De todos los cítricos que se cultivan en España, el limero es el que menos espacio ocupa y el que más dudas genera. Ocupa poco porque rara vez pasa de cuatro o cinco metros, y en maceta se maneja perfectamente en dos. Genera dudas porque en castellano llamamos "lima" a frutos de tres especies distintas, con exigencias que no coinciden, y porque es el cítrico más sensible al frío de todos los que hay en el mercado. Ese último dato condiciona todo lo demás: dónde plantarlo, si va en suelo o en tiesto, y qué hacer en enero.
Qué lima tienes delante
Antes de comprar conviene saber qué se está comprando, porque la etiqueta del vivero suele poner solo "limero".
Citrus × aurantiifolia, la lima mexicana o key lime. Fruto pequeño, muy aromático, con semillas, piel fina y acidez alta. Árbol espinoso, de porte irregular, originario del sudeste asiático. Es la lima de referencia en gastronomía y también la más friolera del grupo.
Citrus × latifolia, la lima Persa o de Tahití. Fruto bastante mayor, sin semillas (es un triploide), menos aromático pero más productivo y de vida comercial más larga. Prácticamente inerme, con pocas o ninguna espina, y algo más resistente al frío que la mexicana. Para un jardín peninsular es, casi siempre, la elección sensata.
Citrus limetta, la lima dulce o limón dulce. Aquí hay que ser claro: no es una lima en el sentido culinario. El fruto es de piel amarillenta, zumo prácticamente sin acidez y sabor plano. Se planta a veces por error creyendo que dará limas verdes ácidas. Si lo que buscas es aromatizar un ceviche, esta no es tu especie.
Clima: dónde puede vivir en España
El limero es subtropical estricto. Vegeta bien entre 20 y 32 °C y detiene el crecimiento por debajo de 13 °C. El problema no es el frío moderado, sino el punto de daño: la lima mexicana sufre ya en torno a 0 °C, con quemaduras en hoja y muerte de brotes tiernos, y una helada de -2 °C puede llevarse el árbol entero. La Persa aguanta algo más, resistiendo puntualmente cerca de -2 °C sin daño grave, pero tampoco es un naranjo amargo.
Traducido a mapa: en la costa mediterránea desde Almería hasta la Marina Alta, en el litoral de Málaga y Granada y en Canarias, se planta en suelo con normalidad. En la costa de Valencia y Castellón, en zonas resguardadas y con muro orientado al sur, es viable con algún año malo. En Madrid, ambas Castillas, Aragón, el interior de Andalucía o el norte peninsular, plantarlo en suelo es tirar el dinero: hay que cultivarlo en maceta y meterlo a resguardo en invierno.
Ese resguardo no es el salón junto al radiador. Un limero invernado necesita un lugar muy luminoso y fresco, entre 8 y 14 °C: galería acristalada, porche cerrado, invernadero frío o una habitación sin calefacción con ventana grande. El aire seco y caliente de una casa provoca dos cosas seguras: caída masiva de hojas y una plaga de araña roja. Es el error más repetido con los cítricos de maceta.
Además del frío, cuidado con el viento. Los cítricos toleran mal la ventolera continua, que reseca hoja y marca los frutos. Un seto o un muro a barlovento mejora la producción más de lo que parece.
Suelo, sustrato y el problema del pie
El limero quiere suelo suelto, profundo y muy bien drenado, con pH ligeramente ácido a neutro, entre 5,5 y 7. En terrenos pesados y encharcadizos aparece la gomosis por Phytophthora, que es la enfermedad que más limeros mata en jardín particular.
Buena parte del suelo español es calizo, con pH por encima de 8, y ahí el limero clorosa: hojas amarillas con los nervios marcados en verde, por falta de hierro asimilable. La solución no pasa por acidificar el jardín entero, sino por dos medidas concretas. La primera es elegir bien el patrón: en suelos calizos y con algo de salinidad, Citrus macrophylla es el pie que mejor se comporta y el que usan de forma habitual los viveros de Murcia y Alicante para limonero y limero; el citrange Carrizo, muy extendido, sufre clorosis marcada en calizas fuertes. La segunda es corregir con quelato de hierro EDDHA, no con sulfato ferroso: por encima de pH 7 el sulfato se bloquea en pocos días y no sirve de nada, mientras que el EDDHA sigue siendo asimilable. Se aplica en riego a finales de invierno y, si hace falta, se repite en verano.
