La higuera tiene fama de árbol que no necesita nada, y en parte es cierto: sobrevive en ribazos, en grietas de muro y en secanos donde no prospera otro frutal. Pero sobrevivir y dar una buena cosecha no son lo mismo. Las higueras abandonadas dan higos pequeños, escasos y muchas veces agrietados o agrios. Conseguir fruta abundante, grande y realmente dulce depende de un puñado de decisiones concretas sobre poda, riego y momento de recolección, y de entender antes una cosa fundamental: en qué madera se forman los higos.

Brevas e higos: dos cosechas en maderas distintas

La higuera (Ficus carica) puede producir dos cosechas al año, y no son el mismo fruto en distinto momento:

Las brevas se forman sobre la madera del año anterior. Los primordios cuajan en otoño, pasan el invierno como bultitos del tamaño de un guisante en las ramas y engordan en primavera. Se recogen en junio y principios de julio. Son más grandes, algo menos dulces y más acuosas.

Los higos se forman sobre los brotes del año en curso, en las axilas de las hojas nuevas. Maduran de agosto a octubre, según variedad y zona. Son más pequeños y bastante más azucarados.

Esa diferencia es la que decide si en junio hay brevas o si el árbol se queda en blanco hasta agosto. Las variedades bíferas o breveras ('Cuello Dama Blanco', 'Cuello Dama Negro', 'Bordissot Negra', 'Napolitana' y muchas otras) dan las dos cosechas. Si en invierno se poda a fondo, cortando o despuntando las ramas del año anterior, se está tirando a la basura la cosecha entera de brevas sin saberlo. Todos los años hay quien poda su higuera en enero, se queda sin brevas en junio y culpa al tiempo.

Las variedades uníferas o higueras propiamente dichas solo dan la cosecha de agosto. En esas la poda invernal es mucho menos comprometida.

Lo primero, por tanto, es saber qué árbol se tiene. Si en febrero hay bolitas verdes pegadas a las ramas del año pasado, es brevera: no las cortes.

Higuera adulta con la copa cargada de hojas

Variedades y polinización: por qué casi nunca hay que preocuparse

Circula mucha información confusa sobre la polinización de la higuera, la avispita Blastophaga psenes y los cabrahigos. Conviene aclararlo porque genera angustias innecesarias.

La inmensa mayoría de las variedades cultivadas en España son de tipo común: son partenocárpicas, es decir, cuajan y maduran el fruto sin ninguna polinización. No necesitan otro árbol cerca, ni avispas, ni nada. Si tu higuera es de vivero y es una variedad conocida, casi con total seguridad es de este tipo.

Solo un grupo minoritario (las llamadas de tipo Esmirna, y la segunda cosecha de las de tipo San Pedro) necesita caprificación: recibir polen de un cabrahigo transportado por la avispa. Si tienes una de esas y no hay cabrahigos en el entorno, los frutos amarillean y caen sin engordar. Ese es el único caso en el que la caída masiva de higos verdes en julio se explica por polinización; en el resto, la caída se debe a sequía, exceso de agua o falta de luz.

Para plantar nuevo, algunas variedades españolas fiables y bien adaptadas: 'Cuello Dama Negro' y 'Cuello Dama Blanco' (Extremadura, excelentes en fresco y para secar), 'Colar de Elche' (Levante), 'Bordissot Negra' (Cataluña y Levante), 'Verdal', 'Calabacita' y 'Napolitana'.

Sol, suelo y plantación

El azúcar del higo se fabrica en la hoja con luz. Una higuera a media sombra, tapada por un muro o por un árbol mayor, dará higos aguados por mucho que se la abone. Pleno sol, todo el día, y espacio: una higuera adulta de vaso libre ocupa fácilmente 5 o 6 metros de diámetro.

El suelo le importa menos de lo que se cree. Tolera terrenos pedregosos, pobres y muy calizos, que es donde suele dar sus mejores frutos. Lo que no tolera es el encharcamiento: en suelo pesado y mal drenado la raíz se asfixia y aparecen podredumbres. Si tu terreno es arcilloso, plántala en caballón o en un ligero montículo.

