Poda a fondo una higuera en enero y ese año te quedarás sin brevas. No es mala suerte ni falta de abono: las brevas ya estaban ahí, en forma de bolitas verdes del tamaño de un guisante, agarradas a las puntas de las ramas que acabas de tirar al montón. Entender dónde se forma cada cosecha es el paso previo a coger la tijera, porque en la higuera (Ficus carica) la fructificación va por dos vías distintas y la poda las afecta de manera opuesta.

Dos cosechas, dos maderas

La higuera puede dar dos producciones al año:

Las brevas se forman a finales del verano anterior sobre los brotes de ese año, pasan el invierno en estado latente como pequeños frutos ya visibles en el extremo de las ramas, y maduran en junio y primeros de julio. Es decir: la breva nace sobre madera del año anterior y está en el árbol desde antes de que llegue el invierno.

Los higos se forman en primavera en las axilas de las hojas de los brotes nuevos y maduran de agosto a octubre. Nacen, por tanto, sobre madera del año en curso.

Las variedades que dan las dos cosechas se llaman bíferas o breveras —el caso de 'Cuello Dama Blanco', 'Napolitana' o 'San Antonio'—, y las que solo dan higos son uníferas, como la mayor parte de las higueras de secano de Extremadura y Andalucía destinadas a higo seco.

De aquí sale la regla que gobierna todo lo demás: cuanto más cortes en invierno, menos brevas y más higos. Si tu higuera es brevera y las brevas son lo que te interesa, la poda de invierno tiene que ser ligera y respetar los extremos de las ramas del año anterior. Si es unífera, o si prefieres una cosecha grande de higos en agosto, puedes cortar con mucha más libertad.

Higuera con higos madurando entre las hojas

Cuándo podar

La poda de invierno se hace con el árbol sin hojas y, en la higuera, lo más tarde posible dentro del reposo: de finales de febrero a mediados de marzo en la Península, y algo antes en el litoral mediterráneo y el valle del Guadalquivir. En zonas frías de interior o de montaña, esperar a marzo.

El motivo de retrasarla es concreto. La higuera es un frutal de origen mediterráneo con madera blanda y esponjosa, mala cicatrizante, y sensible al frío en los tejidos recién cortados. Una herida abierta en diciembre pasa dos o tres meses expuesta a la lluvia y a las heladas antes de que el árbol tenga actividad suficiente para empezar a cerrarla. Cortada a finales de febrero, la cicatrización arranca en pocas semanas.

Nunca se poda en otoño ni con heladas fuertes anunciadas. Y tampoco en pleno verano con calor extremo: la madera queda expuesta al sol y se quema.

Hay una segunda intervención, mucho más ligera, en junio: el despunte de brotes verdes, que tiene su propio apartado más abajo.

Poda de formación: los primeros años

La forma clásica de la higuera es el vaso bajo, y hay una razón práctica detrás: el higo se recoge a mano, uno a uno, en varias pasadas a lo largo de semanas, y madura de forma escalonada. Un árbol de seis metros convierte la recolección en un problema de escaleras y de fruta que se pierde. La altura objetivo razonable en jardín es de 2,5 a 3 metros.

Año de plantación. Se corta el plantón a 60-80 cm del suelo, sobre una yema. Parece brutal en una planta de vivero de metro y medio, pero es lo que fuerza la ramificación baja. Sin ese corte, la higuera tiende a irse hacia arriba con un solo eje.

Segundo invierno. De los brotes que hayan salido se seleccionan tres o cuatro bien repartidos alrededor del tronco, formando entre ellos ángulos amplios, y se eliminan el resto. Se acortan a la mitad los elegidos para que a su vez ramifiquen.

Tercer y cuarto invierno. Sobre cada brazo se dejan dos ramas secundarias, y se sigue eliminando lo que crece hacia el interior del vaso. El objetivo es un centro hueco por el que entren luz y aire, porque el higo necesita insolación directa para madurar con azúcar y porque un interior cerrado y húmedo favorece las podredumbres del fruto.