Al plantar, un detalle que ahorra disgustos: el punto de injerto debe quedar bien por encima del nivel del suelo, unos 15-20 cm, y jamás cubierto por tierra o acolchado. Un injerto enterrado se pudre o emite raíces de la variedad, perdiendo todo el efecto del patrón.
En maceta, elige un contenedor de al menos 40-50 litros para un árbol adulto y un sustrato que no sea turba pura: mezcla de sustrato para cítricos con un 30 % de material drenante (perlita gruesa, arena silícea lavada o corteza de pino). El trasplante se hace cada dos o tres años, en primavera, renovando el sustrato periférico.
Riego: constancia, no cantidad
El limero tiene raíces superficiales y poca capacidad para explorar en busca de agua. Necesita humedad constante y moderada, sin llegar nunca al encharcamiento. La regla de campo es sencilla: regar cuando los primeros 3-4 cm de suelo estén secos, y hacerlo a fondo.
En suelo, con riego por goteo, en el litoral mediterráneo suele bastar con dos o tres riegos semanales en verano y uno cada diez o quince días en invierno, siempre según lluvia. En maceta al sol, en julio y agosto, se riega a diario sin exagerar el volumen, y el plato se vacía siempre.
Lo que de verdad hace daño no es regar poco, sino regar de forma irregular. Un ciclo de sequía seguido de un riego copioso provoca caída de flor y fruto cuajado, y en frutos ya formados produce el rajado de la piel. Un acolchado orgánico de 5 cm, separado del tronco, estabiliza mucho la humedad y es de las mejores inversiones en un limero de jardín.
Un apunte sobre calidad de agua: los cítricos son sensibles a la salinidad y al cloruro. Si riegas con agua muy dura, evita los riegos ligeros y frecuentes que dejan sales acumuladas en superficie; mejor riegos amplios y espaciados que laven el bulbo.
Abonado
Es un frutal exigente y de hoja perenne, así que consume durante toda la temporada de crecimiento. Un abono específico de cítricos, con nitrógeno dominante y microelementos (hierro, manganeso, zinc), aplicado de marzo a septiembre, resuelve la mayoría de los casos.
Lo importante es fraccionar. Mejor dosis pequeñas cada dos o tres semanas en líquido, o dos o tres aplicaciones de granulado de liberación lenta repartidas en la temporada, que un aporte único y masivo en primavera. Y hay que parar en otoño: abonar en octubre estimula brotes tiernos que llegarán al invierno sin lignificar y serán lo primero que se queme con el primer frío.
El estiércol muy maduro o el compost, extendidos en superficie a finales de invierno, complementan bien y mejoran la estructura del suelo. Con materia orgánica fresca, en cambio, se corre el riesgo de quemar raíz superficial.
Poda
El limero se poda poco. Fructifica sobre brotes del año, así que una poda severa reduce la cosecha sin ganar nada. El trabajo anual, hecho a finales de invierno o principios de primavera, pasado el riesgo de heladas, consiste en:
Eliminar madera seca, ramas cruzadas y las que crecen hacia el interior, para airear la copa y que entre luz. Suprimir los chupones que salen por debajo del injerto, que son del patrón y no darán fruto, en cuanto aparezcan y aún tiernos. Rebajar las ramas verticales muy vigorosas, y despejar la falda inferior a unos 40 cm del suelo si el árbol está en tierra, para evitar que los frutos toquen el suelo y facilitar el paso.
Con el cultivo en maceta se puede recortar algo más para mantener el porte, siempre repartiendo los cortes y sin dejar la copa rala. Los troncos y ramas gruesas expuestas de golpe al sol pleno se queman: si haces un aclareo importante, conviene pintar la corteza descubierta con pasta blanca de cal.
Flor, cuajado y cosecha
El limero es reflorescente: florece a impulsos varias veces al año, con la floración principal en primavera y otras menores en verano y otoño si el clima acompaña. Por eso suele verse a la vez con flor, fruto cuajado y fruto listo. Es autofértil, no necesita otro árbol para cuajar.
Es normal que tras la floración caiga una parte importante de los frutos recién cuajados, en lo que los citricultores llaman la caída de junio. El árbol ajusta la carga a lo que puede mantener y no hay que intervenir, salvo asegurando la regularidad del riego.
