El nombre engaña desde el principio. El ciruelo japonés, Prunus salicina, no procede de Japón sino del sur y el centro de China, donde se cultiva desde hace más de dos mil años. Llegó a Japón hace siglos y fue desde allí, ya con su reputación japonesa a cuestas, desde donde pasó a California a finales del siglo XIX. Allí lo trabajó Luther Burbank, que cruzó las variedades chinas con ciruelos americanos y creó buena parte del material genético del que descienden las ciruelas grandes, rojas y jugosas que hoy llenan los mercados españoles entre mayo y septiembre.

Conviene aclarar esto porque el error de nombre arrastra otro más práctico: se sigue repitiendo que el ciruelo japonés es un árbol para climas fríos. Es justo al revés. Frente al ciruelo europeo (Prunus domestica), el japonés necesita menos horas de frío invernal, florece antes y se comporta mejor en inviernos suaves. Por eso el Levante, el valle del Guadalquivir, Extremadura y Murcia concentran la producción española, y por eso en el interior frío suele dar más disgustos que alegrías: no por falta de resistencia del árbol, sino porque su flor llega demasiado pronto.

Ciruelo japonés adulto en floración

Cómo es el árbol y en qué se distingue del ciruelo europeo

Es un árbol caducifolio de la familia de las rosáceas que alcanza entre 5 y 8 metros injertado sobre patrón de vigor medio, con la copa más abierta y desordenada que la del ciruelo europeo. Brota con enorme facilidad y emite ramificaciones anticipadas durante el mismo verano, lo que explica que se enmarañe si no se le pone mano.

Las hojas son oblongo-lanceoladas, de 6 a 12 cm, lampiñas, de borde finamente aserrado y de un verde brillante que las distingue a simple vista de las hojas mates y algo pubescentes del europeo. Las flores son blancas, de unos 2 cm, y salen agrupadas de dos en tres por yema, antes o a la vez que la hoja, entre finales de febrero y marzo en el sur y el litoral mediterráneo, y en marzo o principios de abril en el interior.

El fruto es una drupa de forma acorazonada o globosa, con la sutura lateral bien marcada y a menudo un pequeño ápice en el extremo. La piel puede ser roja, granate, negra, amarilla o verde-dorada, siempre cubierta de pruina, y la pulpa es firme, crujiente y muy jugosa. Aquí hay otra diferencia útil en la práctica: en el ciruelo japonés el hueso queda casi siempre adherido a la carne, mientras que buena parte de las variedades europeas tienen hueso libre y se abren limpias en dos mitades.

La diferencia de fondo es genética. Prunus salicina es diploide y Prunus domestica es hexaploide, de modo que no se cruzan entre sí ni se polinizan mutuamente. Esto tiene una consecuencia inmediata en el jardín, y la veremos en cuanto hablemos de polinización.

Entre las variedades que se encuentran con facilidad en vivero español están 'Santa Rosa', de piel roja y pulpa ambarina, la más clásica y una de las pocas autofértiles; 'Golden Japan', amarilla y temprana; 'Red Beaut', muy precoz; 'Black Diamond' y 'Black Splendor', de piel negra; 'Larry Ann', y 'Angeleno', tardía, que se recoge ya en septiembre y aguanta semanas en cámara.

El error que deja el árbol sin fruta: la polinización

Es el fallo más caro y el más frecuente. La mayoría de las variedades de ciruelo japonés son autoincompatibles: su propio polen no fecunda sus flores porque un sistema de reconocimiento genético lo bloquea. Un árbol solo en un jardín florece de maravilla cada primavera, cuaja cuatro ciruelas y su dueño acaba culpando al riego o al abono.

La solución es plantar un segundo ciruelo japonés de variedad distinta y de floración coincidente, a no más de 20 o 30 metros. Si no hay sitio, se puede injertar una rama polinizadora sobre el árbol existente, que ocupa cero espacio y funciona igual de bien.