La alternativa tradicional en secano es dejarla crecer en mata, con varios troncos desde el suelo, que es la tendencia natural de la especie. Es una forma perfectamente válida, más rústica y con menos trabajo, aunque se aprovecha peor el espacio y la recolección es algo más incómoda.

La poda del árbol adulto

Con la estructura hecha, el mantenimiento anual es sorprendentemente poco: la higuera es un frutal que produce bien con intervención mínima. El trabajo se limita a cuatro cosas.

Retirar madera muerta, rota o enferma. Especialmente ramas con corteza hundida, ennegrecida o con exudados, porque la higuera es propensa a chancros y a podredumbres de madera. Se corta hasta encontrar tejido sano y blanco.

Eliminar lo que se cruza y lo que crece hacia dentro. Las ramas que atraviesan el centro del vaso o rozan con otras.

Aclarar donde haya exceso de densidad. Si dos ramas nacen juntas y compiten, se quita la peor colocada. Aclarar es siempre mejor que recortar: al suprimir una rama entera desde su base no se estimula rebrote descontrolado, mientras que acortar muchas ramas por la mitad provoca una respuesta de brotación desordenada.

Contener la altura y la anchura. Rebajando sobre una ramificación lateral orientada hacia fuera, no cortando en el aire.

Sobre el calibre de los cortes, un límite que conviene respetar: la higuera cierra mal las heridas grandes. Por encima de 7 u 8 cm de diámetro, el corte tarda años en cicatrizar y con frecuencia la madera se pudre hacia el interior antes de que el callo lo cubra. De ahí que sea mucho mejor podar poco cada año que dar un tijeretazo cada cinco. Cuando un corte grueso sea inevitable, se hace a finales de invierno, con la sierra bien afilada, dejando el corte ligeramente inclinado para que el agua escurra y no se estanque sobre la sección.

El despunte de verano

Es la operación que más rendimiento da por minuto invertido y también la que más se olvida. En junio, cuando los brotes del año llevan cinco o seis hojas, se pellizca con los dedos el extremo tierno del brote.

El efecto es doble. Se frena el crecimiento en longitud y esa energía se redirige a los higos que ya están cuajando en las axilas de esas hojas, que engordan más y maduran antes. Y se induce ramificación lateral, madera que el año siguiente llevará brevas si la variedad es brevera.

Se hace con la mano, sin herramienta, y solo en los brotes vigorosos que se están yendo. No hay que despuntar todo el árbol.

Chupones y rebrotes de raíz

La higuera rebrota con insistencia desde el cuello y desde raíces superficiales, a veces a varios metros del tronco. Esos rebrotes chupan agua y nutrientes y, si se dejan, la higuera se convierte en una mata impenetrable.

Se eliminan en primavera o principios de verano, cuando aún están tiernos, y aquí hay un detalle que marca la diferencia: es preferible arrancarlos de un tirón desde su punto de inserción antes que cortarlos con tijera. El desgarro se lleva las yemas latentes de la base, mientras que el corte limpio deja esas yemas intactas y de cada rebrote cortado salen tres nuevos. Con guantes y un movimiento seco hacia abajo.

Los chupones verticales que salen del interior de las ramas viejas, muy vigorosos y sin fruto, se retiran también, salvo que interese uno concreto para reemplazar una rama vieja: en ese caso se deja y se va formando.

Higuera adulta con la copa formada en el jardín

Recuperar una higuera vieja o desmandada

El caso típico: una higuera heredada con la casa, de cinco o seis metros, con el interior seco, la fruta imposible de alcanzar y ramas apoyadas en el tejado. Sí se puede reconducir, porque la higuera rebrota de madera vieja con facilidad, pero conviene hacerlo en dos o tres inviernos y no de una vez.

