Una avellana recogida en septiembre y enterrada sin más en una maceta no germina. Se quedará ahí meses, se pudrirá o se la llevará un ratón, y quien lo intente concluirá que el avellano no se puede sembrar. Sí se puede, pero hay dos condiciones que no se pueden saltar: la semilla necesita pasar frío húmedo durante varios meses antes de brotar, y el árbol resultante no dará las mismas avellanas que el árbol del que salió. Entender esas dos cosas antes de empezar ahorra mucho tiempo.

El árbol del que hablamos

El avellano común es Corylus avellana, de la familia de las betuláceas. En estado natural no es un árbol de tronco único sino una mata de varios pies, porque emite rebrotes de cepa con enorme facilidad. Alcanza entre 3 y 6 metros y es de hoja caduca, con hojas redondeadas, dentadas y algo ásperas al tacto.

Florece en pleno invierno, entre diciembre y febrero según la zona, y lo hace de una forma llamativa. Es una especie monoica: en el mismo árbol hay flores masculinas y femeninas, pero separadas. Las masculinas son los amentos colgantes de color amarillo, esos "gusanillos" que se ven en las ramas desnudas y que sueltan nubes de polen. Las femeninas son diminutas, apenas unos estigmas rojos de dos o tres milímetros asomando de una yema, y pasan desapercibidas.

La polinización es anemófila, la hace el viento. Y aquí está el dato que más veces se ignora: aunque el avellano tenga los dos sexos, es autoincompatible. El polen de un árbol no fecunda a sus propias flores femeninas. Un avellano solo, por muy bien que crezca, dará una cosecha ridícula o ninguna. Hacen falta al menos dos ejemplares genéticamente distintos, plantados a menos de 15 o 20 metros para que el viento haga su trabajo.

Avellano con sus frutos envueltos en el involucro

Sembrar semilla o plantar planta: qué esperar de cada opción

Antes de ponerse conviene decidir qué se busca, porque las dos vías llevan a sitios distintos.

Sembrar avellanas es barato, entretenido y da árboles muy adaptados al sitio, pero produce plantas de semilla que no reproducen la variedad. El avellano es de polinización cruzada, así que cada semilla es un individuo nuevo: los frutos pueden salir más pequeños, con cáscara más gruesa o con peor rendimiento en grano. Además tarda: una planta de semilla suele empezar a fructificar de forma apreciable entre los 6 y los 8 años.

Multiplicar por acodo o comprar planta injertada o de vivero reproduce exactamente la variedad y adelanta la entrada en producción a los 3 o 4 años. En cultivo comercial la semilla prácticamente no se usa por estos dos motivos; se propaga por acodo de cepa, aprovechando esos rebrotes que la planta emite sola.

Sembrar tiene todo el sentido si quieres varios pies para un seto, un rincón silvestre, una repoblación o simplemente por el gusto de hacerlo. Si lo que quieres es cosechar avellanas buenas cuanto antes, compra dos variedades compatibles.

De dónde sacar la semilla

La avellana se recolecta en España entre finales de agosto y septiembre, cuando el involucro (la envoltura verde con flecos que rodea al fruto) se pardea y el fruto cae solo o se desprende sin esfuerzo. Ese es el momento de recogerla, del árbol o del suelo recién caída.

La condición imprescindible es que la semilla no haya sido secada ni tostada. Las avellanas de bolsa del supermercado están deshidratadas hasta un contenido de humedad que el embrión no sobrevive, y las tostadas o peladas industrialmente están muertas sin remedio. Solo germinan las avellanas frescas de la campaña, con su cáscara entera.

Retira el involucro y haz una prueba sencilla: mete las avellanas en un cubo de agua y descarta las que floten. Suelen estar vacías, por semilla mal formada o porque las ha vaciado el gorgojo. Las que se hunden son las que tienen grano lleno. Cuenta con sembrar bastantes más de las plantas que quieres, porque la germinación rara vez pasa del 50 o 60 %.

No dejes que se sequen mientras esperas a sembrar. Guárdalas en una bolsa con algo de sustrato húmedo y en la nevera, no en un plato sobre la mesa.

La estratificación en frío

La avellana tiene latencia embrionaria. En la naturaleza, la semilla cae en otoño, pasa el invierno enterrada bajo la hojarasca y solo entonces, en primavera, germina. Ese periodo de frío húmedo es una señal química que desbloquea el embrión, y sin él la semilla no responde por mucho calor y agua que reciba.