Y ahora la advertencia derivada de la genética: un ciruelo europeo no sirve como polinizador de uno japonés. Ni el nivel de ploidía ni las fechas de floración encajan, porque el europeo florece dos o tres semanas más tarde. Sí funcionan, en cambio, otros japoneses y el mirobolán (Prunus cerasifera) cuando la floración solapa, incluidos los ciruelos rojos ornamentales de jardín, que a menudo resuelven el problema sin que nadie lo haya planeado.

Las variedades autofértiles como 'Santa Rosa' o 'Methley' pueden ir solas, pero incluso ellas cuajan bastante más y de forma más regular con compañía cerca.

Clima: la floración temprana manda

En reposo invernal el árbol es sólido y aguanta sin daño temperaturas de -18 a -20 °C. El problema nunca es el invierno, sino el momento en el que despierta. Con la flor abierta, dos horas a -2 °C arruinan la cosecha, y el fruto recién cuajado se pierde por debajo de -1 °C. En zonas donde las heladas tardías llegan hasta abril, este árbol es una apuesta perdida uno de cada dos o tres años.

Sus necesidades de frío invernal se sitúan, según variedad, entre 300 y 800 horas por debajo de 7 °C, un rango cómodo para casi toda la España mediterránea. Las variedades de menos de 400 horas se comportan bien incluso en la costa de Málaga o Alicante. En el interior frío, si hay empeño en tenerlo, conviene elegir variedad tardía en floración y buscar la ladera o el punto alto de la parcela, nunca la vaguada donde el aire frío se estanca en las noches despejadas.

Ubicación y suelo

Sol directo, cuantas más horas mejor: la coloración de la piel y el azúcar del fruto dependen directamente de la luz que recibe cada rama. A la sombra de un muro o de otro árbol se obtienen ciruelas verdosas y sosas.

En cuanto al suelo, el ciruelo japonés es el frutal de hueso que mejor tolera terrenos pesados y arcillosos, mucho más que el melocotonero o el albaricoquero. Eso no significa que tolere el encharcamiento: unos días con el agua parada bastan para desencadenar asfixia radicular y podredumbres de cuello por Phytophthora. El pH ideal está entre 6 y 7,5.

La elección del patrón resuelve la mitad de los problemas de suelo antes de que aparezcan. En suelos húmedos y compactos, el mirobolán y el híbrido 'Mariana GF 8-1' toleran bien la falta de oxígeno. En los suelos calizos y algo salinos tan habituales del sureste español, los patrones de pollizo (Prunus insititia) del tipo 'Adesoto 101' o 'Montizo' son la opción sensata, porque resisten la caliza activa sin caer en clorosis. Y un aviso concreto: el patrón GF 677, muy extendido para melocotonero, es incompatible con la mayoría de ciruelos japoneses; el injerto puede parecer bueno los dos primeros años y desprenderse después.

Al plantar, hoyo amplio, injerto claramente por encima del nivel del suelo y tutor los dos primeros años. En suelos que se encharcan, plantar sobre caballón de 30 o 40 cm cambia radicalmente la longevidad del árbol.

Riego

Es un frutal de raíz relativamente superficial y de consumo alto en verano. El momento crítico son las tres o cuatro semanas previas a la recolección, cuando el fruto entra en su fase final de engorde y multiplica su volumen: un estrés hídrico en ese punto se traduce en ciruelas pequeñas que ya no recuperan tamaño por mucho que se riegue después.

El goteo, con dos o tres emisores por árbol joven y más a medida que crece, permite mantener el bulbo húmedo sin mojar el cuello ni el tronco. En jardín, riegos abundantes y espaciados funcionan mejor que riegos diarios cortos, porque obligan a la raíz a profundizar.

Cuidado con el otro extremo. Un riego copioso o una tormenta justo cuando la fruta está ya coloreada provoca rajado de la piel, sobre todo en las variedades de piel oscura. Conviene ir reduciendo el aporte de agua en los últimos días antes de la recolección, sin llegar a secar el suelo.

Abonado

En jardín, con 3 o 4 kg de compost o estiércol bien hecho por metro cuadrado de proyección de copa, extendido a finales de invierno y ligeramente incorporado, el árbol tiene resuelta la base. A partir de ahí, un complemento mineral en primavera con potasio suficiente ayuda al calibre y al color.

