En el olivar se dice desde hace generaciones que una copa está bien podada cuando un pájaro puede atravesarla en vuelo sin rozar una sola hoja. La frase suena a exageración de labrador, pero describe con exactitud el problema que resuelve la poda del olivo: Olea europaea solo fructifica donde llega la luz, y un árbol cerrado acaba con una corteza verde por fuera y un interior de ramas ciegas que no producen nada.

Olivo adulto con la copa abierta en un olivar

La regla que decide todos los cortes

Antes de tocar nada hay que tener clara una cosa: el olivo florece y fructifica sobre los ramos que crecieron el año anterior. En las yemas axilares de esa madera de un año se diferencian, a finales de invierno, las inflorescencias que darán la aceituna del verano siguiente.

De ahí salen dos consecuencias que gobiernan toda la poda:

Quien elimina toda la madera joven, elimina la cosecha. El error de rebajar el árbol dejando solo el esqueleto viejo se paga con un año en blanco.

Un ramo que ya ha dado aceituna no vuelve a darla. El olivo necesita renovar continuamente ese material, y por eso la poda no es solo abrir hueco: es forzar la salida de brotes nuevos que serán los productores del año siguiente.

Ahí está también la explicación de la vecería, esa alternancia de un año de cosecha abundante y otro casi vacío. En el año de carga, el árbol vuelca sus recursos en llenar la aceituna y crece poco, así que apenas deja madera joven para el año siguiente. Una poda anual moderada, que retire algo de carga en el año fuerte y estimule brotación, suaviza mucho ese vaivén sin llegar a eliminarlo.

Cuándo se poda

La ventana buena en la península va, a grandes rasgos, de febrero a abril: cuando ya ha pasado el riesgo de heladas fuertes y antes de que arranque la floración, que en la península suele caer en mayo.

El motivo de esperar al final del invierno es concreto. La poda estimula la brotación, y un brote tierno empujando en pleno enero es material muerto a la primera helada seria. En la campiña andaluza o en el Levante se puede adelantar a enero sin problema; en el interior de Castilla, en Aragón o en zonas altas de Extremadura conviene no tener prisa y dejarlo para marzo.

Dos precisiones más:

Nunca con el árbol mojado ni con lluvia inminente. La tuberculosis del olivo (Pseudomonas savastanoi) entra por las heridas, y el agua es su vehículo. Podar en día seco es una de las medidas preventivas más eficaces y más baratas que existen.

Nada de podar en floración o en cuaje. Entre mayo y junio el árbol está en el momento fisiológico más delicado del año. Cualquier intervención fuerte en ese periodo se traduce directamente en aceituna caída.

En olivar tradicional lo habitual no es podar todos los años, sino cada dos, alternando y aprovechando el año de descarga. En un árbol de jardín o en una pequeña plantación familiar, una revisión anual ligera funciona mejor que una poda severa bienal.

Poda de formación: los primeros cuatro años

Con un olivo joven la tentación es empezar a darle forma cuanto antes. Es un error: cada hoja que se quita a un árbol en formación retrasa su entrada en producción. La regla es podar lo mínimo imprescindible para definir la estructura y dejar que el resto de la copa trabaje.

El esquema clásico es el vaso de tres patas, que sigue siendo el más razonable para un olivo de secano o de jardín:

Años 1 y 2. Se conduce un solo tronco guiado con un tutor y se van eliminando los brotes que salen de la parte baja, dejando las hojas del tronco durante el primer año porque engordan la base. No se toca la guía.

Año 3. Cuando el tronco alcanza entre 80 cm y 1,20 m según lo que se quiera de altura de cruz, se despunta y se seleccionan tres ramas principales bien repartidas alrededor del tronco, separadas unos 15-20 cm en altura entre ellas para que ninguna domine, y con un ángulo de salida abierto. Las ramas que nacen muy cerradas contra el tronco acaban desgajándose con el peso de la cosecha.

Año 4 en adelante. Se dejan crecer esas tres patas y se suprime solo lo que compita directamente con ellas o cierre el centro. La copa se abre sola.

Un olivo formado así entra en producción hacia el cuarto o quinto año y permite recolectar cómodamente desde el suelo.

Poda de producción en el árbol adulto

En un olivo ya formado la poda anual persigue tres cosas: luz en el interior, renovación de madera joven y una copa que no se vaya hacia arriba.

