Un calamondín comprado en diciembre, cargado de naranjitas relucientes y colocado junto al radiador del salón, suele estar sin hojas en febrero. No es que la planta sea delicada: es que ese sitio concreto reúne todo lo que un cítrico odia —aire seco, poca luz, calor nocturno y un plato con agua estancada debajo—. Puesto donde le corresponde, en el exterior y con sol, el mismo ejemplar dura décadas y da fruto casi todo el año.

Calamondín en maceta cargado de frutos naranjas

Qué es el calamondín y de dónde viene

El calamondín es Citrus × microcarpa, nombre que ha sustituido al antiguo × Citrofortunella microcarpa desde que los kumquats se reintegraron al género Citrus. También se lo encuentra etiquetado como Citrus madurensis o Citrus mitis, todos sinónimos del mismo híbrido.

Y es eso: un híbrido natural entre mandarino (Citrus reticulata) y kumquat (Citrus japonica), surgido probablemente en el sur de China y difundido muy pronto por el sudeste asiático. En Filipinas, donde se llama calamansi, no es una curiosidad ornamental sino un ingrediente básico de cocina diaria, con plantaciones comerciales de miles de hectáreas. A Europa llegó como planta de adorno en el siglo XX y aquí se quedó con ese papel, que es una lástima porque el fruto da mucho juego.

De sus dos progenitores heredó lo mejor para maceta: del kumquat, el porte compacto, la resistencia al frío y la piel dulce; del mandarino, el tamaño del fruto y la pulpa jugosa.

Cómo es la planta

Es un arbolito perennifolio de 2 a 3 metros plantado en tierra, y de 1 a 1,5 m en maceta, con porte erecto y ramificación densa desde la base. Las ramas son casi inermes, con espinas cortas y escasas o ninguna, algo que se agradece al podar comparado con un limonero.

Las hojas, de 4 a 8 cm, son ovaladas, verde oscuro brillante y aromáticas al frotarlas, con el pecíolo apenas alado. Las flores son blancas, pequeñas, de cinco pétalos y muy perfumadas, y aparecen solas o en grupitos en las axilas.

Lo que lo distingue del resto de cítricos ornamentales es su floración remontante: florece en varias oleadas repartidas por el año, con la principal en primavera, de manera que es habitual verlo simultáneamente con flor, fruto verde y fruto maduro. Además es autofértil y partenocárpico en buena medida, así que cuaja sin necesidad de otro ejemplar ni de polinizadores.

El fruto es un hesperidio esférico y algo achatado de 2,5 a 3,5 cm, naranja intenso al madurar, con la piel muy fina y fácil de separar, y de 5 a 10 gajos con abundante zumo y unas pocas semillas verdosas. Su sabor sorprende a quien lo prueba por primera vez: la pulpa es intensamente ácida y la piel es dulce y perfumada. Comido entero, ese contraste es precisamente la gracia.

Ubicación y luz

Sol directo, cuanto más mejor, con un mínimo de cuatro a seis horas diarias. En interior permanente acaba languideciendo: alarga los entrenudos, pierde hoja, deja de florecer y se llena de araña roja. Si no hay más remedio que tenerlo dentro, que sea junto a una ventana orientada al sur, lejos de radiadores y salidas de aire acondicionado, y sacándolo al exterior en cuanto pasen las heladas.

Su sitio natural en España es la terraza, el balcón o el patio. En la mitad sur y en todo el litoral mediterráneo puede vivir fuera todo el año. En el interior norte y en zonas de heladas fuertes conviene retirarlo en invierno a un porche fresco, una galería sin calefacción o un invernadero frío: lo que necesita en esos meses es frescor y luz, no calor.

Agradece el resguardo del viento seco, que le quema los bordes de las hojas, y en el interior peninsular en pleno agosto agradece sombra a mediodía si la maceta es oscura y se recalienta.

Sustrato y maceta

Necesita un medio ácido o neutro, entre pH 5,5 y 6,5, y con drenaje rápido. Sirve un sustrato específico para cítricos o una mezcla propia: dos partes de fibra de coco o turba rubia, una de mantillo bien maduro y una de perlita o arena gruesa de río. Lo que no funciona es el sustrato universal barato, que se compacta y retiene demasiada agua.

La maceta debe tener agujeros generosos. El barro cocido va bien porque transpira y evita excesos de humedad, aunque obliga a regar más a menudo en verano. Se cambia de maceta cada dos o tres años, subiendo unos 4-5 cm de diámetro cada vez; saltar directamente a un tiesto enorme es contraproducente, porque el volumen de sustrato sin raíces se queda húmedo y se agria.

Si se planta en el jardín, hay que asegurarse de que el suelo no sea muy calizo ni se encharque. En terrenos pesados es preferible un caballón o una zona elevada.

Riego: dónde se pierden casi todos

Dos errores concentran la mayor parte de los calamondines muertos. El primero es dejar agua permanente en el plato. Las raíces se asfixian, aparece Phytophthora, las hojas amarillean y caen, y el dueño interpreta que le falta agua y riega más. Si se usa plato, se vacía a los diez minutos de regar.