El desequilibrio típico es el exceso de nitrógeno. Un ciruelo japonés sobrealimentado hace madera a manta, se llena de chupones verticales, retrasa la maduración, produce fruta mal coloreada y de peor conservación, y se vuelve un imán para el pulgón. Si el árbol crece más de 60 o 70 cm de brote al año estando ya en producción, sobra abono.

En suelos calizos vigile la clorosis férrica: hoja amarilla con los nervios todavía verdes, empezando por los brotes nuevos. Se corrige con quelato de hierro EDDHA, que es el único que se mantiene estable por encima de pH 7,5; los quelatos de tipo EDTA, más baratos, se degradan en suelo calizo y no llegan a la planta.

Poda y aclareo

La formación clásica es el vaso abierto de tres brazos, que ventila el interior y facilita la recolección. En parcelas pequeñas también funciona bien un eje central conducido en forma cónica, que ocupa menos y entra antes en producción.

Hay que saber dónde fructifica para no cortar la cosecha. El ciruelo japonés da fruta sobre ramilletes de mayo —esos dardos cortos, de pocos centímetros, con las yemas apretadas— y también sobre ramos mixtos de madera de un año. Los ramilletes son productivos de tres a cinco años y luego se agotan, así que la poda consiste sobre todo en renovar madera: quitar cada año una parte de las ramas viejas para forzar brotes nuevos que los repongan.

Sobre la época, aquí hay una costumbre que conviene abandonar. Podar los frutales de hueso en pleno invierno húmedo es abrir heridas justo cuando el árbol no cicatriza y los patógenos sí trabajan: Pseudomonas syringae, la monilia y el hongo del plateado (Chondrostereum purpureum) entran por esos cortes. Es mucho mejor podar en verde, tras la recolección o a finales de verano, con tiempo seco y sin lluvia prevista en los días siguientes. Las heridas de más de 3 o 4 cm merecen un sellado con pasta cicatrizante.

Y ahora lo que más cambia el resultado en un jardín particular: el aclareo de frutos. Este ciruelo cuaja muchísimo más de lo que puede alimentar. Si no se interviene, se cosecha una montaña de ciruelas pequeñas, ácidas y sin aroma, se rompen ramas por el peso y el árbol descansa al año siguiente. Cuando el fruto tiene el tamaño de una avellana, unas tres o cuatro semanas después de la floración, hay que retirar a mano dejando una ciruela cada 8 a 10 cm de rama. Cuesta hacerlo, porque parece que se está tirando cosecha, pero el calibre y el azúcar de lo que queda no tienen comparación.

Multiplicación

La vía normal es el injerto sobre patrón, porque el ciruelo japonés no arraiga bien de estaca y porque el patrón es lo que le permite adaptarse a suelos calizos, húmedos o salinos. Se practica de escudete a yema dormida entre agosto y septiembre, o de púa a finales de invierno, cuando la savia empieza a moverse pero la yema aún no ha brotado.

La semilla sirve para obtener patrones francos o para experimentar, nunca para reproducir una variedad: la descendencia no se parece a la madre. El hueso necesita estratificación en frío húmedo durante 8 a 12 semanas a unos 4 °C antes de germinar; sembrado directamente en primavera, no nace.

Recolección y conservación

Según variedad y zona, la campaña española va de finales de mayo a finales de septiembre. Las tempranas se recogen en Andalucía y Extremadura ya en mayo y junio; las tardías como 'Angeleno' llegan a septiembre.

La ciruela japonesa es un fruto climatérico: sigue ablandándose y desarrollando aroma después de cortada. Pero hay un matiz decisivo que la industria conoce y el aficionado suele ignorar: el azúcar ya no aumenta tras la recolección. Una ciruela cogida verde se pondrá blanda, pero seguirá siendo insípida. La señal a vigilar no es la piel, que colorea pronto, sino el color de fondo y la firmeza al presionar con el pulgar cerca del pedúnculo.