Se reproduce en casa con la nevera:

Mezcla las avellanas con arena de río lavada, turba o vermiculita ligeramente húmeda, en proporción de una parte de semilla por tres de sustrato. Húmedo significa que al apretarlo con la mano no suelte agua; el exceso de humedad pudre la semilla.

Mételo todo en una bolsa de plástico perforada o un táper sin cerrar del todo, y colócalo en la parte baja del frigorífico, a entre 2 y 5 °C. Etiqueta con la fecha.

Mantén ahí las semillas de tres a cuatro meses. Si empiezas en diciembre, estarás sembrando en marzo. Revisa cada tres o cuatro semanas: si ves moho, lava las semillas y renueva el sustrato; si notas la mezcla seca, pulveriza un poco de agua. Hacia el final del periodo algunas avellanas asoman ya la radícula dentro de la bolsa, y esas hay que sembrarlas de inmediato con mucho cuidado de no romperla.

La alternativa, más natural y menos trabajosa, es la estratificación al aire libre: sembrar las avellanas en otoño directamente en un semillero exterior o en macetas dejadas a la intemperie, y dejar que el invierno haga el frío por ti. Funciona bien en la mitad norte y en zonas de interior con inviernos francos, y peor en el litoral mediterráneo cálido, donde puede no acumularse frío suficiente.

Si eliges esta vía, protege el semillero con una malla metálica de luz fina, también por debajo. Los ratones, los topillos, las urracas y los arrendajos localizan las avellanas enterradas con facilidad y son, con diferencia, la causa más común de que un semillero de avellano amanezca vacío.

La siembra propiamente dicha

Siembra en marzo, en cuanto termine la estratificación.

Usa macetas profundas, de al menos 20 cm de altura y 1,5 o 2 litros, o contenedores forestales alveolares. El avellano desarrolla pronto una raíz pivotante y una maceta baja la deforma o la enrolla, lo que después se paga con un arraigo malo en el trasplante.

El sustrato debe ser suelto y con buen drenaje: dos partes de tierra de jardín o turba por una de arena gruesa o perlita sirve. El avellano prefiere suelos frescos y algo ácidos o neutros, entre pH 5,5 y 7,5, así que evita sustratos muy calizos.

Coloca una avellana por maceta, tumbada, y cúbrela con 3 o 4 cm de sustrato. Más profundo retrasa la emergencia; más superficial la deja al alcance de los pájaros y se seca.

Riega hasta empapar y mantén el sustrato húmedo pero nunca encharcado hasta la emergencia. Sitúa las macetas en semisombra luminosa, a resguardo del sol directo del mediodía. A una temperatura de 15 a 20 °C, la nascencia se produce entre las tres y las ocho semanas, y es bastante desigual: no tires una maceta porque las de al lado ya hayan brotado.

Un consejo que evita disgustos: pon una malla o un plástico perforado sobre las macetas hasta que salgan las plántulas. Los pájaros escarban las avellanas recién sembradas con una eficacia sorprendente.

Los dos primeros años

Una vez emergida, la plantita crece rápido si no le falta agua. Durante el primer verano hay que regar con frecuencia, porque el avellano es una especie de ambientes frescos y no tolera nada bien la sequía en maceta. Pásala a semisombra en julio y agosto si vives en zona calurosa.

En otoño la hoja cae; es normal, la planta está viva. Deja las macetas al exterior, protegidas del viento, para que cumplan su parada invernal.

Al segundo año, si la planta llenó la maceta, trasplántala a una de 5 a 10 litros. En ese momento puedes ya aportar algo de compost maduro mezclado con el sustrato, un puñado generoso.

La planta está lista para ir al suelo definitivo cuando tenga 60-80 cm y un tallo bien lignificado, normalmente al cabo de uno o dos años.

Plantación en el terreno

El momento óptimo es el reposo vegetativo, de noviembre a febrero, evitando los días de helada. Plantar en otoño da ventaja porque la raíz se instala con las lluvias antes de que llegue el calor.

Elige bien el sitio, porque el avellano es exigente en clima:

Quiere suelos profundos, frescos, sueltos y bien drenados, de textura franca o franco-arenosa. Le van mal los terrenos encharcadizos y también los muy calizos, donde aparece clorosis férrica (hojas amarillas con nervios verdes).

