Un fruto de treinta centímetros, con cinco aristas marcadas a lo largo y ni una sola semilla dentro. Ese es el babaco, y esa ausencia de semillas explica casi todo lo que hay que saber sobre él: cómo se multiplica, por qué no existen variedades de semilla y por qué su cultivo depende por completo de que alguien corte y enraíce trozos de tallo.

Se le llama Carica pentagona en la mayoría de viveros y catálogos, pero la botánica actual lo sitúa en el género Vasconcellea, como Vasconcellea × heilbornii. Es un híbrido natural entre dos papayas andinas de montaña, no una papaya tropical enana como a veces se vende. Esa diferencia de origen no es un detalle de etiqueta: determina las temperaturas que tolera y las que lo matan.

Árbol de babaco cargado de frutos pentagonales

De dónde viene y por qué eso importa

El babaco procede de los valles interandinos del sur de Ecuador, sobre todo de la provincia de Loja, donde crece de forma tradicional entre los 1.500 y los 2.500 metros de altitud. A esa altura, en pleno ecuador geográfico, el clima no es tropical caluroso: es fresco y estable todo el año, con máximas suaves y noches frías, sin heladas fuertes pero también sin veranos abrasadores.

Ese perfil es el que hay que reproducir. El error más repetido con esta planta es tratarla como una papaya y plantarla en el sitio más caluroso del jardín, mirando al sur y a pleno sol de agosto. Por encima de los 30 °C el babaco deja de cuajar bien, la fruta se queda pequeña y las hojas se marchitan a media tarde aunque el suelo esté húmedo. Su franja cómoda va aproximadamente de los 15 a los 25 °C, y agradece la sombra de las horas centrales en verano.

Por el otro extremo aguanta bastante más frío que la papaya: soporta bajadas puntuales hasta cerca de 0 °C sin morir, aunque las heladas de verdad, con hielo en el tejido, se lo llevan por delante. En España esto lo deja bien situado en Canarias, en la franja costera de Málaga y Granada, en zonas resguardadas del litoral de Alicante y Valencia, y en invernadero o galería acristalada en el resto. Tierra adentro, al aire libre, no es una planta de exterior.

Cómo es la planta y cómo es la fruta

El babaco no es un árbol en sentido estricto. Forma un tallo único, grueso, herbáceo por dentro y semileñoso por fuera, de 2 a 3 metros de altura, sin ramificar salvo que se le corte la guía. Las hojas son grandes, palmeadas y con peciolos muy largos, y se van cayendo por abajo a medida que la planta crece, dejando el tallo desnudo y cicatrizado, como una palmerita coronada por un penacho de hojas.

Los frutos nacen pegados al tallo, en el eje de las hojas, y se acumulan en la parte alta de la planta. Son alargados, de 20 a 40 cm, y su corte transversal es un pentágono claro, de donde viene el nombre pentagona. Pesan con frecuencia entre 0,5 y 2 kg cada uno, y una planta adulta puede llevar treinta o más a la vez. Ese peso concentrado en la mitad superior de un tallo blando es la razón por la que el entutorado es obligatorio: sin una caña o poste firme, la planta se vence o se parte por el punto donde arranca la carga.

La pulpa es de color blanco a amarillo pálido, muy jugosa, con más de un 90 % de agua y poco azúcar. El sabor recuerda a una mezcla de fresa, piña y papaya, pero suave y algo ácido: quien espere el dulzor de un mango se lleva una decepción. La piel es fina y comestible una vez madura, así que el fruto se puede comer entero, en rodajas, sin pelar ni despepitar.

Cultivo: suelo, riego y abonado

Lo que mata al babaco en los jardines particulares casi nunca es el frío ni la falta de abono: es el agua estancada en la base del tallo. El sistema radicular es superficial y muy sensible a la asfixia y a los hongos del suelo, en especial Phytophthora. Un suelo pesado y encharcable acaba con una planta adulta en cuestión de días, y el síntoma es engañoso, porque la planta se marchita como si tuviera sed.

Medidas concretas que funcionan:

Plantar en caballón o en montículo, de forma que el cuello quede varios centímetros por encima del nivel general del terreno. En suelos arcillosos, mejor un cajón elevado o directamente maceta grande, de 40 a 60 litros, con sustrato aireado (fibra de coco, compost maduro y una parte de arena gruesa o perlita).

Regar con frecuencia y poco volumen, no una inundación semanal. En verano, con calor, una planta en suelo puede pedir riego cada dos o tres días; el goteo con dos emisores separados del cuello es la solución más limpia. Nunca mojar la base del tallo directamente.

