Del hueso de una cereza no sale nunca un cerezo idéntico al que te comiste. Conviene saberlo antes de empezar, porque marca para qué sirve realmente sembrar semillas de Prunus avium y para qué no. El cerezo es una especie de polinización cruzada y muy heterocigota: cada semilla es un individuo nuevo, con vigor, porte, época de maduración y calidad de fruto propios. De un hueso de una variedad excelente pueden salir seis árboles mediocres y uno interesante.
Eso no invalida el ejercicio. Sembrar cerezos por semilla es la forma de obtener patrones francos sobre los que injertar después la variedad que quieras, de conseguir árboles muy vigorosos y bien anclados para una finca, y de criar ejemplares ornamentales por la floración, que sale espectacular salga lo que salga en el fruto. Lo que no se debe esperar es replicar un Picota del Jerte plantando su hueso.
De dónde sacar los huesos
La calidad de la semilla depende directamente de la madurez del fruto. Un hueso de cereza recogida verde o a medio pintar puede tener el embrión inmaduro y no germinar jamás. Busca cerezas de árbol, plenamente maduras, incluso pasadas, de junio a julio según la zona.
Las cerezas de supermercado sirven, aunque con matices. Suelen recolectarse algo antes de punto para aguantar el transporte y pasan semanas en cámara frigorífica, lo que no las estropea pero tampoco ayuda. Si puedes elegir, tira de fruta local madura: el Valle del Jerte, el valle de Caderechas, la Ribera del Duero o cualquier cerezo de un vecino te darán mejor material.
Mención aparte para el cerezo silvestre de bosque, que crece de manera espontánea en buena parte de la mitad norte. Sus frutos son pequeños y agrios, pero las semillas germinan con facilidad y dan plantas de un vigor notable, ideales como portainjerto.
Y un apunte útil para suelos calizos, que abundan en España: el franco de Prunus avium sufre bastante con la caliza activa y con la asfixia radicular. En terrenos con mucha cal, el patrón que se siembra tradicionalmente es el Santa Lucía, es decir Prunus mahaleb, mucho más tolerante a la caliza y a la sequía, y que se multiplica por semilla con el mismo procedimiento que describo aquí.
Limpiar el hueso, sin atajos
La pulpa que queda pegada al hueso contiene inhibidores de la germinación y es alimento directo para los hongos durante los meses de frío que vienen después. Limpiarla bien no es cuestión de estética.
Come o despulpa las cerezas y frota los huesos bajo el grifo con un estropajo suave o entre los dedos hasta que la superficie quede áspera y clara, sin restos rojizos ni resbaladizos. Si tienes muchos, déjalos doce horas en agua y luego frótalos: sale mucho mejor. Un enjuague final y a escurrir.
Después, oreo a la sombra sobre papel durante uno o dos días, lo justo para que no queden mojados. Nunca al sol directo ni sobre un radiador: la desecación fuerte mata el embrión. Este es un punto donde se pierden muchas semillas por exceso de celo.
Aprovecha para descartar. Los huesos rotos, agujereados o llamativamente ligeros no valen. La prueba del vaso de agua da una orientación razonable —los que flotan suelen estar vanos—, aunque no es infalible y por sí sola no debe decidirlo todo.
El frío es obligatorio: la estratificación
Aquí está el nudo de todo el proceso. La semilla de cerezo tiene latencia fisiológica del embrión: aunque le des humedad y calor, no germina hasta haber acumulado un periodo largo de frío húmedo. Es el mecanismo que impide que un hueso caído en julio brote en agosto y muera en la primera helada.
Se necesitan entre 90 y 120 días a una temperatura de 2 a 5 grados, con la semilla húmeda todo ese tiempo. Frío húmedo, insisto: un hueso guardado seco en un cajón durante todo el invierno no ha estratificado nada, aunque haya pasado frío.
Hay dos caminos y los dos funcionan.
Estratificación natural, al aire libre
Es el método más cómodo si vives en la meseta, en el norte o en zona de montaña. En octubre o noviembre siembras los huesos en una maceta honda con sustrato, la cubres con una malla metálica fina para que ratones y pájaros no den cuenta de ella, y la dejas en un rincón resguardado del jardín, a la sombra y expuesta a la intemperie.
El invierno hace el trabajo. La única obligación es que el sustrato no llegue a secarse en ningún momento. Las plántulas emergen entre marzo y abril, cuando les toca.
El método falla en el litoral mediterráneo, en Canarias y en buena parte de Andalucía occidental, donde el invierno no baja lo suficiente ni durante el tiempo necesario. Ahí la nevera es la única opción fiable.
Estratificación en nevera, paso a paso
Es el método controlado y el que permite calcular la fecha de siembra. Empieza en noviembre o diciembre para sembrar en marzo.
El recipiente. Un táper con tapa o una bolsa de cierre hermético. Hazle tres o cuatro agujeros pequeños con una aguja caliente: la semilla respira y necesita algo de intercambio de aire, y sin él aumenta muchísimo el riesgo de podredumbre.
El sustrato. Vermiculita, perlita, fibra de coco, turba rubia o arena lavada. Cualquiera vale mientras retenga humedad sin encharcar. Humedécelo y luego escúrrelo apretándolo con la mano hasta que no suelte agua: ese es el punto correcto. El error clásico de este paso es el exceso de agua, que asfixia y pudre.
El montaje. Una capa de sustrato, los huesos separados entre sí sin tocarse, otra capa por encima. Etiqueta con la variedad y la fecha, que en tres meses no te vas a acordar.