El segundo es regar con agua dura del grifo. En buena parte de España el agua lleva mucho bicarbonato y cal, que sube el pH del sustrato y bloquea el hierro. Mejor agua de lluvia; si no hay, agua del grifo reposada y, cada dos o tres riegos, acidulada con un chorrito de vinagre o unas gotas de limón por litro.

La pauta: regar en abundancia hasta que drene por los agujeros y no volver a hacerlo hasta que los tres o cuatro centímetros superiores estén secos al tacto. En verano, en terraza soleada, eso puede significar cada día o cada dos; en invierno, una vez por semana o menos. Agradece pulverizaciones sobre la hoja con agua de lluvia en ambiente seco, siempre a primera hora y nunca a pleno sol.

Abonado y clorosis férrica

Al ser remontante, consume nutrientes casi todo el año, y en maceta se agotan rápido. De marzo a septiembre conviene un abono líquido específico para cítricos cada 10-15 días siguiendo la dosis del envase, o un granulado de liberación lenta al principio de la primavera y otro a mitad de verano. En otoño e invierno se reduce mucho o se suspende en zonas frías.

El fertilizante debe llevar micronutrientes: hierro, manganeso, zinc y magnesio. La carencia más frecuente con diferencia es la de hierro, y se reconoce a simple vista: hojas nuevas amarillas con los nervios claramente verdes, dibujando una retícula. No se corrige con más riego ni con más nitrógeno, sino con quelato de hierro EDDHA, el único que se mantiene disponible en sustratos alcalinos, aplicado disuelto en el agua de riego en primavera. Si el amarilleo afecta a las hojas viejas y de forma más difusa, suele ser magnesio o simple falta de abono.

Poda

Es un cítrico agradecido y tolera bien la tijera. El momento adecuado es a finales de invierno, entre febrero y marzo, cuando se ha recogido el grueso de la cosecha y antes de la brotación fuerte.

El trabajo consiste en aclarar el interior para que entre luz y aire, quitar ramas secas, cruzadas o mal orientadas, acortar los brotes que rompen la silueta y eliminar los chupones verticales y, muy importante, los brotes que salgan por debajo del punto de injerto: esos son del patrón y, si se dejan, acaban dominando la planta y sustituyéndola.

Conviene no pasarse: una poda severa retrasa la floración y despoja al arbolito de la hoja que necesita para alimentar los frutos. Los cortes grandes se sellan con pasta cicatrizante y se evita podar en pleno verano, cuando el sol quema la corteza recién expuesta.

Plantación y trasplante

El mejor momento para plantar o cambiar de maceta es de finales de febrero a abril, cuando pasa el riesgo de heladas y antes de que arranque la brotación. En zonas cálidas del litoral también funciona un trasplante en septiembre, con tiempo para enraizar antes del frío.

Al trasplantar, se afloja el cepellón por los lados sin deshacerlo, se recortan las raíces que dieran vueltas al fondo, se coloca a la misma altura a la que estaba —enterrar el cuello es una vía directa a la podredumbre— y se riega abundantemente. No se abona hasta pasadas tres o cuatro semanas.

Cosecha

Los frutos tardan entre siete y nueve meses en madurar desde la flor. El grueso de la cosecha llega de otoño a final de invierno, aunque con la floración escalonada siempre hay algo maduro fuera de esa ventana.

Se recogen cuando toman color naranja uniforme y ceden ligeramente a la presión. Aguantan en la planta muchas semanas sin estropearse —de hecho es su mejor forma de conservación—, pero si se pasan demasiado la piel se ablanda y pierden aroma. Un ejemplar adulto y bien cuidado puede dar entre 50 y 100 frutos por temporada. Se cortan con tijera, dejando un trocito de pedúnculo, en lugar de tirar de ellos.

Detalle de los frutos maduros del calamondín

Plagas y enfermedades

Cochinillas. Las algodonosas (Planococcus citri) se instalan en axilas y envés; las de escudo, como la serpeta, se pegan a ramas y hojas como pequeñas costras. Se retiran a mano o con un bastoncillo con alcohol si son pocas, y se tratan con jabón potásico o aceite de parafina en aplicaciones repetidas cada 10-12 días.

Pulgón. Ataca los brotes tiernos de primavera y los deforma. Jabón potásico al atardecer, insistiendo en el envés.

Minador de los cítricos (Phyllocnistis citrella). Deja galerías plateadas y serpenteantes en las hojas nuevas de verano. Es muy llamativo pero rara vez grave en un ejemplar ornamental; lo peor que hace es abollar la hoja joven. Se controla evitando brotaciones tardías por exceso de nitrógeno y retirando las hojas más afectadas.

Araña roja. Aparece con calor y aire seco, sobre todo en interior con calefacción. Punteado amarillento y telarañas finas en el envés. Se combate subiendo la humedad ambiental y con acaricidas o aceites si la infestación avanza.