Aclarar el centro. Se retiran las ramas que crecen hacia dentro, las que se cruzan y las que se solapan a la misma altura. El objetivo es esa copa atravesable del dicho, no un árbol pelado: el olivo necesita hoja, y una insolación excesiva sobre ramas gruesas que llevaban años a la sombra provoca quemaduras en la corteza.

Renovar. Se suprimen los ramos agotados, los que ya han fructificado y están colgantes y pelados, cortando por encima de un brote joven bien orientado, que tomará el relevo.

Contener la altura. Rebajar las ramas terminales sobre una lateral bien dirigida, en lugar de cortarlas a media longitud sin más, evita el bosque de brotes verticales que produce el corte ciego.

El límite prudente es no retirar más de un 25-30 % de la copa en una sola campaña. Por encima de eso el árbol reacciona con una explosión de brotación vertical improductiva y tarda dos o tres años en recuperar el equilibrio.

Chupones, varetas y brotes de la base

El olivo emite brotes vigorosos con enorme facilidad, y distinguirlos es parte del oficio.

Los brotes del pie —llamados mamones o hijuelos según la zona— nacen de la base del tronco o directamente de la cepa, crecen a costa del árbol y no producen. Se eliminan siempre, y a ras de su punto de inserción, no dejando un tocón del que rebroten tres. Si el olivo está injertado, además, lo que sale de debajo del injerto no es la variedad.

Los chupones son esos brotes verticales, gruesos y de entrenudos largos que aparecen dentro de la copa, sobre todo tras una poda fuerte. Como norma se quitan, porque roban vigor y cierran el árbol. Con una excepción útil: un chupón bien situado en una zona desnuda de la copa puede reconducirse y convertirse en rama productiva en dos o tres años, y en un árbol que ha perdido una pata es la manera de reponerla.

Rejuvenecer un olivo viejo o abandonado

Pocas especies aguantan lo que aguanta el olivo. Su capacidad de rebrotar desde yemas adventicias en madera vieja, e incluso desde la cepa después de un incendio, hace que una poda de renovación drástica sea una opción real y no un experimento.

En un ejemplar abandonado, alto y con la producción escapada a la punta, se trabaja así: se rebajan las ramas principales sobre madera de varios años, buscando siempre una derivación lateral viva donde apoyar el corte, y se hace escalonado en dos o tres campañas en lugar de todo a la vez. Se rebaja una pata cada año y se dejan las otras trabajando, de forma que el árbol nunca se queda sin follaje que alimente las raíces.

El verano siguiente a un corte fuerte aparecerá una nube de brotes en la zona del corte. Ese es el momento decisivo: en junio o julio se seleccionan dos o tres brotes bien orientados por cada corte y se elimina el resto con la mano, cuando aún son tiernos. Si se deja que crezcan todos, en tres años se tiene una maraña peor que la de partida.

Los cortes grandes hay que hacerlos con cabeza: respetando el rodete de la base de la rama, sin apurar a ras del tronco y sin dejar muñones. Ese anillo de tejido es lo que compartimenta la herida y la cierra.

El olivo ornamental de jardín

Un olivo plantado como árbol ornamental se poda con criterios distintos, porque la aceituna deja de ser el objetivo. Aquí interesa la silueta, el porte del tronco y que no se convierta en un problema.

Basta con una intervención ligera al final del invierno: retirar madera seca, quitar los brotes del pie, aclarar lo justo para que se vea la estructura de las ramas y contener el volumen. Un olivo ornamental soporta perfectamente que se le mantenga a una altura fija durante décadas.

Si molesta la aceituna que cae sobre el pavimento, la solución no es podar en verano —eso no evita nada, porque el fruto ya está cuajado— sino aclarar bien en invierno para reducir la madera fructífera y, si el problema es serio, elegir de entrada una selección ornamental de fruto escaso en lugar de una variedad de almazara.

Mención aparte merecen los olivos centenarios trasplantados que se venden para jardín. Llegan con las ramas cortadas a puño y el trabajo de los tres primeros años consiste, precisamente, en seleccionar entre los cientos de brotes que emiten los tocones cuáles se quedan para construir la nueva copa. Sin esa selección, el árbol se convierte en un matorral sobre un tronco bonito.