Un detalle que sorprende a mucha gente: la higuera tiene un sistema radicular extenso y agresivo, muy superficial y capaz de levantar soleras y meterse en arquetas y saneamientos. No la plantes a menos de 5 o 6 metros de la casa, la piscina o la red de desagüe.

El momento de plantar es el reposo, de noviembre a febrero, evitando las heladas fuertes. Enraíza con enorme facilidad por estaca leñosa de un par de años clavada directamente en el suelo en invierno: es la forma tradicional de multiplicarla y funciona muy bien.

El riego: aquí se decide si el higo es dulce o insípido

Hay una creencia muy extendida de que a la higuera no se la riega nunca. Es una media verdad que arruina cosechas. La realidad tiene dos fases:

Durante el engorde del fruto (junio, julio y primera quincena de agosto) la higuera agradece el agua. Un árbol en sequía severa detiene el crecimiento del higo, lo deja pequeño y correoso y llega a tirar frutos y hojas. Un riego generoso cada 10 o 15 días en secano, o un goteo moderado, multiplica el calibre y la cantidad.

Durante el envero y la maduración, en cambio, hay que reducir el riego drásticamente. El agua abundante justo antes de recoger diluye los azúcares: se obtienen higos grandes, blandos y sosos. Además, un aporte brusco de agua tras un periodo seco es la causa directa del agrietado del fruto: la pulpa se hincha más deprisa de lo que la piel puede estirarse y la piel revienta. Por esas grietas y por el ostiolo entran mosca y hongos, y el higo fermenta y se agria en el árbol.

La pauta correcta, entonces, es riego regular mientras engorda y corte progresivo del agua cuando empiezan a cambiar de color. Regularidad, no abundancia: los picos de sequía seguidos de riegos torrenciales son lo peor para este árbol.

Abonado: cuidado con el nitrógeno

La higuera es de las especies frutales que peor responden al exceso de abono nitrogenado. Con nitrógeno de sobra el árbol se dedica a lo que mejor sabe hacer, que es echar madera: brotes de un metro y medio, hojas enormes, entrenudos larguísimos, sombra sobre sí misma y pocos higos, tardíos y sin azúcar. Además, la madera blanda y acuosa se hiela con más facilidad en invierno.

La pauta razonable:

Materia orgánica en invierno: una carretilla de estiércol bien hecho o compost maduro extendida bajo la copa, sin llegar al tronco, cada uno o dos años. Con eso basta en la mayoría de suelos.

Potasio en primavera: el potasio es el elemento ligado a la síntesis y acumulación de azúcares y al grosor de la piel. Un abono de fondo equilibrado con buena proporción de potasio, aplicado en marzo, se nota en el sabor. Las cenizas de leña, en pequeña cantidad y bien repartidas, son un aporte tradicional de potasio válido en suelos ácidos, pero no abuses en suelos calizos.

Nada de nitrógeno de verano ni de abonos de césped que puedan alcanzar el pie del árbol.

Poda: menos de lo que crees, y en el momento adecuado

La higuera es un árbol que se poda poco. Sus cortes cicatrizan mal, sangra un látex blanco irritante y las heridas grandes son puerta de entrada de hongos de madera. La regla es: cortes pequeños y frecuentes mejor que un desmoche cada diez años.

Formación en los primeros años: vaso abierto con tres o cuatro brazos bien repartidos y una altura de cruz baja, en torno a 60-80 cm, que facilite recolectar sin escalera. La copa de la higuera se maneja mejor ancha y baja que alta.

Poda de invierno, en enero o febrero, y siempre suave en las variedades breveras: quitar madera seca, ramas cruzadas, chupones verticales y todo lo que cierre el centro del árbol. La luz que entra en el interior de la copa se traduce directamente en higos más dulces en las ramas interiores. Insisto en lo dicho al principio: no despuntes las ramas del año anterior si quieres brevas.

Despunte de verano, la operación que más rendimiento da y que casi nadie hace. A finales de mayo o en junio, cuando los brotes del año llevan unas cinco o seis hojas, se les pincha o corta la punta con la uña. El brote deja de alargarse y la savia se reparte entre los higos que ya lleva en las axilas. El resultado son higos más gruesos y una maduración más adelantada y agrupada. En zonas de otoño temprano, este despunte es lo que permite que la cosecha llegue a madurar antes de las lluvias.

