Un pariente directo de la chirimoya que soporta veinte grados bajo cero suena a error de catálogo, pero no lo es. La Asimina triloba pertenece a las Anonáceas, la familia de la chirimoya, la guanábana y el anón, y es el único miembro de ese clan tropical que se comporta como un árbol caducifolio de clima templado. Su fruto tiene pulpa cremosa, sabor entre plátano, mango y vainilla, y se produce en un árbol que pasa el invierno completamente desnudo y helado sin inmutarse.
Esa rareza explica el interés que despierta, y también buena parte de los fracasos que se ven con ella. Porque quien la compra pensando que es un tropical delicado la trata mal por exceso de mimo, y quien la trata como un frutal cualquiera se estrella contra las tres o cuatro exigencias muy concretas que sí tiene. Ninguna de ellas es el frío.
Qué es exactamente la asimina
La Asimina triloba es originaria del este de Norteamérica, donde crece de forma natural en las vegas de los ríos y en los sotobosques húmedos, desde el sur de Ontario hasta el norte de Florida. En español se la llama asimina, y también papaya de los pobres o directamente pawpaw, su nombre en inglés, que no hay que confundir con la papaya tropical (Carica papaya), planta sin ningún parentesco.
Forma un arbolito o arbusto grande de entre 4 y 8 metros, con porte piramidal cuando crece aislado y con tendencia a formar rodales cuando rebrota de raíz. Las hojas son su rasgo más llamativo: obovadas, de 20 a 30 centímetros, colgantes, de un verde intenso que en octubre y noviembre vira a un amarillo dorado muy limpio. Ese follaje grande y péndulo le da un aire tropical que engaña a cualquiera en verano.
Las flores aparecen en marzo o abril, antes o a la vez que la hoja. Son campanillas colgantes de 3 a 4 centímetros, de un color granate oscuro casi chocolate, con seis pétalos en dos verticilos. No huelen a nada agradable: emiten un olor tenue a carne en descomposición porque sus polinizadores naturales son moscas y escarabajos carroñeros, no abejas. Retén este detalle, porque de él depende que coseches o no.
El fruto es una baya carnosa de 5 a 15 centímetros y entre 100 y 500 gramos según variedad, con piel verde amarillenta que apenas cambia de color al madurar. Dentro hay una pulpa amarilla o anaranjada, de textura de natillas, con una hilera doble de semillas grandes, oscuras y aplanadas, como pipas de calabaza gigantes. Madura en septiembre y octubre.
Rusticidad: lo que sí aguanta y lo que la mata
En reposo invernal la asimina soporta sin daño -25 °C, y hay ejemplares que han pasado inviernos más duros. Necesita además un periodo de frío invernal para brotar y florecer bien; se le atribuyen del orden de 400 horas de frío por debajo de 7 °C. Es decir, en la mitad norte peninsular y en cualquier zona de interior el frío no es un problema, es un requisito que se cumple de sobra.
Lo que sí la mata en España es otra cosa:
El suelo calizo. Es una planta de suelos ácidos o neutros, con un pH cómodo entre 5,5 y 7. En terrenos calizos, que son la mayor parte del interior y del este peninsular, entra en clorosis férrica: hojas amarillas con nervios verdes, crecimiento parado y muerte lenta. El agua de riego con mucha cal produce el mismo efecto aunque el suelo sea bueno.
La sequía estival y el aire seco. En su hábitat vive en vegas de río con humedad constante. Un verano manchego o levantino, con 38 °C, viento seco y humedad relativa por los suelos, le quema los bordes de las hojas y le hace abortar la fruta aunque riegues. Le va mucho mejor la cornisa cantábrica, el noroeste, las zonas de media montaña con lluvia de verano y los valles frescos.
El calor insuficiente en verano. Y sin embargo, el otro extremo también existe: la fruta necesita un verano largo y cálido para cuajar y madurar. En zonas de montaña muy fría y verano corto el árbol vive perfectamente pero la fruta no llega a punto antes de las primeras heladas. El equilibrio ideal es invierno frío y verano cálido pero húmedo.
Resumiendo: es un árbol que aguanta el hielo y no aguanta la sed ni la cal. Justo lo contrario de lo que sugiere su parentesco tropical.
Un árbol solo no da fruta
Este es el error que arruina más plantaciones domésticas de asimina, y conviene explicarlo bien porque tiene dos capas.