Para consumo inmediato, recolectar bien madura y en las horas frescas de la mañana. Para guardar, un punto antes. En frigorífico se conservan de dos a cuatro semanas, pero conviene saber que la ciruela sufre daño por frío a temperaturas intermedias: guardada varias semanas en torno a 5 °C desarrolla harinosidad y pardeamiento interno. O se consume en pocos días, o se almacena de verdad cerca de 0 °C.

Frutos maduros de Prunus salicina en el árbol

Plagas y enfermedades a tener en el radar

El pulgón harinoso (Hyalopterus pruni) coloniza el envés de las hojas en primavera y deja melaza y negrilla; el pulgón verde (Brachycaudus helichrysi) abarquilla los brotes tiernos. Se controlan mejor favoreciendo la fauna auxiliar y evitando el exceso de nitrógeno que a base de tratamientos.

El gusano de las ciruelas (Grapholita funebrana) perfora el fruto y lo hace caer; se detecta y controla con trampas de feromona. En variedades tardías, la mosca del Mediterráneo (Ceratitis capitata) puede arruinar la cosecha en agosto y septiembre. La monilia (Monilinia spp.) pudre el fruto en primaveras lluviosas y momifica los restos: retirar y destruir las momias del árbol y del suelo corta el ciclo del año siguiente.

Merece capítulo aparte la sharka o virus de la viruela del ciruelo (Plum pox virus), enfermedad de declaración obligatoria que ha obligado a arrancar plantaciones enteras en España. Se transmite por pulgones y, sobre todo, por material vegetal infectado. Contra ella no hay tratamiento: la única defensa real es comprar siempre planta certificada en vivero autorizado y desconfiar de los injertos de origen desconocido, por muy buena que sea la ciruela del vecino.

Usos: ornamental, culinario y algún mito por deshacer

Como ornamental tiene su mejor momento en la floración de febrero o marzo, cuando cubre de blanco la estructura desnuda antes de que casi nada más se mueva en el jardín, y un segundo momento en verano con la fruta coloreada colgando. Conviene deshacer aquí una confusión frecuente: los ciruelos de hoja púrpura que se plantan en calles y jardines no son Prunus salicina, sino cultivares de Prunus cerasifera, el mirobolán, del tipo 'Pissardii' o 'Nigra'. El japonés tiene la hoja verde y brillante.

En la cocina destaca en fresco, que es donde su carne jugosa luce más. Va bien en mermeladas y confituras, en tartas, en chutney con vinagre y especias, y macerada en licor. Lo que no admite es el secado: las ciruelas pasas se hacen con variedades europeas de alto contenido en azúcar, como 'd'Ente' o 'President', porque el fruto japonés lleva demasiada agua y fermenta antes de deshidratarse.

Y otro malentendido muy repetido: el umeboshi japonés, esa ciruela salada y encurtida de la cocina macrobiótica, no se elabora con Prunus salicina sino con Prunus mume, una especie distinta más próxima al albaricoquero.

En cuanto a lo medicinal, lo bien documentado es sencillo: la ciruela contiene sorbitol y fibra soluble, de ahí su conocido efecto laxante suave, y las variedades de piel oscura aportan antocianinas y una cantidad apreciable de potasio. Es un alimento interesante, no un remedio, y cualquier afirmación más ambiciosa que lea sobre ella conviene tomarla con distancia.

En resumen

El ciruelo japonés es un frutal agradecido para el clima mediterráneo español, siempre que se acierte en tres decisiones. La primera, plantar dos variedades compatibles, porque casi todas son autoincompatibles y un ejemplar solo florece mucho y produce poco. La segunda, evitar las zonas de heladas tardías, ya que el árbol resiste -18 °C en reposo pero su flor de febrero se pierde a -2 °C. La tercera, aclarar la fruta cuando tiene el tamaño de una avellana, dejando una cada 8 o 10 cm, que es lo que separa una ciruela grande y dulce de una cosecha abundante y mediocre.

Con eso, más un suelo drenado, patrón adecuado al terreno, riego constante en el engorde final y poda en verde en lugar de en pleno invierno, se tiene un árbol que empieza a producir al tercer o cuarto año y da fruta durante décadas.


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