La nevera. El cajón de las verduras, que ronda los 4 grados. Nunca el congelador: por debajo de cero se destruye el embrión. Y lejos de manzanas, peras o plátanos, porque el etileno que desprenden interfiere en el proceso.
La vigilancia. Abre cada dos semanas para airear y comprobar. Si aparece moho, saca esa semilla, lávala y devuélvela; si el sustrato se ha secado, pulveriza un poco. Un tratamiento preventivo con fungicida de cobre a dosis baja en el momento del montaje ahorra disgustos cuando estratificas cantidades grandes.
Hacia el tercer mes verás que algunos huesos se abren y asoma una raíz blanca dentro de la propia nevera. Es señal de éxito, no de problema, pero hay que sembrarlos de inmediato: si esa raicilla crece y se dobla dentro del táper, el árbol arrastrará el defecto.
¿Hay que romper el hueso?
Circula bastante el consejo de cascar el endocarpo con un alicate o una piedra para acelerar la germinación. Es cierto que la cubierta leñosa del cerezo es dura y opone resistencia mecánica, y que abrirla adelanta la nascencia.
También es cierto que la operación destroza buena parte de las semillas si no tienes práctica: basta una presión de más para machacar el embrión. Con la estratificación bien hecha, el hueso se abre solo. Si aun así quieres intervenir, la vía prudente es lijar suavemente un extremo del hueso o presionarlo con un cascanueces solo hasta oír el primer crujido, sin llegar a partirlo.
La siembra
El recipiente importa más de lo que parece. El cerezo desarrolla una raíz pivotante potente desde el principio. Un semillero plano o un vaso de yogur la obligan a enroscarse y el árbol nunca se recupera del todo de ese arranque. Usa macetas hondas de al menos 20 centímetros de profundidad o, mejor todavía, contenedores forestales con estrías antiespiralantes.
Sustrato ligero y drenante: turba o fibra de coco mezclada con perlita a partes iguales, o un sustrato universal aligerado con un tercio de arena.
Profundidad, de 2 a 3 centímetros. Más hondo retrasa la emergencia y agota la reserva de la semilla; más superficial expone la raíz a secarse.
Ubicación, en exterior protegido, invernadero frío o junto a una pared orientada al este. La germinación va bien entre 15 y 20 grados. Nada de meter la maceta en casa junto a un radiador: el calor excesivo puede inducir una segunda latencia y dejarte esperando meses.
Humedad constante pero sin charco. Riega por debajo, poniendo la maceta en un plato con agua un rato, para no desenterrar las semillas.
La nascencia llega entre dos y seis semanas después de la siembra. Es normal que sea escalonada y que algunos huesos tarden más; no tires la maceta hasta pasados un par de meses.
Cuidados del primer año
La plántula sale con dos cotiledones y enseguida emite las primeras hojas verdaderas, dentadas y ya reconocibles. Durante ese primer verano necesita media sombra en las horas centrales, sobre todo en el centro y sur peninsular, y riegos frecuentes: en maceta pequeña el cepellón se seca en un día de julio.
Empieza a abonar con un fertilizante equilibrado y muy diluido cuando tenga cuatro o cinco hojas verdaderas, cada quince días y hasta finales de agosto. A partir de septiembre, corta el abonado: los brotes tiernos de otoño no lignifican a tiempo y se hielan.
Vigila el pulgón negro del cerezo (Myzus cerasi), que ataca con saña las puntas tiernas y las enrolla. En un puñado de plantas se controla con jabón potásico repetido cada pocos días.
El trasplante a maceta mayor o a suelo definitivo se hace en otoño, con la planta ya sin hojas, tratando la raíz pivotante con cuidado extremo. Si el plan es injertar, la planta suele alcanzar el grosor de un lápiz al segundo año, que es el momento de hacerlo, en primavera de escudete o de púa.
Qué esperar del árbol resultante
Un cerezo de semilla sin injertar tarda entre 6 y 10 años en dar fruto, frente a los 3 o 4 de un árbol injertado de vivero. Y el fruto será una lotería en tamaño, dulzor y firmeza.
Dos condicionantes más, que conviene tener claros antes de dedicar diez años a esto. El primero es que el cerezo dulce es en general autoincompatible: necesita otro cerezo compatible cerca para cuajar, así que un ejemplar aislado puede florecer espléndidamente y no dar una sola cereza. El segundo es que la especie exige un buen número de horas de frío invernal, del orden de 700 a 1.200 según el material genético; en el litoral mediterráneo cálido y en el sur costero la floración sale irregular y la cosecha, pobre.
Por eso el destino más razonable de una siembra de cerezo es el portainjerto o el árbol ornamental. Si lo que quieres es comer cerezas de una variedad concreta, la vía es el injerto sobre uno de esos francos, o directamente un árbol de vivero.
En resumen
Multiplicar el cerezo por semillas es un proceso largo pero muy poco exigente en técnica. Se resume en cuatro puntos: huesos de fruta bien madura, limpieza total de la pulpa, tres o cuatro meses de frío húmedo entre 2 y 5 grados —en la nevera desde noviembre, o al aire libre durante el invierno si vives en zona fría— y siembra en marzo a dos o tres centímetros en un contenedor hondo que respete la raíz pivotante.
Los fallos que más se repiten son secar las semillas al sol, saltarse la estratificación, encharcar el sustrato del táper y sembrar en recipientes bajos. Y el más importante de todos, que no es técnico: esperar que del hueso salga la misma cereza. Sale un cerezo nuevo, y ese árbol vale sobre todo como patrón para injertar encima la variedad que de verdad quieres.