La flor es protogínica: el estigma es receptivo unos días antes de que las anteras de esa misma flor suelten el polen. Cuando el polen está listo, el estigma ya se ha secado. A eso se suma una autoincompatibilidad genética bastante estricta. La consecuencia práctica es que un ejemplar aislado, por muy bien que florezca, no fructifica.
La segunda capa: hacen falta dos ejemplares genéticamente distintos. Dos plantas de la misma variedad injertada son clones y no se polinizan entre sí. Y los renuevos que salen de la raíz de un árbol tampoco valen, porque son el mismo individuo. Lo correcto es plantar dos variedades diferentes, o dos plantas de semilla de origen distinto, a menos de 10 o 15 metros.
Aun con dos variedades compatibles, el cuajado suele ser pobre, porque los polinizadores adecuados —moscas y coleópteros— escasean en un jardín limpio. La solución que usa cualquiera que produzca en serio es la polinización manual: recoger polen con un pincel pequeño de una flor cuyas anteras estén sueltas y de color crema, y aplicarlo en el estigma brillante y húmedo de una flor de otro árbol. Se hace por la mañana, se repite cada dos o tres días durante la floración, y multiplica la cosecha sin discusión. No es un capricho de coleccionista: es lo que separa dos frutos de veinte.
Variedades que merecen la pena
La selección varietal de la asimina es reciente y casi toda estadounidense. Frente a un pie de semilla, una variedad injertada da fruta más grande, con menos semillas y con sabor menos resinoso, y empieza a producir tres o cuatro años antes.
Las que se encuentran con más facilidad en viveros europeos:
'Sunflower'. Fruta grande, pulpa amarilla intensa, pocas semillas. Se la considera parcialmente autofértil, lo que no significa que puedas prescindir de compañía: con otro árbol cerca rinde mucho más.
'Shenandoah'. Sabor suave, poco resinoso, textura muy fina. Buena opción para quien prueba la asimina por primera vez, porque los frutos silvestres pueden tener un fondo amargo que echa para atrás.
'Susquehanna'. De las de fruto más grande y con menor proporción de semilla. Piel algo más resistente, lo que ayuda en la manipulación.
'Overleese' y 'NC-1'. Frutos grandes y maduración algo más temprana, interesante donde el otoño se acorta.
'Prolific' y 'Rebecca's Gold'. Productivas y de comportamiento fiable.
Combina siempre dos nombres distintos. Si compras plantas de semilla, asegúrate de que proceden de árboles madre diferentes.
Plantación: el momento en que se pierden más plantas
La asimina tiene raíz pivotante y raíces carnosas, quebradizas y con muy poca capacidad de regeneración. Trasplantar mal una asimina es matarla. De ahí varias consecuencias:
Cómprala en contenedor, nunca a raíz desnuda, y preferiblemente joven y en maceta alta y profunda, tipo forestal. Un ejemplar grande en maceta ancha suele tener la raíz principal enroscada y arranca peor que uno pequeño.
Plántala en primavera, cuando el suelo ya se ha templado, y no en otoño. Es una de las pocas especies caducifolias donde la plantación otoñal no es la mejor opción, precisamente porque sus raíces solo trabajan con suelo caliente.
Deshaz el cepellón lo mínimo imprescindible. Si hay raíces enrolladas en la base, córtalas limpias con tijera, pero no laves ni desmenuces el cepellón.
Y el detalle menos conocido: las plántulas jóvenes de asimina necesitan sombra los dos primeros años. En la naturaleza germinan bajo el dosel del bosque y el sol directo les quema las hojas y frena su desarrollo. Una malla de sombreo del 50 %, o la sombra de una planta más alta, marca la diferencia. A partir del tercer año hay que quitarla, porque el árbol adulto necesita sol pleno para fructificar bien. Una asimina adulta a la sombra crece sana y no da nada.
Cuidados durante el año
Riego. Constante y generoso de mayo a septiembre. No tolera secarse, y el estrés hídrico en agosto provoca la caída masiva de frutos justo cuando están engordando. Riego por goteo con dos o tres emisores por árbol y un buen acolchado orgánico —corteza de pino, restos de poda triturados, paja— de 8 a 10 centímetros. El acolchado además acidifica ligeramente el suelo con el tiempo, que aquí juega a favor. Si tu agua es dura, aprovecha el agua de lluvia siempre que puedas.