Hojas palmeadas de higuera a contraluz

Plagas y problemas que se llevan la cosecha

Mosca negra de la higuera (Silba adipata). Es la plaga más dañina en muchas zonas peninsulares. La hembra pone dentro del higo por el ostiolo, la larva se desarrolla en la pulpa y el fruto se pudre y cae verde. Se combate con trampas de mosquero con atrayente alimenticio colgadas desde principios de verano y, sobre todo, recogiendo y destruyendo todos los higos caídos: si se dejan en el suelo, se cierra el ciclo y el año siguiente la plaga es peor.

Mosca de la fruta (Ceratitis capitata). Ataca especialmente la cosecha tardía de septiembre. Mismo manejo de mosqueros y limpieza del suelo.

Roya de la higuera (Cerotelium fici). Manchas amarillo-anaranjadas en el envés que provocan una defoliación prematura en agosto y septiembre. Sin hojas no hay azúcar: los higos que quedan no llegan a madurar bien. Aparece con veranos húmedos o riego por aspersión sobre la copa. Riega siempre al pie, aclara la copa para que ventile y retira la hoja caída.

Pájaros y avispas. Cuando el higo está a punto, los mirlos y los estorninos lo saben antes que tú. En árboles pequeños compensa una malla; en grandes, la única defensa práctica es recolectar todos los días y no dejar fruta pasada en el árbol, que es lo que atrae a las avispas.

Heladas tardías. Una helada de abril quema los brotes tiernos y, con ellos, las brevas ya formadas. En zonas frías conviene elegir situaciones resguardadas, junto a un muro orientado al sur.

Cuándo y cómo recoger

Este apartado vale tanto como todos los anteriores juntos, porque el higo no acumula azúcar después de cortado. Lo que no ha fabricado el árbol no lo va a fabricar en el frutero. Un higo recogido verde se ablanda, pero se queda soso para siempre. Por eso el higo comprado en tienda casi nunca sabe a nada: se recoge duro para que aguante el transporte.

Señales de que está en su punto:

El cuello se dobla y el fruto cuelga hacia abajo en lugar de apuntar hacia fuera. Es la señal más fiable.

Cede a la presión suave de los dedos, con un tacto blando pero no fofo.

Aparecen pequeñas grietas finas en la piel, señal de plena madurez y no de defecto.

Asoma una gota de néctar en el ostiolo, el ojo del higo. Contra lo que mucha gente cree, esa gota no indica que esté pasado: es exactamente el momento óptimo.

Recoge a primera hora de la mañana, cuando la fruta está fresca y firme; los higos recogidos al mediodía en agosto llegan blandos a casa y se estropean en horas. Corta con un poco de pedúnculo y manipúlalos lo mínimo, porque el látex del rabillo irrita la piel de algunas personas y mancha la fruta. Pasa a diario por el árbol: la maduración es escalonada durante semanas y la fruta madura no espera.

Una higuera adulta produce mucho más de lo que se consume en fresco. El excedente aguanta apenas dos o tres días en frigorífico, así que lo sensato es secar al sol los higos de variedades adecuadas, o hacer mermelada. La fruta más dulce, la de finales de agosto y septiembre tras un verano seco, es la mejor para secar.

En resumen

Para conseguir una buena cosecha de higos, quédate con cinco ideas. Primero, identifica si tu higuera es brevera y no despuntes en invierno la madera del año anterior, o te quedarás sin brevas. Segundo, riega con regularidad mientras el fruto engorda y corta el agua en la maduración: el exceso de riego al final produce higos grandes, insípidos y agrietados. Tercero, modera el nitrógeno y apuesta por materia orgánica en invierno y potasio en primavera. Cuarto, despunta los brotes del año a las cinco o seis hojas a comienzos de verano: es la intervención con mejor relación esfuerzo-resultado que existe en este frutal. Y quinto, recoge en su punto exacto, con el cuello doblado y la gota de néctar asomando, porque el azúcar lo pone el árbol y ya no hay marcha atrás.

Añade a eso pleno sol, suelo con drenaje y disciplina para retirar del suelo todos los higos caídos y tendrás fruta grande y dulce durante buena parte del verano.


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