y reducen la pérdida de agua; de ahí su aguante en verano.

La floración llega entre mayo y junio. Las flores son pequeñas, tubulares, plateadas por fuera y amarillas por dentro, y su perfume es de los más intensos que puede dar un árbol de jardín. Es además una planta muy melífera: en flor se llena de abejas.

El fruto madura de finales de agosto a octubre. Botánicamente no es una drupa verdadera, sino un aquenio envuelto por el receptáculo carnoso, pero a efectos prácticos es una especie de aceituna de 1 a 2 centímetros, plateada al principio y amarillo-anaranjada al madurar. La pulpa es seca, harinosa y dulzona, con un punto astringente si se coge pronto. No es un frutal de mesa, pero se come, se seca y da buenas mermeladas mezclado con fruta más ácida.

Un árbol que fabrica su propio nitrógeno

Aquí está la clave de su rusticidad. El árbol del paraíso forma nódulos en sus raíces en simbiosis con bacterias del género Frankia y fija nitrógeno atmosférico, igual que hacen las leguminosas con otro tipo de bacteria. Por eso prospera en suelos pobres, esqueléticos o removidos donde otros árboles se quedan cloróticos y raquíticos, y por eso se ha usado en repoblaciones de taludes, escombreras y márgenes degradados.

La consecuencia práctica es directa: abonarlo con nitrógeno es tirar el dinero y además contraproducente. Un exceso de nitrógeno le da crecimientos largos, blandos y desgarbados, más sensibles al viento y con peor floración. Si el suelo es de jardín normal, no necesita abono ninguno.

Dónde plantarlo

Sol directo, sin discusión. A media sombra crece, pero se estira, pierde el brillo plateado de la hoja y florece poco. Necesita al menos seis horas de sol.

Sobre el suelo es de una tolerancia notable: arenosos, pedregosos, arcillosos si drenan, muy calizos, con pH de 6 a 8,5, y con niveles de salinidad que arruinarían a la mayoría de árboles ornamentales. Aguanta también el viento cargado de sal, lo que lo convierte en una opción sólida para jardines de costa y para pantallas cortavientos en el interior.

Lo único que no perdona es el encharcamiento. En suelo pesado que se queda con agua tras cada riego, las raíces se pudren y el árbol se apaga en un par de temporadas. Si tu terreno es así, plántalo sobre un caballón de 30-40 centímetros.

De frío no hay que preocuparse en ningún punto de la Península: soporta sin daño por debajo de −20 ºC, mucho más de lo que exige cualquier invierno peninsular. Su límite real es al revés, la humedad ambiental alta y constante, que favorece hongos foliares; en la cornisa cantábrica no da su mejor versión.

Plantación y riego

La mejor época es el otoño, de octubre a diciembre, para que enraíce con las lluvias antes de que llegue el calor. El final del invierno, de febrero a marzo, es la segunda opción válida. Plantar en primavera avanzada obliga a regar todo el primer verano.

Abre un hoyo del doble de ancho que el cepellón pero de la misma profundidad, sin enterrar el cuello. No le pongas estiércol fresco ni fertilizantes de fondo: agua abundante en la plantación y poco más.

Durante el primer y el segundo año necesita riegos de asentamiento: en verano, uno abundante cada 7-10 días basta en suelo medio. A partir del tercer año, un ejemplar establecido en clima mediterráneo puede vivir sin riego. Si quieres cosechar fruto, un par de riegos de apoyo en julio y agosto mejoran el tamaño, pero no es imprescindible.

El error habitual con esta especie es el contrario del que se comete con otros árboles: regarlo demasiado. Un árbol del paraíso con riego frecuente crece rápido, sí, pero desarrolla madera blanda y raíces superficiales, y se vuelve más frágil frente al viento y a la podredumbre.

Flores plateadas y amarillas del Elaeagnus angustifolia en primavera

Poda

Necesita poca. La época adecuada es el final del invierno, en febrero, antes de que broten las yemas, y el objetivo es estructural: elegir tres o cuatro ramas principales bien repartidas, quitar cruces y ramas que se rozan, y levantar la copa si quieres poder pasar por debajo.