Acolchar con paja o restos vegetales para mantener la humedad estable y la raíz fresca, dejando un anillo libre de unos 15 cm alrededor del tallo.

En abonado, el babaco es exigente porque crece rápido y fructifica mucho para su tamaño. Un equilibrado con predominio de potasio durante la fructificación, aplicado en pequeñas dosis frecuentes, da mejor resultado que aportes grandes y espaciados. El exceso de nitrógeno produce una planta enorme, de hojas magníficas, con frutos acuosos y sin aroma.

La otra clave es la vida útil. El babaco es una planta de ciclo corto: produce bien durante dos o tres campañas y después decae. Lo habitual en cultivo profesional es renovar la plantación cada tres o cuatro años a partir de esquejes propios. En un jardín conviene tener siempre un par de estacas enraizadas de reserva antes de que la planta madre empiece a fallar.

Propagación: sin semillas, solo esquejes

El babaco es partenocárpico, es decir, forma el fruto sin fecundación, y por eso no hay semillas dentro. No se puede sembrar. Toda planta de babaco que existe procede de un trozo de otra planta, lo que significa que el material que se cultiva es genéticamente muy uniforme y que, cuando aparece un problema sanitario, se transmite con el propio esqueje.

El método clásico consiste en aprovechar el tallo de una planta que se va a retirar. Se corta en trozos de unos 25 a 30 cm, se dejan orear a la sombra varios días hasta que la sección se seque y forme callo (paso que muchos se saltan y que evita la mayor parte de las podredumbres), se trata el corte con un fungicida o simplemente con ceniza y se plantan en horizontal o ligeramente inclinados, enterrados a medias, en un sustrato ligero y apenas húmedo. Con temperatura suave, en torno a 20-24 °C, y sin exceso de riego, brotan en unas semanas.

Conviene dejar un solo brote por estaca, el más vigoroso, y eliminar el resto: una planta con dos o tres guías reparte la producción y termina venciéndose.

Problemas frecuentes

La araña roja es el enemigo número uno en clima seco y caluroso, precisamente el que no le conviene a la planta. Se detecta por el punteado amarillento en el haz y las telillas finas en el envés. Aumentar la humedad ambiental y tratar a tiempo suele bastar.

Los pulgones importan menos por el daño directo que por su papel como transmisores de virus, un problema serio en todas las papayas y sus parientes. Como el material se multiplica por esqueje, una planta madre infectada contamina toda la descendencia: si una planta muestra mosaicos y deformaciones sistemáticas en las hojas jóvenes, no se debe usar para hacer estacas.

El oídio aparece con noches frescas y días templados, sobre todo en invernadero mal ventilado. Y las podredumbres de cuello y raíz, ya mencionadas, son la causa habitual de las muertes súbitas.

Recolección, maduración y usos

El babaco no se recoge maduro del todo. El punto correcto es cuando aproximadamente un cuarto o un tercio de la superficie del fruto ha virado de verde a amarillo. A partir de ahí termina de madurar fuera de la planta, en unos días a temperatura ambiente, y desprende un aroma intenso que avisa de que ya está. Dejarlo madurar entero en la mata solo consigue que se abra, se manche y atraiga insectos.

Fruto de babaco cortado, un alimento muy nutritivo

En la cocina es una fruta de aprovechamiento fácil: se come en rodajas con la piel, se licúa para zumos y batidos, y por su acidez moderada funciona muy bien en mermeladas, sorbetes y compotas, normalmente con un poco de azúcar añadido. También admite bien la combinación con frutas más dulces, que compensan su bajo contenido en azúcares.

Nutricionalmente destaca por lo que no tiene: aporta pocas calorías, porque es agua en su mayor parte. Aporta vitamina C y contiene papaína, la enzima proteolítica característica de las papayas y sus parientes, que ablanda las proteínas. De ahí que se use como maceración para carnes y que la pulpa fresca resulte digestiva. Ese mismo látex enzimático explica que a algunas personas la fruta muy verde les irrite la boca o las manos al manipularla; con el fruto ya amarillo el efecto desaparece.

En resumen

El babaco es una papaya de montaña sin semillas, de clima fresco y no tropical, que se cultiva a partir de trozos de tallo y que produce durante pocos años antes de tener que renovarse. Necesita sol tamizado en verano, protección frente a heladas, un suelo que drene de verdad y riegos frecuentes y cortos. Se recoge cuando empieza a amarillear y se termina de madurar en casa. Si se planta en un rincón achicharrado o en tierra que se encharca, no hay abono ni cuidado posterior que lo salve; acertando en esos dos puntos, es un frutal sorprendentemente agradecido para terrazas y jardines del litoral.


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