Suelo. Profundo, suelto, rico en materia orgánica y con drenaje. Encharcamiento prolongado no lo tolera, pese a vivir en vegas: allí el agua corre. En suelo pesado, plantar sobre caballón elevado resuelve el problema.
Abonado. Moderado. Compost o estiércol bien hecho en superficie a final de invierno, y si acaso un abono equilibrado para frutales en primavera. El exceso de nitrógeno da mucha hoja y poca flor. En suelos con tendencia caliza, quelato de hierro al arrancar la primavera evita el amarilleo.
Poda. Muy poca. Florece en madera del año anterior, así que una poda severa en invierno se lleva por delante la cosecha. Basta con retirar ramas secas, cruzadas o mal orientadas a final de invierno y formar un eje central despejado los primeros años. Los renuevos que salen de la raíz se eliminan a ras si no quieres un rodal.
Plagas. Prácticamente ninguna, y esto sí es una ventaja real. Las hojas, la corteza y las semillas contienen acetogeninas, compuestos con actividad insecticida, de modo que ni los pulgones ni los barrenadores le hacen caso. Los corzos y ciervos tampoco la ramonean. Sus problemas son casi siempre fisiológicos: cal, sed y sol excesivo de joven.
Multiplicación
Por semilla el proceso tiene una regla que no admite excepción: la semilla no puede secarse. Es una semilla recalcitrante, y si se deshidrata pierde la viabilidad de forma irreversible. Se extrae del fruto, se lava la pulpa y se guarda en un poco de sustrato o musgo húmedo dentro de una bolsa cerrada en la nevera, entre 2 y 5 °C, durante 90 a 120 días.
Después se siembra en maceta profunda, a unos 2 centímetros, con calor —20 a 25 °C— y paciencia. La germinación es hipogea: primero desarrolla una raíz larga durante semanas y el tallo no asoma hasta pasados uno o dos meses. Mucha gente da la semilla por perdida y tira la maceta justo antes de que salga. Un pie de semilla tarda entre 5 y 8 años en dar el primer fruto, y su calidad es una lotería.
Por eso lo habitual es injertar: injerto de escudete o de púa a finales de invierno y comienzo de primavera sobre pie de semilla de dos años, cuando la savia empieza a moverse. Un injerto entra en producción en tres o cuatro años y reproduce exactamente la variedad. Los esquejes no arraigan de forma fiable, así que no pierdas el tiempo con ellos.
Cosecha y consumo
El fruto no cambia de color al madurar, así que hay que fiarse del tacto y del olfato. Está listo cuando cede ligeramente a la presión del pulgar, como un aguacate en su punto, y desprende un aroma dulce muy perceptible. Muchos frutos caen solos; poner una red o una capa de paja bajo el árbol evita que se estropeen al golpearse.
A partir de ahí, corre. Una asimina madura aguanta dos o tres días a temperatura ambiente y unas dos semanas en frigorífico. No soporta el transporte ni el almacenamiento, y esa es la razón real de que no exista un mercado comercial de esta fruta pese a su sabor: no es un problema de cultivo, es un problema de logística. La pulpa, en cambio, se congela muy bien; se tamiza, se envasa y se usa después en helados, batidos o bizcochos.
Un aviso importante: se come solo la pulpa. Las semillas contienen alcaloides y no deben triturarse ni ingerirse. La piel tampoco se come, y algunas personas desarrollan dermatitis de contacto o molestias digestivas con ella. Al cocinar, mejor no someter la pulpa a hervores largos, porque el sabor se degrada y aparece un amargor desagradable.
En resumen
La Asimina triloba es la anonácea que se puede cultivar en el jardín de un pueblo de Burgos y no en la costa de Almería, y esa inversión de expectativas es la clave de todo. Aguanta -25 °C sin protección alguna; lo que no aguanta es la cal del suelo y del agua, la sequía de verano ni el aire seco.
Plántala en primavera, en contenedor y sin desmenuzar el cepellón, con sombra los dos primeros años y sol pleno a partir del tercero. Riega sin fallar de mayo a septiembre y acolcha bien. Poda lo justo, porque florece en madera del año anterior. Y sobre todo, planta dos variedades distintas y ayuda a la polinización con un pincel: es la diferencia entre un árbol bonito y un árbol con fruta.
A cambio de eso tendrás un frutal sin plagas, con un follaje espectacular, un amarillo de otoño notable y una fruta que no vas a encontrar en ninguna frutería.