Una advertencia sobre el calendario: si podas fuerte en febrero te llevas parte de la floración, porque florece sobre el brote del año en yemas ya formadas. Si el perfume de mayo es lo que te interesa, limita la poda invernal a lo estructural y haz cualquier retoque de forma justo después de la floración, en junio.

También se deja conducir como seto alto o pantalla, tolerando recortes repetidos. Y hay una cuestión que aparece siempre tarde: emite chupones de raíz con facilidad, sobre todo si la raíz se daña con labores o con la desbrozadora. Conviene cortarlos al ras varias veces al año y evitar cavar cerca del tronco; un árbol dejado a su aire acaba rodeado de un matorral espinoso de rebrotes.

Plagas y enfermedades

Es un árbol sano. Los problemas que aparecen, casi siempre asociados a exceso de agua o de abono, son estos:

Pulgón en los brotes tiernos de primavera. Suele resolverse solo con la llegada de los depredadores; si el ataque es fuerte, jabón potásico al atardecer.

Cochinillas, algodonosa o de caparazón, en ramas mal aireadas. Poda de aclareo y aceite de parafina en invierno.

Verticilosis (Verticillium dahliae), la más seria: una rama se marchita de golpe en verano con la hoja aún prendida y, al cortar, la madera aparece con anillos oscuros. No hay tratamiento curativo. Se poda por debajo de la zona afectada, se desinfecta la herramienta y se evita plantar donde hubo tomate, patata, pimiento, olivo o algodón, que multiplican el hongo en el suelo.

Podredumbre de raíz por Phytophthora en suelos encharcados. Es evitable, no tratable: se previene con drenaje.

Multiplicación

Por semilla, limpiando la pulpa del fruto maduro y aplicando frío húmedo: unos tres meses en nevera a 4 ºC, en arena o vermiculita ligeramente húmeda, antes de sembrar en febrero. Sin ese paso la germinación es errática. También funciona la siembra directa en otoño en semillero al exterior, dejando que el invierno haga el trabajo.

Por esqueje semileñoso en julio-agosto, con hormonas de enraizamiento y ambiente húmedo, aunque el porcentaje de éxito es mediano.

Por acodo o aprovechando los chupones de raíz enraizados, que es la vía más rápida y la única que garantiza clonar un ejemplar concreto.

Antes de plantarlo, léete esto

El árbol del paraíso tiene una cara menos amable. Los pájaros comen sus frutos y dispersan las semillas, que germinan bien en suelos removidos y en riberas. En varios valles fluviales peninsulares —el Ebro es el caso más citado— se ha naturalizado y compite con la vegetación de ribera autóctona. En Norteamérica está catalogado como invasor en varios estados del oeste.

Traducido a decisiones de jardín: plantado en un jardín urbano o en un patio, con los chupones controlados, no supone un problema. Si tu parcela linda con un río, un barranco, una zona húmeda o un espacio natural protegido, elige otra especie. Y comprueba antes la normativa autonómica, porque el estatus de las especies exóticas se revisa periódicamente.

Súmale otros dos apuntes prácticos: las espinas hacen incómoda la recogida de hojas y frutos bajo la copa, y su vida útil no es la de un roble; ronda los 30 o 40 años en buenas condiciones.

En resumen

Elaeagnus angustifolia resuelve situaciones difíciles: suelo pobre, salino o calizo, viento, sequía, frío intenso y falta de riego. A cambio da follaje plateado, un perfume notable en mayo, sombra ligera y un fruto comestible aunque secundario. Pide sol pleno, un drenaje decente y prácticamente nada de abono; le sobra el agua antes que faltarle.

Sus dos peajes son los chupones de raíz, que hay que cortar con regularidad, y su capacidad de naturalizarse cerca de cauces y zonas húmedas, motivo suficiente para descartarlo en esos entornos. Y antes de comprar, asegúrate de que el vivero te vende Elaeagnus angustifolia y no Melia azedarach: comparten nombre popular, pero solo uno de los dos tiene frutos que se puedan comer.


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