Y llegamos a la confusión más extendida sobre esta especie: la lima se recolecta verde. No está inmadura por ser verde. Está en su punto cuando el fruto ha alcanzado tamaño, cede ligeramente a la presión y pesa en la mano, todavía con la piel verde intensa o apenas virando a verde claro. Si esperas a que amarillee, lo que tienes es un fruto pasado: pierde acidez, el aroma se aplana y la piel se vuelve más gruesa y menos jugosa. Mucha gente deja las limas en el árbol esperando un color que nunca llega en el momento adecuado y acaba cosechando fruta mediocre.
Se corta con tijera, dejando un trocito de pedúnculo, para no desgarrar la piel. Un árbol joven bien llevado empieza a producir a los dos o tres años del injerto.
Plagas y enfermedades habituales
Minador de los cítricos (Phyllocnistis citrella). Galerías plateadas y serpenteantes en las hojas nuevas de las brotaciones de verano y otoño. En árbol adulto es más aparatoso que grave; en plantón joven sí frena el desarrollo. Se controla evitando brotaciones tardías excesivas por exceso de nitrógeno y, si hace falta, con aceite de parafina.
Pulgón en brotes tiernos de primavera, que enrolla la hoja. Jabón potásico al atardecer, repitiendo a los pocos días.
Cotonet o cochinilla algodonosa (Planococcus citri) y otras cochinillas, en axilas y bajo el cáliz del fruto. Producen melaza y, tras ella, negrilla. Aceite parafínico o jabón potásico, insistiendo en el envés.
Mosca blanca algodonosa (Aleurothrixus floccosus), muy común en el levante. Suele estar bien controlada por su parasitoide natural, así que conviene no abusar de insecticidas de amplio espectro que se cargan a los auxiliares.
Araña roja, típica de ambientes secos y calurosos y de los ejemplares invernados en interior con calefacción. Punteado clorótico en la hoja. Subir la humedad ambiental y tratar con acaricida o azufre en condiciones frescas.
Gomosis (Phytophthora). Exudados de goma en el cuello y corteza que se agrieta. Es consecuencia de suelo encharcado, riego mojando el tronco o injerto enterrado. Se previene con drenaje y colocación correcta del árbol; una vez avanzada, es difícil de revertir.
Ojo también con la mosca de la fruta (Ceratitis capitata) en verano, aunque la piel de la lima le resulta menos apetecible que la del melocotón o el caqui.
Multiplicación
Lo habitual y lo recomendable es comprar planta injertada, porque el patrón resuelve la caliza, la salinidad y buena parte de los problemas de raíz. Dicho eso, hay dos alternativas legítimas.
El esqueje semileñoso en verano, con hormona de enraizamiento y ambiente húmedo, funciona en el limero mejor que en otros cítricos, igual que el acodo aéreo. Es opción razonable para cultivo en maceta con sustrato controlado, donde el patrón importa menos.
Y la semilla, con un matiz interesante: la lima mexicana es poliembriónica, es decir, la mayoría de las plántulas que salen de una semilla proceden de tejido de la madre y no de la fecundación, por lo que son clones y salen idénticas al árbol de origen. Es de los pocos frutales donde sembrar el hueso no es una lotería genética. Lo que sí ocurre es que la planta de semilla tarda bastantes años en fructificar y suele venir muy espinosa en su fase juvenil.
En resumen
Cuidar un limero se reduce a cinco decisiones bien tomadas. Elegir la especie adecuada: Citrus × latifolia si quieres margen frente al frío, Citrus × aurantiifolia si priorizas aroma y vives en la costa cálida. Situarlo a pleno sol y protegido del viento, en suelo drenante, con el injerto por encima de la tierra. Regar con constancia y sin encharcar, con acolchado. Abonar de marzo a septiembre con un específico de cítricos y corregir la clorosis con quelato EDDHA si tu suelo es calizo. Y podar poco, solo para airear.
Lo demás es no perder de vista los dos puntos donde casi todo el mundo falla: el invierno, que exige maceta y un lugar fresco y muy luminoso fuera del litoral cálido, y la cosecha, que se hace con el fruto verde. Con eso resuelto, un limero rinde limas casi todo el año en un espacio en el que no cabría ningún otro frutal.