El olivo como bonsái

Bonsái de olivo silvestre o acebuche

El acebuche, Olea europaea var. sylvestris, es una de las especies mediterráneas con las que más cómodo se trabaja en bonsái, y por el mismo motivo que permite las podas brutales en el campo: brota sin quejarse sobre madera vieja, con lo que se pueden reconstruir ramas donde uno quiera.

Poda estructural. A finales de invierno o principios de primavera, antes de que arranque el crecimiento, se hacen los cortes gruesos: eliminar ramas mal situadas, definir la silueta, trabajar la madera muerta si se busca ese efecto. El olivo cicatriza despacio en cortes grandes, así que conviene hacerlos cóncavos y sellar con pasta de corte.

Pinzado. Durante la primavera y el otoño, cuando un brote ha sacado cinco o seis pares de hojas, se recorta dejando dos pares. Es lo que va creando la ramificación fina que da la sensación de árbol viejo.

Defoliación. En ejemplares ya desarrollados, sanos y bien enraizados, quitar la hoja en junio provoca una brotación nueva de hoja notablemente más pequeña y equilibra el vigor entre zonas. No se hace en árboles recién trasplantados ni débiles, y no todos los años.

Alambrado. Se puede alambrar prácticamente todo el año, pero hay que vigilarlo: la rama de olivo engorda rápido en primavera y el alambre se clava y deja marca permanente en una corteza que tarda mucho en disimularla.

Como planta de bonsái quiere pleno sol, sustrato muy drenante y riegos regulares; es la sequedad radicular repetida, no la poda, lo que suele matar estos ejemplares.

Herramienta, higiene y heridas

Para ramas de hasta 2 cm, tijera de dos manos de buen corte; por encima, serrucho de poda de hoja curva; y motosierra solo para los cortes gruesos de renovación. La madera de olivo es densa y desafila con rapidez, así que el filo se repasa a menudo.

La higiene no es un detalle menor en esta especie. Desinfectar la herramienta entre árbol y árbol con alcohol o lejía diluida frena la transmisión de la tuberculosis del olivo, que se propaga sobre todo así. Y en zonas con Verticillium dahliae presente hay dos precauciones concretas: podar los árboles con síntomas los últimos, y no triturar su madera para dejarla como acolchado en la parcela, porque eso siembra el hongo en el suelo.

Un tratamiento con caldo bordelés u otro cúprico después de la poda protege las heridas recientes y, de paso, reduce el inóculo de repilo (Venturia oleaginea), la enfermedad que provoca esas manchas circulares en la hoja y la defoliación de la parte baja del árbol.

Los cortes limpios no necesitan sellado en el olivo de campo. Las masillas cicatrizantes tradicionales han caído en desuso porque retienen humedad bajo la capa impermeable y entorpecen la compartimentación natural del árbol.

Errores frecuentes

El desmoche anual. Cortar todas las ramas por el mismo sitio, año tras año, produce un árbol de cabeza abultada, chupones a cientos y una cosecha ridícula. La poda se hace rama por rama, no a una altura fija.

Podar fuerte un árbol joven. Un olivo de tres años que se poda como si fuera adulto retrasa la producción varias campañas.

Podar helado o con lluvia. Herida abierta más humedad es la fórmula de la infección.

Dejar muñones. El tocón sin yemas no cicatriza: se seca, se pudre y abre camino hacia el interior de la rama.

Confundir aclarar con vaciar. Un olivo al que se le quita todo el interior queda expuesto al sol de julio en corteza que nunca lo había visto, y se quema.

Olvidarse de los brotes de verano. Después de una poda importante, seleccionar la brotación en junio ahorra la mitad del trabajo del invierno siguiente.

En resumen

Podar un olivo consiste en meter luz en la copa y renovar continuamente la madera de un año, que es la única que da aceituna. El momento va de febrero a abril, pasadas las heladas fuertes y antes de la floración, siempre en día seco y con la herramienta desinfectada. En árbol joven, la mínima poda posible para formar un vaso de tres ramas bien repartidas. En árbol adulto, aclareo del centro, sustitución de los ramos agotados y control de la altura, sin pasar de un cuarto de la copa por campaña. En árbol viejo o abandonado, renovación escalonada en dos o tres años y selección de los brotes en el verano siguiente al corte. Y en jardín u ornamental, poda ligera de invierno para mantener la silueta. El olivo perdona casi cualquier corte, pero no perdona que se le quite el mismo año toda la madera joven.


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