El reparto sería: el primer año se rebajan las ramas más altas y peor situadas, sin superar un tercio del volumen total; el segundo año se hace lo propio con otro tercio y se aclaran los brotes que hayan salido de los cortes del año anterior, dejando uno o dos por herida y los mejor orientados; el tercero se termina de definir la copa.

Escalonarlo tiene dos ventajas. El árbol no se queda sin superficie foliar de golpe, lo que evitaría un desequilibrio grave entre raíz y copa, y se producen menos cortes gruesos simultáneos, que son la principal vía de entrada de podredumbre en esta especie.

La opción radical —cortar el árbol a 40 cm del suelo y dejar que rebrote desde la cepa— funciona en la higuera, es una práctica antigua en secano y da un árbol nuevo. Pero se pierden tres o cuatro cosechas y el resultado es una mata de troncos múltiples, no un vaso. Se reserva para árboles ya irrecuperables.

El látex: una precaución real

Al cortar, la higuera suelta un látex blanco espeso. Que gotee no es señal de enfermedad ni indica que el árbol se esté "desangrando": es normal y cesa solo.

Lo que sí importa es que ese látex contiene furocumarinas, compuestos fotosensibilizantes. En contacto con la piel y expuestos después al sol producen fitofotodermatitis: quemaduras con enrojecimiento, ampollas y manchas oscuras que tardan semanas o meses en desaparecer. Es un problema frecuente y evitable.

Poda con guantes y manga larga, evita tocarte la cara y, si te salpica, lava la zona con agua y jabón y mantenla cubierta el resto del día. Lo mismo vale para la savia de las hojas al recolectar en verano.

Errores frecuentes

Podar en exceso "porque toca". La higuera no necesita la poda anual intensa de un melocotonero. Cortar mucho fuerza brotación vegetativa vigorosa, madera acuosa y poco fruto, y encima elimina las brevas.

Desmochar. Cortar todas las ramas a la misma altura, a lo bruto, deja tocones que no cicatrizan y provoca un bosque de chupones verticales. El año siguiente el árbol está peor que antes.

Dejar muñones. El trozo de rama que queda por encima de la última yema o del último lateral se seca y se convierte en la puerta por la que entra la podredumbre. Se corta junto al cuello de la rama, sin arrasarlo.

Pintar las heridas con cualquier cosa. Los mástics tradicionales aplicados sobre madera húmeda encierran la humedad y a menudo empeoran el problema. Un corte limpio, inclinado y hecho en la época correcta se defiende mejor solo.

Culpar a la poda de la caída de frutos. Si los higos amarillean y se caen sin madurar, revisa primero el riego —la higuera de regadío sufre estrés hídrico en el envero— y después la variedad. Existen tipos que necesitan polinización por el mosquito del higo (Blastophaga psenes) y sin él no cuajan; las variedades comunes cultivadas en España son partenocárpicas y no lo requieren, pero un plantón de origen dudoso puede no serlo. Ese fallo no se arregla con la tijera.

Podar con herramienta sin desinfectar. Alcohol de 70º entre árbol y árbol, sobre todo si hay ejemplares con síntomas de chancro.

En resumen

Antes de podar la higuera decide qué cosecha te importa: las brevas nacen sobre madera del año anterior y desaparecen si cortas fuerte en invierno; los higos nacen sobre brotes nuevos y toleran una poda más intensa. Interviene a finales de febrero o en marzo, nunca en otoño, y con moderación: esta especie cicatriza mal y responde mejor a retoques anuales que a podas drásticas.

Forma un vaso bajo de tres o cuatro brazos y 2,5-3 metros de altura para poder recolectar a mano, mantén el centro despejado, elimina madera muerta y ramas cruzadas, evita cortes de más de 7-8 cm, arranca los rebrotes de raíz en verano en lugar de cortarlos y despunta en junio los brotes vigorosos para engordar los higos. Y hazlo todo con guantes y manga larga, porque el látex quema la piel al sol.


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