Necesita agua. Prospera con 700-1.000 mm anuales bien repartidos; por debajo de eso hay que regar en verano sin excepción. Las zonas productoras españolas lo dicen todo: el Camp de Tarragona, con Reus como referencia, más comarcas de Girona, Asturias y algunos puntos de la cornisa cantábrica y el Pirineo.

Requiere frío invernal para salir del reposo, del orden de 800 a 1.200 horas por debajo de 7 °C, así que no es planta para el sur cálido de la Península ni para el litoral subtropical.

Y hay un riesgo que conviene tener presente: como florece en pleno invierno, las heladas fuertes y tardías pueden arruinar la floración. Por debajo de unos -8 o -10 °C se dañan los amentos y las flores femeninas ya receptivas. Un emplazamiento a media ladera, que no sea una vaguada donde el aire frío se estanque, reduce mucho ese problema.

En cuanto a la plantación en sí: abre un hoyo amplio, de unos 50 x 50 x 50 cm, mucho más ancho que el cepellón. Coloca la planta al mismo nivel al que estaba en la maceta, sin enterrar el cuello. Rellena con la propia tierra mejorada con compost, aprieta, forma un alcorque y riega abundantemente para asentar. Un acolchado orgánico de 5-10 cm alrededor —paja, corteza, restos de poda triturados— es especialmente útil en esta especie porque mantiene el suelo fresco, que es justo lo que pide.

Deja 4 a 6 metros entre árboles. Parece mucho al plantar varas de un metro, pero un avellano adulto en mata ocupa fácilmente 4 metros de diámetro y la competencia entre pies apretados reduce la cosecha.

Avellanas maduras listas para la recolección

Formación y cuidados posteriores

Tienes dos formas posibles. La tradicional en España es la mata o cepa, dejando de 3 a 5 brotes principales bien repartidos y eliminando el resto de rebrotes cada año. Es la forma natural del avellano y la más productiva. La otra es el vaso sobre pie único, más cómoda para pasar maquinaria, que obliga a suprimir todos los años los chupones de la base, tarea que no perdona: si te descuidas, el árbol vuelve a matorral.

La poda de fructificación es ligera. Se aclara el centro para que entre luz, se quitan ramas secas, cruzadas y muy envejecidas, y se renueva de forma escalonada la madera vieja, porque el avellano fructifica sobre brotes del año anterior. Poda en invierno, aceptando que te llevarás algunos amentos por delante.

De los problemas sanitarios, el que de verdad importa al aficionado es el gorgojo o balanino de la avellana (Curculio nucum), un coleóptero que pone el huevo en el fruto tierno y cuya larva se come el grano por dentro; el resultado son avellanas con un agujerito redondo y vacías. Recoger y destruir los frutos caídos prematuramente y las avellanas vanas reduce mucho la población del año siguiente. También pueden aparecer chinches que provocan frutos vacíos o abortados, y en zonas húmedas problemas de bacteriosis en ramas jóvenes.

Los errores que arruinan el intento

Resumidos, los fallos que se repiten:

Sembrar avellanas de supermercado. Están secas o tostadas y no germinan nunca.

Saltarse la estratificación. Sin frío húmedo previo no hay germinación, por mucho que se riegue.

Plantar un solo avellano. Es autoincompatible; sin un segundo ejemplar distinto cerca, no habrá cosecha.

Esperar las mismas avellanas que las del árbol madre. La semilla no reproduce la variedad.

Dejar el semillero sin proteger. Roedores y córvidos vacían las macetas en una noche.

Elegir un sitio seco y caluroso. El avellano tolera mal la sequía estival; sin riego o sin lluvias de verano se defolia y no cuaja.

En resumen

Sembrar un avellano parte de avellanas frescas de septiembre, sin secar, seleccionadas por flotación. Pasan de tres a cuatro meses en nevera a 2-5 °C entre sustrato húmedo, o un invierno entero en un semillero exterior protegido con malla, y se siembran en marzo a 3-4 cm de profundidad en macetas profundas, una por maceta. Germinan de forma irregular en tres a ocho semanas, se cultivan uno o dos años con riego generoso y se llevan al terreno en invierno, con 4-6 metros de separación, en suelo fresco, profundo y no calizo. A partir de ahí toca esperar: la planta de semilla empieza a producir hacia los seis u ocho años y sus frutos serán distintos a los del árbol de origen. Y, sea cual sea la vía elegida, planta siempre dos o más ejemplares diferentes, porque sin polinización cruzada el árbol crecerá espléndido y no dará una sola avellana.


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