Negrilla. Ese hollín negro que cubre las hojas no es una enfermedad primaria, sino un hongo que crece sobre la melaza que segregan pulgones y cochinillas. Se elimina resolviendo la plaga y limpiando las hojas con agua jabonosa.

Podredumbre radicular y gomosis. Consecuencia casi siempre de exceso de riego, mal drenaje o cuello enterrado. Se previene mucho mejor de lo que se cura.

Propagación

Esquejes. El método más práctico. En verano se toman ramitas semileñosas de 10-15 cm del crecimiento del año, se dejan tres o cuatro hojas reducidas a la mitad, se moja la base en hormona de enraizamiento y se planta en perlita con turba, bajo plástico y a la sombra. Enraízan en unas seis a diez semanas.

Acodo aéreo. Funciona muy bien en primavera con ramas de dos años, y da una planta de buen tamaño en una sola temporada.

Semilla. La semilla de calamondín es poliembriónica, así que buena parte de las plántulas son clones de la madre y salen idénticas. La pega es la lentitud: pasan varios años hasta la primera flor. Se siembran frescas, sin dejarlas secar.

Injerto. Es lo que hacen los viveros, generalmente sobre Poncirus trifoliata o citrange, que aportan resistencia al frío y a los suelos difíciles. Explica también por qué hay que vigilar los rebrotes del pie.

Rusticidad frente al frío

Aquí está una de sus ventajas reales: es de los cítricos más resistentes al frío, por herencia del kumquat. Un ejemplar adulto y bien asentado aguanta puntualmente en torno a -4 °C sin daños serios, aunque por debajo de -2 °C ya conviene protegerlo, y en maceta el margen es menor porque las raíces se hielan antes que las de un árbol plantado en tierra.

En la práctica: en el litoral mediterráneo, Andalucía, Canarias y Baleares vive fuera todo el año sin más. En el interior peninsular y en el norte húmedo, se arrima a un muro orientado al sur, se envuelve la maceta con manta térmica o plástico de burbujas y se cubre la copa con velo de invernaje en los episodios de helada, o se entra a un espacio fresco y luminoso. Lo que hay que evitar en todos los casos es meterlo en una habitación caldeada a 22 °C, porque le rompe el reposo invernal y lo deja indefenso ante la araña roja.

Usos: mucho más que decorativo

Como planta ornamental cumple sin discusión: hoja perenne brillante, floración perfumada varias veces al año, frutos de color intenso durante meses y tamaño manejable. Es de los pocos frutales que funcionan de verdad en un balcón pequeño, y se deja formar en copa, en bola o incluso como bonsái.

En la cocina tiene más recorrido del que se le supone. El zumo es ácido y muy aromático, más floral que el del limón, y sirve para aliñar, para marinar pescado y pollo, para refrescos y para cócteles. En Filipinas se mezcla con salsa de soja como aderezo universal. La piel entera se aprovecha en mermeladas y confituras —el contraste entre la piel dulce y la pulpa ácida da una mermelada compleja—, en frutos confitados, en licores caseros por maceración y rallada sobre postres. También se congelan enteros o en zumo por cubiteras sin perder aroma.

Una advertencia razonable: como toda planta ornamental, si se ha tratado con fitosanitarios en el vivero no conviene consumir los frutos hasta pasado un tiempo prudencial y tras una temporada de cultivo propio.

Dónde conseguirlo

Se encuentra sin dificultad en viveros y centros de jardinería, sobre todo en otoño e invierno, que es cuando llega cargado de fruto, y también en tiendas online especializadas en cítricos. Al elegir un ejemplar conviene fijarse en el follaje —verde uniforme, sin amarilleos reticulados—, revisar el envés de las hojas buscando cochinillas, comprobar que el injerto está limpio y sin rebrotes, y desconfiar de las plantas con muchísimo fruto y poquísima hoja, forzadas para la venta: esas piden un trasplante y una temporada de recuperación antes de volver a producir en condiciones.

En resumen

El calamondín (Citrus × microcarpa) es un híbrido de mandarino y kumquat que se queda en 2 o 3 metros, florece varias veces al año y da frutitos de piel dulce y pulpa muy ácida, aprovechables en zumos, mermeladas y aliños. Quiere sol directo, sustrato ácido y con buen drenaje, riegos abundantes pero espaciados, sin plato con agua y a ser posible con agua de lluvia, y abono para cítricos con micronutrientes de marzo a septiembre, corrigiendo la clorosis férrica con quelato EDDHA en cuanto asome. Se poda ligero a finales de invierno, se trasplanta al comenzar la primavera y se multiplica bien por esqueje semileñoso en verano. Aguanta hasta unos -4 °C, lo que le permite vivir fuera todo el año en el litoral y en el sur, y en el interior pasar el invierno en un lugar fresco y luminoso. El único sitio donde no debería estar nunca es el salón con calefacción.


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